diciembre 13, 2010

De chismosos e hipócritas

Jesús Silva-Herzog Márquez (@jshm00)
Reforma

La incursión diplomática de Isaiah Berlin fue breve e intensa. Durante cinco años observó para el gobierno de Churchill el rumbo de la política norteamericana. Vivió en Washington y en Nueva York dedicado a enviar reportes semanales a la cancillería británica sobre el clima de la opinión, las señales del liderazgo de Roosevelt y los debates dentro del Congreso. El propio primer ministro leía con interés sus envíos. Admiraba su estilo y el colorido del paisaje que pintaba. Churchill esperaba con impaciencia la llegada puntual de cada reporte y quiso conocerlo pero lo confundió en una ocasión memorable con otro I. Berlin: Irving Berlin. Berlin disfrutó su aventura diplomática. Veía con gusto que su trabajo era apreciado en los niveles más altos de la política británica. El historiador de las ideas estaba convencido de que su talento para descifrar el código del poder no estaba en sus conocimientos históricos sino en su interés por la vida de los otros. Sabía bien que, por decisivas que fueran las instituciones, por pesadas que fueran las estructuras económicas, el rumbo de la política era trazado por hombres de carne y hueso, ideas y prejuicios. El empaque psicológico de los individuos, sus vínculos personales, sus doctrinas y sus terquedades son determinantes. En una carta a sus padres lo describe perfectamente: me va bien en este extraño mundo de la diplomacia porque he cultivado desde siempre el arte del chisme. Aquí puedo hacer, de mi afición, oficio.

Evoco esta anécdota porque se han tachado las filtraciones de WikiLeaks como puro chismerío. Las oficinas diplomáticas entregadas a la comidilla de los hombres y las mujeres del poder: las enfermeras voluptuosas de algún gobernante, las debilidades mentales o las obsesiones de otros. La crítica que se ha escuchado no se ha dirigido solamente a la difusión de estas comunicaciones, sino a la ocupación misma de los diplomáticos. ¿Es necesario sostener una representación diplomática para enterarse de las aficiones del señor Berlusconi? Los representantes del gobierno norteamericano convertidos en indiscretos reporteros del corazón, en psicólogos de diagnóstico apresurado, infidentes cronistas del pasillo y la taza del té. Todas estas descripciones tienden a enfatizar la indignidad, la superficialidad, la ligereza de la tarea. ¿Inmunidad diplomática a los profesionales del chisme? Por ello vale la distancia irónica de Berlin: la diplomacia, como la política misma cuelga mucho más de las pequeñas historias personales de lo que los pomposos teóricos o los pontificadores cívicos sugieren. Sí: la política se alimenta de chismes. De su calidad depende buena parte de nuestras decisiones.

Las agencias diplomáticas no solamente se han revelado chismosas sino hipócritas. De nuevo, el escándalo por el doblez de embajadores y demás enviados. Una cosa es lo que dicen frente al micrófono y las cámaras, otra muy distinta lo que escriben a sus gobiernos. En público se brinda por la ejemplar amistad entre los pueblos y se elogia la conducción patriótica del líder; en secreto se sospecha de la cordura del gobernante y se condena su régimen como una organización mafiosa. Desde luego, los fingimientos diplomáticos nos ofenden y nos indignan. Nuestra aversión a la hipocresía es saludable porque exigimos un mínimo de coherencia a los actores políticos. Valdría, sin embargo, detenernos a pensar los usos y los beneficios de la hipocresía. Sí: los beneficios de la hipocresía. ¿Buscamos realmente que nuestras relaciones internacionales sean evaluadas bajo el absolutismo de la sinceridad? ¿Queremos que nuestros representantes nos informen sin ambages lo que piensan de los políticos con los que dialogan? ¿Cuáles son los costos de la sinceridad absoluta? ¿Estamos dispuestos a pagarlos?

David Hume llegó a decir que la hipocresía era el traje que necesitábamos para caminar por el mundo; que nuestros deberes sociales la hacían, en realidad, obligatoria. No es que invitara a la fraternidad por la mentira, es que sabía que la autenticidad total haría imposible la convivencia. La filósofa Judith Shklar habló de la hipocresía como un vicio ordinario que palidece frente a la depravación de la crueldad. ¿Puede eliminarse la hipocresía de la superficie del planeta? ¿No nos prestan las máscaras algún servicio? Shklar reconocía que las democracias liberales viven inevitablemente en conflicto con ella: deben combatirla para no despeñarse en el cinismo, pero también deben reconocer con honestidad sus servicios. Sin cierta hipocresía no habría espacio para el acuerdo entre personas que piensan distinto y que, en lo personal, se aborrecen. Se necesita también cierta duplicidad para cuidar las cortesías indispensables en una democracia. Pregunta Shklar: si entre nosotros existen ciudadanos racistas, ¿qué preferimos: su sinceridad o su hipocresía? Yo no tengo duda. Creo que hay hipocresías benéficas y chismes útiles.

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