enero 25, 2010

¿Por qué tan enojados?

Denise Maerker
Atando Cabos
El Universal

Cuando el camino de regreso a Los Pinos parecía despejado, sin mayores obstáculos, ancho, soleado y triunfal; cuando todo parecía regresar al orden natural de las cosas, el PAN y el PRD después de 10 años de reinado irresponsable salen con la antinatural y perversa idea de unir fuerzas en ciertos estados para quitarle al PRI fuerza, recursos y poder.

¿De qué se trata? —gritó el viernes Beatriz Paredes en Veracruz frente a la plana mayor de su partido—. ¿Qué pretenden? —airada insistió—. Lo obvio, Beatriz, ganarles, debilitarlos para no dejarles libre el camino de regreso a la Presidencia.

Pero más allá del evidente enojo de los priístas la pregunta es si una alianza así es legítima. Está claro que en una democracia consolidada la alianza entre dos partidos ideológicamente en las antípodas resultaría improbable e improductiva. ¿Qué agenda lo justificaría? ¿Por qué no mejor aliarse con fuerzas políticas cercanas? Pero nosotros no estamos ahí. En una democracia incipiente como la nuestra, peor aún en estados como Hidalgo y Oaxaca, el eje en torno al cual se acomodan las fuerzas es el de autoritarismo versus democracia. Y entonces la alianza entre contrarios no sólo se explica sino que resulta vital y necesario para el avance democrático.

Y si quedaban dudas de la legitimidad de estas alianzas, el discurso de Beatriz del viernes nos recordó que los priístas no han todavía aprendido a ser un partido más dentro del sistema de partidos e insisten en presentarse como los únicos representantes verdaderos del conjunto de la patria. Los priístas confunden pluralidad con polarización y rompimiento. Y se imaginan como el antídoto al inevitable resquebrajamiento que trae aparejada la libre discusión de las diferencias. Manlio, Beatriz y Enrique acusan al PRD y al PAN de carecer de ideología, ¿y la de ellos? A juzgar por la definición que dio Beatriz el viernes en Veracruz, son la encarnación de la historia toda: “tienen estirpe independentista, raigambre revolucionaria, son garantes de la armonía, el diálogo y de la construcción progresista de la estabilidad del país, liberales y de izquierda dentro de la Constitución mexicana”. ¡Increíble que con toda esa genealogía detrás sean incapaces de pronunciarse sobre temas concretos y actuales!

Es cierto que PAN y PRD en estos inicios democráticos han polarizado y confrontado innecesariamente al país, el costo lo hemos pagado todos y ha sido alto, pero la solución que plantea el PRI es el regreso a un México donde las diferencias se matizan y diluyen, donde se rehúye el conflicto, donde reina el pragmatismo y se ocultan los intereses divergentes.

La democracia mexicana está en juego y los desilusionados son legión.

Por sus errores y excesos panistas y perredistas están a punto de garantizar la restauración del viejo régimen. Por eso, y porque el PRI no ha cambiado, es que esas alianzas tienen sentido.

Adiós alimañas

Denise Dresser
Reforma

Diez razones para apoyar las alianzas PAN-PRD:

1. El PRI viene de regreso sin haberse modernizado, lo cual implica una regresión para la vida política del país. Ha centrado su atención en ganar gubernaturas para -desde allí- financiar y pavimentar el camino a Los Pinos. La única forma de frenar la maquinaria priista es deteniendo su avance en estados cruciales para la elección presidencial del 2012, incluyendo Oaxaca, Puebla, Durango, Veracruz e Hidalgo. Una forma de colocar piedras en su camino es impedir el fortalecimiento del "feuderalismo" que el PRI ha logrado implantar en la periferia.

2. La alternancia electoral del año 2000 cambió a los partidos en la Presidencia, pero no alteró la forma de hacer política en las gubernaturas. Durante los últimos años hemos presenciado la resurrección del autoritarismo, donde los "nuevos virreyes" gobiernan a su libre albedrío. Son corruptos, poderosos e impunes. Para descabezarlos habrá que desterrar al PRI de las gubernaturas, con alianzas PAN-PRD comprometidas a instrumentar cambios profundos en la gobernabilidad a nivel local. Se trata no sólo de sacar al PRI de sitios como Oaxaca, sino de gobernar mejor allí.

