enero 10, 2010

El otro Estado

Mario Vargas Llosa
El País

PIEDRA DE TOQUE. La experiencia de México lo confirma: no es posible derrotar militarmente al narcotráfico. Habrá cultivo y tráfico de drogas mientras haya consumo. La despenalización es el único remedio

Hace algún tiempo escuché al presidente de México, Felipe Calderón, explicar a un grupo reducido de personas, qué lo llevó hace tres años a declarar la guerra total al narcotráfico, involucrando en ella al Ejército. Esta guerra, feroz, ha dejado ya más de quince mil muertos, incontables heridos y daños materiales enormes.

El panorama que el presidente Calderón trazó era espeluznante. Los cárteles se habían infiltrado como una hidra en todos los organismos del Estado y los sofocaban, corrompían, paralizaban o los ponían a su servicio. Contaban para ello con una formidable maquinaria económica, que les permitía pagar a funcionarios, policías y políticos mejores salarios que la administración pública, y una infraestructura de terror capaz de liquidar a cualquiera, no importa cuán protegido estuviera. Dio algunos ejemplos de casos donde se comprobó que los candidatos finalistas de concursos para proveer vacantes en cargos oficiales importantes relativos a la Seguridad habían sido previamente seleccionados por la mafia.

La conclusión era simple: si el gobierno no actuaba de inmediato y con la máxima energía, México corría el riesgo de convertirse en poco tiempo en un narco-estado. La decisión de incorporar al Ejército, explicó, no fue fácil, pero no había alternativa: era un cuerpo preparado para pelear y relativamente intocado por el largo brazo corruptor de los cárteles.

¿Esperaba el presidente Calderón una reacción tan brutal de las mafias? ¿Sospechaba que el narcotráfico estuviera equipado con un armamento tan mortífero y un sistema de comunicaciones tan avanzado que le permitiera contraatacar con tanta eficacia a las Fuerzas Armadas? Respondió que nadie podía haber previsto semejante desarrollo de la capacidad bélica de los narcos. Éstos iban siendo golpeados, pero, había que aceptarlo, la guerra duraría y en el camino quedarían por desgracia muchas víctimas.

Esta política de Felipe Calderón que, al comienzo, fue popular, ha ido perdiendo respaldo a medida que las ciudades mexicanas se llenaban de muertos y heridos y la violencia alcanzaba indescriptibles manifestaciones de horror. Desde entonces, las críticas han aumentado y las encuestas de opinión indican que ahora una mayoría de mexicanos es pesimista sobre el desenlace y condena esta guerra.

Los argumentos de los críticos son, principalmente, los siguientes: no se declaran guerras que no se pueden ganar. El resultado de movilizar al Ejército en un tipo de contienda para la que no ha sido preparado tendrá el efecto perverso de contaminar a las Fuerzas Armadas con la corrupción y dará a los cárteles la posibilidad de instrumentalizar también a los militares para sus fines. Al narcotráfico no se le debe enfrentar de manera abierta y a plena luz, como a un país enemigo: hay que combatirlo como él actúa, en las sombras, con cuerpos de seguridad sigilosos y especializados, lo que es tarea policial.

Muchos de estos críticos no dicen lo que de veras piensan, porque se trata de algo indecible: que es absurdo declarar una guerra que los cárteles de la droga ya ganaron. Que ellos están aquí para quedarse. Que, no importa cuántos capos y forajidos caigan muertos o presos ni cuántos alijos de cocaína se capturen, la situación sólo empeorará. A los narcos caídos los reemplazarán otros, más jóvenes, más poderosos, mejor armados, más numerosos, que mantendrán operativa una industria que no ha hecho más que extenderse por el mundo desde hace décadas, sin que los reveses que recibe la hieran de manera significativa.

Esta verdad vale no sólo para México sino para buena parte de los países latinoamericanos. En algunos, como en Colombia, Bolivia y Perú, avanza a ojos vista y en otros, como Chile y Uruguay, de manera más lenta. Pero se trata de un proceso irresistible que, pese a las vertiginosas sumas de recursos y esfuerzos que se invierten en combatirlo, sigue allí, vigoroso, adaptándose a las nuevas circunstancias, sorteando los obstáculos que se le oponen con una rapidez notable, y sirviéndose de las nuevas tecnologías y de la globalización como lo hacen las más desarrolladas transnacionales del mundo.

