noviembre 18, 2010

Elogio de Madero

León Krauze (@Leon_Krauze)
leon@wradio.com.mx
Colaboración Extra
Milenio

Recuerdo bien cuando escuché por primera vez la voz de Porfirio Díaz. Fue a mediados de los años ochenta cuando mi padre llevó a la casa un casete que, me había advertido, me emocionaría de verdad. Y tenía razón. Cuando mis padres y yo oímos la voz del viejo don Porfirio en su salida rumbo al exilio, no pudimos evitar el llanto suave de quien le ha puesto voz —concreción, carácter tangible— a la historia. Me acuerdo que me sorprendió la gravedad de la voz. A pesar de sus más de ochenta años de edad y de la dificultad de la situación por la que atravesaba, Díaz hablaba con aplomo y, aún, cierta severidad. Imaginé esa misma voz entretejida con la del país mismo: en la batalla de Puebla, hablando cara a cara con Zaragoza; peleando el poder con Juárez; maldiciendo al joven Madero. Historia viva.

Podría contar anécdotas parecidas de la mayoría de los protagonistas de la Revolución Mexicana. Creciendo donde crecí, todos tenían un lugar en la mesa. De chico visité con mi padre la hacienda de Chinameca, donde cayó, traicionado, Emiliano Zapata. Recuerdo claramente haber cerrado los ojos para imaginar el relinchar desesperado de As de Oros, el caballo del caudillo del sur. Tiempo después, mi padre me platicaría de Villa y de sus dos hombres más cercanos: Felipe Ángeles y Rodolfo Fierro. Me emocionaba Ángeles, noble y buen militar. Pero me aterraba Fierro, que encarnaba lo peor de Villa: un sanguinario despiadado capaz de la mayor crueldad. Cuando quise saber de los rivales de Villa, supe de Obregón. Mi padre me llevó a La Bombilla y me contó de José De León Toral, el dibujante que le había quitado la vida a Obregón justo cuando el sonorense ya enfilaba a perpetuarse en el poder. Subimos la escalinata del monumento al presidente asesinado. Entramos en silencio hasta encontrar, en la oscuridad, aquel macabro tarro lleno de formol que contenía el brazo derecho que Obregón perdió en 1915. Recuerdo claramente las tiras de tejido que aún le colgaban, como anémonas.

Pero nadie, en mi infancia, tuvo el peso de Francisco Madero. Mis padres me cuentan que, siendo aún muy pequeño, aprendí a reconocerlo. “Panchito Madero”, le gritaba a la estatua del prócer en Los Pinos. No me sorprende. Mi padre sentía por Madero una especie de devoción. Admiraba su valentía, su pureza de espíritu…hasta su inocencia. La muerte de Madero, fraguada en una conspiración vergonzosa con el visto bueno de Estados Unidos, lo llenaba de indignación. Y a mí también. Me dolía imaginar a Madero traicionado, petrificado frente al tigre violento que era México. No entendía cómo, si Madero había actuado con tal magnanimidad con Díaz, los golpistas no le habían extendido el mismo trato, la misma deferencia elemental. Por años miré la fotografía de Francisco Cárdenas, el asesino de Madero y el buen Pino Suárez. Lo que más me sorprendía era la paz de esas facciones. Imperturbable, Cárdenas parecía no sentir el yugo del magnicidio.

Con el paso de los años he perdido la obsesión con el México revolucionario. Quizá es la edad. O tal vez se deba a que he descubierto mucha más oscuridad que luces en aquellos hombre que poblaron mi infancia. Después de todo, ninguno merece, pero ni de lejos, la idolatría. Ninguno podría arrojar la primera piedra. Salvo, quizá, el propio Madero. Hace unos días, el equipo de W Radio rescató de la fonoteca de la estación la voz de Madero al entrar, en 1911, a la Ciudad de México. Se le oye exultante: anuncia la llegada de la paz, agradece al país, a las fuerzas armadas, propias y rivales. Ese Madero, que no veía venir su propia muerte, tenía apenas 37 años. Pensaba, acaso, que la historia de México le permitiría gobernar con la bandera de las buenas intenciones, de la vida democrática e institucional, de la transición pacífica. Sobra decir que se equivocó. Pero eso, quizá, importa poco. Si algo le debe este México del Centenario a aquella Revolución no es reivindicar las balas y los muertos, que fueron demasiados. Quiero pensar que el país algo le debe, algo más a ese hombre de voz aguda que, con una bandera mexicana en la mano, quería hacer valer el imperio de los votos y la ley. No de las prebendas, la corrupción, la parálisis, la dictadura o la dictablanda. Sólo de la ley. Panchito Madero. Honremos su memoria.

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