enero 11, 2010

La derrota

Denise Maerker
Atando Cabos
El Universal

Vengo de pasar 15 días en narcolandia. Y desde luego que no me fui a Ciudad Juárez ni a Tijuana ni a Culiacán de vacaciones. Estuve en esa franja de maravillosas playas que están al norte de Guerrero y al sur de Michoacán, entre Ixtapa-Zihuatanejo y el puerto de Lázaro Cárdenas. Lugar paradisiaco donde la violencia no se siente y las casas que los gringos y canadienses se han construido a orillas del mar no necesitan bardas para protegerse. Ahí de entrada todo parece tranquilo y normal. Ya luego con los días uno va descubriendo quién manda y cuáles son las reglas.

La primera es la ausencia y debilidad de las autoridades. Dos veces aparecieron por la zona los policías municipales: una, cuando de entre los manglares apareció un cocodrilo, al que se limitaron como todos los demás a ver con curiosidad, y la otra cuando un estadounidense se ahogó y patrullaron las playas a pie enfundados en traje de combate y portando armas largas para buscar su cuerpo.

Pero ahí no manda el Estado. Si surge un conflicto real o potencial a ningún local se le ocurriría acudir en busca de ayuda con las autoridades. Impensable. Ahí se evitan los pleitos y cuando estallan se busca el apoyo del jefe de la plaza. Es por las noches en las peleas de gallos donde lo encuentran y le someten las peticiones y quejas. ¿Y por qué no mejor llaman a la policía? —pregunté fingiendo ingenuidad. Las respuestas varían pero la razón es una: La policía y el Ejército provocan desconfianza y sobre todo se les ve débiles. Se burlan de la ineficacia de los retenes y de los rostros tapados.

Y en cambio con temor y reverencia narran las anécdotas (o leyendas) que confirmarían el poder de los narcos. Cuentan que una señora en el colectivo empezó a echar pestes contra ellos y al día siguiente amaneció con la boca cosida. Verdad o mentira aseguran que ahí donde los güeros y los jefes tienen casas está prohibido emborracharse y mucho menos violar. Les atribuyen el orden, los imaginan o saben omnipresentes. De cualquier modo, uno termina sintiéndose vulnerable y expuesto al capricho de otro u otros. Nadie entra a las casas, es cierto, pero no porque no pueda sino porque de momento no quiere. Es un retrato desolador de la derrota del Estado. Y es que si de medir el éxito o el fracaso de la actual estrategia en la lucha contra el narcotráfico se trata, ¿cuál es un mejor indicador: el asesinato de un capo o la profunda desconfianza de los costeños hacia las autoridades y el control efectivo de las plazas?