enero 19, 2010

Haití

Carlos Fuentes
Reforma

Miro una foto de una tristeza, dolor, crueldad y violencia inmensas: un hombre toma del pie el cadáver de un niño y lo arroja al aire. El cuerpo va a dar a la montaña de cadáveres -cincuenta mil en una población de diez millones-. Saldo terrible del terremoto en Haití.

Cuesta admitir que una catástrofe más se añada a la suma catastrófica de esta desdichada nación caribeña. 80% de sus habitantes sobreviven con menos de dos dólares diarios. El país debe importar las cuatro quintas partes de lo que come. La mortalidad infantil es la más alta del continente. El promedio de vida es de cincuenta y dos años. Más de la mitad de la población tiene menos de veinticinco años. La tierra ha sido erosionada. Sólo un 1.7% de los bosques sobreviven. Tres cuartas partes de la población carecen de agua potable. El desempleo asciende al 70% de la fuerza de trabajo. El 80% de los haitianos viven en la pobreza absoluta.

Los huracanes son frecuentes. Pero si la naturaleza es impía, más lo es la política humana. Primer país latinoamericano en obtener la independencia, en 1804, se sucedieron en Haití gobernantes pintorescos que han alimentado el imaginario literario. Toussaint L'Ouverture, fundador de la república, depuesto por una expedición armada de Napoleón I. El emperador Jean-Jacques Dessalines extermina a la población blanca y discrimina a los mulatos pero es derrotado por éstos. Alexandre-Pétion, junto con el dirigente negro Henry Christophe, convertido en brujo y pájaro por Alejo Carpentier en su gran novela El reino de este mundo, espléndido resumen novelesco del mundo animista de brujos y maldiciones haitianas. Fueron "Los jacobinos negros".

El verdadero maleficio de Haití, sin embargo, no está en la imaginación literaria, ni en el folclore, sino en la política. Sólo después de la ocupación norteamericana (1915-1934), Haití ha sufrido una sucesión de presidentes de escasa duración y una manifiesta ausencia de leyes e instituciones, vacío llenado, entre 1957 y 1986, por "Papá Doc" Duvalier y su hijo "Baby Doc", cuyas fortunas personales ascendieron en proporción directa al descenso del ingreso de la población, el desempleo y la pobreza. Patrimonialismo salvaje que intentó corregir, en 1990, el presidente Jean Bertrand Aristide, exiliado en 1991, de regreso en 1994, y desplazado al cabo por el actual presidente René Préval.

Este carrusel político no da cuenta de las persistentes dificultades provocadas por la guerra de pandillas criminales, herederas de los terribles Tonton-Macoutes de Duvalier, incontenibles para una policía de apenas cuatro mil hombres y avasallada por las realidades de la tortura, la brutalidad, el abuso y la corrupción como normas de la existencia.

¿Qué puede hacer la comunidad internacional sin que los préstamos del Banco Mundial o del Banco Interamericano desaparezcan en el vértigo de la corrupción? La presencia de una fuerza multinacional de la ONU, la Minustah o Misión Estabilizadora (con gran presencia brasileña) ha contribuido sin duda a disminuir el pandillismo, los secuestros y la violencia. La inflación disminuyó de 2008 acá de un 40% a un 10% y el PIB aumentó en un 4%. Prueba de que hay soluciones, por parciales que sean, a la problemática señalada. Pero hoy, el terremoto borra lo ganado y abre un nuevo capítulo de retraso, desolación y muerte.

La comunidad internacional está respondiendo, a pesar de que Puerto Príncipe ha perdido su capacidad portuaria, el aeropuerto tiene una sola pista y el hambre, la desesperación y el ánimo de motín aumentan. El presidente Barack Obama ha dispuesto (con una velocidad que contrasta con la desidia de su predecesor en el caso de "Katrina" en Nuevo Orleáns) medidas extraordinarias de auxilio.

Obama ha tenido cuidado en que el apoyo norteamericano sea visto como parte de la solidaridad global provocada por la tragedia haitiana, y ha hecho bien. Las intervenciones norteamericanas en Haití están presentes en la memoria. Entre 1915 y 1934, la infantería de marina de los EE.UU. ocupó la isla y sólo la llegada de Franklin Roosevelt a la Casa Blanca le dio fin a la intervención. No hay que ser pro-yanqui, entre paréntesis, para notar que la ocupación trajo orden, el fin de la violencia y un programa de obras públicas -aunque no trajo la libertad, ni acabó con la brutalidad subyacente de la vida haitiana.

