noviembre 16, 2010

Las razones de los gatos

Héctor Aguilar Camín
acamin@milenio.com
Día con día
Milenio

Los gatos son sagrados. He perdido al menos un cuarteto de lectores iracundos por mi sacrílega gatomaquia de la semana pasada. Pero he recibido admirables explicaciones y reintegros.

En primer lugar, de Marta Lamas quien retira, “con los maullidos de protesta de mis felinos”, toda responsabilidad de los gatos en la fibrosis malhadada de Carlos Monsivás. La causa de esa fibrosis fue múltiple, explica Marta: en primer lugar genética, pues la padecen otros miembros de la familia, y después libresca: por el polvo acumulado en los libros, que da lugar a una atrofia pulmonar denominada del anticuario.

Luego escribió el gran biólogo, Antonio Lazcano Araujo, diciendo que le gustó la descripción de Paz de los gatos como pequeños tigres, pero que en realidad son familias de felinos que poco tienen que ver entre sí, empezando porque los tigres no maúllan y los gatos sí, pero sobre todo porque sólo en los gatos se han encontrado “anticuerpos para un parásito que se llama Toxoplasma”. Los gatos lo adquieren comiendo ratones y “los expulsan con las heces”.

La “explicación evolutiva” de este hecho, dice Toño Lazcano, “es espléndida (y, como la naturaleza, totalmente amoral): aparentemente el parásito libera grandes cantidades de dopamina que afecta la conducta de los ratones y los hace buscar espacios abiertos, con lo que quedan expuestos a la depredación”. (¡Manes de Tom y Jerry!)

Recibí también una maravillosa explicación, con los pies bien en la tierra ignota de los gatos, de José Antonio Jiménez:

“Los gatos no matan por el placer de matar. Instintivamente muestran una irrefrenable necesidad de atrapar todo aquello que se mueve, por eso persiguen pelotas de estambre o cualquier otro juguete, como lo hacen con cualquier animal que se mueva y pueden engullir. Son excelentes y ecológicos plaguicidas contra ratas, cucarachas, arañas y alacranes. Normalmente sus presas de caza las llevan a “la guarida”, o sea que entre tantos atributos negativos habrá que resaltar uno positivo: su generosidad”.

Alguien envió también el gran Gato Loco de Sabines, quien dijo así de su felino:

Lo he calumniado. Le he llamado el gato loco; he dicho que necesitaba un psiquiatra. Me he burlado de él torpemente.

En cuanto empieza a oscurecer, mientras la gata se acomoda en los sillones de la sala, el gato bizco comienza su ronda nocturna... sale al patio y se pasa toda la noche, dando vueltas y vueltas, maullando, buscando algo, alguien. A las siete de la mañana, más o menos, se viene a dormir. Y así todos los días.

Me preguntaba si se sentía prisionero, angustiado o qué. Hoy me he dado cuenta que es sólo un oficio: él patrulla la casa contra fantasmas, malas vibraciones y extraterrestres. De aquí en adelante le llamaré el patrullero de la noche, el vigilante del amanecer.


(Mañana, la del estribo).

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