noviembre 27, 2010

¿Qué tanto confías en ti mismo?

Andrés Roemer
Presidente de Poder Cívico, AC
El Universal

¿Qué tan bueno o malo es el exceso de confianza? En mayo de 1997 Garry Kasparov —el mejor jugador de ajedrez del planeta— fue derrotado por la computadora de ajedrez de IBM Deep Blue. Para muchos esa fecha marca un parteaguas en la certeza de la superioridad del ser humano sobre las máquinas, o como la revista Wired lo describió: “(desde ese día) la raza humana tiene un complejo de inferioridad… y el lugar de la humanidad en el orden de las cosas se modificó”.

Kasparov había vencido con facilidad a una versión anterior de la computadora de IBM, así que se sentía confiado; se equivocó. Al final Kasparov comentó que su fracaso se debió a su éxito, pues sobreconfió en los logros acumulados y nunca se percató de que cada juego exige nuevas —y repensadas— estrategias.

Confiar en que acertaremos nos ayuda a asumir riesgos y reducir el estrés que ello implica. Pero, suele haber momentos en los cuales la confianza en uno mismo provoca que se relaje el intelecto, que uno sea menos perseverante, menos inquisitivo y actúe improvisadamente. La consecuencia natural de tomar decisiones en ese escenario es el error. Siempre es mejor recordar: No creas todo lo que piensas.

Al estudiar la sobreconfianza los científicos sociales idearon el término “calibrado”, el cual pretende medir la diferencia entre las capacidades reales y las supuestas. Los estudios concluyen que en general estamos mal calibrados: creemos ser mejores de lo que en realidad somos para ciertas actividades, prioritariamente aquellas que necesitamos para trabajar. Por ejemplo, el ejército de EU realizó un estudio para el cual primero pidió a un grupo de soldados de Fort Benning predecir qué también harían una prueba de tiro y posteriormente les pidió realizar la prueba. Los soldados predijeron que darían en el blanco 75% más veces de lo que realmente hicieron.

¿Cómo generamos el exceso de confianza? Cuando logramos lo que queremos confirmamos la certeza de nuestras acciones o creencias. Antes de observar las circunstancias que favorecieron el acierto preferimos simplemente atribuir esa “victoria” a nuestras capacidades. Así se inicia un círculo que reafirma constantemente la confianza en uno mismo. Pero cuando los hechos demuestran que tomamos decisiones erróneas, rompemos ese círculo y somos proclives a atribuir los fracasos a causas que escapan de nuestro control y voluntad —vgr. el destino o la mala suerte—.

Además, si cometemos el error en un momento cumbre —en el juego por el campeonato o la batalla decisiva— todo acierto precedente se nos devela como simples victorias pírricas. El problema para líderes y expertos es que su trabajo consiste en tomar constantemente decisiones en momentos cumbre y cualquier error tiene consecuencias graves.

Como lo señaló el best seller Malcolm Gladwell durante la tercera edición de La Ciudad de las Ideas, todos cometemos errores, pero no todos los errores tienen las mismas consecuencias y ello depende de la posición de poder que tenga cada quien. Una persona que no se percata de una luz roja en el semáforo podría causar un accidente más o menos grave, un controlador de vuelo incapaz de advertir un peligro puede provocar una tragedia, pero un presidente que declara la guerra suponiendo que controlará a la resistencia en unas semanas —sin conocer el territorio enemigo y sin considerar sus motivaciones— llevará a la muerte a miles de personas.

Según Gladwell, durante la gran depresión de la década de 1920 y durante la crisis financiera que estamos viviendo, el problema fue la sobreconfianza de los ejecutivos y expertos de las grandes instituciones financieras. Mientras los grandes bancos internacionales entraban en crisis, sus CEO se tomaban el tiempo para jugar golf, retrasando decisiones importantes, suponiendo que podrían controlar la adversidad. Al respecto, debo decir que si bien coincido con Gladwell en que la soberbia es un mal en cualquier escenario de decisión; no parece haber evidencia empírica que sustente una correlación entre la sobreconfianza y la crisis financiera.

Entonces ¿deberíamos estar perfectamente calibrados? No necesariamente, durante la investigación de Fort Benning los únicos cinco tiradores que acertaron su predicción —que estaban “bien calibrados”— fueron los cinco peores. Tener sobreconfianza en uno mismo no sólo es natura humana, sino recomendable siempre y cuando se pueda llegar a lo que los psicólogos llaman punto óptimo de ilusión: el punto donde el exceso de confianza no supone un relajamiento de nuestro esfuerzo por lograr los objetivos. En este sentido Gladwell sugiere tener un poco de sobreconfianza para con la familia de nuestra pareja.

Como dice una frase atribuida a Kasparov, “es mejor un pequeño exceso de confianza que lo contrario. Si uno no se equivoca, es porque no corre los riesgos necesarios para ser un innovador”. Pero no olvidemos la palabra pequeño.

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