El problema no es policial sino económico. Hay un mercado para las drogas que crece de manera imparable, tanto en los países desarrollados como en los subdesarrollados, y la industria del narcotráfico lo alimenta porque le rinde pingües ganancias. Las victorias que la lucha contra las drogas pueden mostrar son insignificantes comparadas con el número de consumidores en los cinco continentes. Y afecta a todas las clases sociales. Los efectos son tan dañinos en la salud como en las instituciones. Y a las democracias del Tercer Mundo, como un cáncer, las va minando.

¿No hay, pues, solución? ¿Estamos condenados a vivir más tarde o más temprano, con narco-Estados como el que ha querido impedir el presidente Felipe Calderón? La hay. Consiste en descriminalizar el consumo de drogas mediante un acuerdo de países consumidores y países productores, tal como vienen sosteniendo The Economist y buen número de juristas, profesores, sociólogos y científicos en muchos países del mundo sin ser escuchados. En febrero de 2009, una Comisión sobre Drogas y Democracia creada por tres ex-presidentes, Fernando Henrique Cardoso, César Gaviria y Ernesto Zedillo, propuso la descriminalización de la marihuana y una política que privilegie la prevención sobre la represión. Éstos son indicios alentadores.

La legalización entraña peligros, desde luego. Y, por eso, debe ser acompañada de un redireccionamiento de las enormes sumas que hoy día se invierten en la represión, destinándolas a campañas educativas y políticas de rehabilitación e información como las que, en lo relativo al tabaco, han dado tan buenos resultados.

El argumento según el cual la legalización atizaría el consumo como un incendio, sobre todo entre los jóvenes y niños, es válido, sin duda. Pero lo probable es que se trate de un fenómeno pasajero y contenible si se lo contrarresta con campañas efectivas de prevención. De hecho, en países como Holanda, donde se han dado pasos permisivos en el consumo de las drogas, el incremento ha sido fugaz y luego de un cierto tiempo se ha estabilizado. En Portugal, según un estudio del CATO Institute, el consumo disminuyó después que se descriminalizara la posesión de drogas para uso personal.

¿Por qué los gobiernos, que día a día comprueban lo costosa e inútil que es la política represiva, se niegan a considerar la descriminalización y a hacer estudios con participación de científicos, trabajadores sociales, jueces y agencias especializadas sobre los logros y consecuencias que ella traería? Porque, como lo explicó hace veinte años Milton Friedman, quien se adelantó a advertir la magnitud que alcanzaría el problema si no se lo resolvía a tiempo y a sugerir la legalización, intereses poderosos lo impiden. No sólo quienes se oponen a ella por razones de principio. El obstáculo mayor son los organismos y personas que viven de la represión de las drogas, y que, como es natural, defienden con uñas y dientes su fuente de trabajo. No son razones éticas, religiosas o políticas, sino el crudo interés el obstáculo mayor para acabar con la arrolladora criminalidad asociada al narcotráfico, la mayor amenaza para la democracia en América Latina, más aún que el populismo autoritario de Hugo Chávez y sus satélites.

Lo que ocurre en México es trágico y anuncia lo que empezarán a vivir tarde o temprano los países que se empeñen en librar una guerra ya perdida contra ese otro Estado que ha ido surgiendo delante de nuestras narices sin que quisiéramos verlo.

Después de la república imperial

Jean Meyer
Profesor investigador del CIDE
jean.meyer@cide.edu
El Universal

En este principio de año, el pesimismo reina en nuestro país y en el mundo: violencia, narcos, guerras sin fin, recalentamiento del planeta y para que la medida quede bien colmada sobran las profecías apocalípticas y nos aseguran que el 13 de abril del 2036, un domingo de Resurrección el asteroide gigante Apophis bien podría chocar con la tierra.

