enero 04, 2010

No estaba muerto, andaba de parranda

Lydia Cacho
Plan B
El Universal

Algunos creen que el PRI regresará al poder en dos años, sin embargo quienes no vivimos bajo el espejismo de la capital del país, sabemos que el PRI nunca se fue. Abrimos las puertas al 2010 con la certeza de que al cumplir una década bajo el gobierno federal del PAN tenemos suficientes datos duros para hacer una evaluación de cómo se transformó el país a partir de que la sociedad le arrebatara al PRI la Presidencia de la República. Y tal vez para hacer el recuento de los daños debemos empezar por admitir que el PRI sigue dominando al país. El presidencialismo como lo conocíamos se colapsó, es cierto, sin embargo se reconformaron los poderes y son los gobernadores y sus estrategias para controlar a los congresos y a los medios locales quienes se afanan en mantener a la maquinaria semidictatorial afinada y balanceada.

Si usted, como yo, vive en provincia tiene mayor claridad sobre lo que se vive en las otras 31 entidades de la República. Tenemos 500 diputaciones federales, 128 personas en el Senado, 2 mil 445 presidencias municipales, mil 600 legisladores. Ellas y ellos pertenecen a todos los partidos y son en gran medida quienes colaboran para la sistemática descomposición del país. Tendríamos que decir que lo que los medios “nacionales” muestran sobre el país es una visión sesgada de la realidad; la capital es vista como el ombligo de México y sus particularidades generan dinámicas que difícilmente se muestran en otros estados; la razón es que el presidencialismo priísta no desapareció sino se diluyó entre los gobernadores.

Las leyes aprobadas a nivel federal difícilmente significan algo para los gobiernos estatales, los debates legislativos en el Distrito Federal parecen mostrar un país progresista con debates abiertos; sin embargo es sólo una entidad, el resto del país sigue otras dinámicas.

Los congresos locales, en general, son una farsa. Las y los diputados honestos de oposición al partido gobernante son la excepción y carecen de poder. Los gobernadores negocian con dinero, poder, amistad, espionaje o canonjías y al final utilizan a los parlamentos para hacer con el estado lo que les viene en gana. En Quintana Roo el gobernador gasta mil millones de pesos al año en “compensaciones” a los medios locales para evitar que digan la verdad; una cantidad similar o mayor erogan otros gobiernos en los estados. Los medios que no cooperan o no se venden son cooptados o llevados a la quiebra por presiones gubernamentales hacia el empresariado que retira su publicidad por miedo a represalias, o por mera colusión en la protección de intereses político-empresariales.

Cientos de reporteros y reporteras en toda la geografía nacional viven negándose a la corrupción y bajo riesgo de perder su trabajo; saben que gran parte de sus notas, generalmente las mejores, nunca serán publicadas porque dañan los intereses de políticos o empresarios poderosos. Esta corrupción abona a las estrategias del narcotráfico para amedrentar a los medios; en varios casos de asesinatos de periodistas se sospecha que no fue el narco sino la clase política local y los caciques regionales quienes mandaron ultimar las vidas de quienes les investigaban; pero en río revuelto, ganancia de gobernadores.

Siguiendo el mismo modelo del presidencialismo priísta, los gobernadores han fortalecido sus cacicazgos como nunca en la historia. Antes tenían jefe supremo, ahora a Calderón no lo reconocen más que para exigirle recursos federales. Nada más. Son los gobernadores los dueños de sus estados donde la separación de poderes es cuento de hadas. Las y los procuradores obedecen al jefe para arrestar a quienes les incomodan o proteger a quienes les facilitan sus ilícitos y nutren a la maquinaria. Las comisiones de Derechos Humanos están atadas de manos o cooptadas.

Son los gobernadores quienes se aseguran de evitar la aprobación de políticas públicas para el fortalecimiento de las actividades de la sociedad civil. Las asociaciones apolíticas que trabajan por sus comunidades en todo el país saben que tienen dos opciones, o se someten a los designios de los gobernadores a cambio de recursos públicos y de no hacer olas, o serán vetadas de todo apoyo gubernamental y deberán asegurar recursos federales para sobrevivir. No importa si el trabajo que hace la sociedad civil resulta indispensable para ancianos, mujeres e infancia; para los animales o el medio ambiente. Los jefes estatales y muchos alcaldes navegan entre la ignorancia, la soberbia y la noción de ser intocables, para debilitar las acciones de la sociedad civil. Quieren a la gente sometida y silenciada para seguir ejerciendo el poder sin auditorías, restricciones o resistencia.