3. El PRI está repuntando debido a que el PAN y el PRD no han sabido combatir con inteligencia al viejo régimen. El PAN lo mimetizó y el PRD contribuyó a que resurgiera al radicalizarse -y suicidarse políticamente- a lo largo de los últimos tres años. Para recuperar el terreno perdido será necesario que forjen una alianza reformista, como la que debieron haber pactado después del 2000.

4. Manlio Fabio Beltrones ha calificado a las coaliciones PAN-PRD de "perversas". Pero es más perverso aún que el priismo haya apoyado incondicionalmente a Ulises Ruiz, a pesar de que la Suprema Corte documentara su violación a las garantías individuales en Oaxaca. El mantenimiento de un gobernador acusado por el máximo tribunal del país constituye una perversión peor. Una vergüenza más obvia. Un espectáculo más lamentable que la alianza anti-PRI.

5. En el caso de Oaxaca, el priismo logró imponerse durante la última elección a pesar de la inestabilidad social y la violencia que el gobierno de Ulises Ruiz había alentado y fue incapaz de controlar. La única manera de combatir la posibilidad de otro "carro completo" construido a base de clientelas sería a través de un frente común contra el PRI en el estado. De no ser así, el PRI recurrirá nuevamente a la lógica de "divide y vencerás", y Oaxaca seguirá siendo un archipiélago autoritario.

6. Estrategia electoral mata pureza ideológica. Aunque es cierto que las diferencias entre el PAN y el PRD son hondas, el objetivo compartido de "sacar al PRI de las gubernaturas" -desde donde compran votos y voluntades- puede constituir un punto del encuentro, desde el cual armar una plataforma de gobierno. En numerosos países, partidos políticos de la más diversa índole forman frentes tácticos para enfrentar a contrincantes comunes. Y esa práctica no es vista como una herejía sino como una forma de ganar elecciones.

7. Ante el temor de las coaliciones PAN-PRD, el PRI despliega su voluntad de chantaje habitual, amenazando con revisar las cuentas públicas del gobierno de Fox, sabotear la posibilidad de una reforma política, y poner en jaque la gobernabilidad. Pero la amenaza del chantaje no debería ser disuasivo sino incentivo para confrontar conjuntamente al PRI. Si tanto los panistas como los perredistas permiten que regrese a Los Pinos, el poder abusivo y vengativo del PRI no amainará sino todo lo contrario. El PRI se lanzará contra ambos partidos con un picahielo.

8. Beatriz Paredes ha caracterizado las alianzas PAN-PRD como un esfuerzo por "dividir, enfrentar, emponzoñar el ambiente del país y deteriorar la relación con quienes representamos la fuerza mayoritaria". Comentario curioso, ya que de eso se trata la política: la institucionalización del conflicto permanente, la confrontación entre el cambio y la permanencia, la competencia entre visiones alternativas. Y en ese sentido lo que plantean el PAN y el PRD es perfectamente legítimo. Pero parecería que la señora Paredes quiere que la oposición se rinda de antemano ante su partido sin dar la batalla necesaria. El temor visible que le producen las alianzas entre sus adversarios es razón de más para impulsarlas.

9. Sobre las alianzas PRD-PAN, Beatriz Paredes pregunta: "¿Qué se busca, qué se pretende?". La respuesta es obvia. Impedir que el PRI recobre su posición hegemónica, montado sobre caciques al frente de cotos corporativos. Impedir el revés histórico que entrañaría el enquistamiento del PRI en lugares como Oaxaca. Darle nuevo impulso a una transición que se quedó trunca.

10. Tácito escribió que cuando dos fuerzas pelean por su propia cuenta, todos son conquistados. Para evitar ese desenlace, el PAN y el PRD deberían forjar alianzas para ahuyentar a las alimañas y a las tepocatas que la transición no logró tocar. Porque ante el peligro de la restauración priista, permanecer impasibles -eso sí- contribuiría a "emponzoñar" al país.

Otra oportunidad para la generación del fracaso

Ciro Gómez Leyva
gomezleyva@milenio.com
La historia en breve
Milenio

De no haber ocurrido lo que ocurrió en las primeras semanas del año, de no haberse dicho lo que se dijo, el foro sobre la reforma política, que comienza hoy en el Senado, levantaría más entusiasmo. Pero ruin, plagado de descalificaciones, enero ha sido asolador: como 2009, 2008, 2007…

Basta revisar los adjetivos de la dirigencia del PRI en la plenaria de Veracruz el fin de semana. “Sí, hay un gobierno fallido”, dijo en el arrogante torneo de diatribas el gobernador anfitrión, Fidel Herrera. Para el PRI, todos los males de nueve años para acá, y de aquí a tres años, son y serán culpa de la Presidencia de la República panista.