OK, para tal fecha ya no estaré y por lo pronto basta con saber que EU está en problemas, y nosotros de rebote, porque las historias de los dos países se entrelazan desde su nacimiento. EU nunca fue un imperio en el sentido español, inglés o francés, pero su crecimiento, sus dimensiones y su potencia le dieron el papel de una república imperial, como dijo Raymond Aron. Hasta hace muy poco, después de la caída de la Casa URSS, se le veía como la superpotencia, el gendarme del mundo. El optimismo americano era indestructible. Desde que los primeros colonos vieron bandadas de gansos silvestres tan inmensas que tardaban media hora en despegar todos, bosques que llegaban al infinito, manadas de bisontes que cubrían las grandes llanuras, quedaron convencidos de que podrían realizar en América la voluntad divina para ellos y la humanidad: tenían un Destino Manifiesto.

Hoy todo va mal. El gigante quedó entrampado en las guerras de Afganistán e Irak y la lucha contra Al-Qaeda ve cada día la apertura de un nuevo frente, ayer en Pakistán, hoy en Yemen; ningún adversario ha tomado la mano tendida por el presidente Obama, ni Moscú, ni Teherán, ni Pyongyang; Israel le da terribles migrañas y el resto del mundo espera, sin embargo, que él resuelva todos los problemas internacionales. Para colmo, y eso contribuye a la baja de popularidad de Obama, la crisis económica ha golpeado duramente a la Améxica/Mexamérica: inútil mencionar nuestra situación, pero hay que saber que 49 millones de estadounidenses viven hoy en lo que se llama la “inseguridad alimenticia”, es decir reciben alguna ayuda del gobierno para comer o completar su alimentación. Esto se debe a la crisis laboral, puesto que la tasa de desempleo brincó de 7% de la población activa, a fines del 2008, a 10.2% un año después. El 60% de los americanos ha tenido que gastar de sus ahorros, a veces de su fondo de pensión, para terminar el mes y el 54% debió reducir sus gastos médicos o suspender el tratamiento en curso. En consecuencia el trauma sicológico es mayor, especialmente entre los que perdieron su trabajo. Si uno piensa que ahora las familias mandan desde México la ayudita que pueden para los migrantes que antes las apoyaban con sus remesas… ¡El mundo al revés!

En estas condiciones los habitantes de la república imperial ya no están seguros de formar la nación del futuro y ven el porvenir con miedo. El optimismo chino contrasta con la ansiedad estadounidense y no creo que el actual secretario de Estado, la señora Clinton, pueda hacer suyas las palabras de su predecesora, la ministra de su esposo Bill Clinton, Madeleine Albright quien dijo en 1998, cuando intentaba justificar un tiro de misiles sobre Irak: “Si tenemos que usar de la fuerza, es porque somos América. Somos la nación indispensable. Somos altos. Vemos más lejos en el futuro”.

EU sigue siendo “indispensable”, la cuestión de su utilidad o de su nocividad para el planeta no ha cambiado, pero su potencia alcanzó ya sus límites y el gigante se cansa. Por eso se derechiza tanto el partido republicano que responde con figuras como Sarah Palin o Glenn Beck a la angustia del pueblo; la derecha toma la calle y ataca al presidente Obama con una violencia inaudita: obviamente no cree más en las virtudes de la democracia americana y su conservatismo radical se asemeja a cierto fundamentalismo religioso. Lo peor no está seguro, pero es razonable temerlo, empezando por el temor por la vida del presidente. La posible degeneración de la democracia americana es una amenaza seria. Cuando la mayoría del pueblo está cansado por las interminables guerras de Afganistán e Irak, un 20% quiere con todas sus fuerzas guerra a ultranza, guerra y más guerra. Esa quinta parte de la nación es mucho más activa que el resto, me dice el historiador de Zapata, John Womack Jr., muy preocupado por el fenómeno del debilitamiento de la democracia en su cuna original, fenómeno disimulado por los progresos (relativos) de la democracia en el mundo.

¿Quién puede decir cuál camino tomará EU en los años que vienen? El imperio soviético se derrumbó por su propio peso, la república imperial está amenazada desde adentro, más que desde afuera. Es de desear, para todos, que no pierda el norte.