enero 07, 2010

Mirar hacia adelante

Alfonso Zárate
Presidente de Grupo Consultor Interdisciplinario, SC
El Universal

El apego de los mexicanos a la nostalgia y al sufrimiento parece una fatalidad. En vez de darle vuelta a la página del desamor, de la pérdida de un ser querido, de la derrota, nos aferramos al dolor. Aunque parezca una contradicción, parece que gozamos el sufrimiento.

No miramos hacia atrás para sacar experiencias del pasado, para iniciar una nueva etapa con fortaleza y ganas de vivir. La nuestra es una mirada obsesiva e infantil que busca en la historia individual o colectiva la constatación de nuestra mala suerte, la oportunidad de eludir la propia responsabilidad para culpar a los otros, siempre a los otros —los conquistadores, los evangelizadores, los norteamericanos, la derecha, la izquierda, el patrón, el sindicato—, de nuestro atraso y subdesarrollo o de nuestra precaria cultura democrática. Para colmo, procuramos identificarnos con los débiles y los derrotados y portamos, como lo han descrito Octavio Paz y otros autores, una mezcla de admiración / desconfianza por lo extranjero.

Lo que manda en la memoria cívica son los agravios, las derrotas: la pérdida de más de la mitad del territorio en una “guerra injusta”, aunque estén también, como excepción, fechas memorables como el 5 de mayo. Pero hablamos poco de nuestras divisiones internas, del sectarismo que propició las capitulaciones; de los errores y las vacilaciones de nuestros generales que explican sus fracasos militares. Los hechos patrióticos —como la defensa infructuosa del Colegio Militar por los cadetes— están salpicados de pesar. Conmemoramos el inicio de la guerra de Independencia y no su consumación porque eso implicaría reconocer la figura de Agustín de Iturbide, “la anti-Patria”.

Nuestros escasos éxitos en el deporte, en las ciencias, el arte o la literatura, incluso en el ámbito de los negocios y la innovación empresarial, se asocian más a esfuerzos individuales que colectivos. Somos un país en el que muchos prefieren pedir que hacer; es más fácil, pero más indigno, estirar la mano y esperar que otro, en este caso el supremo gobierno, venga a ayudarnos.

País de intensidades, en sus colores, en sus olores, en su geografía y en sus sentimientos: solidario ante la desgracia, como ocurrió tras los sismos de 1985, pero egoísta y rencoroso respecto del éxito ajeno.

Pero no todo lo que hemos acumulado —esa cultura del “no se puede”— tiene por qué permanecer como lastre. El 2010 puede marcar un hito. Pero eso exigiría dejar la mezquindad, la miopía y hacer mejor lo que hacemos, cualquiera que esto sea. Dejar de jalar la cobija para un solo lado; de descalificar todo lo que proviene de otro partido, de otra fuerza; dejar de construir con recursos públicos imágenes (la cosmetología política) en vez de contenidos… Abandonar el “ya ni modo” y reemplazarlo por una lógica de disciplina, estudio, cooperación... Recuperar las iniciativas ciudadanas de quienes, cada vez más, están rompiendo con las inercias de la fatalidad y la resignación.

La mejor manera de conmemorar el bicentenario del inicio de la guerra de Independencia y el centenario del inicio de la Revolución sería convocar a las principales instituciones educativas del país, a los centros de investigación, a los intelectuales y académicos de alto nivel a imaginar el país que queremos y podemos ser dentro de 50 o 100 años y construir entre todos, sociedad y gobierno, las condiciones para lograrlo. Tenemos con qué: el vigor socioproductivo de una población mayoritariamente joven, un bagaje de historia y diversidad cultural indispensable para encarar los desafíos de la globalidad sin diluirnos en las zonas marginales de la nueva dependencia, enormes recursos naturales, extensas fronteras marítimas, amplia infraestructura turística y la vecindad con la potencia planetaria de nuestro tiempo… Sólo requerimos alinear todas las políticas públicas —educativa, científico-tecnológica, fiscal, administrativa, industrial, laboral, de desarrollo social— y conducir la energía colectiva en una sola dirección. Dejar de duplicar esfuerzos, de autoflagelarnos, de conjugar la resta en vez de la suma y de culpar a los otros, para empezar por la transformación más importante: la de nosotros mismos.