Basta revisar la insolencia discursiva del PAN y el PRD tratando de justificar alianzas electorales. Para esos dos partidos, enfrentados a muerte hace cuatro años, los males del país comienzan y terminan con el PRI.

Y por más esfuerzos del secretario de Gobernación, Fernando Gómez Mont, el gobierno federal no consigue convertirse en un actor que module las palabras y promueva la concordia.

Hoy y mañana se reunirán prácticamente todos los políticos de primera línea de México. Se extrañará la voz de Andrés Manuel López Obrador, pero ahí estarán los líderes de PT y Convergencia, y más de un analista cercano a sus planteamientos.

La mayoría de los presentes ha hecho una suerte de autocrítica pública y el compromiso de aprovechar el simbolismo del 2010 para perfilar los acuerdos que saquen al país político, y al país-país, del marasmo.

Se necesita una alta dosis de ingenuidad para creer que algo bueno saldrá de las palabras que expresen en este foro los protagonistas de la generación del fracaso. Pero, en fin, quizá esta vez sea diferente.

De alianzas y congruencias

Agustín Basave
abasave@prodigy.net.mx
Profesor-investigador de la Universidad Iberoamericana
Excélsior

Está a discusión la pertinencia de las alianzas partidistas. El detonador son las elecciones en varios estados —particularmente Oaxaca y Puebla— en las que el PAN y el PRD pretenden acordar candidaturas comunes o coaliciones. Sus críticos los acusan de oportunismo.

¿Cuáles son los criterios para trazar fronteras entre partidos políticos? En buena tesis, deben ser bastante rígidos para constituir opciones diferenciadas ante el electorado y suficientemente flexibles para evitar su proliferación. ¿Y entonces cuántos partidos debe haber en un país, uno o dos, diez o veinte? Aunque eso depende de variables históricas y socioculturales, no es descabellado afirmar que con uno no habría democracia y con veinte no habría gobernabilidad. Vamos, sin ánimo de reducir un asunto tan relativo a una receta de cocina, podría decirse que un número razonable está entre dos y diez. Ahora bien, una vez deslindados, los institutos políticos teóricamente no tendrían por qué aliarse. Se trata de agrupaciones diseñadas entre otras cosas para evitar la atomización en la búsqueda y el ejercicio del poder y por ende, si dos o más de ellas encontraran coincidencias ideológicas, programáticas y estatutarias para justificar un maridaje electoral, probablemente deberían fusionarse permanentemente en una sola.

Eso dice la teoría. En la praxis las cosas, desgraciadamente, no son tan sencillas. Las alianzas son necesarias para gobernar cuando un partido no cuenta con mayoría en el Congreso o Parlamento, y son válidas en ciertas circunstancias para competir en las elecciones. Desde luego, cuando surge una sociedad electoral, debe crear un programa de gobierno consensuado de cara a la sociedad. Esta es una de las razones por las que considero que el régimen parlamentario es mejor que el presidencial: su diseño institucional obliga a quienes se alían a hacerlo con una plataforma común y de largo aliento. En el presidencialismo eso no ocurre. Los tratos entre partidos para ir juntos en unos comicios suelen ser coyunturales, y no hay incentivos para que las negociaciones entre el Ejecutivo y el Legislativo den como resultado algo más que arreglos casuísticos y volátiles.

En México está a discusión la pertinencia de las alianzas partidistas. El detonador son las elecciones en varios estados —muy particularmente Oaxaca y Puebla— en las que el PAN y el PRD o el DIA pretenden acordar candidaturas comunes o coaliciones. Sus críticos los acusan de oportunismo: aducen la incompatibilidad entre derecha e izquierda y la disfuncionalidad del posible gobierno emanado de esa cruza. Panistas y perredistas radicales y analistas de buena fe los critican por convicción, sin agenda escondida, pero otros lo hacen para defender los intereses del PRI. Los líderes de este partido han atacado con virulencia inusitada la fórmula PRD-PAN, cosa que no harían si su temor de perder bastiones estatales no fuera muy grande. Ese repentino prurito de pureza ideológica carece de credibilidad porque proviene de políticos extraordinariamente pragmáticos que, cuando les conviene, recurren a peores impurezas o callan ante connivencias mucho más cuestionables. Las que sí son creíbles son las encuestas que esos mismos políticos consultan y que sugieren que la suma de perredistas y panistas puede vencer a los priistas en estados en que se consideraban invencibles.

