diciembre 03, 2010

Nuevo jefe panista

Miguel Ángel Granados Chapa
miguelangel@granadoschapa.com
Plaza Pública
Reforma

Habrá notorias ausencias y una presencia conspicua mañana, cuando comience la sesión del Consejo Nacional del PAN y sea elegido su nuevo presidente, el nuevo jefe -como se le llamó largo tiempo. El presidente Felipe Calderón y su esposa Margarita Zavala, que pertenecen a ese órgano partidario, no acudirán a su reunión pues acuden a la reunión cumbre de países iberoamericanos. En cambio ha anunciado que se incorporará a la sesión el ex presidente Manuel Espino, que fue expulsado de ese partido en Sonora. Todavía el jueves no se le había notificado esa resolución, y aunque ese trámite se hubiera cubierto ya, a fin de disuadirlo de presentarse al consejo, parece claro que se empecinará en hacerlo, aduciendo que el fallo en su contra es impugnable y no ha causado estado. Va bien a su carácter participar en una escaramuza con quien se atreviera, se atreva, a negarle el acceso a la reunión.

Los 381 consejeros (150 elegidos en mayo pasado) tendrán como principal cometido elegir al sucesor de César Nava, el cuarto líder del partido en el gobierno en los cuatro años iniciales de este sexenio. El mencionado Espino ejercía ese cargo cuando Calderón asumió el suyo, y puesto que había diferencias personales y de grupo muy profundas, apenas pudo el nuevo Presidente se desembarazó de Espino, que contribuyó anticipando su salida. Fue elegido en su lugar Germán Martínez, del círculo calderonista más estrecho y que para cumplir ese cometido abandonó el gabinete. El desastre electoral padecido por el PAN en los comicios federales de julio de 2009 impidió que continuara al frente del partido. Se responsabilizó de la derrota, renunció y fue reemplazado por César Nava, quien oportunamente se había separado de la casa presidencial -donde era secretario privado del Ejecutivo- para ser elegido diputado y quizá cabeza de la fracción albiazul en San Lázaro.

Para sustituirlo, llegado al término del periodo de Martínez, que Nava sólo completó, se inscribieron cinco candidatos, dos mujeres y tres varones. Apena decirlo, pero en un partido donde el lastre machista no aparece sólo en los programas de gobierno sino en su conducta cotidiana, la senadora Judith Díaz y la ex senadora Cecilia Romero son las que cuentan con menores posibilidades de ser elegidas y convertirse, alguna de ellas, en la primera mujer que encabece el partido fundado en 1939 y cuyo primer comité nacional no incluyó presencia femenina alguna.

La senadora Díaz es maestra normalista, y ganó dos licenciaturas, en comunicación y en educación básica. Pertenece a las bases panistas de Nuevo León y por ello ocupó el segundo lugar en la fórmula que obtuvo la mayoría en la elección senatorial de 2006, con Fernando Elizondo en el primer sitio. Es la menos conocida entre los miembros de su partido, y tuvo la libertad de impugnar el registro de Roberto Gil Zuarth, que ingresó al PAN hace menos de cinco años, por lo cual la legisladora lo consideró inelegible. El Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación, sin embargo, desestimó el razonamiento de la senadora, porque ese lapso de militancia es exigible para los consejeros nacionales, no para el presidente del partido, aunque los encabece.

Cecilia Romero es secretaria ejecutiva bilingüe y profesora de inglés. Ingresó al PAN por la vía de la Asociación Nacional Cívica Femenina, Ancifem, una agrupación situada a la derecha de ese partido. Fue diputada federal dos veces y senadora durante el sexenio de Vicente Fox. Ha sido secretaria general del partido, lo que junto con su permanente activismo la hubiera armado de posibilidades de ser elegida, de no ser por que su paso por la administración pública (el Instituto Nacional de Migración) fue tan cuestionado que se volvió una mancha en su carrera pública.

Ambas contendientes parece que llegaron a un acuerdo con el diputado Francisco Javier Ramírez Acuña, ex gobernador de Jalisco y ex secretario de Gobernación, que presidió la Mesa Directiva de su Cámara durante el primer año de sesiones, hasta septiembre pasado. De haberlo, es un pacto ventajoso para el jalisciense, pues consiste en que los candidatos (las candidatas en realidad, según mi apreciación) que resulten menos favorecidos en la primera ronda se retiren en beneficio del más votado de esa tercia. Ramírez Acuña cuenta con un buen número de sus compañeros en San Lázaro (que no fueron suficientes para hacerlo triunfar ante Josefina Vázquez Mota en la contienda por la coordinación del grupo panista en la Cámara) y con la mayor parte de los numerosos consejeros jaliscienses.

Ese presunto acuerdo parte del supuesto de que no haya un candidato que arrolle y consiga de entrada la mayoría calificada necesaria para ganar la elección. Quienes al parecer estarán cerca de lograrla son el senador Gustavo Madero y el diputado Gil Zuarth, los favoritos. Ambos son apoyados y tendrán el voto de la caudalosa corriente calderonista, que dominó en la asamblea nacional de mayo pasado y eligió a 150 de los miembros del consejo.

Madero es senador por Chihuahua, segundo cargo de su brevísima carrera política, que inició como diputado en 2003. Coordina a los senadores de su partido en vez de Santiago Creel, que fue removido en 2008, y presidió la Mesa Directiva y la Junta de Coordinación Política. Gil Zuarth ha ido y venido a la Cámara, donde ha sido un eficaz legislador. Subsecretario de Gobernación durante casi siete meses, su candidatura sorprendió a muchos. Madero y él son las cartas del doble juego presidencial.

Cajón de sastre

Decidido a ser más que jefe de Estado y jefe de gobierno, jefe de partido, el presidente Calderón deseó ("ojalá que así sea") que su partido postule a un distinguido miembro de la sociedad civil para la elección presidencial del 2012. Si bien enumeró el carácter de quienes podrían ser lanzados por el PAN: miembros del gabinete, gobernadores, legisladores, se inclinó por un candidato externo. En una entrevista de la ronda radiofónica que realiza para efectos de su propaganda personal, desdeñó de ese modo a sus correligionarios. O más bien, con ánimo realista, juzgó que más que Ernesto Cordero o Alonso Lujambio, que Juan Manuel Oliva o Emilio González Márquez, o que Santiago Creel y Josefina Vázquez Mota, alguien de fuera abandere al PAN. Eso era comprensible en 1946, cuando ese partido buscó al revolucionario Luis Cabrera. Pero, ¿64 años después?

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