noviembre 03, 2010

Una crítica a los medios

Héctor Aguilar Camín
acamin@milenio.com
Día con día
Milenio

Entre las muchas virtudes críticas de la prensa mexicana, de la prensa en general, no brilla la de la autocrítica.

Uno escucha críticas feroces en los corrillos periodísticos sobre las fallas de los medios y de los colegas, pero esas críticas nunca van al papel ni salen al aire.

No se comparten con el público, lo cual es un flaco servicio al público, pues los medios son actores políticos centrales, espejos y en muchos sentidos creadores de la vida pública.

Importa saber qué son esos medios, cuánto influyen, a quién pertenecen, a qué intereses y a qué convicciones responden. Importa mirarlos sin inocencia ni complacencia, tal como los propios medios miran a los otros actores políticos.

Pero la autocrítica no es una especialidad de los medios. Tampoco la crítica a otros medios. Ni siquiera la información estable, continua, transparente sobre el estado de los medios: tirajes, expansiones, compras, contrataciones, ingresos, salarios.

Me parece una debilidad mayor de nuestra prensa, tan exigente con los demás actores públicos y tan poco exigente consigo misma.

Por eso celebro la escasa crítica a los medios que puede encontrarse en la propia prensa, la que hacen por ejemplo Fernando Escalante Gonzalbo, a diarios nacionales y extranjeros, y Carlos Bravo Regidor, fundamentalmente a opinadores mexicanos.

Me ha gustado en estos días la crítica de Salvador Camarena al escandalismo prepotente y amontonado con que fue registrada la caída de un prestigiado ex funcionario público en el alcoholímetro.

También, sobre todo, su reflexión sobre el trato de noticia y verdad acordado a las declaraciones de un rehén que era obligado a declarar en un video contra su hermana, la ex procuradora del estado de Chihuahua, mientras lo amagaba un círculo de metralletas.

Como están las cosas, dice Camarena, “a nadie debería extrañar que los periodistas nos entreguemos sin pudor a la difusión de un material propagandístico criminal” (“Adiós al periodismo”, El Universal, 28/10/10).

Su conclusión es dura, pero pedagógica. Los periodistas, dice, “hemos renunciado al privilegio que nos había encargado la sociedad: ya no queremos decidir entre lo que debe y lo que no debe ser publicado. Éramos un filtro, debíamos separar el grano de la paja. Nos pidieron desde siempre que comunicáramos lo verificable, lo relevante; no sólo lo novedoso, sino la noticia con valor para el colectivo, las historias que fueran construyendo día a día una identidad, un discurso social para el futuro. Éramos cocinero; hoy somos, con perdón para ellos, tablajeros: presentamos las piezas crudas”.

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