Cuando digo que en ciertas circunstancias esas alianzas son válidas me refiero justamente a eso: el beneficio de derrotar a grupos caciquiles enquistados en el poder es mayor que el costo de la presunta incongruencia de los aliados. Y es que el objetivo no es sólo lograr la alternancia ahí donde no se ha dado, sino primordialmente sacar del poder a una facción corrupta de un partido, en este caso a lo peor del viejo priismo. Se trata de algo más que ganarle al PRI: se trata de ganarle a esa parte del PRI que amenaza con adueñarse de un todo cuyo poderío resurge y cuya relevancia en la gobernanza de México crece. He aquí mi razonamiento. Por supuesto que el del PAN y del PRD contiene un móvil adicional: quieren impedir que los priistas gobiernen en 2012 estados con muchos electores. Porque en estos tiempos de feudalismo los gobernadores, y más ese tipo de gobernadores, suelen inclinar con su presupuesto la votación de sus entidades a favor de su candidato presidencial. Sospecho que Felipe Calderón estará dispuesto a ceder en la exigencia del reconocimiento de su némesis con tal de quitar al priismo ese almácigo de votos.

No creo que esas alianzas deban ser norma sino excepción. Pero sí creo viable construir programas de gobierno de seis años en el que panismo y perredismo concilien sus diferencias en dos o tres estados, y que las fricciones que emerjan valen la pena si lo que se logra es derrocar cacicazgos. Por cierto, la reforma política del Presidente incluye la segunda vuelta, que induce al electorado a votar por uno de dos partidos. Los votantes del candidato que quedó en tercer lugar tienen que escoger a uno de los dos primeros, formando así una alianza de facto que bien podría ser entre el PAN y el PRD y que en cualquier caso no es programática. Supongo que pronto se escucharán las mismas voces de indignación frente a una iniciativa que fomenta la incongruencia que achacan a los aliancistas del 2010.

¿Más consumo = reactivación?

Arturo Damm Arnal
arturodamm@prodigy.net.mx
La Crónica de Hoy

Un lector me asegura, y lo cito, "que sí era (al inicio de la recesión) factible subir los salarios de todas las personas económicamente activas con la finalidad de aumentar el consumo e intentar en una de sus partes la reactivación económica", afirmación ante la cual me pide mi opinión, que con gusto le doy.

Primero, ¿qué procedimiento se hubiera usado para subir los salarios de todas las personas económicamente activas? ¿Un decreto presidencial? ¿Una ley redactada y promulgada por el Poder Legislativo? ¿Un llamado a la atención de los patrones? ¿Alguna amenaza de parte de los sindicatos?

Segundo, y suponiendo que se hubiera resuelto la cuestión del cómo, ¿en función de qué se hubiera determinando la cuantía del incremento salarial, sin olvidar que, al final de cuentas, los aumentos al salario, si no ha de salir más caro el caldo que las albóndigas, no pueden ser más que consecuencia de los incrementos en la productividad del trabajo, misma que no se incrementa de la noche a la mañana?

Tercero, y suponiendo resueltos los dos puntos anteriores, ¿cuáles hubieran sido las consecuencias en las empresas que, por los efectos de la recesión, no hubieran podido otorgar el incremento salarial a todos sus trabajadores? Hubieran tenido que despedir a algunos para, con lo así ahorrado, otorgar el aumento salarial a los otros, generándose así un mayor desempleo.

(No olvidemos que, en tiempos de recesión, el objetivo debe ser mantener el empleo, no aumentar el salario, y que, en muchos casos, mantener el primero puede implicar sacrificar lo segundo)

Cuarto, y suponiendo resueltos los tres puntos anteriores, no debemos olvidar que lo que se les pagó de más a los obreros, razón por la cual podrán consumir más, necesariamente salió del bolsillo de alguien, muy probablemente los patrones, razón por la cual consumirán menos, siendo que el consumo total no amentará: unos consumirían más, otros consumirían menos, y el menor consumo de los segundos compensará el mayor consumo de los primeros.

