noviembre 22, 2010

Revolución y violencia

Agustín Basave (@abasave)
abasave@prodigy.net.mx
Director de Posgrado de la Universidad Iberoamericana
Excélsior

La historiografía sobredimensiona la violencia en aras de la mitificación nacional y a fuerza de glorificar a los héroes de la espada. La tesis de Clausewitz de que la guerra es la continuación de la política es crecientemente rebasada por la de que la guerra es el fracaso de la política: una mala negociación es mejor que una buena conflagración.

Los senderos vírgenes de la historia son fértiles para la maleza de la especulación. ¿Qué habría sucedido si tal o cual episodio histórico hubiera sido de esta y no de aquella manera? Yo —centrista y pacifista incorregible— me pregunto a menudo si no habría sido mejor que los jacobinos moderados hubieran prevalecido sobre los radicales, empujando a los girondinos a aceptar por las buenas el progreso de la revolución francesa, o si en la revolución rusa los mencheviques se hubieran impuesto a los bolcheviques y una coyuntura posterior hubiera pavimentado el camino a la socialdemocracia. Y desde luego, me imagino cuál habría sido el desenlace del siglo XX mexicano si Porfirio Díaz se hubiera retirado a tiempo y hubiera dejado a Bernardo Reyes como su sucesor.

La constante en mis conjeturas es qué habría pasado si se hubiera detenido la guerra civil. Soy consciente de que en casos fue ineluctable, e incluso fecunda. Pero pienso que la historiografía sobredimensiona la violencia en aras de la mitificación nacional y a fuerza de glorificar a los héroes de la espada. Me parece, además, que en la medida en que nos adentramos en la historia moderna las alternativas no belicistas son cada vez más viables. La tesis de Clausewitz de que la guerra es la continuación de la política es crecientemente rebasada por la de que la guerra es el fracaso de la política: una mala negociación es mejor que una buena conflagración.

Y es que el costo de la violencia es tan alto que su beneficio rara vez lo supera. La destrucción que sufre un país en las luchas intestinas, además, perjudica a todos. No es casualidad que las doctrinas revolucionarias profeticen el paraíso terrenal como resultado de su triunfo: sólo ofreciendo el cielo como recompensa se puede persuadir a la gente de entrar al infierno. Si el líder de una revolución prometiera, con realismo, que a su victoria seguiría una reconstrucción muy lenta y una mejoría no exenta de vicios inerciales, muy pocos lo seguirían. Sólo los mártires y los que no tienen nada que perder se arrojan a una aventura en la que el sufrimiento y probablemente la muerte los esperan a ellos y a sus seres queridos. De ese cálculo estratégico surgen las utopías armadas.

A mi juicio, la mayoría de las guerras civiles han estallado por la intransigencia de las élites en el poder más que por el extremismo de los revolucionarios. Aunque pugnan por hacerlo desde una posición de fuerza, los movimientos sociales que luchan contra un orden establecido suelen estar dispuestos a negociar en algún momento con sus adversarios. Nadie traga lumbre a menos que lo obliguen. Con algunas excepciones, es la actitud de insensibilidad, voracidad y cerrazón de un gobierno la que radicaliza la postura de una oposición y la lleva a salirse de los cauces legales e institucionales. Esas excepciones son las de los fundamentalismos de cualquier cuño, aquellos que rechazan todo gradualismo y hacen del fanatismo maximalista su religión.

En la Revolución Mexicana no hubo fundamentalistas. Flores Magón fue un convencido anarcosindicalista y Zapata un agrarista irreductible pero, en el contexto de la devastación que se venía encima, sus demandas eran tan fáciles de cumplir que solamente la incomprensión, el dogmatismo o la soberbia gubernamentales pudieron orillarlos al aislamiento y al cadalso. El artífice del levantamiento de 1910 fue un hombre bueno y limpio, mesurado a cual más, dispuesto al diálogo, horrorizado por el derramamiento de sangre. Si Díaz hubiera aceptado ya no digamos retirarse de la contienda presidencial sino únicamente postular a Reyes a la vicepresidencia, Madero no habría promulgado el Plan de San Luis. Y si eso hubiera ocurrido quizá México se habría ahorrado un millón de muertes.

No soy un detractor de la gesta cuyo centenario conmemoramos antier. Al contrario, la admiro como origen de nuestra identidad nacional y detonadora de la eclosión de creatividad cultural que nos dio el muralismo, la novela de la Revolución, la música nacionalista y la época de oro del cine mexicano. Pero no puedo cerrar los ojos al hecho de que sin la obcecación de la dictadura porfiriana la violencia pudo haberse minimizado y de que sus avances se pudieron haber logrado sin los retrocesos de la fiesta de las balas. Toda esa sangre, toda esa destrucción, todo ese sufrimiento, ¿redimió a México? No. Algunas cosas mejoraron, pero apenas se redujo la injusticia social y la corrupción siguió igual o peor. Sustituimos a los peones acasillados por pobres modernos y nos llenamos de Artemios Cruces. ¿De veras cree alguien que no se pudo haber conseguido eso o más sin ir a la bola?

Si en el pasado no se pudo evitar la violencia, ni hablar. Pero si hoy podemos aprender la lección, contrarrestar la intransigencia y propiciar la conciliación política para sentar las bases de un país justo y una sociedad honesta, hagámoslo. El problema no es México: el problema somos los mexicanos.

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