noviembre 21, 2010

Gómez Morín y la Revolución Mexicana

Javier Corral Jurado (@Javier_Corral)
Diputado Federal del PAN
El Diario

En su discurso de conmemoración del centenario de la Revolución Mexicana, Francisco Rojas Gutiérrez, el coordinador de los diputados priistas llamó a Acción Nacional, “partido antípoda” del movimiento social de 1910, recuperando de esta manera la rancia como maniquea forma en la que durante muchos años, con aquello de los “reaccionarios”, el discurso priista descalificó cualquier crítica de la oposición a una buena parte de sus gobiernos que, autodenominados herederos de la Revolución, traicionaron consecutivamente varios de los más caros anhelos de la gesta iniciada por Francisco I. Madero.

Afortunadamente por la prelación en que los partidos intervienen en la tribuna de San Lázaro, pude participar antes que él, y en mi intervención me propuse dejar clara la visión del PAN sobre el significado de la Revolución, a través de la mirada de su fundador Manuel Gómez Morín, a quien Enrique Krauze enlista como uno de los caudillos culturales de la Revolución Mexicana.

Manuel Gómez Morín, creador de la primera ley del crédito agrícola en México y del Banco Nacional de crédito agrícola, vio a la Revolución mexicana desde una perspectiva reinvindicatoria de la democracia, pero también como un movimiento de amplio contenido social para la redistribución de la riqueza.

Concebía a la Revolución “como el fin de un largo monopolio político, un volver a restaurar las fuentes de la autoridad legítima que son el consentimiento del Pueblo, la votación informada y respetada del pueblo”. Pero también, y esencialmente, la necesidad de que México tuviera un mejor y más justo desarrollo económico, “de manera de poder producir más de lo que producía y poder establecer un “standard” de vida superior para todos los mexicanos. La tierra había quedado en manos de un corto número de personas, todas con apetito de tener más y más tierras; fue indispensable atacar el problema agrario desde el comienzo de la Revolución”.

Gómez Morín vio a la Revolución mexicana en varios ideales: “por una vida mejor para todos, un mejor aprovechamiento de los recursos humanos y naturales del país, un arreglo justiciero de la distribución de la riqueza y sus productos, una mejor y más difundida educación y, en la base de todo ello, una organización política fundada en el juego real y respetado de las instituciones democráticas”.

“El problema es que todo esto es un discurso”, le dijo a James Wilkie en la célebre entrevista “México visto en el Siglo XX”.

“La Revolución significa para mí una acción espiritual. Cierta forma de espiritualidad, de anhelo que desde la época colonial ha pugnado por triunfar en México y que se manifiesta en los tres grandes movimientos ocurridos en el país; la Independencia, la Reforma y la Revolución. La lucha profunda está en lo más íntimo de la Nación. No es una lucha de colores ni de razas sino una lucha de valores morales o culturales. La Revolución triunfará si de anhelo pasa a la realidad”, escribió en 1924 en una carta dirigida a Simona Tapia.

Ya en la fundación de Acción Nacional en 1939, Gómez Morín preguntó a los asambleístas reunidos en el frontón México: “Qué fue lo que hizo que en unos cuantos meses se derrumbara aquella maquinaria que parecía tan solida? Una idea... la del cambio político, la idea de hacer valer los derechos ciudadanos. Nosotros tenemos esa misma idea, debemos quererla apasionadamente”.

Lo que más irritaba al oficialismo priísta de la crítica que hiciera Gómez Morín, como la de varios de los panistas que nacieron en medio de la Revolución o participaron en ella, fue que reconociendo la centralidad de la exigencia democrática y social de la Revolución, les echaran en cara documentadamente la deslealtad y abandono de los principales postulados del movimiento, centrados en el cambio político.

Porque la Revolución mexicana, a diferencia de otros movimientos sociales que hemos vivido, convirtió al pueblo en un actor político. En palabras de Manuel Gómez Morin el porfiriato había “colonizado” al pueblo de México. La generación de 1915, escribió don Manuel, tuvo que “buscar en nosotros mismos un medio de satisfacer nuestras necesidades. Nos dimos cuenta que México existía con capacidades, con aspiraciones, con vida y problemas propios. Y los indios, los blancos y los mestizos, realidades vivas, hombres con todos los atributos humanos. Existía México y los mexicanos”.

Ese es el legado de la Revolución que le dio a la masa una forma de expresión. Transforma la política de élites en una forma de expresión de su propia naturaleza, su propia esencia, su propia forma de encontrar su alma y su felicidad. Por eso una de las páginas más gloriosas de la Revolución es la que encabezó José Vasconcelos desde la Secretaría de Educación Pública desde donde funda bibliotecas, escuelas oficiales, promueve la lectura, el arte, la cultura. Publica libros, fomenta el normalismo, rescata edificios coloniales. Martín Luis Guzmán, revolucionario y artista, expresó que el espíritu revolucionario estaba en la obra de Vasconcelos.



La obra de Vasconcelos disparoó el espíritu artístico. Espíritu cuyo objeto de creación y recreación fue lo mexicano. Fue en esta época cuando pintores de murales y literatos mostraron a los mexicanos a si mismos. Se exhibió el espíritu nacional como algo memorable. De esa época proviene la necesidad de convertir a la Educación en el mejor instrumento para integrar a la Nación como un cuerpo heterogéneo pero unido en lo fundamental. Convertir al niño en un ser amante del nacionalismo, en ciudadano que se ha de transformar en valladar a la ignorancia, la corrupción, en instrumento para dignificar la política y la vida social.