Quinto, y dado que, según lo dicho por mi lector, el fin de su receta es intentar, en una de sus partes, que obviamente es el consumo, la reactivación económica, le recuerdo que la verdadera reactivación no es la del consumo, sino la de la producción, y que, suponiendo que realmente se logre un mayor consumo general, el mismo no necesariamente será causa eficiente de una mayor producción. Si para aumentar la producción bastara un mayor consumo, nunca habría recesiones: bastaría que, con emisión primaria de dinero, se mantuviera el consumo. Obviamente las cosas no son tan sencillas.

Al analizar la receta de mi lector hay que tener presente, en primer lugar, que un mayor consumo de los asalariados, producto de un aumento salarial por decreto, no da como resultado un mayor consumo general; en segundo término, que un mayor consumo general, suponiendo que se logre, no necesariamente es causa eficiente de una mayor producción y, por último, que la verdadera reactivación es la de la producción, no la del consumo.

Guerra al narcotráfico

Jorge G. Castañeda
jorgegcastaneda@gmail.com
El País

Hace poco más de tres años, el presidente mexicano vistió una casaca militar y declaró una guerra frontal de gran escala contra el narcotráfico, enviando al Ejército a las calles, carreteras y pueblos de México. En aquel momento, Felipe Calderón recibió un amplio respaldo, interno y externo, por una decisión vista como valiente y necesaria. Se esperaban rápidamente resultados tangibles.

El Gobierno de Bush prometió respaldo estadounidense -la llamada Iniciativa de Mérida, pactada en 2007-, Obama reiteró su apoyo en 2008, y las encuestas de opinión pública demostraban que Calderón, de un golpe, había dejado atrás las angustias de su estrecha y cuestionada victoria electoral, ganándose la confianza del pueblo mexicano. Hoy, las cosas se miran de manera diferente. Por fin ha surgido un debate nacional en México sobre la guerra contra el narco, que debió haberse realizado mucho antes: en la campaña electoral de 2006, durante la cual ninguno de los candidatos, y mucho menos Felipe Calderón, se la propusieron a la sociedad mexicana.

Muchos -que votamos por Calderón y apoyamos con entusiasmo sus propuestas de reforma política, por ejemplo- hemos sostenido desde el principio de su sexenio que, al igual que la invasión de Irak, la guerra contra la droga en México fue optativa: no debió haber sido declarada, no se puede ganar y le está causando un daño enorme a México. Un creciente número de mexicanos comparte esta opinión.

Los resultados brillan por su ausencia; la violencia en el país aumenta. En los primeros ocho días del año, tuvieron lugar 223 ejecuciones, el doble del mismo periodo del 2009, y tres veces más que en 2008 o 2007. Durante el año recién transcurrido, se registraron más de 6.500 ejecuciones, superando el total del año pasado, el doble de 2007. De las más de 220.000 personas arrestadas por vínculos con el narcotráfico desde que Calderón asumió su cargo, las tres cuartas partes han quedado en libertad y apenas 5% de las 60.000 restantes han sido juzgadas y sentenciadas. Al concentrarse los esfuerzos en impedir el tráfico vía México de cocaína colombiana a Estados Unidos, la superficie sembrada de amapola y marihuana en el país ha crecido, según el Gobierno de Estados Unidos. La producción potencial de heroína pasó de 13 toneladas en 2006 a 18 en 2008, la de goma de opio de 110 toneladas a 149, y la de cannabis subió ligeramente, alcanzando 15.800 toneladas. Pero las restricciones al transbordo de cocaína no causaron mayor mella en los precios al menudeo en Estados Unidos, que se dispararon en 2008 para luego estabilizarse en 2009en niveles inferiores a sus picos históricos de los noventa. Por otra parte, Human Rights Watch, Amnistía Internacional y la Revisión por Pares Universal del Consejo de Derechos Humanos de la ONU han documentado, con mayor o menor precisión y evidencia, un incremento de violaciones a los derechos humanos, y una ausencia notable de responsables procesados por las mismas.

Desde comentaristas como el director editorial del diario Reforma, Rene Delgado, hasta el líder del izquierdista PRD en el Senado, Carlos Navarrete, y el gobernador priísta de Coahuila, en días recientes han aflorado más dudas que nunca sobre los orígenes de la guerra, sus perspectivas y sus costos. Sus justificaciones han resultado falsas (de acuerdo con las mismas cifras del Gobierno, el consumo de estupefacientes en México no ha crecido en el último decenio, y la violencia, medida por el número de homicidios por 100.000 habitantes, se había reducido desde 1992 hasta el 2007), o alarmistas (México se hallaba al borde de la colombianización).

