diciembre 05, 2010

Sin regreso

Gerardo Galarza (@ggalarzamx)
Excélsior

Desde el 1º de septiembre de 1998, el presidencialismo sufre un gran descalabro y en consecuencia, todo el llamado sistema político mexicano.

En un país acostumbrado por 71 años al control político absoluto del Presidente de la República, las prácticas democráticas encuentran todos los obstáculos posibles, imaginados e inimaginados, de quienes por tener un pequeño poder creen que aquel que era total ahora les sigue perteneciendo en la misma medida o ya accedieron a él.

La decisión de no aceptar el cambio político, por mínimo que sea, puede provocar parálisis en diversas áreas de actividad del país por falta de acuerdos políticos y los perjudicados son siempre, invariablemente, los ciudadanos; quienes, con toda seguridad tendrán la tentación de renegar de la democracia, esa cosa que los políticos presentaron como panacea para todos los males. Y la falta de acuerdos políticos es esencialmente la táctica de una estrategia electoral o electorera, como se quiera; que se basa en el fracaso del contrario con el objetivo de derrotarlo en las urnas, aún cuando ese fracaso signifique el desastre para el país. En el México del 2010 lo vemos todos los días.

Desde el 1º de septiembre de 1998, el presidencialismo sufre un gran descalabro y, consecuentemente, todo el llamado sistema político mexicano. Desde ese día y hasta la fecha, el Presidente de la República no puede reformar a su gusto la Constitución y, desde 1997, no puede ni contando con el apoyo de su partido reformar o crear leyes que tengan impacto en el desarrollo del país. Él y su partido deben negociar; la oposición debe negociar. Ambos tienen la obligación de llegar a acuerdos políticos. Se supone que éste es el mandato de los ciudadanos mexicanos, quienes votan divididos, alejados de la unanimidad, del control total, del partido único que gobernó de 1929 al 2000.

En la semana que recién termina, el conflicto —que no división en el sentido de independencia— entre dos poderes federales (el Ejecutivo y el Legislativo) se ha mostrado otra vez con nitidez, a causa de dos expresiones públicas del Presidente de la República: los discursos conmemorativos del décimo aniversario de la llegada del PAN a la Presidencia de la República y del cuarto año del actual gobierno. Uno, catalogado de partidista y electorero, de "líder de partido y no de estadista", y el otro acremente criticado al considerársele como ofensivo para el Congreso, por el simple hecho que ironizó por el "congelamiento" de la iniciativa que propone la creación del mando único para las policías del país. (En verdad ¿alguien esperaba algo diferente?).

La prevención obvia de quienes presumen de analistas políticos es que los discursos presidenciales impedirán acuerdos en el Congreso de la Unión, bajo el supuesto de que los señores legisladores están muy ofendidos por las presuntas actividades partidistas del titular de Ejecutivo y por sus críticas a su inactividad. La molestia de diputados, senadores y dirigentes de partidos es una sinrazón democrática... a menos que el ejercicio de la titularidad del Poder Ejecutivo limite los derechos individuales y una incongruencia mayúscula de aquellos que siempre dijeron "sí, señor Presidente", al que era llamado líder nato de su partido único.

Al país, a sus ciudadanos, le urge que sus gobernantes maduren, sean del poder o del partido que sean, o el fracaso será monumental. En el 2012, los ciudadanos volverán a votar casi por tercios, es decir nadie obtendrá una mayoría real en el Congreso y es fácil predecir que será otro sexenio perdido.

La democracia es una obra colectiva, pero en la que las responsabilidades son individuales y en la que hay que pagar lo que se deba pagar. Los ciudadanos, contrario a lo que los políticos creen, no son tontos. Esto ya está demostrado. El fracaso de la democracia será esencialmente el de los políticos y el de los partidos, de todos: los que son gobierno y los que son oposición. La desilusión siempre será mala consejera, pero aunque muchos añoren, lo deseen y luchen por la restitución del pasado, el de un país en manos de un monarca sexenal, en México no debe haber camino hacia atrás.

No hay comentarios.: