noviembre 30, 2010

Lo que queda de la izquierda

Yuriria Sierra (@YuririaSierra)
Nudo Gordiano
Excélsior

Gracias a personajes como Lula da Silva o Michelle Bachelet dejó de verse como una ideología peleada a muerte con el libre comercio.

Los últimos años hemos visto desde las gradas los triunfos de políticos latinoamericanos identificados con corrientes de izquierda y que, pensando en utopías, le han significado a esta parte del continente y, sobre todo, a su respectivo país, una mejoría en su calidad de vida y dentro del estatus político mundial. Chile y Brasil son los mejores ejemplos de ello, los que han logrado cambios importantísimos en percepción de esta idea no internacionalista que se les atribuye a los gobiernos de izquierda.

Gracias a personajes como Lula da Silva o Michelle Bachelet dejó de verse a la izquierda como una ideología peleada a muerte con el libre comercio o el “imperialismo estadunidense”, dejó, pues, el discurso nacionalista como único argumento. Lo mismo sucedió en Uruguay, aunque con menos intensidad la luz del reflector.

Y lo hemos visto desde las gradas, el triunfo de Dilma Rousseff en las elecciones presidenciales de Brasil y cuya intención es darle continuidad a la política ejercida por Lula, hace pensar más sobre lo que el resto de Latinoamérica necesita para repuntar al mundo. Lo que, obviamente, nos gustaría ver en México: el triunfo de una política progresista, cualquiera que sea el color que la represente, pero que vaya más allá del rigor con que se manejan los partidos y que los vuelve enemigos de causas y temas que, dicen, además, no caben en su agenda.

Pensemos en esos otros países latinoamericanos, donde está una izquierda retrógrada, que ejercita a diario esas líneas nacionalistas como vía de progreso; pensemos en Bolivia y, por supuesto, en Venezuela. La izquierda se disfrazó de democracia y terminó en dictaduras, en regímenes que, de tan cerrados, se codean con ese lado que tanto dicen odiar, el del conservadurismo, porque de progresistas no tienen un pelo. Legado de un Daniel Ortega, pionero en la perpetuidad en el poder, sin importar lo que diga la Constitución de su país y del equívoco de confundir ideas de progreso con neoliberalismo.

Me viene esto a la mente con la publicación del libro Lo que queda de la izquierda, escrito por Jorge G. Castañeda y Marco Morales, una revisión de este fenómeno, de esta polarización política que, al menos en nuestro país, ha tenido costos altísimos. En el imaginario colectivo (y en los archivos de una historia no tan lejana), en México, la izquierda pasó, de ser una esperanza, a grupos que arroparon a los exiliados del partido al poder. Pocos han sido quienes lograron mantenerse en objetivos, muchos quienes terminaron acomodándose a los tiempos y las oportunidades, apenas para seguir figurando en la política nacional.

Y es que pareciera que en México lo que queda de la izquierda es un puñado de ideas que se cambian por permanencia, una izquierda hecha utopía, que cambia de color, casi al mojarse. La izquierda mexicana, presa también de la aspiración y la consecuencia de ser espectadora, siempre sentada en las gradas, aprendiendo poco de lo que se ve en el escenario.

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