En la medida en que se han establecido candados federales en depósitos bancarios para evitar el lavado de dinero, varios gobernadores han mandado a construir búnkers como los de Zhenli Ye Gon, en los cuales guardan millones en efectivo para sus campañas políticas. Generalmente es dinero robado de las arcas del Estado; los institutos electorales no harán nada porque al menos en 80% de los estados los Institutos Electorales Estatales están cooptados por los gobernadores. Durante el presidencialismo del PRI la oposición se hacía notar por su consistencia discursiva y cierta solidez para enfrentar al monopolio político. Ahora que ese presidencialismo se replica en la mayoría de los gobiernos locales, descubrimos a partidos de oposición que son débiles, corruptos e inconsistentes. No existe una oposición ideológica sino pequeños grupos en batalla por acceder al poder y a los salarios que la maquinaria les proporciona. Basta analizar cómo en los estados el PRD, el PAN y Convergencia han vendido candidaturas a la alcaldía en un promedio de 3 millones de pesos. Cancún es una muestra de esa compraventa de candidaturas.

Gobernadores de casi todos los estados ponen a prueba su poder en la medida en que se acercan las elecciones del 2012, los millones de personas que vivimos en los estados que funcionan bajo estas dinámicas patológicas tendríamos que desarrollar fortalezas civiles apartidistas que se resistan al fortalecimiento de la feudalización del país. Por lo pronto podemos comenzar por poner en duda el espejismo que nos han vendido expertos del centro del país: que vivimos una auténtica democracia electoral. En realidad, en buena parte del país lo que vivimos es una regresión política; una feudalización del territorio y quien se atreve a exhibirla localmente recibe el castigo del ostracismo y la amenaza. Yo digo que una buena resolución del nuevo año es perderles el miedo a los señores feudales, arrebatarles al menos el poder de amedrentarnos.

Etimología y política

Jesús Silva-Herzog Márquez
Reforma

El establecimiento del derecho universal al matrimonio en la Ciudad de México ha servido para poner en claro la filosofía política del PAN. De aquello trata la reforma en el Distrito Federal: de la universalización de un derecho. El cambio implica la generalización de una libertad que sólo podían ejercer algunos. La reforma se inscribe en el camino de los derechos civiles que han ido eliminando progresivamente la discriminación. Si no hay razón para negar el voto por razones de raza; si no hay justificación para impedir que un cargo sea ocupado por una mujer, tampoco encuentro razón válida para rehusar el reconocimiento público a una pareja que se compromete, sea cual sea su identidad sexual.

El PAN ha ofrecido sus razones para oponerse al derecho universal al matrimonio. Son interesantes porque revelan el sitio donde alojan la política. Nunca como ahora se ha expuesto la relación de Acción Nacional con la ortodoxia, su disposición a convertirse en escudero de lo sagrado. En materia política, el PAN ha pensado con cabeza propia. Ahí se han discutido y promovido cambios de signo positivo en la vida pública del país. Pero ahora que se debate lo más íntimo, lo más personal, el partido gobernante no ha podido más que defender las ofuscaciones clericales y exigir la sumisión de la política frente a la fe. Obispos y panistas nos dicen que el matrimonio no es cosa humana, que es manifestación de la naturaleza. Una práctica milenaria que el capricho democrático no puede alterar. Siendo un fruto natural, el matrimonio escapa del poder humano. El hombre no instauró caprichosamente la familia; no la inventó la sociedad, ni la ensambló algún gobierno con fines utilitarios. El matrimonio fue diseñado por la amorosa inteligencia de la que brotó el cosmos. Un acto de soberbia imperdonable, un atropello de consecuencias morales devastadoras sería que la vanidad humana pretendiera rehacer la inmejorable institución.

