diciembre 16, 2010

Entre el fuero y el amparo

Román Revueltas Retes
revueltas@mac.com
Interludio
Milenio

El “fuero” —es decir, ese descomunal privilegio jurídico del que gozan nuestros representantes populares, y los impopulares también— como que comienza a sacarme urticaria.

Digo, los ciudadanos de a pie, comunes mortales, vivimos en la más absoluta indefensión cuando tenemos la desgracia de afrontar los embates de la justicia: no hay figura más temible, creo yo, que la de un agente del Ministerio Público y, entre los espacios visitables del aparato del Estado, no hay tampoco lugar más piojoso y deprimente y lúgubre y sombrío y tétrico que la oficina donde despachan esos buitres. Imaginar, entonces, que el ejercicio de un cargo público te va a eximir de cualquier trámite judicial y de la menor “indagatoria” (el propio lenguaje es de echar a correr) aunque hayas perpetrado delitos bien delictuosos e infracciones de todos los órdenes (del orden común, para empezar, y otras mucho menos comunes aunque mucho más corrientes, vistos los tiempos que corren), es como tener asegurado un lugar a vida en un paraíso terrenal donde las transgresiones no merecen castigo alguno (estamos hablando, en realidad, de una aspiración universal que se frustra desde el momento mismo en que, de niño, tus padres comienzan a marcarte límites muy claros y, encima, te imponen obligaciones tan desagradables como ir a la escuela, lavarte los dientes, dar las gracias a los mayores, etcétera, y que es todavía mucho más difícil de consumar de adulto porque las reglas y las obligaciones —es decir, las responsabilidades— son mucho más agobiantes).

El tal “fuero”, en su momento, fue una medida para asegurar la independencia de los miembros del Poder Legislativo. Ya no. Hoy, es una garantía otorgada a los señores diputados, entre otros beneficiarios, para que nadie les importune si conducen a 200 kilómetros por hora y para que, si les viene en gana, puedan cometer trapacerías y marrullerías a discreción. Qué trabajoso, por cierto, fue quitarle su “fuero” a Godoy. Pero, no se preocupen por él: ahora lo protege un “amparo”.

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