noviembre 08, 2010

Los terribles gatos

Héctor Aguilar Camín
acamin@milenio.com
Día con día
Milenio

Me inquietan los gatos. Miran con fijeza indiferente como si nos supieran de más. Alguien debería explicarles a los perros, dice Hugo Hiriart, que no deben profesarnos esa admiración perruna, pues son infinitamente superiores a nosotros. Alguien debería explicarles a los dueños de gatos que no son en realidad los dueños, sino la propiedad de sus gatos.

Hay gatomanía y hay gatofobia. No creo padecer ninguna de las dos, pero sé historias de gatos que me inclinan al horror más que a la adhesión.

No fui testigo, pero puedo imaginar con precisión el dominio de los gatos sobre los años finales de Elena Garro: un museo de olores imposibles y felinos ubicuos, absolutos dueños de su dueña.

Conocí los estadios iniciales del dominio de los gatos sobre la vida de Carlos Monsiváis, aquella entrega elegida de su cuarto y de su biblioteca a la proliferación de gatos sin otro pedigrí ni otro parecido que su voluntad indiferente y altiva de dominio.

Me entristece pensar que en tanto amor esclavo por sus gatos Carlos Monsiváis adquirió al menos parte de la fibrosis pulmonar que le acortó la vida. Sus pulmones, dijeron los médicos, estaban atrofiados al 70 por ciento por los miles de pelos de gato que había aspirado por años en su compañía.

Recordé al saber esto el diagnóstico de esterilidad hecho sobre una púber por su larga convivencia con los gatos. La convivencia con los gatos produce un porcentaje de esterilidad en niñas que se vuelven mujeres rodeadas de gatos.

Recuerdo de los primeros días de residencia en mi casa, hace 20 años, junto al bosque de Chapultepec, la persistencia de un camino de gatos que se habían hecho dueños de una caseta abandonada.

Una noche, mientras escribía con la puerta abierta al viejo patio de la vieja caseta, vuelta ahora una cochera, sentí más que escuché, pues los gatos son inaudibles, la mirada radiante de un gato midiéndome desde la oscuridad del patio, como si preguntara por el viejo refugio.

Fue como dar un salto a lo desconocido, la impresión de estar siendo mirado silenciosa pero cabalmente desde el más allá.

En uno de mis dos o tres intercambios telefónicos con Octavio Paz, recuerdo haberle comentado la historia de aquel gato y haber escuchado de él lo fundamental que sé sobre los gatos, a saber, que los gatos no son animales domésticos, sino pequeños tigres en acecho que no se domestican nunca. Conservan intactos bajo sus pelambres de terciopelo los mandatos salvajes de su naturaleza.

Paz debía saber mucho de gatos. Su viuda Marie Jo, bella y alegre mujer, vive rodeada de gatos, como si supliera con ellos la presencia indomada del poeta.

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