diciembre 21, 2010

Nuestra alegre expoliación de lo público

Román Revueltas Retes
revueltas@mac.com
Interludio
Milenio

El lucro tiene muy mala reputación en México a pesar de la naturaleza ventajista de tantos mexicanos. ¿Ventajista? Pues sí. Sacan provecho, por ejemplo, de un cargo oficial utilizándolo para cobrar cuotas ilegales a los ciudadanos que deben realizar un trámite. Esta práctica, bastante común, no es más que una muestra de la gran confusión entre lo público y lo privado. Resulta, al igual que tantas otras, del grave desconocimiento de ciertos valores, como el del bien común, que no han todavía alcanzado la categoría de preceptos imperativos en este país. Y así, una plaza de una ciudad se restaurara y embellece con los recursos de todos los contribuyentes pero deja de ser un patrimonio colectivo al ser ocupada por vendedores callejeros y convertirse en el botín particular de un grupo; una disposición legal se desfigura por completo cuando sirve para que los agentes de la autoridad extorsionen a las personas; la concesión de un servicio público pierde todo sentido si sus administradores lo manejan de manera abusiva y deshonesta; el paisaje —un bien que pareciera un tanto intangible pero que forma parte del universo de lo bello (en oposición al submundo de lo siniestro)—, ya no nos pertenece a partir del momento en que los especuladores inmobiliarios —o los invasores de tierras o los colocadores de anuncios “espectaculares”— deciden que ese tesoro común es un bien del que ellos pueden disponer a su antojo.

Curiosamente, no parece inquietarnos demasiado esta apropiación de lo público. Casi no la consideramos como un despojo abusivo sino como el ejercicio de un derecho natural que nos permite, además, expoliar el medio ambiente, destruir el mobiliario urbano o llenar el país entero de basura.

Al mismo tiempo, desconfiamos grandemente del lucro obtenido en las esferas privadas y rendimos a la riqueza un proverbial resentimiento. Somos, de tal manera, una sociedad escindida y contradictoria. Cuando aprendamos a valorar los bienes públicos tal vez nos reconciliaremos también con la idea de los provechos logrados por los individuos particulares.

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