noviembre 25, 2010

Me gusta tu rancho… ¡Lárgate!

Román Revueltas Retes
revueltas@mac.com
Interludio
Milenio

El suceso protagonizado por el señor Garza, digno de un drama de Shakespeare o de una tragedia griega, ha salido a la luz porque el hombre tuvo una conducta atípica: en vez de abandonar su rancho y acogerse a la dudosa seguridad de las ciudades, se quedó y defendió su patrimonio como un valiente. Pero otras personas no han hecho lo mismo y, por favor, no se les puede reprochar en lo absoluto que hayan huido. En este sentido, la postura de don Alejo no es un ejemplo a seguir ni mucho menos. No debe ser emulada porque, digo, ¿qué queremos: decenas o centenares de propietarios asesinados? ¿Es acaso una opción resistir —así fuere con el apoyo de los hijos, el compadre, los vecinos o los amigos— el embate de unos canallas armados hasta los dientes y muy numerosos? Ahí donde un grupo mediano se hubiera retirado luego de sufrir seis bajas estos sicarios siguieron disparando y utilizando armas de alto poder hasta “ocupar la plaza”, dicho esto en la jerga militar. O sea, que las perspectivas de éxito frente a una fuerza desmesurada y brutal son realmente mínimas y la única certeza, eso sí, es la de encontrar la muerte.

En todo caso, algo nos tiene que quedar muy claro: no nos corresponde a nosotros, los ciudadanos particulares, la tarea de combatir a los delincuentes. Para empezar, llevamos todas las de perder. Pero esto no sería lo verdaderamente importante ni la razón decisiva. Lo que es inaceptable es el hecho de consentir, así sea por un sentimiento de rebeldía o como una respuesta desesperada a la impotencia que sentimos, que el Estado se desentienda de sus obligaciones y que, en ese momento, nuestra supervivencia dependa del sacrificio de los individuos y de su heroísmo particular.

El Estado está ahí para dar seguridad a los ciudadanos. Ésa, y no otra, es su principal razón de ser. En México no necesitamos la muerte de los valientes, por más que nos conmueva. Necesitamos que se cumplan las leyes. Nada más.

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