noviembre 18, 2010

Ricardo Flores Magón

Alfonso Zárate Flores (@alfonsozarate)
Presidente de Grupo Consultor Interdisciplinario, SC
El Universal

En estos días de aturdimiento, ayunos de heroicidad, cuando algunos pretenden convertir en “superhombres” a individuos ordinarios: trepadores, burócratas ambiciosos, oportunistas a quienes les sonríe la fortuna… En estos días en que conmemoramos el centenario del estallido de una revolución que prometía democracia y justicia social, vale la pena traer a la memoria a uno de los personajes más limpios e inspiradores de esa lucha social pero al que, sin embargo, poca justicia se le hace, a Ricardo Flores Magón, figura señera del Partido Liberal Mexicano, cuyas ideas, difundidas en las páginas de Regeneración, iluminaron a muchos luchadores sociales, estuvieron presentes en los movimientos de Cananea y Río Blanco, y marcaron al constituyente de Querétaro.

La Constitución de 1917 recogió el legado ideológico del magonismo: la restitución de ejidos y la distribución de tierras ociosas entre los campesinos; la fundación de un banco agrícola; la jornada máxima de trabajo de ocho horas y la prohibición del trabajo infantil; el establecimiento de un salario mínimo tanto en las ciudades como en los campos; la obligatoriedad del descanso dominical; la abolición de las tiendas de raya en todo el territorio de la nación; el otorgamiento de pensiones de retiro e indemnizaciones por accidentes en el trabajo; la expedición de una ley que garantizara los derechos de los trabajadores... en otras palabras, el grueso de la agenda social plasmado en la Carta Magna, fue aportado por el magonismo.

Pero ni Regeneración ni el Partido Liberal Mexicano se explicarían sin valorar las duras condiciones de un México que —escribió Charles Cumberland— le pertenecía a los extranjeros. “Hacia el final del régimen de Díaz, los inversionistas americanos controlaban más de la mitad de la riqueza nacional, esto es, los americanos poseían no sólo más que otros extranjeros, sino también más que los otros extranjeros y los mexicanos juntos”.

Influida por su época, la utopía magonista creía en la bondad esencial del ser humano, al que definía “compartido, noble, solidario”; esa generación de idealistas —Enrique y Ricardo Flores Magón, Librado Rivera, Juan Sarabia, Alfonso Cravioto— constituían en prisión “aulas carcelarias” y estaban convencidos de que en la escuela primaria estaba la base de la grandeza de los pueblos, en la primacía de la educación y en la dignificación del magisterio, en un ámbito puramente laico.

Y de entre todos ellos, sobresalía Praxedis G. Guerrero, un verdadero místico, un santo que despreció la rica fortuna que heredó. “No tengo corazón para explotar a mis semejantes”, dijo, y se puso a trabajar codo con codo con sus propios peones, sufriendo sus fatigas, participando de sus dolores, compartiendo sus miserias.

La prisión nunca disminuyó su esencia justiciera ni su homenaje al hombre proletario, el que hace todo: “todo sale de sus manos y, sin embargo, no gana más que lo estrictamente necesario para que medio reponga las fuerzas perdidas y siga creando riquezas, riquezas, riquezas, y obteniendo por ello el desprecio de los que lo explotan”.

A más de cien años de distancia, vale reproducir la advertencia que hicieran los signatarios del Programa del Partido Liberal de 1906:

“No se puede decretar que el gobierno sea honrado y justo: tal cosa saldría sobrando cuando todo el conjunto de las leyes, al definir las atribuciones del gobierno, le señalan con bastante claridad el camino de la honradez; pero para conseguir que el gobierno no se aparte de ese camino, como muchos lo han hecho, sólo hay un medio: la vigilancia del pueblo sobre sus mandatarios, denunciando sus malos actos y exigiéndoles la más estrecha responsabilidad por cualquier falta en el cumplimiento de sus deberes. Los ciudadanos deben comprender que las simples declaraciones de principios, por muy altos que éstos sean, no bastan para formar buenos gobiernos y evitar tiranías; lo principal es la acción del pueblo, el ejercicio del civismo, la intervención de todos en la cosa pública”.

En estos días de confusión, cuando se premia la mediocridad, cuando parece no haber salida del laberinto, vale la pena inspirarnos en hombres de esa estatura, de esa densidad ética, en estos héroes verdaderos.

No hay comentarios.: