noviembre 05, 2010

Hijos del ABC

Juan Villoro
Reforma

El Consejo de Ministros de España aprobó en julio pasado una ley que ahora entra en vigor: si los padres no indican otra cosa, los bebés recibirán sus apellidos por orden alfabético.

En el caótico comienzo de los tiempos hubiera sido más confiable organizar los linajes por apellidos femeninos (el padre real podía ser un usurpador que una noche de suerte entró por la ventana), pero las genealogías no se crearon para mostrar exactitud biológica.

La dominación masculina se apropió de la reproducción del apellido. La mujer daba a luz y el varón ponía su marca registrada. La sed de inmortalidad llevó a una reiteración adicional. Para mostrar que el hijo es una copia -el reflejo del cuerpo que lo hizo posible-, también se volvió costumbre repetir el nombre de pila: Rodrigo Rodríguez Jr. es el "más allá" del perdurable Rodrigo Rodríguez.

A veces esto no depende de un particular deseo de permanencia, sino de una arraigada tradición. ¿Si tu bisabuelo, tu abuelo y tu padre se llamaban Valentín, serás capaz de ponerle a tu hijo Édgar? En ese caso un nombre inédito sugiere un rechazo de todos los parientes anteriores. Las tías mirarán a Édgar como un descastado.

Los nombres son cuestión de gustos. Yo prefiero las combinaciones simples. Nada mejor que llamarse Juan Olmo o Antonio Puerta. Sé que estoy en minoría. La alcurnia, la notoriedad e incluso la eufonía de un apellido suelen depender de su rareza. "Me gustaría ser argentina para tener un apellido fantástico", me dijo una amiga. En Buenos Aires ella se podría llamar Silvina Marinetti-Jung, lo cual prácticamente garantiza una postura estética y un marco teórico.

La idea del linaje se funda en un doble gesto: repetir en el tiempo y singularizar en el espacio. Se prefiere un origen rastreable, que venga de muy lejos. Pero en el discriminatorio presente se exige exclusividad: "no todos somos iguales".

"Distinguirse" con un nombre no deja de ser una superstición (llamarte Yadira Vanessa no te libra de sufrir mucho en una telenovela y en este mundo de virus democráticos la nobleza sanguínea ya sólo existe en las cruzas de purasangres).

¿Tiene caso asociar el devenir con la nomenclatura? El nombre más común de México es José Hernández. Nadie puede pensar que sea un problema llamarse así.

Lo importante es que España optó por la supremacía del alfabeto. A partir de ahora, si los padres dejan que el azar y la burocracia hagan su trabajo, las últimas letras se volverán exóticas. ¿La abundancia de apellidos comenzados en A hará que la Zeta se vuelva chic? ¿En vez de buscar a alguien de "buena familia" se buscará a alguien de "última letra"?

El orden alfabético forja psicologías. Mi amigo Pedro Aguirre es una persona de reacciones rápidas. Su pupitre era el primero del salón; ahí iniciaba la ronda de preguntas. Desde entonces, Pedro reacciona sin vacilar. Improvisa con tal celeridad que parece que sabe lo que hace.

En cambio, los de las letras postreras esperábamos que la campana sonara antes de que nuestra sabiduría fuera puesta a prueba. Desde entonces tenemos un rezago existencial. De nosotros se podía decir cualquier cosa, pero no que fuéramos urgentes. Mi vecino de pupitre Felipe Yáñez trabaja en una funeraria.

El alfabeto impone rating. Al consultar una lista de médicos, te detienes con esmero en el doctor Bulnes o la doctora Cano. Cuando llegas al doctor Zubeldía ya estás harto. Los editores organizan el cosmos de acuerdo con el abecedario. No es casual que Jorge Herralde, director de Anagrama, haya escrito sus memorias al modo de un catálogo, bajo el título de Por orden alfabético. Este sistema de referencia rige la cultura de la letra. Cuando abres la guía de una feria del libro para buscar editoriales, las primeras que saltan a la vista son las que comienzan con A. Con razón hay tantas: Acantilado, Aguilar, Anagrama, Alfaguara, Almadía, Alianza, Ariel, Anaya, Asteroide...

¿Llegará el momento en que alguien se ufane de salir con una impetuosa chica A, capaz de encabezar todas las listas? ¿La remota Te se revestirá de exotismo? ¿Habrá reproches de este tipo: "te dimos un apellido B y te comportas como un Eme"?

El renovado prestigio del alfabeto hará que ciertos nombres parezcan una forma del destino. Nada resultará tan congruente como que el director del Instituto Cervantes tenga un apellido comenzado en Eñe.

Seguramente el Registro Civil basado en el abecedario mitigará la misoginia, pero no acabará con el humano afán de hacer distinciones. "¿Qué hay en un nombre?". La pregunta de Shakespeare adquiere renovado interés.

De manera un tanto abstracta sabemos que somos escritura del ADN. Podemos entender que los cromosomas y las mitocondrias existen, pero no es fácil tenerles afecto. En cambio, el ABC remite a un aprendizaje elemental. Sin eliminar el gusto por escoger prioridades, la nueva ley quita hierro a las presunciones y a los prejuicios de nomenclatura, diluye el determinismo del origen y realza lo que somos en un sentido cultural: hijos del alfabeto.

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