enero 05, 2010

Los hipócritas

Carlos Loret de Mola
Historias de un reportero
El Universal

Todos los partidos políticos en México están en contra de elevar impuestos… pero sólo cuando son oposición. A la hora de encabezar gobiernos, PAN, PRI y PRD en distintas partes del país han apoyado nuevas cuotas y gravámenes que buscan mantener sanas sus finanzas a costa de la bancarrota de la población.

Abrimos 2010 con más Impuesto al Valor Agregado (IVA), más Impuesto sobre la Renta (ISR), más Impuesto a los Depósitos en Efectivo (IDE), más cara la gasolina, más caro el diesel. La propuesta fue de la administración federal, de extracción panista, y resultó aprobada con el visto bueno del PRI en el Congreso federal. El PRD se quejó de la impuestiza… que él mismo aplicó, vía la gestión de Marcelo Ebrard, en la Ciudad de México, al subir de un jalón agua, metro, predial, bodas, divorcios, licencias de conducir, actas de nacimiento, parquímetros y tenencias.

En la capital, se siguen quejando panistas y priístas, como si no hubieran hecho algo similar a nivel nacional.

En Hidalgo el PRI fomentó el aumento sistemático a la tarifa de agua hasta llegar a 22%, en Jalisco el PAN el transporte público, en Michoacán el PRD también el vital líquido. En Nayarit, el gobernador priísta dice en su página de la red social de internet Facebook que no se ha autorizado un alza en el pasaje del transporte público, pero ya están cobrando dos pesos más los camioneros. En Veracruz subió 20%. El priísta de Quintana Roo y el perredista del Distrito Federal crecieron de 2 a 3% el impuesto al hospedaje.

Gobernados por quien sea, cualesquiera las promesas e ideologías de los partidos políticos para llegar al poder, los mexicanos arrancamos el año económicamente inmovilizados por el desempleo, la crisis, la cascada de impuestos impulsada desde todos los partidos y, además, los súbitos incrementos a los productos de primera necesidad —frijol, sal, azúcar, tomate, papel higiénico— que en tan sólo un mes registraron aumentos muy, muy por encima de la inflación natural de la economía mexicana.

La realidad es que por más que promuevan un cambio de modelo económico, un bienestar financiero para la población, ningún partido político ha logrado establecer a la mínima escala una manera diferente de manejar la economía. Basta revisar las biografías de los secretarios de Finanzas estatales de PRI, PAN y PRD: reina el neoliberalismo, manda el modelo que sustituyó al estatismo fracasado… y reprobó también.

SACIAMORBOS

Feliz Año Nuevo

Dos desfiles

Federico Reyes Heroles
Reforma

Ya no tienen que combatir a los realistas, tampoco romper el vínculo con una monarquía poderosa. No serán perseguidos por el vasto territorio que recorrieron los héroes patrios en huida por momentos interminable. La conspiración ya no es necesaria, coincidencias y diferencias pueden ventilarse a la luz de día, quizá en exceso. No estaría mal que se reunieran en privado para avanzar en acuerdos. Deberían hablar menos a la prensa y más entre ellos. No tienen que formar ejércitos para encarar a las fuerzas imperiales. Se encuentran en un territorio integrado en lo general, comunicado, en que a diario damos por supuesto poder trasladarnos del sur al norte en unas cuantas horas.

No tienen que esperar largas semanas o meses para conocer las respuestas de aliados u opositores. Pertenecen a un país reconocido por la comunidad internacional, la doceava economía del mundo, con decenas de representaciones diplomáticas, un país que participa en el Consejo de Seguridad de la ONU, que ha firmado una lista de tratados comerciales, incluido uno con la mayor potencia del mundo. Cuándo hubieran soñado Hidalgo, Morelos o Allende un escenario así. Por más que nos quejemos hoy en este país hay 32 entidades con congresos locales, con poderes judiciales establecidos. Las disputas territoriales entre estados, si bien no han desaparecido, por momentos parecieran anecdóticas. El territorio nacional está básicamente poblado. Los planes de colonización son algo del pasado. No estamos a la espera de invasiones extranjeras propiciadas por el apetecible escenario de un Estado inexistente.

Tampoco tienen que deshacerse de la longeva dictadura de un personaje que llegó a tener todos los hilos de la conducción nacional. Hoy el poder está dividido en el territorio nacional y dentro del territorio en poderes y aún más con la participación de varios partidos. La lealtad de las Fuerzas Armadas a las instituciones es algo que damos por sentado, ni asonadas ni cuartelazos. Difícil pensar que la Ciudad de México sea tomada más allá de lo simbólico. Es inconcebible el asesinato de un senador después de mutilarlo para lograr su silencio, menos aún que el Legislativo sea cerrado. La prensa puede sufrir hoy las presiones brutales de los narcotraficantes, pero nadie podría siquiera imaginar que un gobernante pudiese callar a los medios. Qué hubiera dado Madero por tener el respaldo de una población en la cual sólo alrededor del 10% es analfabeta y no como en sus tiempos en que 90% vivía en esa condición. Mal que bien la cultura democrática hoy es mucho más amplia.

