diciembre 06, 2010

Sobre el secreto

Jesús Silva-Herzog Márquez
Reforma

Julian Assange, el fundador de WikiLeaks, y no Mark Zuckerberg, el creador de Facebook, merece una película con guión de Aaron Sorkin. La vida del guerrillero de la transparencia tiene la intensidad dramática, la complejidad psicológica, el impacto planetario necesarios para hacer una cinta de acción y suspenso: un intenso thriller político. Assange ha puesto en jaque a la diplomacia del país más poderoso del mundo, convirtiéndose en uno de los hombres más buscados en el planeta. Ha dejado en cueros la gestión diplomática de Estados Unidos. WikiLeaks ha penetrado los secretos del Departamento de Estado. Hace unos meses la revista New Yorker publicó un fascinante retrato del personaje del año escrito por Raffi Khatchadourian. Assange nació en 1971 en la costa norte de Australia. Su infancia fue un constante movimiento. Al cumplir 14 años, Julian se había mudado 37 veces. Su madre, una militante del inconformismo, había quemado sus libros de la escuela a los 17 años escapando de su casa en una motocicleta. De ahí que Julian Assange nunca quedara inscrito en una escuela. Su madre no creía en la educación formal. Estaba convencida de que el salón de clase podría matar la curiosidad por aprender y, algo mucho peor: podría inculcarle un malsano respeto por la autoridad. Julian aprendió en su casa, tomando cursos por correspondencia, leyendo libros en las bibliotecas y hablando con profesores que se ganaban su respeto. La ciencia le atrajo desde muy niño. Su mente se fue amueblando de términos y palabras técnicas cuya ortografía conocía, pero que no sabía cómo pronunciar.

Pronto entró en contacto con las computadoras y aprendió a desarmar sus códigos. Formó entonces un grupo de hackers que se hacía llamar la Internacional Subversiva. Desde ahí pudo colarse, por primera vez, a los archivos del Departamento de Estado. Su grupo tenía, desde luego, un estatuto. No se trataba de vencer las murallas cibernéticas para atrofiar sus sistemas de cómputo sino para divulgar sus secretos: Tres reglas: no destrozar los sistemas a los que se accede; no alterar la información descubierta (excepto los rastros que puedan ayudar a rastrear al invasor) y compartir la información con todo el mundo. Hoy conocemos un cuarto de millón de documentos del Departamento de Estado desenterrados por las células de WikiLeaks. "El sueño del historiador. La pesadilla del diplomático", sintetizaba Timothy Garton Ash.

La revelación es uno de los golpes más duros que ha recibido la diplomacia norteamericana. El daño a la política exterior proviene, más del contenido de las revelaciones, de la vulnerabilidad que exhibe. Una diminuta organización internacional fue capaz de romper la capa de secreto que celosamente protegía el gobierno de Estados Unidos en tiempos de guerra. Assange ha mostrado mejor que nadie que el poder radica en el secreto. No es extraño que la lucha contra los abusos sea una lucha contra el secreto. La corrupción busca la oscuridad, la arbitrariedad se esconde, la corrupción crece entre las sombras. Pero el secreto es también la base de cualquier comunicación, el refugio de la confianza. Lo dijo bien Georg Simmel cuando habló del secreto como una de las grandes conquistas de la humanidad. El secreto, escribió el sociólogo alemán, amplía nuestra vida: nos ofrece un segundo mundo donde puede desarrollarse una existencia que no podría desenvolverse en plena publicidad. ¿Duda alguien que, en la vida pública tanto como en la vida privada necesitamos honrar ciertos secretos?

El totalitarismo es el régimen que cancela el secreto privado: toda relación personal tiene significado político, toda conversación humana incumbe al Poder. La ausencia absoluta de secretos en el ámbito público no equivale a la democracia perfecta sino a la anarquía. La utopía de la transparencia es la utopía del anarquista. Imaginar un régimen político en donde todo sea discutido en público, en donde todas las negociaciones se celebren al sol es una fantasía. La democracia requiere amplios ámbitos de publicidad pero no puede desprenderse de cierta secrecía. En materia internacional, tiene sentido el resguardo del secreto diplomático. Sólo bajo ese manto pueden construirse relaciones de confianza entre países y pueden allegarse los tomadores de decisión de información valiosa. Las revelaciones de WikiLeaks por ello tienen un efecto más ambiguo del que registran sus entusiastas. Es cierto que el público que puede leer estas comunicaciones tiene elementos para evaluar la conducción de la política exterior de Estados Unidos y cuenta con fuentes de primera mano para conocer la marcha de la política en el mundo. Pero los triunfos de la transparencia no son siempre triunfos del interés público.

WikiLeaks mostró la vulnerabilidad de la tecnología de la comunicación diplomática mundial. No enterrará el secreto en el mundo de la diplomacia.

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