La presencia actual de muchas naciones y muchas fuerzas, militares y humanitarias, en suelo haitiano, propone una interrogante. Terminada la crisis, pagado su altísimo costo, ¿regresará Haití a su vida de violencia, corrupción y miseria? Acaso el momento sea oportuno para que la comunidad internacional se proponga, en serio, pensar en el futuro de Haití y en las medidas que encarrilen al país a un futuro mejor que su terrible pasado. Que dejado a sí mismo, Haití revertirá a la fatalidad que lo ha acompañado siempre, es probable. Que la comunidad internacional debe encontrar manera de asegurar, a un tiempo, que Haití no pierda su integridad pero cuente con apoyo, presencia y garantías internacionales que asistan a la creación de instituciones, al imperio de la ley, a la erradicación de la pobreza, el crimen, la tradición patrimonialista y la tentación autoritaria, es un imperativo de la globalidad.

Ésta, la globalización, encuentra en Haití un desafío que compromete la confianza que el mundo pueda otorgarle a la desconfianza que todavía la acecha. La organización internacional prevé (o puede imaginar) maneras en que Haití y el mundo unan esfuerzos para que la situación revelada y subrayada por el terremoto no se repita.

Haití no debe ser noticia hoy y olvido pasado mañana. Haití no cuenta con un estado nacional ni un sector público organizados. Los Estados Unidos de América no pueden suplir esas ausencias. La inteligencia de Barack Obama consiste en asociar a Norteamérica con el esfuerzo de muchos otros países. Porque Haití pone a prueba la globalidad devolviéndole el nombre propio: internacionalización, es decir, globalidad con leyes.

Lecturas

Una manera de entender a Haití más allá de la noticia diaria consiste en leer a algunos autores de un país de cultura rica, economía pobre y política frágil. Me refiero a Los gobernadores del Rocío de Jacques Roumain, un autor que partió de una convicción: el orgullo de los haitianos en su cultura. Tanto en Los gobernadores... como en La presa y la sombra y La montaña encantada, Roumain resume en una frase el mal de Haití: "todo mi cuerpo me duele". Junto con él, los hermanos Pierre Marcelin y Philippe Thoby-Marcelin escribieron la gran novela del Haití del vudú, las peleas de gallos y la superstición, Canapé-Vert, así como El lápiz de Dios y Todos los hombres están locos. Esta última prologada en inglés por Edmund Wilson, quien ve en ella, más allá del drama de Haití, "la perspectiva de las miserias y fracasos de la raza humana, nuestros amargos conflictos ideológicos y nuestras ambiciones aparentemente inútiles".

Ruptura histórica o regreso al pasado

Ricardo Pascoe Pierce
Analista político
ricardopascoe@hotmail.com
Excélsior

En México enfrentamos la posibilidad del retorno del PRI a la Presidencia sin que haya efectuado una autocrítica mínima.

La victoria electoral de Sebastián Piñera en su campaña por la Presidencia de Chile tiene una significación especial para México. Esa significación no proviene del hecho de que nuestro país fuera refugio para miles de chilenos que huyeron de la dictadura militar. Y tampoco por el hecho de que México es gobernado actualmente por un partido cuyas raíces encuentran confluencia en las raíces ideológicas de los partidos que dan sustento a la candidatura presidencial de Piñera, por lo que sería lógico suponer alguna afinidad entre ambos presidentes, el mexicano y el chileno recién electo.

No: la significación/similitud viene por otro lado. Viene de los oscuros procesos a través de los cuales los pueblos deciden retornar sobre sus pasos para, en conjunto con factores económicos, políticos, sociales y subjetivos, devolverle el poder político a quienes, por razones también entendibles, lo perdieron en otro momento. Esto no refiere sencillamente a la alternancia en el poder, pues ello es factor fundamental en toda sociedad democrática que ejerce elecciones libres. Lo harto peculiar de la alternancia chilena es que tiene la mirada puesta en el pasado con rasgos de perdón o frustración hacia el régimen autoritario que se vio obligado a abandonar el poder.

