diciembre 03, 2010

La Wikilocura

Fran Ruiz
fran@cronica.com.mx
La aldea global
La Crónica de Hoy

Menudo banquete nos estamos dando a cuenta de los 250 mil telegramas secretos enviados por diplomáticos de EU al Departamento de Estado y filtrados por Wikileaks.

Todo el mundo está invitado a un festín con los platillos más variados y jugosos. ¿Qué se les apetece? ¿El cable que relata las “fiestas salvajes” de Berlusconi, el que denuncia que se está enriqueciendo haciendo “negocios” con Putin-“Batman”, quien a su vez controla a Medvedev-“Robin”? ¿Prefieren algo de Sarkozy y su “megalomanía”, de Chávez y sus espías cubanos; quizá una probadita de Zapatero, ese “izquierdista trasnochado”, o mejor de Cristina Fernández y sus problemas mentales? Y aún hay mucho más: Acaban de salir como pan del horno los cables referentes a México.

El “cocinero” de semejante comilona global es un australiano de 39 años llamado Julian Assange ¿Y saben a quién me recuerda? No tanto a aquel “Garganta Profunda”, cuyas revelaciones a dos periodistas del Washington Post lograron tumbar al presidente Nixon, sino a Lisbeth Salander, la heroína de la trilogía “Millenium” del novelista sueco Stieg Larsson. Para quien no haya seguido sus andanzas diré que la protagonista es una rebelde con conductas sociópatas y con una extraordinaria inteligencia, dos características que la llevaron a convertirse en una peligrosa hacker, capaz de reventar cualquier sistema de seguridad de internet, para vengarse así de sus agresores y de paso vengar a todas las mujeres maltratadas por los hombres.

Assange me recuerda a Salander para lo bueno y para lo malo.

Para lo bueno, porque se trata de otro rebelde de muy alto coeficiente intelectual que desde muy joven se convirtió en un hacker de talla internacional, pero que luego se “reformó” para dedicarse a crear el sitio Wikileaks. Al igual que la protagonista de ficción, nuestro personaje real tiene ese toque de locura de quien no le asusta desnudar a los poderosos y exponer sus trapos sucios ante la opinión pública.

Assange también recurrió a una de las armas más poderosas que existen, por su capacidad de impacto instantáneo en cualquier punto del planeta. Me refiero, claro, al internet, con el que acaba de dejar en el mayor de los ridículos a la diplomacia de la primera potencia mundial; y no sólo eso, amenaza con desclasificar en 2011 archivos sobre las maniobras ocultas de un gran banco estadunidense. Ya estoy saboreando el próximo escándalo.

Por otro lado, me recuerda para lo malo porque sobre Assange pesa una orden de búsqueda y captura por un presunto caso de violación en Suecia. En la trilogía, Salander también está acusada de graves delitos —varios asesinatos— y tuvo que huir de la justicia hasta que pudo demostrar su inocencia. Habrá que ver si el fundador de Wikileaks es capaz también de probar que no cometió el delito sexual que le imputan.

Mientras tanto, Assange sigue oculto en Inglaterra, desde donde nos acaba de sorprender con una última jugada maestra: crear un archivo encriptado en el que presuntamente esconde secretos de tal gravedad que podría usarlos como arma disuasoria en caso de persecución judicial o incluso de peligro para su vida. No es que se haya vuelto paranoico, tiene motivos para estar preocupado, y si no, lean lo que ha dicho Thomas Flanagan, asesor del primer ministro canadiense Stephen Harper: “El presidente Obama debe fijar una recompensa para quien asesine a Assange o usar un avión sin piloto para acabar con él”.

Y para coronar este escandaloso banquete de secretos destapados, que sin duda han atragantado a la secretaria de Estado Hillary Clinton, está la explicación de cómo se consiguió: un simple cabo que trabajaba para el Departamento de Estado, Bradley Manning, se paseó durante meses con un DVD y tarareando canciones de Lady Gaga, sin que nadie se percatara de que en realidad estaba grabando encima de sus discos toda la información confidencial que quiso y que luego pasó a Assange.

El resultado de todo esto es que podemos proclamar que la diplomacia convencional ha muerto. Y mientras bailamos estos días sobre la tumba de la diplomacia de EU, los gobiernos deberán ir pensando en inventar otro modelo a prueba de hackers para que se espíen los unos a otros sin ser atrapados. Esto es la Wikilocura.

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