Qué hubiera dado el Apóstol de la Democracia por contar con un IFE o un TEPJF, con la participación de más de un millón de ciudadanos cada tres años en la conducción inmediata de las elecciones. O vivir en un país electrificado en el 97% en el cual se puede transmitir una convocatoria nacional a través de los medios sin tener que huir a Estados Unidos para sobrevivir. México hoy es otro. Quizá de ahí la desesperación ciudadana frente a la pequeñez de nuestra clase política. Lo más patético es la inmovilidad. Sabemos de las enormes injusticias, de la necesidad de fomentar inversión y empleo, de la baja recaudación no petrolera y sin embargo legislaturas entran y salen y son incapaces de lograr una nueva estructura fiscal en beneficio de todos. Ejemplos internacionales hay muchos. Esa información tampoco existía hace un siglo, menos dos. Ya no es asunto de la composición de las Cámaras, es cuestión de miopía patriótica. Ellos son los responsables de que la desigualdad se perpetúe, de que no se generen los empleos necesarios, de que cientos de miles de mexicanos tengan que abandonar a sus familias y cruzar la frontera norte. Mirados en retrospectiva desde el 2010, los retos de hoy parecieran muy menores. Fallan entonces los mexicanos.

Tampoco pareciera imposible terminar con la asfixia que está matando a la principal empresa nacional. Qué hubieran dado Carranza y Obregón por contar con ese activo. Y sin embargo los legisladores son incapaces de ponerse de acuerdo para inyectar nueva vida a ese motor del desarrollo. Por supuesto que cada reforma de fondo traerá problemas, Luz y Fuerza es el ejemplo más cercano. La imprescindible reforma laboral va a afectar intereses que lesionan a la nación en su conjunto. Pero para eso están los legisladores, para mirar por el país, independientemente de sus cálculos partidarios o personales. Qué van a pensar los jóvenes mexicanos en este 2010 cuando se les recuerde el desfile de grandes héroes que construyeron en plena adversidad a este país, adversidad que hoy no podemos ni imaginar. Pero también mirarán el otro desfile, el del presente.

En Calderón, Nava, Madero, Vázquez Mota, Paredes, Beltrones, Rojas, entre otros, se concentran hoy las grandes decisiones del futuro. ¡Qué oportunidad! México ha sido muy generoso con ellos. Es hora de que piensen en grande y busquen un lugar en la historia, en la de fondo.

Héroes muy poco heroicos

Román Revueltas Retes
revueltas@mac.com
Interludio
Milenio

Aquí van unas líneas para alebrestar a los patrioteros, señoras y señores, y para merecer el calificativo de “antimexicano” que tanto les gusta endosarme. Nuestra historia está hecha de mentiras y nuestros héroes, por lo general, no son nada heroicos. Vamos por partes: el cura Hidalgo, ese señor que aparece en los billetes de banco y cuyo nombre figura obligadamente en una calle de cada colonia, barriada, municipio y asentamiento irregular de este país, era un tipo más bien sanguinario e impulsivo que se adelantó a los acontecimientos provocando masacres innecesarias siendo que la independencia, en sentido estricto, la consumó un personaje, Agustín de Iturbide, que no goza de particular popularidad hasta la fecha. Otro cura, José María Morelos, imaginaba un Estado tan alejado de los principios liberales que se hubiera entendido a la perfección con los ayatolas que han instaurado la teocracia en Irán. Lo peor, sin embargo, es que toda la historia del México independiente, a partir de 1821, es un recuento de enfrentamientos fraticidas, guerras, traiciones, asonadas y rompimientos del orden constitucional. El mexicano más infame de todos los tiempos, Antonio López de Santa Anna, recibió todavía la amable solicitud de tomar las riendas de la nación en 1853, luego de sus catastróficas gestiones anteriores y de haber perdido la mitad del territorio de la nación. Ah, y pidió que lo llamaran Su Alteza Serenísima. El próximo retorno del PRI al poder es una mera anécdota en comparación.

Llegamos así a la dictadura de Díaz, un raro período de estabilidad (las vías de ferrocarril que usamos hoy día las construyó él, para que vean cómo hemos progresado en 100 años) y, luego, al episodio de la sacrosanta Revolución Mexicana que, más bien, fue otro recuento de escaramuzas, guerrillas aisladas, atrocidades y hambrunas protagonizado por unos rebeldes intolerantes, matones, golpistas y desleales. Se salvan, por ahí, Madero y Juárez, dos liberales de cepa pura en un universo de caudillos brutales. ¿Qué vamos a celebrar en este 2010?