La elección de Piñera constituye un cambio, sí. Pero uno que incluye una redefinición hacia el pasado reciente de la dictadura militar de Pinochet. No hablo del desgaste de la Concertación, de sus errores ni de sus divisiones, todo lo cual contribuyó a la victoria de Piñera. Lo significativo es que no hay, en el discurso del nuevo Presidente chileno, un reconocimiento de los errores de gobierno y de concepción de los años de dictadura militar. En un sentido de lógica formal, podría decirse que el nuevo gobierno regirá los destinos del país con las mismas concepciones y programas que inspiraron a los militares, nada más que ahora desde lo civil.

En México enfrentamos la posibilidad del regreso del PRI a la Presidencia de la República sin que haya efectuado una mínima autocrítica de sus prácticas y métodos de gobierno y somos, además, testigos de cómo sus gobernadores rigen los destinos de su respectivos estado con esa componenda de corporativismo, uso de recursos públicos y cooptación de medios locales. Lo que parecería estar en puerta es una reacción electoral similar a la chilena: perdón por los pecados anteriores a cambio de la resolución de los problemas del país.

En tiempos de crisis global, es posible que la reacción electoral de las mayorías sea comprensible. Hasta el fenómeno apocalíptico haitiano es terreno para fermentar las más básicas actitudes de los pueblos, sencillamente por el terror que infunde. Pero el hecho de aceptar al PRI de regreso al poder, sin una autocrítica de su método de gobierno, puede convertirse, en breve, en un error de consecuencias incalculables para la estabilidad política y social del país.

Tanto Piñera como el PRI deberán aprender a hacer una ruptura histórica con su pasado. De no hacerlo, podemos tener la certeza de que su forma de gobernar se asemejará a lo que fueron las prácticas de sus antecesores. Y la historia se repetirá.

Haití: más de lo mismo

Rafael Cardona
racarsa@hotmail.com
La Crónica de Hoy

No termina la interminable fosa común de ocuparse con el infinito y tristísimo cargamento de cadáveres, cuando la imaginativa comunidad internacional ya ha hallado una solución para el futuro de este pobre país, cuyo pasado de explotación, crimen, expolio y abuso él misma produjo a lo largo de los siglos con la resultante de una espantosa pobreza agravada por el sismo.

Parece como si los países del mundo acabaran de darse cuenta de todo esto. Hoy Francia se conmueve, y se alarman y se acongojan quienes por años cobijaron dictaduras horribles.

Pero en fin, no se ha de abandonar a los haitianos a la desconsiderada mano de Dios.

Una vez más saldrá la ayuda en la panza de los aviones militares, otra vez los soldados americanos dispuestos a poner el orden, como si alguna vez en la historia los militares hubieran puesto orden en algún país enano, pobre, ocupado y destruido.

Leo a Gerard Pierre Charles, muerto hace relativamente poco tiempo, entre otras distinciones por la profundidad de su pensamiento, con la merecida Águila Azteca en el pecho.

“Además, la prolongada cobija de la comunidad internacional refleja, así como afirma, lo endeble del sistema democrático y del mismo Estado-Nación, poniendo en relieve las relaciones crecientemente desiguales entre Haití, Estados Unidos, Canadá e incluso la vecina Republica Dominicana.

“En medio de esta encrucijada es menester que triunfe en mi tierra martirizada, la batalla por la democracia, la justicia y una civilización de la sencillez fundada en un novedoso sentido de convivencia. Con ello se cumplirá este bisecular parto haitiano, con sus diseños de sueño y de realidad. Las repercusiones de tal suceso, de tanto significado para uno de los pueblos más explotados del orbe, sólo podrán ser evaluados de cara al futuro, por la importancia de las cuestiones que ha levantado y que no son exclusivas a esa media isla…

“...Luego del golpe de Estado de 1991 contra el gobierno democráticamente electo de Jean Bernard Aristide, la comunidad internacional fue llevada a hacer causa común con el pueblo en lucha para el regreso del presidente, por lo que se dio seguimiento a la demanda de este último de una intervención de fuerzas militares internacionales bajo la bandera de la ONU, con el fin de expulsar a los militares del poder y restaurar la democracia.

“En este contexto, la total deriva política y la pérdida de legitimidad de los militares hicieron posible la disolución del ejército, al mismo tiempo que eran neutralizados los mecanismos tradicionales de control e intimidación.

“Por otra parte, la participación popular en el ejercicio del poder debilitó en forma considerable los medios de acción política…

“…Todo ello se cobijó con la generosidad de instituciones filantrópicas y religiosas y la disponibilidad de los organismos internacionales para ofrecer su asistencia técnica a un país que parece ser un campo de experimentación tecnocrática (1981)”.

Hoy, con la conciencia aliviada los gobiernos del mundo y las organizaciones financieras, las mismas cuya operación había creado hasta la semana pasada otro gobierno paralelo en la sociedad caótica del Haití histórico, se aprestan a resolver la emergencia.

¿Cómo? Con los mismos presupuestos ideológicos, étnicos, culturales, financieros y religiosos de ocasiones anteriores, pero ahora magnificados por los mensajes de Twitter y Facebook.

En octubre de 2004 se publicó: “En los últimos días Haití dio otro giro hacia el caos. No solamente ha sido necesari el enviar nuevos batallones de soldados estadunidenses para que escolten las caravanas que llevan auxilio a los pueblos desesperados del norte que se encuentran bajo el lodo. La bandas armadas que subsisten tanto en el frente gubernamental como en los restos del movimiento guerrillero, un partido de mayoría en el Congreso, han protagonizado ataques, incendios, decapitaciones, incluso combates con las fuerzas de paz de la ONU…”

Ayer se difundió esta nota en Santo Domingo:

“La Cumbre Unidos por un mejor futuro para Haití, celebrada en la capital dominicana con la presencia de diversos organismos multilaterales y de cooperación internacional, concluyó este lunes con la propuesta de la creación de un comité de coordinación de las ayudas para reconstrucción del vecino país que tendrá su sede en la República Dominicana.

“Al esbozar los puntos discutidos en la cumbre, el presidente Leonel Fernández precisó que el equipo del Comité de Coordinación estará integrado por Haití, República Dominicana, el Caricom, las Naciones Unidas, la Unión Europea, la Organización de Estados Americanos, el Grupo de Río, Estados Unidos, Canadá, Brasil y el Banco Interamericano de Desarrollo.

“El mandatario dominicano manifestó que otra propuesta que surgió en el importante cónclave fue la elaboración de un plan de desarrollo estratégico para ayudar a la recuperación de Haití a mediano y largo plazo, no sólo en la actual coyuntura. Significó que para este plan integral de desarrollo haitiano se requiere de unos dos mil millones de dólares al año, y para un plazo de cinco años habrá que invertir unos 10 mil millones de dólares, recursos cuya fuente deberá ser identificada por el comité…”.

O sea…

No son inextinguibles

Román Revueltas Retes
revueltas@mac.com
Interludio
Milenio

Los oficios de las personas se reparten muy claramente en las sociedades: algunos individuos son médicos, otros laboran de albañiles, otros más trabajan en la morgue o de curas o de enfermeros o de arquitectos o de músicos, etcétera. Los hay, curiosamente, que deciden ser criminales. La sicología ha estudiado la mente de estos últimos y los sociólogos intentan determinar las causas de tan extraña vocación: los delincuentes sufrieron, por lo visto, el maltrato de una mala madre o provienen de una familia fundamentalmente desestructurada; pueden, también, pertenecer a esa aterradora subespecie conformada por los “antisociales”, es decir, sujetos que, en esencia, no saben distinguir entre el bien y el mal (y así, no experimentan sentimiento alguno de culpa cuando matan a un tercero o le cortan una oreja al hijo del empresario extorsionado).

El asunto, señoras y señores, es que cierto porcentaje de la población está conformado por individuos peligrosos. En toda sociedad hay manzanas podridas. Pero, a pesar de esta inquietante constatación, podemos también preguntarnos por qué un simple ciudadano que podría terminar tranquilamente su carrera universitaria o trabajar de vendedor en un gran almacén, decide de pronto incorporarse a las filas del crimen organizado. La cuestión es importante en tanto que vemos, todos los días, a decenas de ejecutados en las escaramuzas que escenifican las bandas rivales y, encima, constatamos que los grandes capos mafiosos no acaban sus carreras sentados apaciblemente frente a la chimenea sino que van a dar a la cárcel, tarde o temprano, o son ejecutados a balazos.

Los que cuestionan la guerra que el Estado mexicano está librando contra el narcotráfico afirman que nunca se logrará neutralizar —o exterminar— a todos los criminales. Surgirán, en todo momento, nuevos jefes y nuevos operadores. Esto es lo mismo que decir que la cantera de delincuentes en este país es inagotable. No lo creo. Y, en todo caso, más vale comenzar por alguna parte en vez de dejar las cosas como están.

Haití: el origen de sus males

Miguel Ángel Granados Chapa
miguelangel@granadoschapa.com
Plaza Pública
Reforma

Es tan banal y detestable la aseveración de Pat Robertson sobre el origen del infortunio de Haití (sus pobladores de comienzos del siglo XIX hicieron un pacto con el diablo), que después de ridiculizarla de muchas maneras, convendría pasarla por alto y olvidarla. Pero su emisor es un político (que se presenta bajo la apariencia de un predicador religioso) muy influyente en Estados Unidos: es uno de los adalides del peor fundamentalismo evangélico y sus palabras son tenidas como verdad revelada por miles, quizá millones de personas que lo han oído decir que el Islam es una secta satánica o que matar al presidente Hugo Chávez será más barato que librar una guerra en su contra. Lo dicho por Robertson (que ni siquiera se llama Pat, sino Marion Gordon) resulta de la ignorancia, el dolo y el prejuicio racial y religioso que identifica a los extremistas. No dice a su auditorio si los haitianos faltaron a su acuerdo con el demonio y por tal motivo son golpeados, o si se trata de un castigo de Dios por haber entrado en tratos con el Maligno. Pero esperar una explicación de Robertson es inútil: cree que la independencia haitiana se consiguió frente al imperio de Napoleón III, siendo que el sobrino de su tío nacería apenas cuatro años más tarde que la consumación de la liberación de Haití.

Aunque debía ocurrir lo contrario, el norteamericano medio lo ignora todo sobre Haití. Desconoce en qué medida los pesares de esa pequeña porción de la isla Española han tenido su origen en Estados Unidos. Así ha ocurrido hace 200 años y ahora mismo. Los estadounidenses que siguen a Robertson estarán incapacitados, por lo tanto, para valorar la extraña paradoja que el terremoto de hace una semana ha suscitado: por primera vez en la historia la presencia norteamericana en suelo haitiano tendrá efectos beneficiosos para una población lastimada que trueca soberanía por mínimos primeros auxilios.

Apenas lograda su independencia, Haití recibió de Estados Unidos su primer golpe: el presidente Thomas Jefferson prohibió comerciar con el nuevo país, cuyo gobierno sólo fue reconocido seis décadas después de nacido, por Abraham Lincoln. Menos mal que ese reconocimiento no costó a Haití lo que el de Francia: la admisión de una deuda de millones de francos que explica también la pobreza ancestral del país antillano, asediado a lo largo del siglo XIX ya por la marina británica, ya por buques de guerra alemanes.

A pesar de todo, el auge de las plantaciones de azúcar y café hizo de Haití un destino interesante para la inversión foránea. Lo que es ahora el Citibank adquirió en 1910 el Banco de la República de Haití, que era el banco emisor de moneda, y trasladó sus reservas de oro a Nueva York. Durante largo tiempo rehusó pagar interés alguno al Estado haitiano, y cuando accedió a hacerlo aplicó tasas por debajo de las vigentes en el mercado. Para asegurar esos intereses y los de empresas como la Haitian American Sugar Co, los marines norteamericanos invadieron a aquel país en 1915 , y permanecieron allí durante los siguientes 19 años, hasta que en 1934 el presidente Roosevelt ordenó a sus chicos volver a casa.

Retornarían a Haití, sin embargo, 60 años después. Debido a su doble política frente al primer Jean Bertrand Aristide -contribuir a deponerlo y luego reconocerlo Presidente en el exilio- se rompió en 1994 el precario orden público que los golpistas mantenían con sobra de fuerza. Miles de marines ocuparon el país hasta que fueron reemplazados por la fuerza de paz, los cascos azules de las Naciones Unidas.

Ahora esos invasores son bienvenidos. Su presencia hace falta y es de agradecerse ante la descomunal tragedia que se abate sobre Haití. Aun con los antecedentes sumariamente referidos en estas líneas, la presencia norteamericana ostenta hoy el signo de la buena voluntad, pues los efectivos que están ya desembarcando asumirán tareas de vigilancia y orden que son indispensables para la distribución de la ayuda internacional que con tanta hondura y urgencia reclaman los damnificados.

El presidente Barack Obama cumple mañana un año en la Casa Blanca. En ese lapso ha decepcionado a no pocos de sus seguidores porque no ha cumplido ofertas de campaña y, al contrario, ha reforzado la participación norteamericana en Afganistán y en Iraq. Pero también ha sido leal a lo ofrecido y ha sacado adelante la profunda reforma en materia de salud que necesitan millones de norteamericanos, menesterosos y no tanto. En ese año también recibió el Premio Nobel de la Paz, galardón merecidísimo más por sus principios e intenciones que por sus hechos, y que le ofrece un escudo frente a la maledicencia racista de su país, que en cualquier momento podría pasar de la agresión verbal a la acción directa, azuzada por gente como el zafio Pat Robertson.

Al frente de la intervención benévola que ha dispuesto su gobierno, Obama y los gobernantes de los países a los que la crisis no ha hecho menos ricos están en situación de contribuir a que los haitianos sobrevivientes construyan sobre los escombros un nuevo país. Sé que suena ingenuo proclamarlo y sé también que en efecto hay gran dosis de candor al hacerlo. Pero el realismo político también quedará bien servido si se atienden de modo profundo y permanente las necesidades haitianas. Autorizar el asilo y la residencia decenas de miles de ellos en este momento es noble e inteligente. Lo será más contribuir a que Haití mismo no tenga que expulsar a los suyos.

Cajón de Sastre

Hace ya cinco semanas de que fue asesinado cerca de Poza Rica el comerciante Pablo Gnuyen Chilián Espinosa, de 37 años. Ese 11 de diciembre lo acompañaba su amigo Jorge Gerardo Palacios Anzaldo, que sufrió serias fracturas. Los atacantes dijeron ser agentes de la policía, lo que tal vez explica la negligencia del Ministerio Público de aquella ciudad del norte veracruzano, que con cinismo alega que tiene 180 días para concluir la averiguación, que de hecho ni siquiera ha iniciado. La víctima es hijo de Federico Chilián Orduña, un activista civil y periodista, director del diario Transición en Puebla. El mismo día en que su hijo fue agredido, denunció los hechos en una carta al gobernador Fidel Herrera, quien ni siquiera acusó recibo. El asesinato mismo y su impunidad se agravarían si se quiso atacar con este crimen a Chilián Orduña.

Recuperación

Macario Schettino
schettino@eluniversal.com.mx
Profesor de Humanidades del ITESM-CCM
El Universal

Los datos de la economía cada vez son mejores, o si prefiere, menos malos. Ya para el mes de noviembre, la industria en México prácticamente deja de caer (apenas 1% frente a caídas de más de 10% a mediados de año), y sin duda para diciembre, o a más tardar en este mes de enero, habrá números negros.

Es cierto, esos números negros tienen que ver con la comparación. Puesto que lo peor de la crisis ocurrió entre septiembre y marzo pasados, los datos actuales resultan buenos por compararse con los pésimos. Y también es cierto que la actividad económica es hoy mucho menor que la que teníamos antes de que viniera la quiebra de Lehman y la crisis que siguió.

Pero aunque sea así, eso no quita que hoy estemos mejor que a mediados de año, y que las perspectivas sean todavía mejores.

La crisis, como usted recuerda, se originó en Estados Unidos, y de ahí se extendió al resto del mundo. Los estadounidenses habían gastado en exceso por varios años, y de golpe tuvieron que enfrentar sus deudas, que no podían pagar. Para salir del hoyo, el gobierno de ese país se hizo cargo del boquete financiero (cosa de 3 trillones de dólares, billones de los nuestros) e incrementó su gasto en casi un trillón de dólares adicional. De cualquier manera, el golpe estaba dado, y la economía mundial se contrajo. Caímos más los que más vendíamos a Estados Unidos, y los que tenían finanzas públicas menos sólidas. México caía en ambos grupos, de forma que fuimos uno de los países con mayor contracción en la actividad industrial (aunque no en empleo). La crisis de la influenza, en abril y mayo, hizo que también en los servicios tuviésemos una contracción, que se sumó a la originada por la crisis, por cierto.

Puesto que la crisis vino de la caída en las exportaciones, no hay otra salida que esperar a que las exportaciones vuelvan a crecer. Muchas personas creen que esto podría evitarse si tuviésemos un mercado interno fuerte, pero no lo tenemos, y no lo podemos crear en un par de meses, de forma que, de momento, no hay otra salida.

Las exportaciones crecerán conforme nuestro cliente tenga dinero, así que dependemos, por completo, de la reactivación de la economía de Estados Unidos. Lo que sí podemos cambiar es la forma en que reaccionemos a esa reactivación, o dicho en términos técnicos, la elasticidad de nuestras exportaciones.

Por ejemplo, esto está pasando con los automóviles. A pesar de las grandes quejas de la industria automotriz, la producción del mes de diciembre ha sido la más alta para ese mes en toda la historia. Cierto que al sumarla con el resto del año, hay una caída muy grande, pero también es cierto que la recuperación parece ser mucho mejor de lo esperado. Para que pueda usted comparar, en 2006 y 2007 se vendieron en Estados Unidos más de 16 millones de autos en cada año, mientras que nosotros producíamos cosa de 2 millones. En 2008, con la crisis iniciando, la venta de autos en Estados Unidos cayó a 13 millones, mientras que nosotros incrementamos nuestra producción a 2.1 millones. En 2009, con la crisis en pleno, la venta allá fue de sólo 10 millones, y la producción acá apenas de 1.5 millones. Se ve feo, pero note usted que la caída en ventas en Estados Unidos fue de 6 millones de autos, frente a los años normales previos a la crisis, es decir, una contracción de casi 40%. La producción en México, sin embargo, cayó 25%. Mejor aún, si comparamos la segunda mitad de 2007, antes de cualquier crisis, y la segunda mitad de 2009, la caída en ventas en Estados Unidos es de 30%, y la de producción en México de menos de la mitad, 14.3%.

Esta diferencia significa que, de alguna manera, ganamos mercado en el país vecino durante la contracción y el inicio de la recuperación. Puede tener que ver en esto el ajuste del tipo de cambio, las tendencias de mediano plazo en la producción de las armadoras estadounidenses, o lo que usted quiera, pero es un fenómeno que está ocurriendo.

Vamos a ver este tipo de fenómeno en otras industrias, no tenga duda, de forma que la recuperación del consumo de los estadounidenses tendrá un efecto mayor en la producción de nuestra industria. Sin embargo, no parece posible que los vecinos regresen al nivel de consumo que tenían antes de la crisis, porque precisamente ésa fue la causa del problema. Consumían de más, no lo olvide, y no podrán regresar a ese nivel. Nosotros, sin embargo, sí podremos recuperar nuestra capacidad productiva, por ese incremento adicional que veíamos en la industria automotriz, y que ocurrirá en muchas otras más.

Pero, como hemos dicho muchas veces, con eso no nos da para crecer a 6% o 7%, como quisiéramos. Para eso, habría que tomar decisiones de fondo, que nos hagan competitivos. Ya platicaremos de estas decisiones en otro momento.

Pendientes. Sitio 300 ha tenido la amabilidad de enviarme un correo electrónico aclarando algunas de las afirmaciones de esta columna de la semana pasada. Sostienen que nunca fueron un monopolio, que las tarifas no han bajado (sino que hay diferencias por empresa, que al final resultan más elevadas) y que la mayor rapidez en el acceso al taxi es resultado de la existencia de dos terminales en lugar de una. En el segundo punto no tengo información para contradecir a Sitio 300, y supongo que tendrán razón. En los otros dos, no.

Durante años, el único taxi que uno podía tomar en el aeropuerto era de Sitio 300, y eso es un monopolio, no importa si está conformado por cientos de prestadores de servicio individuales. Y no es porque haya dos terminales que hay servicio más rápido, es porque hay más unidades. Tantas, dice Sitio 300, que centenares de ellas están paradas, con pérdida para sus dueños y operadores. Sí, así funciona la “destrucción creativa”, es decir, el mercado.