A Mariana Gómez del Campo, empeñosa dirigente del PAN en el Distrito Federal, debemos la clarificación de la filosofía panista. En una interesante entrevista con Carlos Puig, Gómez del Campo defendió la tradición como tabú. No invocó lo que ha sido como sugerencia de lo que debe seguir siendo, ni habló de los orgullos de lo heredado. De esa tradición conservadora pueden brotar advertencias sensatas. Lo notable en la reflexión de Gómez del Campo es que no despliega esa lógica, sino que invoca lo sobrehumano, lo inalterable. Acudió al expediente de la tradición para consagrar el tabú, aquello que no puede ser tocado, aquello que escapa al poder humano. Las implicaciones teológicas de su razonamiento son más que obvias. A las instituciones políticas no corresponde definir una institución milenaria, dijo. Nosotros no podemos redefinir lo inmutable. El matrimonio es y sólo puede ser lo que ha sido: un hombre y una mujer en busca de descendencia. Se refirió así a las raíces de la palabra matrimonio, como si la etimología definiera el contorno de una institución legal. Curioso argumento político: antes de regular una práctica, antes de normar un hábito, acudamos al diccionario de Corominas para ubicar los límites de nuestra imaginación. Por encima de los derechos fundamentales, arriba de la Constitución, honremos la raíz de las palabras.

No podemos trastocar la esencia de una institución natural, dicen. El problema es que, quienes invocan la naturaleza, son los menos dispuestos a abrir los ojos a la universalidad de la experiencia homosexual y a las mutaciones históricas y culturales del matrimonio.

Al coronar la etimología como fuente de ley, el conservadurismo panista adquiere nuevos tonos: denuncia a la voluntad como fermento pecaminoso. El argumento no es solamente antiliberal, es antimoderno: niega al hombre el poder de organizar su vida a través del acuerdo. Santificando la naturaleza, denuncia la perversidad del artificio. Nos dicen que universalizar el derecho al matrimonio tendrá consecuencias funestas. En un comunicado, los panistas en la Asamblea capitalina anticipan su cruzada: "No cejaremos en proteger a la niñez para evitar a toda costa que sean utilizados para satisfacer perversos e irracionales deseos antinaturales que perjudican, confunden, dañan y violan los derechos de los niños y las niñas". No es el cardenal Rivera quien habla de perversos e irracionales deseos antinaturales. Es el PAN. Renunciando a la prudencia burkeana, los panistas reivindican en estos temas la rabia de Joseph de Maistre, quien negaba cualquier poder a los mortales para instituir derechos. El hombre no legisla: el único legislador auténtico es el autor de la naturaleza, el inventor de las palabras.

La política de las etimologías no pretende cuidar una tradición. Defendiendo instituciones de mármol, deshumaniza la política. Invocando la naturaleza, rinde pleitesía a la teología. Niega con ello el ánimo hospitalario que respira la palabra política, desde su raíz.

No creo en ti…

Rafael Cardona
racarsa@hotmail.com
La Crónica de Hoy

Cuando el 2009 estaba por terminar fui invitado por Luis Reyes Brambila, director de Vallarta Opina a dar una plática a sus lectores. Bueno, a algunos de ellos, pues su cantidad era menor al número de las personas reunidas con este motivo.

Me pidieron mis opiniones y análisis en torno de los hechos recientes de la vida mexicana. Querían un diagnóstico de alguien cuyo único mérito ha sido observar de manera cotidiana los últimos 40 años de la vida pública, en la política, la cultura; los avances y retrocesos sociales y en general el curso de las cosas en México.

Conforme avanzaba la charla me di cuenta de cuántas pocas cosas buenas quedan en este país, o al menos cuán pocas son aquellas cuya existencia nos puede enorgullecer en verdad. Vamos a festejar este año, 200 años de vida independiente, pero sin haber conocido algo más allá de la dependencia ya haya sido cultural, económica o política.

Pasamos del colonialismo al patio trasero y cuando nos quisimos creer muy capaces caímos en la parte más sumisa de la dependencia: la penuria tecnológica.

Hace muchos años leí algo de José Luis Cortés López en un ensayo sobre la república del Congo. Se le atribuye a Mobutu haber dicho como explicación para el atraso africano: “... el gobierno ha importado este año más Mercedes Benz que tractores”.

Algo así nos ha sucedido a los mexicanos. De los “polkos” a los positivistas; de los revolucionarios rastacueros y de ahí a la pesadilla de los incultos servil y admirativamente educados en universidades de Estados Unidos para manejar lamentablemente nuestra economía y nuestro destino en favor de los intereses extranjeros.

Hoy tenemos un ejemplo de esta fascinación por las expresiones globales (sin haber producido tecnológicamente nada desde la invención del metate) en la manía de chacharear sin sentido y por escrito a través del Facebook o el Twitter (aun cuando ya exista el verbo “tuitear”).