En 100 años

Carlos Elizondo Mayer-Serra
elizondoms@yahoo.com.mx
Reforma

Es muy bonito celebrar centenarios y bicentenarios. La alegría da para fiestas, fuegos artificiales y quizás algún récord Guinness, donde somos altamente competitivos. Con suerte el dinero de los festejos incluso alcanza para alguna plaza o vialidad nueva, o por lo menos para comprarle una placa del bicentenario a algo ya programado. Sin embargo, andar festejando un aniversario más no sirve de mucho si olvidamos los problemas acumulados en estos dos siglos, muchos de los cuales, lejos de haberse resuelto, son hoy más apremiantes.

En lugar de ver hacia atrás pensemos en cómo nos verán en 100 años, si es que aún somos para entonces una entidad política independiente. Nada hay que dar por un hecho. Los países paralizados en sus problemas pueden terminar por disolverse de muchas formas.

En 100 años seguramente nos verán con desesperación e incomprensión. Tal y como hoy vemos los errores y horrores de los momentos más difíciles de nuestros dos siglos de vida independiente, donde por pleitos e incapacidades de nuestras élites dejamos que el país se rezagara e incluso perdiera la mitad de su territorio.

Probablemente la principal pregunta que se harán los críticos en 100 años es la razón de por qué tercamente insistíamos en ser un país único en tantas cosas, cuando el serlo no estaba dando buenos resultados. Cuando nos preguntamos por qué no crecemos y no logramos ampliar el bienestar de millones de mexicanos, en lugar de resolverlo con epítetos (neoliberal o populista son los dos más cómodos), pensemos en todo aquello que ningún otro país tiene y que nosotros insistimos en mantener.

Esto incluye, por citar algunas de nuestras particularidades más conspicuas, la no reelección consecutiva en ningún cargo de elección popular con lo cual no hay incentivos para pensar en el ciudadano que te elige, sino en quién te dará empleo en el futuro; el tener una sola empresa petrolera para explorar, producir, refinar, distribuir, con lo cual se vuelve un fardo imposible de administrar y, si no cumple con los objetivos planteados por el propio Pemex, como sucede cada año, no pasa nada; entidades federativas que no recaudan prácticamente nada, casi todo viene de los impuestos federales y del petróleo, aunque cada vez tienen más recursos con lo cual no hay presión para gastar mejor ni para dar información de cómo gastaron; un modelo electoral costoso y sobrerregulado con dosis crecientes de insatisfacción por las altas barreras de entrada que impone y por los muchos recursos que nos consume; sindicatos de trabajadores del sector púbico que no rinden cuentas a nadie y cuyos derechos son más importantes que los de los ciudadanos para los cuales supuestamente trabajan; la posibilidad de ampararse contra toda actividad del gobierno, siendo el más escandaloso el amparo fiscal.

Todas estas anomalías son únicas, aunque quizás encontremos que Corea del Norte es aún más cerrada que México en materia petrolera, pero dudo que sea un modelo a seguir. Todas están bien documentadas, cuánto cuestan y cómo cambiarlas.

Hay muchos otros temas donde no somos los únicos, pero donde el sentido común llevaría a organizarnos de distinta forma, como lo hacen la gran mayoría de los países. Por ejemplo, pocos optan por subsidiar la gasolina y otros petrolíferos (sí, a pesar de los pequeños aumentos recientes su precio está por debajo del precio internacional) o por no regular de forma alguna el cabildeo ni el conflicto de interés de los legisladores con lo cual los cabilderos tienen una gran influencia sobre algunos legisladores (sin mencionar los legisladores que son realmente cabilderos de algún interés).

No es difícil saber cuáles son las mejores prácticas en cualquiera de los temas anteriores, pero los intereses que ganan con estos arreglos han sido suficientemente poderosos como para bloquear el cambio, en algunos casos enredados en la bandera nacional. Nos rasgamos las vestiduras porque Brasil está creciendo más que nosotros, pero no hacemos lo obvio: ver qué hicieron bien, como en el caso de Petrobras, y copiarlos.

Sin embargo, el año apenas comienza. Seamos optimistas. Con algo de suerte en 100 años se preguntarán cómo le hizo finalmente, en el año del bicentenario, la clase política mexicana para hacer los cambios necesarios para dotarnos de una plataforma que nos permitió despegar. Basta con dejar de ser únicos en el mundo en tantas cosas.

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