diciembre 15, 2010

Secreto y utopía

Héctor Aguilar Camín
acamin@milenio.com
Día con día
Milenio

La utopía es una región potente de la imaginación humana, no cesa de inventar y proponer mundos a la vez deseables e imposibles.

La utopía que parece propagarse con toda la fuerza de los instrumentos de la modernidad en la aventura global de WikiLeaks es la de un mundo sin secretos. Mejor: la de un mundo transparente, gobernado sin secretos.

La aventura de WikiLeaks es un refinado asalto tecnológico sobre la fortaleza de los secretos de gobierno. Toca la zona más sensible no sólo del orden diplomático, sino de la vida política misma: la zona de la confidencialidad, si se quiere de la simulación, si se quiere de la mentira, en que descansa buena parte de la política práctica.

Quien diga que la política o la diplomacia son posibles sin secretos, mentiras ni simulaciones, es un ingenuo o un demagogo. Lo mismo quien diga que la transparencia total es posible en la vida pública, o, para el caso, en la privada. Partes esenciales de la vida pública y de la vida privada se sostienen en la discreción, el disimulo, el secreto y la mentira.

Nada puede pudrir tan fácilmente una negociación difícil como hacerla pública antes de tiempo. Nada puede envenenar tanto una relación privada como que las partes se digan sin cesar sus verdades.

Bien visto, la transparencia total no es un bien deseable ni en el mundo público ni en el privado. Cabría imaginar un mundo atroz en el que todo mundo dijera la verdad. Sería una verdadera antiutopía, pues la verdad es una señora con espada, y suele cortar de más.

En la vocación de transparencia de WikiLeaks hay el genuino impulso de control democrático del gobierno por los ciudadanos. Pero en su ethos de transparencia radical, hay un fondo intolerante y, como en toda utopía genuina, una ilusión inalcanzable, un desafío al corazón de la realidad, que no tiene corazón para las utopías: se dedica a triturarlas en su duro molino de verdades sin alma.

La bondad de la transparencia, como la del alcohol o el nacionalismo, es una cuestión de grados. Servida en dosis adecuadas es un ingrediente fundamental de la vida democrática, instrumento por excelencia de control de los gobernantes.

Servida en las dosis mundiales que nos ha hecho beber la última oleada de WikiLeaks, el licor en cuestión quizá rompe más de lo que arregla, acaso pone las bases no para una mayor transparencia futura, sino para una mayor opacidad.

Las utopías tienen ese don: a menudo consiguen lo contrario de lo que buscan. En todo caso, me pondré juarista: alcanzado cierto punto de transparencia deseable, entre los individuos como entre las naciones, el respeto al secreto ajeno es la paz.

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