Lamentablemente, los jóvenes de hoy en este país no tienen ya capacidad de mirar el mundo de frente. Sus sentidos —y valga esta digresión como ejemplo— están copados (y dopados) por los audiófonos del IPod y las pantallas de cualquier cosa con una de ellas, sea un televisor, una computadora, un IPhone o un teléfono celular; la tecnología al servicio de la nada, de la ñoñería compartida, la intrascendencia como finalidad, la confidencia de banalidades; la conversación inútil e insustancial no le beneficia a nadie, excepto a los fabricantes del equipo y a los concesionarios de la banda.

Nos conquistaron los franceses con su positivismo y su cursilería neoclásico porfirista y después los estadunidenses con su industria y sus recetas económicas. Nunca hemos sido una nación realmente independiente y mucho menos vimos culminar los esfuerzos de una Revolución, cuyo punto culminante murió en el parto. A fin de cuentas un país convocado a derrumbar una elite de 300 familias y dar paso a una nación igualitaria, dio paso a otra oligarquía más amplia sin haberse sacudido de la anterior.

Hemos pasado de la aristocracia pulquera a la cervecera o la telefonera, pero en el camino no hemos construido ninguna obra nacional de importancia. Nuestras aportaciones a la cultura universal se estacionan en el mole de guajolote y los chiles rellenos; las cajitas de Olinalá y la fiesta del día de muertos con todo y calaveritas de azúcar.

Cuando Andrei Sajarov se quejaba del atraso de la desaparecida Unión Soviética en un libro angustioso llamado Mi país, ¡oh! mi país (como el título de Ezra Pound) ponía como prueba del atraso ruso el mundo tecnológico de aquellos años (c.a. 1970) haberse quedado al margen de los inventos transformadores de aquel tiempo como los transistores, por ejemplo. Los mexicanos estamos peor. Siquiera los soviéticos habían construido naves espaciales y un notable poderío nuclear. Nosotros ni eso.

El único invento realmente mexicano ha sido la traducción de los modos para lograr opulentas generaciones al amparo de la “comaladas” sexenales de millonarios. Los cleptócratas de la “familia revolucionaria” dejaron su “know how” a las nuevas generaciones de la familia “contrarrevolucionaria”.

Por estas razones en algún momento de la charla recordé la frase de un amigo mío:¡cada día es más desesperante ser mexicano!

Fue entonces cuando contradije al admirado “vate” Ricardo López Méndez cuyo “¡Credo! Nos emocionaba hasta el tuétano cuando éramos jóvenes. ¡México, creo en ti!

Pues yo ya no creo. Cuando miro este desfile de mediocridades no halló muchas razones para la creencia, ni siquiera para la credulidad.

MÁS DE ARENA

Pugna e insiste el secretario de Turismo, Rodolfo Elizondo —hablando de las “comaladas”—, por la prosperidad del negocio de la “recuperación” de las arenas en Cancún.

Como todo mundo sabe los huracanes desnudaron el litoral cancunense, no tanto por la fuerza de los elementos sino por la degradación generada por las construcciones fuera de lugar. La arena se fue y se seguirá yendo (después de lastimar sin remedio a Cozumel convertida en banco arenero), pero los hoteleros y quienes depredaron la costa, insisten en repetir el modelo y sacan arena de otras partes para iniciar de nuevo el cuento de no acabar.

Y para esa patraña recuperadora se ha creado un Fideicomiso inaudito (nadie lo audita) y se ha dispuesto una inversión de casi 900 millones de pesos cuyo destino es el mismo de los ríos de nuestras vidas, ir a dar hasta el mar, como hubiera dicho Jorge Manrique.

La generación setentera

Agustín Basave
abasave@prodigy.net.mx
Profesor-investigador de la Universidad Iberoamericana
Excélsior

Nos define la oportunidad de haber vivido varias etapas de transición, de haber perdido la capacidad de asombro y ganado la permanencia de la perplejidad. Además de acontecimientos políticos, nos tocó experimentar innovaciones tecnológicas que transformaron nuestra cosmovisión.

Nací en 1958. Si usted, como yo, ronda el medio siglo de existencia, quizá comparta conmigo la dificultad para definir a nuestra generación. Las categorizaciones generacionales suelen darse a partir de hitos o momentos históricos, y nosotros carecemos de uno u otra que nos haya marcado de manera preponderante. Éramos niños en 1968, por lo que las revueltas estudiantiles nos pasaron de noche, y estábamos bastante maduros en 2001 para que los atentados terroristas en Estados Unidos reorientaran nuestra personalidad colectiva. Acaso 1989 sería nuestro referente. Fue el año axial de la globalización y de lo que yo llamo la era de Abraxas —mitad luz mitad sombra— que comenzó el rápido derrumbe del socialismo real y la lenta reversión del capitalismo a sus orígenes salvajes. Para entonces ya éramos treintañeros y ese parteaguas sí nos dejó una impronta identitaria.