La razón de Estado, la revancha, la privacidad

Jorge Fernández Menéndez
Razones
Excélsior

Los últimos años han estado tan marcados por la ausencia del respeto a los derechos individuales básicos en aras de objetivos supuestamente superiores que, comenzando este 2010 no está de más revisar, dentro y fuera de México, esos objetivos y la forma en que lastiman la convivencia social.

¿Ha viajado usted a Estados Unidos este fin de año, después del fallido atentado navideño? Las llamadas “medidas adicionales de seguridad” son, desde México y desde cualquier otro lugar del mundo, un despropósito. Un recuento rápido nos deja, aquí en el país, con tres revisiones de equipaje y “corporales” dentro ya del área de embarque, con empleados de las aerolíneas y policías federales (sobre todo éstos) particularmente paranoicos. Todos los pasajeros son sospechosos y son tratados como tales, aunque se demuestre lo contrario. Sin embargo, no nos ha ido tan mal, por lo menos en los vuelos en que me ha tocado viajar. En Canadá, esos controles llegaron al paroxismo: diez horas, en la fila de revisión, estuvo una pasajera que intentó volar de Toronto a Los Ángeles con su hija de cinco años. En esas diez horas, además de perder el vuelo y las maletas, no pudo consumir ni agua ni alimentos. En la mayoría de los vuelos, en la hora previa al aterrizaje, no se permite a los pasajeros levantarse de su asiento; en algunos casos son despojados de todo tipo de artefactos, desde computadoras hasta libros, pasando por almohadas y cobijas. En un vuelo que iba de Pekín a Los Ángeles incluso los obligaron a estar despiertos. En uno que iba de Acapulco a Chicago no pudieron moverse los escasos tres pasajeros que transportaba. La lista de excesos es interminable.

¿Tiene sentido todo esto? Por supuesto que no. Nadie puede oponerse al establecimiento de medidas de seguridad estrictas luego de un intento de atentado. Pero el problema es que estas medidas no sirven. El joven nigeriano que quiso detonar el vuelo de Ámsterdam a Detroit estaba reportado por sus padres como simpatizante de Al-Qaeda. Se encontraba en las listas de sospechosos: Londres le había negado la visa británica y lo estaba siguiendo desde meses atrás, pero el consulado estadunidense en la misma capital inglesa le dio una visa de ingresos múltiples. Y Londres jamás informó a Washington sobre el caso.

Las llamadas medidas adicionales de seguridad, que son aleatorias, no sirven para impedir estos atentados sino con el fin de infundir miedo y zozobra en la gente y restringir cada vez más derechos, algunos tan elementales, en los últimos días del año, como el de no tener que volar con las “manos visibles” y sin hacer “movimientos sospechosos”. La seguridad está en tierra y en los mecanismos de inteligencia, en EU o aquí. Se han gastado, México incluido, miles y miles de millones de dólares en sistemas informáticos para contar con una enorme base de datos de todos nosotros, muchos de los cuales violan la privacidad. Y siempre se ha dicho que ello es para garantizar la seguridad global. Aceptémoslo. Pero, ¿qué sucede cuando se descubre que ese sistema no funciona adecuadamente y un sospechoso (de una lista que no es tan amplia, de no más de 500 mil personas) no es detectado y, con una bomba, puede abordar un avión? Si la inteligencia y los sistemas fallan, en éste y cualquier otro tema relacionado con la seguridad, la reducción constante de los más elementales derechos a la privacidad no sirve para nada.

Dejemos el terrorismo internacional y pasemos a nuestra más modesta agenda local. El 22 de diciembre, un grupo de patanes que dijeron pertenecer al SME bloqueó el domicilio particular del secretario del Trabajo, Javier Lozano. No pudieron salir ni él ni su mujer ni sus hijos. A algún colega eso le pareció algo “normal”. A las autoridades del DF aparentemente también, porque no hicieron absolutamente nada para desalojar a los bloqueadores. Estoy seguro de que si hubieran bloqueado el domicilio del jefe de Gobierno no hubieran opinado lo mismo. De “normal” no tiene nada: es un delito pero, además, la ruptura de una norma básica en la convivencia política civilizada. Si la vida particular y familiar es un límite que se puede traspasar, si la privacidad incluso en esos ámbitos, puede ser vulnerada, ¿dónde se pondrán las nuevas fronteras?, ¿quién establecerá ese freno? No deja de ser significativo que el SME, con la tolerancia del Gobierno capitalino, utilice los mismos métodos de los regímenes autoritarios que envían a sus incondicionales a bloquear las casas de sus adversarios. Algunos olvidan que el mismo día que se bloqueaba a la familia de Lozano, en Tabasco se mataba, como escarmiento, a los familiares de un marino. Son dos dimensiones de una misma lógica de venganza.

No deja de ser significativo que el SME, con la tolerancia del GDF, utilice los mismos métodos de los gobiernos autoritarios.