noviembre 08, 2010

La batalla de Matamoros

Raymundo Riva Palacio (@rivapa)
rrivapalacio@ejecentral.com.mx
Eje Central

El viernes pasado en Matamoros, ciudad gemela de Brownsville, en la frontera tamaulipeca con Estados Unidos, sucedió el suceso más paradigmático en los 47 meses de lucha contra las drogas.

Fue la operación donde murió Ezequiel Cárdenas Guillén, conocido en el cártel del Golfo como Tony Tormenta, en la cual se dio la primera batalla formal que muestra cómo ésta, que ahora define el gobierno de Felipe Calderón como "lucha contra la delincuencia", es una guerra real.

Empezó hacia las diez y media de la mañana del viernes en el centro de Matamoros, en una operación quirúrgica de comandos especiales de la Marina contra Cárdenas Guillén, hermano de Osiel, quien reclutó a 33 desertores del Ejército Mexicano y creó su brazo armado Los Zetas. Tony Tormenta nunca pudo reclamar el título de jefe de ese cártel cuando su hermano fue detenido en 2003, y siempre fue relegado a un segundo nivel de mando en la organización criminal tamaulipeca.

Buscado en México y Estados Unidos -donde había una recompensa de cinco millones de dólares por su captura-, los marinos, que reciben su información de inteligencia de la DEA, tenían tres días acosando a Cárdenas Guillén y cerrando el círculo para conseguir su caída. Como sucede generalmente con los comandos de la Marina, no hubo sobrevivientes. Cuando llegaron a la bodega donde se encontraba escondido, los recibieron con fuego. Respondieron con fusiles de asalto y granadas, con lo que abrieron un boquete de casi dos metros de diámetro, y lo mataron a él y al menos a otras cuatro personas en su interior.

La guerra real no muestra esa acción punitiva sino la operación en su conjunto. La descripción de los reporteros en el lugar habló de enfrentamientos en diversas partes de Matamoros, con cientos de militares y policías federales actuando en acción simultánea, helicópteros sobrevolando zonas específicas de la ciudad, y con un número de muertos que oficialmente se ubica en diez, incluidos un editor y un reportero de policía del periódico Expreso de Matamoros.

A partir de la información pública y la oficial se puede reconstruir lo que sucedió. Un total de 150 marinos participaron en el operativo dentro de lo que llama la Secretaría de Marina "el primer círculo". Es decir, son quienes fueron eliminando al perímetro de seguridad de Cárdenas Guillén y fueron abriéndose paso hasta llegar a la bodega. Al menos otros 450 marinos participaron en un segundo círculo, con el propósito de ir neutralizando al perímetro de seguridad externo de Tony Tormenta, y evitar que pudieran acercarse al núcleo del enfrentamiento. Una breve introspección de lo que sucedió en las calles de Matamoros quedó registrada en los videos caseros de ese día.

Las crónicas de los periodistas y los mapas que al día siguiente publicaron algunos periódicos de los puntos donde se dieron enfrentamientos, muestran que ninguno de ellos estuvo cerca de la bodega donde murió Cárdenas Guillén, a donde llegaron los marinos a las 15:30 horas -varias horas después de haber iniciado la batalla de Matamoros-. Esto se explica porque hubo un tercer círculo a cargo del Ejército, que estableció una especie de cordón sanitario alrededor del primer plano de operaciones de la Marina.

De acuerdo con información pública y la escasa información oficial al respecto, el Ejército sirvió como muro de contención para los refuerzos que el cártel del Golfo intentó desplazar hacia la bodega en la que se encontraba Tony Tormenta. El enfrentamiento en el punto neurálgico de la batalla se prolongó durante 125 minutos, según el recuento oficial, lo que explica por qué hubo tantos bloqueos y choques armados en otros puntos periféricos del centro de Matamoros.

Los refuerzos del cártel del Golfo no pudieron acercarse al centro de la ciudad al ser contenidos por el Ejército. En uno de esos enfrentamientos es donde cayó abatido en un fuego cruzado el periodista del Expreso, Carlos Alberto Guajardo, quien estaba alejándose del foco de la batalla en busca de mayor información en las dependencias oficiales. Su muerte dibuja cómo fueron moviéndose militares y narcotraficantes, donde periodistas sin experiencias en guerras, como Guajardo, y la ciudadanía en general, están en alto riesgo.

Guajardo, reportero de policía, hizo lo que tenía que hacer, de acuerdo con la mecánica de su trabajo: acudió a donde se enfrentaban policías y ladrones -ésta es la cobertura convencional que predomina en la prensa- y una vez visto lo que sucedía y recopilada la información de campo posible, fue por más datos. Lo que nunca supo, porque pocos se han tomado en serio que esto es una guerra, es que en el momento que se da una operación militar del tipo de la de Matamoros, toda la ciudad entra en movimiento.

Al iniciarse la operación contra Tony Tormenta, los militares asumieron que habría batallas en toda la ciudad, lo que explica los diferentes perímetros de seguridad que establecieron los militares, que fueron reubicándose en la medida en que iban rechazando a los enemigos o establecían nuevos frentes de batalla. Guajardo no sabía que en esos momentos la ciudad era totalmente insegura, por lo que no pudo descifrar lo que se veía en las calles -una situación extremadamente volátil- como se aprecia en los videos caseros, y extremar su seguridad.

Durante unas seis horas y media Matamoros se convirtió en una verdadera zona de combate, que en términos militares se le denomina "teatro de operaciones bélicas". No hay duda alguna de que eso es lo que sucedió el viernes pasado, acéptelo o no el gobierno del presidente Calderón. La negación, sin embargo, es relevante. No es lo mismo preparar a una ciudadanía para la guerra y trabajar sociopolíticamente en ello -hay naciones que aceptan esa realidad y actúan en consecuencia-, que decirle que está luchando meramente contra la inseguridad pública, y dejarla inerme ante situaciones como las que llevaron a Guajardo a la muerte.

La batalla de Matamoros es un modelo clásico de guerra irregular. Aceptarlo tiene costos y consecuencias políticas. Pero no admitirlo eleva las probabilidades de que los daños colaterales sigan subiendo en la medida en que la mentira oficial les ofrece una narrativa maniquea e irresponsable. El costo de largo plazo de esta mentira será mayor que el encubrimiento de esta realidad en la cual los únicos que están sin herramientas para protegerse, mediante medidas precautorias, son los ciudadanos.

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