noviembre 07, 2010

Somos unos millones más viejos

Luis González de Alba
Se descubrió que...
Milenio

La enorme diferencia entre el conocimiento científico y las creencias es la continua revisión que la ciencia hace hasta de sus valores más queridos: Darwin no conoció los trabajos de Gregor Mendel sobre la herencia de los colores en flor de chícharo de su jardín, si bien fueron contemporáneos. Cincuenta años pasaron, hasta que el holandés De Vries descubrió a Mendel y tuvo la intuición genial de que era la pieza faltante en el rompecabezas de la evolución. El término para designar esas unidades de memoria, gen, nos viene de la misma raíz griega de donde tenemos Génesis, genealogía, unigénito, primogénito: del verbo nacer.

Los genes nos dieron una explicación para los cambios en el pico de los pinzones observados por Darwin en las islas Galápagos durante su mítico viaje en el Beagle: por los mismos mecanismos que le daban a Mendel chícharos de diversos colores, en una isla son gruesos para romper cáscaras o son delgados en otra para extraer gusanos de una corteza. Fue una revisión profunda del darwinismo, una respuesta a la pregunta: ¿cómo se heredan los caracteres físicos y ciertas conductas no aprendidas? ¿Cómo ocurren los cambios, las mutaciones, que no se ven en ninguno de los ancestros? La respuesta fue: mezcla y mutación de genes por errores de copiado. Había nacido el neodarwinismo que culminaría en 1953 con el descubrimiento del ADN por Watson y Crick.

También la evolución humana está sometida a revisiones continuas. Una breve digresión: cuando llegué al DF a estudiar y conocí al primer grupo estudiantil de izquierda, la palabra “revisionista” la aplicaban los maoístas al régimen soviético (que en paz descanse), y creí por un tiempo que era un elogio: ¿no es bueno revisar, poner al día, ampliar las tesis del marxismo? Luego me enteré de que eran autores de textos sagrados y sólo debía uno aprenderlos de memoria: una religión más hasta con el atractivo de un paraíso prometido en el futuro.

Pues bien: la grandeza de la ciencia está en su perpetuo afán revisionista. Ahora lo vemos en cuanto a la evolución humana. Por años hemos sabido que el ancestro común a todos los primates (incluido el humano) vivió hace 5 o 6 millones de años y se balanceaba de árbol en árbol colgado de la cola (oh, ¡el sofocón que pasa uno al presentarlo a las amistades!).

Pues que no, que son 8 millones, dice la última revisión hecha por Robert Martin, del Museo Field y coautor del estudio publicado en Systematic Biology.

“Trabajando con matemáticos, antropólogos y biólogos moleculares, Martin aspira a integrar el récord fósil con información derivada de material genético procedente de varias especies para tener un cuadro más completo”.

El registro de fósiles no tiene un “eslabón perdido”, sino millares de eslabones encontrados: tenemos la historia humana registrada mutación a mutación a partir del abuelo de todos los chimpancés, gorilas y humanos.

Al estudiar todas las especies primates del presente, los fósiles de primates y con evidencias en ADN, los modelos computarizados sugieren un periodo más largo de evolución. Esto da una perspectiva más amplia para interpretar datos, como el de un cráneo fósil descubierto en Chad (centro de África) en esta década. Recibió el nombre de Sahelanthopus tchadensis. Se acortó en un apodo: Toumai, que significa “esperanza de vida” en el idioma local. Se le observaron numerosas características humanas pero no cabía en el registro anthropus, porque al datar el fósil se halló que tenía 7 millones de años: muy lejos de la línea evolutiva humana.

Pero con las nuevas estimaciones acerca del momento en que nos escindimos de la línea que originó a los chimpancés, Toumai ya cabe en nuestro árbol genealógico, dice Martin. La nueva datación de nuestra historia evolutiva hace poca diferencia si comparamos con un ensayo del año 2002 donde Martin y colegas sostuvieron en Nature que el último ancestro común de todos los primates contemporáneos, incluidos nosotros, vivió hace 85 millones de años: una enorme diferencia.

“Eso implica que por 20 millones de años las versiones tempranas de los primates convivieron con los dinosaurios. Lo cual pone en duda la teoría aceptada de que los primates y otros mamíferos se expandieron por el planeta cuando los dinosaurios ya se habían ido”. Es más, la teoría hace depender de la extinción de los dinosaurios el éxito de los mamíferos, que ocuparon un nicho ecológico sin tan enormes y peligrosas bestias.

El nuevo modelo estadístico del equipo de Martin es mucho más conservador, pero mueve en 3 millones de años la separación de la línea que originó los australopitecos y finalmente los homo. Que el Homo sapiens surgiera hace apenas 200 mil años, en el este de África, es un dato que sigue firme aunque el abuelo común se aleje.

Link al artículo original: http://sysbio.oxfordjournals.org/content/early/2010/11/04/sysbio.syq054....
I’m so sorry, pero está en inglés.

Mi novela con la Revolución mal librada: OLGA, (Planeta, 2010).

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