Pero creo que hay algo que nos define más claramente. Me refiero a la oportunidad de haber vivido en plenitud juvenil varias etapas de transición, de haber perdido la capacidad de asombro y haber ganado la permanencia de la perplejidad. Además de los acontecimientos políticos y socioeconómicos que mencioné, nos tocó experimentar innovaciones tecnológicas que transformaron nuestra cosmovisión: durante la niñez, la masificación de la televisión con la irrupción del color; durante la adolescencia, la llegada de la computadora; durante la juventud, la aparición del fax y el teléfono celular. Poco después presenciamos el advenimiento de internet y la democratización de la información. Conocimos, pues, muchos mundos, o mejor dicho un mundo que se desdobló una y otra vez ante nuestros ojos. Y aprendimos a adaptarnos a todos ellos y a enriquecernos con esa permanente renovación de nuestra vitalidad.

Vivimos, además, una transición que usualmente pasa desapercibida. Es la mutación de valores que representaron los años setenta, los de nuestra pubertad y sus secuelas. A medio camino entre el idealismo social y pacifista de los sesenta y el hedonismo individual y materialista de los ochenta, con residuos psicodélicos y anticipos psicoterapéuticos, la década setentera nos dejó una génesis que absorbió revolución y evolución y nos volvió eclécticos y centristas por antonomasia. Hablo por supuesto desde mi muy personal mirador, pero creo que bastantes de mis coetáneos se identifican con esa caracterización. Somos prácticamente inmunes al dogmatismo, sea de izquierda o de derecha, y tratamos desasosegadamente de armonizar valores justicieros y modernizadores. Hemos visto romperse tantos tabús que la heterodoxia nos es prácticamente consustancial. Vamos, no aceptamos tesis de inmutabilidad y pureza ni hay apostasía que nos asuste, pero tampoco invocamos la tabla rasa.

La música es un reflejo elocuente. Nos selló lo mismo el rock que el soul y las baladas románticas, Led Zeppelin o The Doors y Roberta Flack o Jim Croce. De Los Beatles o Bob Dylan nos quedamos con la reverberación y de Air Supply o Cyndi Lauper capoteamos los prolegómenos. Atrapados entre All you need is love y Girls just wanna have fun, supimos apreciar tanto a Grand Funk Railroad o Creedence Clearwater Revival como a Chicago o a los Bee Gees, y gracias a la longeva exégesis de los Rolling Stones pudimos recorrer con gusto a Joan Báez o The Moody Blues, a Don McLean o Santana y a Michael Jackson o The Police. Vamos, fuimos capaces de sortear desprejuiciadamente el tránsito de Jimi Hendrix o Janis Joplin a James Taylor o John Denver. Evoco grupos y solistas anglosajones porque son los que se escuchaban en todo el mundo, pero también podría aludir al atardecer latinoamericano de la canción de protesta, al despertar de la salsa y al retorno de la trova y el bolero, todo bajo la mirada omnisciente de Serrat. Si eso no es una versatilidad generacional, no sé qué sea.

En este inicio de década, la segunda del segundo milenio, me pregunto qué papel podremos jugar quienes formamos parte de la generación setentera. ¿Serviremos de algo en un globo aldeano que palia la crisis sin atisbar la redención? Quiero pensar que sí, que nuestros genes metamórficos nos volverán catalizadores filoneístas de cara a esta nueva encrucijada de los tiempos. Y es que no somos insensibles a la tradición ni reacios al cambio, aquilatamos el pasado y el presente, entendemos la fuerza de la historia y el poder de la voluntad. Nada nos sorprende y todo nos intriga; todo nos concierne y nada nos parece vedado. Hemos vislumbrado las excrecencias del totalitarismo y la podredumbre del neoliberalismo de ruleta, pero también hemos sido testigos de las bondades del antiguo Estado de bienestar y las ventajas del progreso liberal. Padecimos la brida retardataria de los dogmas y disfrutamos del fuete transformador de la tecnología. Mientras nuestros predecesores son más proclives al ideologismo y nuestros sucesores tienden a soslayar el valor de los sedimentos, nosotros somos sincretismo encarnado. ¿Por qué no habríamos de cifrar una nueva era?