noviembre 05, 2010

La muerte de la cultura

Francisco Martín Moreno
Escritor
fmartinmoreno@yahoo.com
conferenciasmartinmoreno@yahoo.com
Excélsior

Además de padecer la piratería, los escritores enfrentamos una calamidad todavía peor: empieza a producirse un gigantesco tráfico ilícito de obras literarias a través de las redes electrónicas.

Quienes vivimos de la literatura y dedicamos hasta el último instante de nuestras vidas a las letras estamos padeciendo un doble atentado perpetrado en contra de nuestra estabilidad económica puesto que entre la delincuencia organizada y las descargas electrónicas, también piratas, de nuestras obras, asistimos a una devastadora erosión de nuestros ingresos. Me explico: en días pasados, después de hacer un par de visitas en el Centro de la Ciudad de México de golpe me encontré con un vendedor "informal" de libros en plena vía pública. Las obras que enajenaba en la calle, colocadas sobre un plástico ubicado en el piso, eran obviamente de mi autoría, así como de otros respetabilísimos colegas. El sujeto de marras vendía mis libros a un 40% del precio de librería, obviamente sin pagar ni agua ni luz ni renta ni impuestos sobre la renta ni ningún otro impuesto local ni federal: se trataba de uno de los tantos piratas de la cultura en la más amplia y precisa extensión de la palabra. Desde luego que en esta operación callejera el autor no cobra regalías ni el fisco percibe recaudación alguna ni las casas editoriales recuperan de una u otra forma sus inversiones. Sin embargo las ventas de libros pirata no dejaron de sorprenderme al ver que en uno y otro puesto los viandantes compraban masivamente las obras. Algo estaba muy claro: muchas personas de escasos recursos tenían avidez por la cultura pero carecían de los recursos para poder comprar novelas para ilustrarse y evolucionar intelectualmente. Como bien dicen los alemanes, con un ojo lloraba y con el otro sonreía.

Las finanzas de los autores de obras literarias se ven severamente lastimadas y mermadas desde que el mercado pirata de sus libros impide el cobro de regalías, mismas que no solamente son indispensables para vivir, sino para continuar con los tortuosos procesos de investigación y redacción de sus trabajos. Por si lo anterior fuera insuficiente los escritores enfrentamos una calamidad todavía peor: empieza a producirse un gigantesco tráfico ilícito de obras literarias a título gratuito a través de las redes electrónicas. Los lectores pueden bajar impunemente las obras de diversos autores, imprimirlas o bien leerlas a través de las tabletas o de las máquinas electrónicas accesibles a cualquier persona que cuente con los recursos para adquirirlas. En este evento no se trata de un mercado callejero en que personas de escasa capacidad económica compran libros pirata en la vía pública, sino que, en la especie, se refiere a individuos con la suficiente personalidad financiera y que a pesar de ello prefieren adquirir los libros de manera ilícita en dichas redes con lo cual se vuelve a lastimar a los autores, a las casas editoriales y al fisco en general. De perseverar esta dramática situación y de incrementarse la venta informal de libros en plena vía pública y de dispararse la compra ilícita de libros por la vía electrónica, los autores nos quedaremos sin recursos para ya ni hablar de las casas editoriales ni de las librerías que operan con toda legalidad.

De ser válido lo anterior, ¿qué opción nos queda a los autores, a los músicos, a los cantantes, que ven erosionada su fuente de ingresos al no percibir sus regalías por venta de libros o de discos? La respuesta es bien fácil: los escritores tendremos que refugiarnos en otra actividad, tal vez la venta de línea blanca, para poder sobrevivir, lo cual implica un atentado en contra de la cultura. No debe perderse de vista que cuando un país ignora los inmensos beneficios de la cultura pierde sus raíces y si pierde sus raíces se desestabiliza hasta desplomarse como un árbol sin sustentación alguna.

Pobre de aquél país que se queda sin autores, sin escritores y sin músicos, además de otros artistas, ante un Estado incapaz de controlar la corrupción que destruye cualquier posibilidad de cultura. ¿Qué nos queda?, ¿continuar extraviados?, ¿continuar perdidos, sin que los autores aporten explicaciones en torno a nuestro pasado? Y traten de arrojar una buenas cubetadas de luz en relación al futuro ¿Qué quedará de México cuando la cultura haya desparecido?

México tiene un promedio de educación de segundo de secundaria. ¡Una catástrofe! De 30 naciones estamos en el lugar número 30 de la OCDE. La educación privada es prácticamente igual de ineficiente que la pública. La reforma educativa, sin duda alguna la más importante, ni siquiera se intenta. A los 15 años de edad la mitad del estudiantado ya abandonó las escuelas y de los que permanecen no entienden lo que leen. De 100 estudiantes de primaria únicamente 13 terminan la carrera y de estos 13 solamente dos se reciben. Un incalificable desperdicio de energía nacional.

Nada mejor para celebrar nuestro Bicentenario, no así sólo para conmemorarlo, que instrumentar de manera pacífica, sensata y efectiva, una "tercera revolución" en todos los órdenes de la vida nacional. Precisemos la metodología de una revolución moral, de una revolución espiritual, de una revolución educativa y cultural, de una revolución industrial, de una revolución comercial, de una revolución política, de una revolución ecológica, una revolución en materia de comunicaciones, finalmente de una "tercera revolución" en la que destaque la inteligencia nacional que en nuestros días nadie encuentra por ningún lado. Es la hora de instrumentar una revolución cultural para que los creadores mexicanos no fallezcan en la inanición como víctimas del hampa.

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