La Revolución mexicana a diferencia de otras revoluciones no fue producto de una ideología que traza la ruta, el camino a la utopía. No hubo una doctrina que la cobijara y le diera razones para la lucha. No hubo un líder que pudiera aglutinar fuerzas, asignar trabajos, exigir cuentas. Nuestra Revolución fue un estallido que surgió de la lucha maderista por el sufragio efectivo. Madero se enfrentó a la exigencia de mejores condiciones de vida de los campesinos que tercamente reclamaron una solución a su marginación y pobreza. Campesinos que acompañaron a Madero en contra del régimen porfirista se volvieron a levantar en armas para reivindicar sus derechos.

La Revolución fue la revuelta carrancista en contra de la usurpación huertista. Luego la lucha dentro del bando triunfador, unos exigiendo orden y otros justicia. La Revolución como escribiera Gómez Morín era producto de los anhelos, los deseos vagos, los impulsos que la mantenían en permanente lucha fratricida. La ideologia de la Revolución, decía en los veintes Gómez Morín, había que construirla evitando el dolor, no aquel que es inevitable sino el evitable que es el de nuestras acciones u omisiones.

La raíz de la Revolución era el problema moral del porfiriato que no permitió la formación de ciudadanos que labraran su destino, su vocación, su ser más íntimo e inconfundible.

La etapa que va de los años veinte a los cuarenta es la etapa más gratificante porque fue la epoca creativa. El tiempo de los grandes creadores artísticos y políticos. Fue el tiempo en que la educación se convirtió en el programa con el liderazgo de Vasconcelos. Fue la época en que el espíritu creativo se encarnó en Gómez Morín con la creación de instituciones económicas y políticas, en legislación como la ley de crédito agrícola, el impuesto sobre la renta, la coordinación fiscal. Constructor y defensor de la autonomía universitaria.

Otra vertiente constructora fue la de Calles y la de Cárdenas. Don Plutarco que impulsó los distritos de riego, la creación del Banco de México, pero también la formación desde el Estado de un partido. Cárdenas, que acelerara la distribución de la tierra y reanimara a obreros y campesinos, y que construyó también el presidencialismo y el corporativismo.

Hoy la Nación tiene expresiones políticas macizas que surgieron de estos constructores. La pluralidad política tiene raíces que surgen de nuestra historia, por ello es inadmisible la visión sectaria en la celebración centenaria de la Revolución.

En Acción Nacional provenimos de la lucha por el sufragio efectivo de Madero. De la denuncia moral de Vasconcelos, de la tenacidad política de Gómez Morín. Los valores que animaron a las diversas interpretaciones de la lucha no han cambiado, pero la conciencia valorativa de las diferentes corrientes hasta la actualidad esa se ha transformado, se ha adaptado al tiempo. Reconocido sus errores y limitaciones pero el anhelo de felicidad no se ha agotado.

Es grotesco que aún haya posiciones que no dejen atrás la Historia Oficial, aquella que declaraba una sucesión legítima como si fuésemos una monarquía. Una historia que convertía en traidores a quién pensaba diferente o era diferente. Una historia infantil, maniquea que expropiaba el anhelo colectivo, generacional en un patrimonio, en una cosificación del poder. La historia no es catecismo simplón, es descubrir la verdad pasada para entender el presente y proyectar el futuro.

Hemos construido una democracia pero necesitamos impulsar una sociedad civil que exija y luche por sus derechos y responsabilidades.

El Estado es débil lo amenazan fuerzas organizadas ilegalmente y cohesionadas por la ambición del dinero que siembran el terror en amplias zonas del país. Los fines del Estado se ven obstaculizados. Hay poderes fácticos que desean imponerse sobre el bienestar general. Hay corrupción rampante en gremios y sindicatos. La labor gubernamental se ve eclipsada y es frecuentemente rehén de intereses mezquinos.

El estado es débil por la ineficiencia administrativa y la irresponsabilidad de funcionarios. La moral no es cobijo generalizado de funcionarios, legisladores, jueces, periodistas, empresarios, maestros.

El federalismo está siendo pervertido por caciques regionales, por gobernadores que no rinden cuentas y usan los recursos públicos para su beneficio y apetito personal.

El problema moral persiste, tiene otras caras y otra narrativa, pero la falta de honestidad, de técnica de los órganos del Estado subsiste. Luchar por la congruencia democrática es el reto de la presente generación. Contamos con instituciones fuertes, leales para enfrentar las amenazas, las desviaciones y las simulaciones, la mentira, el engaño. La lucha por la democracia ha sido larga, se ha debatido agónicamente, como dijese González Luna, un incesante esfuerzo que no ha terminado.

Por eso he dicho en la tribuna parlamentaria, antes que escuchara al coordinador de los diputados del PRI, que debiera ser éste el momento mexicano de mayor aliento a su clase política, a la luz de una reflexión que valore el enorme sacrificio, de la gesta que costó un millón de hombres, que con su sangre regó los campos de México para generar un diálogo constructivo que revise y reforme el régimen político, como una democracia madura, como una sociedad abierta en la que todo se puede discutir, analizar y debatir. Donde no nos impongamos fetiches o tabúes que no podamos discutir.

Que a cien años de la Revolución por lo menos hagamos el esfuerzo de poner a un lado dogmas o prisiones ideológicas, retóricas patrimonialistas o visiones maniqueas.

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