noviembre 09, 2010

Los terribles gatos, 2

Héctor Aguilar Camín
acamin@milenio.com
Día con día
Milenio

Días antes de que le abrumara felizmente el premio Nobel, Mario Vargas Llosa preguntó en una cena si era verdad que la afección pulmonar que terminó matando a Monsiváis tenía que ver con los gatos.

Refirió luego, con humor memorioso, que su madre había tenido siempre una fobia cabal por los gatos, y que él la había heredado al punto de que la peor noche de su vida, la peor noche que podía recordar, era la de una cena con un anfitrión cuyo gato, consentido hasta la ceguera, como todos los gatos, decidió hacerlo víctima de sus preferencias y no cesó de rondarle las pantorrillas bajo la mesa o dar saltitos a su hombro desde el sofá, hasta configurar para él, fóbico hereditario de los gatos, la más siniestra cena de que tuviera memoria.

Al revés, hay personas, como el propio Monsiváis y el anfitrión de aquella noche de Vargas Llosa, que no podrían imaginarse la vida sin la compañía de un gato, o muchos gatos, y sin la gozosa servidumbre voluntaria que los gatos, como ninguna mascota doméstica, son capaces de imponer en sus dueños, acaso porque los gatos en realidad nunca son mascotas ni se domestican, sino que establecen secretamente con los humanos un juego de soberanías en el que no hay transacción: sólo saben ganar o separarse.

En la casa de huéspedes de mi adolescencia aprendí que las gatas venden caro su cuerpo, que sus amores son utilitarios, exigentes y violentos.

Lo aprendí con una gata a la que alguien puso Querry, absurdo nombre que me recuerda el más extraordinario que alguien haya puesto a una gata, el que le puso Monsiváis a una de sus última gatas favoritas: Miss Antropía (el mejor que se ha puesto a un gato que no era gata se lo puso Cortázar al suyo: Teodoro W. Adorno).

Querry salió un día de la casa y estuvo varias noches fuera, al punto que la dimos por perdida. Volvió una tarde por los caminos de gatos que daban a la azotea de la casa como si la hubieran quemado o torturado, flaca y turbia, la pelambre oscura y blanca de gata corriente llena de manchas y rasgones.

Estuvo escondida varios días y volvió luego a su normalidad altiva. Una noche se metió en una caja de cartón que había quedado de unas navidades y al día siguiente mi hermana Pilar, que le tenía debilidad de dueña de gatos, la encontró en su nido y vio que había parido cuatro gatitos, uno de ellos muerto.

Hay pocas cosas tan bellas como un gato bebé y pocas cosas tan inquietantes como una gata en brama haciéndose preñar en medio de la batalla. Hay que ser un gato salvaje para enredarse con una gata en brama.

No hay comentarios.: