enero 22, 2010

Las razones de Beltrones

Francisco Martín Moreno
fmartinmoreno@yahoo.com
Excélsior

Un fisco fuerte cuenta con mayores posibilidades de acometer exitosamente una política social más justa, que un erario con las arcas vacías.La experiencia internacional demuestra que, cuando se han disminuido los gravámenes, la actividad económica observa una aceleración sorprendente.

A Manlio Fabio Beltrones le asiste la razón al proponer un impuesto generalizado al consumo y al ingreso con tasas menores a las vigentes. Los fiscos de la mayor parte del mundo han orientado su actividad tributaria a gravar mayoritariamente el gasto, no sólo por la facilidad administrativa que implica, sino por la generosidad evidente que se descubre en el momento de medir los resultados de la recaudación. Si el objetivo consiste en lograr que todos los mexicanos contribuyamos con nuestros impuestos a financiar lo más sanamente posible el Presupuesto de Egresos, resulta entonces inadmisible que millones de contribuyentes, parapetados en la economía informal, logren escapar a nuestras leyes fiscales, tal como lo hacen, legalmente, algunas empresas poderosas del país, por ejemplo las productoras de alimentos y medicinas.

¡Por supuesto que, aun cuando parezca una paradoja, al reducir la tasa del IVA del 16 al 12%, la recaudación no sólo no se desplomará, sino que, al tratarse de un gravamen generalizado, aquella aumentará en cientos de miles de millones de pesos, con los cuales el gobierno podría satisfacer con más eficiencia las necesidades de los más necesitados. Un fisco fuerte cuenta con mayores posibilidades de acometer exitosamente una política social más justa, que un erario con las arcas absolutamente vacías. La experiencia internacional ha demostrado, hasta la saciedad, que cuando se han disminuido los gravámenes, como lo propone Beltrones, quien sugiere reducir también la tasa del ISR del 30 al 25%, la actividad económica observa una aceleración sorprendente y a la inversa, un fisco miope que pretende imponer gravámenes excesivos, sólo logra deprimirla. Acontece lo mismo con las tasas de interés: cuando éstas se bajan se calienta la economía y, al incrementarse, se enfría el proceso productivo. Si Hacienda permitiera, a título de ejemplo, la depreciación acelerada de automóviles, es evidente que tanto las personas y las empresas adquirirían más vehículos para aprovechar la ventaja fiscal, con lo cual se recaudaría más IVA, más ISAN, más ISR, se estimularía a la industria y al comercio y se contratarían más puestos de trabajo, desde el momento en que las armadoras y distribuidoras venderían muchísimos más vehículos…

Beltrones debe contemplar con meridiana claridad las monstruosas devoluciones que se embolsan las empresas productoras de alimentos y medicinas al estar exentas del IVA. Las devoluciones por sus compras, a cargo de un fisco muy debilitado, significan decenas de miles de millones de pesos anuales. A los desposeídos no se les puede ayudar sangrando irresponsablemente al erario.

Uno de los grandes obstáculos de la contratación de trabajadores formales lo constituye las pesadísimas cargas tributarias a las nóminas, que van del 30 al 35%, situación que orilla a cientos de miles de empresarios a contratar mano de obra informal, ilegal, y evadir a los fiscos, para poder ser más competitivos y lograr la supervivencia de sus empresas. En este esquema se sustituirían los impuestos a las nóminas por impuestos al consumo. Un gravamen adicional del 8% al consumo, o sea, 23 o 24% de IVA, permitiría extender el seguro de invalidez y el de vida a 41 millones de trabajadores en comparación con 14 millones que hoy lo disfrutan; facilitaría la contratación de decenas de millones de trabajadores incorporándolos a la formalidad para poder disfrutar legalmente de las prestaciones del IMSS y del Infonavit; se protegería a todos los trabajadores asalariados con un seguro de desempleo; se reducirían los costos laborales de carácter tributario de aproximadamente 800 mil empresas legalmente establecidas; se facilitaría la legalización de cientos de miles de empresas que ya podrían acceder al crédito y a la banca; se incorporarían 26 millones de trabajadores al sector formal con las consecuentes ventajas en el ahorro nacional a través de las afores y se contaría con muchos más recursos para atender a los desposeídos. En síntesis, al desplomarse el costo de contratación legal de trabajadores se disparará la creación de empleos, y se rescataría al IMSS de la quiebra. Cada mexicano asalariado podría tener su propia cuenta de afore. Una maravilla, ¿no..?

Beltrones tiene razón. Ahora a luchar en contra de los demagogos e ignorantes…

El efecto Chávez impulsa la derecha “civilizada”

Fran Ruiz
fran@cronica.com.mx
La aldea global
La Crónica de Hoy

Casi sin hacer ruido, el péndulo en varios países latinoamericanos se ha movido a la derecha. Algo está cambiado en la región y el responsable en gran parte de este fenómeno es Hugo Chávez, quien paradójicamente pasará a la historia contemporánea como el político latinoamericano que más ha hecho por consolidar la derecha como una opción moderada en contraposición al gobierno autoritario y populista que encabeza el caudillo izquierdista venezolano.

El último país en mover el péndulo ha sido Chile, país con unos indicadores económicos, sociales y de cultura democrática en las antípodas de Venezuela. Allí no estaba en juego esa división maniqueísta del mundo que hace Chávez entre neoliberales-imperialistas contra socialistas-procastristas, lo que triunfó en Chile fue el deseo de un cambio, de una transición tranquila de Concertación centroizquierdista que gobernó dos décadas a una derecha domesticada y limpia de su pasado represor.

No había más que ver el abrazo electoral del perdedor, el candidato oficialista Eduardo Frei, al ganador, Sebastián Piñera, para comprobar el nivel de madurez democrática que se ha logrado en Chile.

Es cierto que la derecha pinochetista votó a Piñera para impedir que la coalición entre socialistas y democristianos siguiera gobernando; es cierto también que en la noche del triunfo electoral se vieron chilenos levantando bustos del dictador; pero lo importante es que el empresario millonario ha prometido, ya como presidente electo, que no desmontará lo construido por la Concertación y que “construirá puentes y derribará divisiones”. Ni un guiño, pues, al pinochetismo.

Efectivamente, los chilenos confiaron en Piñera porque lo identifican con la derecha “civilizada”, porque saben que no invocará el autoritarismo, en definitiva que no tiene el menor interés en resucitar el pinochetismo, de igual manera que los españoles en su día votaron por el conservador José María Aznar, después de una década de gobiernos izquierdistas, porque sabían que ya nadie se atrevería a restaurar el franquismo.

Es cierto, por otro lado, que Chávez no fue el centro de la campaña chilena —es un personaje irrelevante, que más que temor provoca risa—, pero es significativo que las primeras declaraciones de Piñera sobre política exterior hayan sido para dejar claro que sus diferencias con el venezolano son “profundas y tienen que ver con la forma en que concibe y practica la democracia, así como su modelo económico”.

Más consecuencias regionales del “efecto Chávez”: Honduras. El derechista Porfirio Lobo se prepara la semana que viene para asumir el poder y, lo que es la vida, lo hará con el agradecimiento del caído en desgracia Manuel Zelaya por permitirle salir del país con su familia con rumbo a República Dominicana.

Lobo ganó efectivamente las elecciones, pero sabe que lleva el pecado original de haberse beneficiado de unas elecciones que montó un gobierno golpista, por eso pretende marcar diferencia desde el primer momento y ya ha anunciado que encabezará “un gobierno respetuoso de los derechos humanos donde ningún ciudadano hondureño se verá perseguido por sus convicciones políticas”. En otras palabras, que intentará gobernar como otro mandatario derechista, el panameño Ricardo Martinelli, líder absoluto de popularidad en el continente con un asombroso 91 por ciento de aprobación.

Es patente, por otro lado, que, excepto el boliviano Evo Morales, esta misma encuesta de Mitofsky hunda en la lista de popularidad a todos los gobernantes que optaron por el modelo Chávez de autoritarismo, desde el paraguayo Fernando Lugo al ecuatoriano Rafael Correa, pasando por el propio presidente venezolano y, cerrando la lista de los más aborrecidos, el nicaragüense Daniel Ortega y la argentina Cristina Fernández.

No es desde luego una novedad este movimiento pendular a la derecha empujado, muy a su pesar, por Chávez. ¿Cuántos peruanos y mexicanos olieron ya hace cuatro años la amenaza que se avecinaba de haberse decantado por candidatos prochavistas, que llegaron incluso a estar por arriba en las encuestas?

Hasta el mismísimo Lula da Silva debería empezar a preocuparse, ya que su gran popularidad y su izquierda “civilizada” parece que no garantizan plenamente que gane las elecciones presidenciales de 2011 su candidata, Dilma Roussef, que está por detrás en las encuestas que encabeza el derechista José Serra.

Si Brasil da un vuelco, la izquierda moderada latinoamericana, que tan buenos frutos ha dado donde ha gobernado —Uruguay, Chile, el propio Brasil— podría entrar en peligro de extinción, opacada por una derecha que reclama el mismo espacio ideológico centrista, y sobre todo por el daño infinito que está creando la imagen de una Venezuela cada vez más parecida a Cuba en niveles de inmovilismo y represión. Una pena.

Palabras y patentes

Antulio Sánchez
Internet
twitter.com/tulios41
tulios41@yahoo.com.mx
Milenio

La lucha por los derechos de propiedad intelectual o de autor tiende, en ocasiones, a emular las batallas libradas por los grupos fundamentalistas o viceversa. En Malasia, por ejemplo, el gobierno impide a grupos cristianos usar el término Alá como traducción de Dios. Y la disputa se traslada a los tribunales para dirimir si tienen derecho a usarla.

Hoy vivimos una época regida por el individuo y lo propio, característico de la era de las marcas, las patentes y la inexorable y perenne apropiación de los signos. Las ideas hoy valen mucho menos que las palabras concretas, que son las que incluso respaldan las grandes estrategias mercantiles globales.

Parece que el tiempo le ha dado la razón a lo nominalistas que decían que las ideas eran sólo ilusiones. Hasta ahora, y a pesar de que pulule el discurso de que en los tiempos que corren el conocimiento es el gran pivote de las economías, lo cierto es que las ideas que éste genera no se pueden patentar (por lo menos hasta este momento) sino sus síntesis de aplicación. Es por eso que más que ideas o teorías se puede patentar un nombre y pasar a ser propietario del uso comercial del mismo.

De esa manera, los individuos son dueños de la palabra “apple” o “ventana”, por ejemplo, y a tal grado ha llegado esa apropiación que la misma Google vende, vía subastas, palabras clave que pueden servir para comercializar prácticas o productos. El éxito creciente de la propiedad intelectual y de la “apropiación” vertiginosa de términos de uso común, que eran patrimonio global, testimonia esa acelerada y creciente adjudicación de vocablos y palabras que carecían de propietarios.

En la actualidad se multiplican acuerdos globales que, en nombre de los derechos de propiedad intelectual, benefician los intereses de las grandes corporaciones. Hoy, es cierto, que lo común y lo universal ya no gozan de glamur alguno y quien se pronuncie por ello puede ser tachado de un comunista desfasado. En los tiempos que corren, el fundamentalismo en torno a la propiedad intelectual se ha matrimoniado con una especie de nominalismo conservador para descartar el sentido de la propiedad común, construyendo murallas con palabras patentadas o alrededor de las mismas.

Haití: del Estado fallido al Estado natural

José Antonio Crespo
Horizonte político
Excélsior

Todos sabemos que el Estado haitiano es cercano a lo que se ha definido como Estado fallido, pero esa endeble estructura se colapsó también con el terremoto de la semana pasada. Ese país pasó en unas horas del Estado fallido al estado de naturaleza hobbesiano. A los daños físicos y humanos provocados por el temblor, se le pueden sumar unos de mayor extensión, producto justamente de la ausencia de orden, autoridad, legalidad. Situaciones como las que vive hoy Haití, en que los ciudadanos empiezan a pelear y recurrir a la violencia para obtener los insuficientes víveres que por el desorden alcanzan a llegar, confirman una vez más que era aproximada la imagen que de la naturaleza humana tenían filósofos políticos como Tucídides, Nicolás Maquiavelo y Thomas Hobbes. Ante un conflicto entre el interés personal y el de los demás, y donde la propia supervivencia está en juego, la mayoría opta por satisfacer primero las necesidades y ambiciones propias. Lo que prevalece es la ley de la selva, o lo que Hobbes llamaba, en su célebre Leviatán (1651), el estado de naturaleza: “Si dos hombres desean la misma cosa, y en modo alguno pueden disfrutarla ambos, se vuelven enemigos, y en el camino que conduce al fin (que es, principalmente, su propia conservación…), tratan de aniquilarse o sojuzgarse uno al otro”.

Y por eso mismo la anarquía puede traducirse en una guerra social generalizada, a menos que exista una entidad superior, con capacidad coercitiva, para obligar a los miembros de la comunidad a apegarse a ciertas reglas de convivencia y civilidad social. “Con todo ello —continúa Hobbes—, es manifiesto que durante el tiempo en que los hombres viven sin un poder común que los atemorice a todos, se hallan en la condición o estado que se denomina guerra, una guerra tal que es la de todos contra todos… existe continuo temor y peligro de muerte violenta, y la vida del hombre es solitaria, pobre, tosca, embrutecida y breve”.

La figura de anarquía suele considerarse como una construcción teórica para entender la racionalidad del Estado, que aun en forma rudimentaria existe desde los inicios de la humanidad. Incluso el propio Hobbes así lo maneja, como inexistente en la realidad, aunque creía erróneamente que una aproximación de ella la vivían los indígenas de América: “Acaso pueda pensarse que nunca existió un tiempo o una condición en que se diera una guerra semejante y, en efecto, yo creo que nunca ocurrió generalmente así, en el mundo entero. (Sin embargo) los pueblos salvajes en varias comarcas de América… carecen de gobierno en absoluto, y viven actualmente en ese estado bestial al que me he referido”. No es correcta la apreciación, pues aun entre las tribus más hostiles había jerarquía, mando, liderazgo, reglas de convivencia y castigo a quienes las transgredieran. Pero Hobbes no descarta que aun pueblos que pudieron haber construido ya un orden político, puedan bajo ciertas circunstancias caer de nuevo en una anarquía: “De cualquier modo que sea, puede percibirse cuál será el género de vida cuando no exista un poder común que temer, pues el régimen de vida de los hombres que antes vivían bajo un gobierno pacífico, suele degenerar en una guerra civil”.

Y, en efecto, conocemos a lo largo de la historia situaciones en que, al colapsarse el Estado por la razón que sea, se generan las nocivas dinámicas hobbesianas. Como cuando en Irak se desplomó el régimen de Saddam Hussein. Los desastres naturales o las fallas de gran magnitud provocan episodios de anarquía, aun en países avanzados —como durante los apagones de Nueva York— en los que las autoridades fácilmente son rebasadas y surgen las ambiciones y pasiones humanas más primitivas, al colapsarse la institucionalidad coercitiva que puede contenerlas. Haití no está en posibilidad de reconstruir su Estado en medio de esta crisis. De ahí la urgencia de que la comunidad internacional intervenga con ese fin. La ONU ha dispuesto el despacho de policías y militares pero, ante la magnitud del desastre, no serán suficientes, y por ello EU intervendrá en la reconstrucción, algo racional pese a las suspicacias que despierta todo movimiento que hace la potencia fuera de sus fronteras. Pero sería peor dejar a los haitianos a la deriva, y por eso miles de ellos reclaman la presencia estadunidense. Lo ideal, desde luego, sería la incorporación permanente —y no sólo fugaz— de otras naciones en la reconstrucción del país, para equilibrar la presencia de Estados Unidos. Algo, sin embargo, poco probable.