diciembre 09, 2010

Comprar un loro

Carlos Elizondo Mayer-Serra
elizondoms@yahoo.com.mx
Reforma

A un loro se le puede entrenar para gritar frases como "más presupuesto, más presupuesto". Un buen loro puede aprender a alternar entre varias: "hay que crear empleos", "necesitamos un acuerdo nacional", o muchas otras frases por el estilo.

En México hemos sido muy exitosos para entrenar ese tipo de loros. Los medios reproducen con frecuencia sus palabras. A veces pareciera que el trabajo de nuestra prensa consiste no en investigar acontecimientos sino en visitar a algún loro, registrar lo que dice y darlo a conocer como noticia de actualidad. No importa si el loro, fiel a su especie, lleva años repitiendo lo mismo.

Si uno lee la mejor prensa de otros países notará que allá, pobrecitos, no han descubierto la utilidad periodística del loro. Uno puede, por ejemplo, leer todos los días El País y no saber cuál es la posición del rector de la Universidad Complutense con respecto a la crisis económica española, hoy por hoy más grave que la nuestra. Es probable que ni siquiera sepa nunca cómo se llama el rector, quien en lugar de estar perpetrando declaraciones a diestra y siniestra seguramente se encuentra ocupado administrando su universidad.

Sucede, además, que la prensa en otros países sabe distinguir las opiniones sustantivas y relevantes para la discusión pública de las frases huecas que puede aprender a repetir un loro. Incluso los actores directamente involucrados, los responsables de negociar y tomar decisiones, casi nunca salen a declarar generalidades, sino posiciones en torno a temas muy concretos y complejos, como el mérito de una propuesta para subir los impuestos, la utilidad de una legislación laboral más flexible, o los beneficios de aumentar la edad de retiro.

En una democracia, el debate público debe girar en torno a políticas específicas, no a declaraciones obvias o intrascendentes con las que cualquiera puede estar de acuerdo. ¿O acaso habrá alguien que no quiera que crezca la economía, que no desearía que se produjeran más empleos, etcétera? Perogrulladas como ésas sólo tendría sentido reportarlas si alguien afirmara lo contrario: no es necesario que la economía crezca más.

A juzgar por sus medios de comunicación, en otros países los actores políticos no van por la vida declarando obviedades. ¿Por qué en México sí?

La primera razón es que muchos de nuestros medios de comunicación viven de ponerles micrófonos a sus loros de cabecera. Es cómodo, siempre conseguirán un aplaudido titular. No hay necesidad de investigar. Hasta los narcotraficantes ya aprendieron cómo funciona: basta con poner una manta en un puente, con darle una entrevista a un periodista connotado, y la prensa se encargará diligentemente de hacer las veces de vocería.

En esta obsesión con las declaraciones seguramente hay una herencia de la época del presidencialismo autoritario. Por décadas, hicimos como si lo más importante del acontecer nacional fueran los dichos del Señor Presidente. Claro, en aquel entonces el Presidente no era un loro, por más que a veces lo pareciera. Sus palabras eran avisos, señales, indicaciones susceptibles de ser descifradas como si se tratara de las predicciones de un oráculo. En reproducir sus declaraciones e interpretarlas se iba buena parte de la labor de la prensa.

En cierto sentido, en esas seguimos. Sólo que ahora en lugar de un Señor Presidente tenemos una multitud de loros entregada a repetir lugares comunes: secretarios, legisladores, gobernadores, rectores, académicos, obispos, etcétera. ¿Por qué mejor no se concentran en lo suyo, en resolver los problemas de su propia tarea sustantiva, en lugar de parlotear ante cualquier micrófono?

Quizás sea una cuestión de mera vanidad. Ningún ego le hace el feo a las ocho columnas. Sin embargo, me parece que puede haber otra razón: es una salida fácil para evitar que el reportero te pregunte sobre lo que estás haciendo en el ámbito de tus responsabilidades para, por ejemplo, estimular el crecimiento económico. Además, en un mundo donde sondear la opinión pública significa preguntar cuál es el loro más querido, el que no guarrea no existe.

Para extinguir a estos loros bastaría con que los medios de comunicación decidieran no otorgarle importancia periodística a declaraciones sin sustancia, tal y como hacen sus pares en otros países. La prensa, entonces, podría entregarse a su labor de investigar e informar sobre acontecimientos realmente relevantes. Eso, sin embargo, requiere mucho trabajo. Recurrir a loros vistosos y predecibles es más cómodo.

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