diciembre 03, 2010

Sí, sí, señor Presidente, sí, sí...

Francisco Martín Moreno
Escritor
fmartinmoreno@yahoo.com
conferenciasmartinmoreno@yahoo.com
Excélsior

Entiendo que políticamente intente usted ahora evitar un enfrentamiento con el Congreso del que depende el desahogo de las reformas estructurales.

Sí, sí, sí, señor Presidente, cuando usted afirmó ante diez mil personas que “México no se merecía quedar parado a mitad del camino del cambio democrático que hemos emprendido y mucho menos la tragedia de regresar a lo antiguo, a lo autoritario, a lo irresponsable, porque eso significa pobreza, corrupción, negación o simulación de la libertad”, por supuesto y desde luego que se refería usted al PRI, a la “Dictadura Perfecta”, nunca mejor calificada por mi querido maestro Mario Vargas Llosa. Entiendo que políticamente intente usted ahora evitar un enfrentamiento con el Congreso del que depende el desahogo de las reformas estructurales. Cierto, es claro, sólo que si usted no se refería al PRI cuando hablaba de lo antiguo, de lo autoritario, de lo irresponsable, de la pobreza, de la corrupción o de la simulación de la libertad que padecimos los mexicanos a lo largo de interminables y no menos catastróficas administraciones priistas de siete décadas de involución y atraso, entonces, ¿debo entender que usted pensaba en la tiranía porfirista o en la sangrienta dictadura de Victoriano Huerta o en la degradante e intolerante diarquía Obregón-Calles o tal vez en el odioso y retrógrado maximato? Por favor…

Por supuesto, señor Presidente, que se refería usted al priismo, a ese aborto republicano creado por Plutarco Elías Calles en 1929 durante una de sus muchas noches de insomnio mefistofélico a lo largo de las cuales concibió todas las estrategias posibles para eternizarse en el poder. Obviamente que a usted no le correspondía decir en razón de su altísima investidura, que todo lo bueno y todo lo malo que aconteció en México en las últimas siete décadas del siglo XX se le debe acreditar al PRI por la única razón de que se negó por todos los medios a la alternancia del poder. ¿Fraude electoral? Sí. ¡Fraude electoral! ¿Asesinato de candidatos de la oposición, de periodistas o expatriación de “indeseables” o encarcelamiento de “presos políticos? Sí. ¡Asesinato de opositores y de periodistas, expatriación, encarcelamiento, persecución, chantaje, sabotaje y amenazas cumplidas a quien se apartara de los elevados designios de la familia revolucionaria, una pandilla —sálvese el que pueda— que gobernó México en dichos años en que jamás se concedió el menor respeto a la voluntad popular, sino que se interpretó al muy interesado y no menos perverso saber y entender de la clase gobernante dispuesta a mantenerse en el poder a cualquier precio y en cualquier circunstancia.

¿Además de lo anterior vamos acaso a olvidar que hace 50 años el peso se cotizaba a cuatro pesos por dólar y en la actualidad “sólo” se pagan 12 mil pesos viejos, o sea una cadena suicida de devaluaciones que implica nada menos que una pérdida de tres mil veces el valor adquisitivo de nuestra moneda, salvo que ignoremos el jueguito de los tres ceros? ¿Bravo, bravísimo? ¿Quién nos heredó más de 50 millones de mexicanos sepultados en la miseria o sea, cuando menos cinco veces más compatriotas peligrosamente instalados en la marginación que en los años anteriores al estallido de una Revolución que sirvió para concentrar aún más el poder o no sirvió para nada? ¡El PRI! ¿Pasamos por alto el indignante desplome del ingreso per cápita o el catastrófico resultado operativo del ejido y del campo mexicano que ha propiciado ya no sólo importaciones cuantiosas de productos agrícolas que dejan al descubierto las vergüenzas de nuestra supuesta “soberanía alimenticia”, entre las que se encuentra la exitosísima exportación de mano de obra a Estados Unidos, brazos jóvenes y vigorosos de los que precisamente dependía nuestra salvación? ¿Y qué tal los índices de escolaridad cinco veces inferiores a los de los países desarrollados y que van evidentemente de la mano con la capacidad de generación de riqueza y la distribución del ingreso? ¿Y el “pase automático” a los centros universitarios de cientos de miles de estudiantes que no saben ni escribir su propio nombre sin cometer faltas de ortografía? ¿Y la noche negra de Tlaltelolco y la vergonzosa expulsión del señor rector Chávez que marca el declive vertiginoso del país por el arribo de la oscuridad académica?

El PRI tiene todo el derecho de festejar el enriquecimiento de generaciones y más generaciones de políticos que utilizaron exitosamente dicho instituto político como la herramienta idónea para defraudar impunemente el tesoro público. El PRI fue un inmenso paraguas que protegía de la cárcel a hornadas de delincuentes de puño blanco que cometían cínicamente el delito de peculado en todos los niveles de gobierno a los ojos de la nación. ¿Y qué tal el contubernio de poderes federales y locales que prevaleció en los años del priismo en que los diputados y los senadores del “honorable” Congreso de la Unión eran incapaces de firmar las calificaciones de sus hijos sin consultar previamente en Los Pinos y que aplaudían de pie devaluaciones, jamás suscribían iniciativas de ley ni representaban a nadie salvo los intereses del Presidente de la República en turno? ¿Y la impartición de justicia? ¿Quién creía en la impartición de justicia durante los años de administración priista en que funcionarios y jueces vendían sus facultades al mejor postor?

El PRI extrajo a los curas de las sacristías para concederle una personalidad civil y política que jamás debió volver a tener si no se olvida la experiencia histórica. El PRI convirtió a México en un país de reprobados. El PRI embotelló durante 50 años a las fuerzas obreras mexicanas negando cualquier brote de democracia sindical. Hoy los sindicatos oficiales tienen secuestrado al país.

Sí, señor presidente, el PRI fue una tragedia, pero el PAN es otra. Los mexicanos esperábamos el desmantelamiento del poder priista, mismo que no se logró. La corrupción jamás se erradicó. Los panistas demostraron hasta la saciedad su incapacidad para gobernar. Yo, por ejemplo, voté por el presidente del empleo, jamás por un fiscal perseguidor de delincuentes, pero de ello ya me ocuparé en otra columna…

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