Cobra cada día más fuerza la idea de que la única explicación satisfactoria, aunque no demostrada, de declaración de guerra consistió en el deseo de Calderón de legitimarse, en vista de las dudas en torno a su elección en 2006, dudas que sus seguidores nunca compartimos. Lo logró: sus índices de popularidad subieron y se han mantenido a niveles comparables a los de sus predecesores.

Frente a este escepticismo, el Gobierno de Felipe Calderón ha procurado mejorar su defensa. La más inteligente e ilustrada se halla en un artículo publicado en la revista Nexos por Joaquín Villalobos, el ex comandante guerrillero salvadoreño, quien fue contratado como asesor por el Gobierno mexicano desde 2005, primero por la Secretaría de Seguridad Pública y posteriormente por la Procuraduría, para la cual trabaja desde 2006. Al tratar de refutar Doce mitos sobre la guerra contra el narco, Villalobos, que siempre fue considerado como el más brillante de los militares revolucionarios de su país, aprovecha la distancia de una mirada externa y deja de lado algunas críticas al Gobierno, acepta otras, y se concentra en una tesis.

Comparte una postura de muchos críticos: la violencia en México es mucho menor que en buena parte del resto de América Latina, y México no es Colombia (Mito # 2); tampoco rebate la afirmación de que dicha violencia iba en descenso hasta 2006. Acepta que la legalización de la mariguana es una alternativa parcial, pero, como subrayan muchos, sólo de la mano de Estados Unidos (Mito # 10): "Sin la participación de Estados Unidos y Europa una estrategia de este tipo (la legalización), aplicada en México o Colombia, por ejemplo, sería un suicidio para la seguridad de estos países". Insiste como muchos, en las diferencias entre México y Colombia.

Pero concentra su esfuerzo en una cierta interpretación de las dudas dirigidas al Gobierno al que aconseja: "No se debió confrontar al crimen organizado". (Mito # 1) Y explica, de manera un poco contradictoria, cómo, en una guerra, si no se gana se pierde, cómo el Estado mexicano, sin correr el peligro de colombianizarse, sí podía haber sido capturado por el crimen organizado, que habría pasado de algunos Estados a la misma capital de la República: "No hacer nada podría haber llevado a México a una situación similar a la que enfrentó Colombia a finales de los ochenta... El nivel de violencia actual en México deja bien claro que el monstruo era real, fuerte y peligroso".

El problema para muchos mexicanos críticos de la embestida gubernamental yace en la relatividad de estos temores. A diferencia de muchos de sus colegas del FMLN, Villalobos no pasó largos ratos en México durante la guerra salvadoreña, ni vivió en México después de la firma de la paz en 1992. Lo cual tal vez le impida ubicar el dilema mexicano en su pleno contexto histórico, al afirmar que: "En el pasado los narcos eran un problema policial de segundo orden y para lidiar con ellos se requería una lógica operacional local y no una estrategia de Estado. Durante muchos años no fueron un tema central ni para México ni para nadie".

Cualquier mexicano que recuerde los episodios de la guerra del narco en Sinaloa, Chihuahua y Guadalajara en aquellos años; la grave crisis con Estados Unidos que implicó la ejecución del agente de la DEA Enrique Camarena; la captura de la Dirección Federal de Seguridad entera por el crimen organizado, al grado que fue disuelta por el presidente Miguel de la Madrid; la violencia de capos como Caro Quintero, Félix Gallardo, García Abrego, Carrillo Fuentes, los Arellano Félix y otros; o el bochorno que le causó al presidente Ernesto Zedillo en 1998 que su zar antidrogas, un general del ejército, resultara narco, podría discrepar de Villalobos. Por supuesto que se trataba entonces y ahora de un tema central para México. Lo era -con mayúsculas- en la política interna, en las relaciones internacionales del país, y en la economía regional de zonas que entonces, como ahora, vivían del narco.

Quizás la necesidad de contar con un consejero y defensor externo creíble, revela la complejidad del reto que enfrenta Felipe Calderón. Se ve obligado a recurrir a apoyos como el de Villalobos -al grado de solicitarle que presentara la estrategia gubernamental ante los embajadores y cónsules de México durante su reunión anual hace unos días- porque son los mejores y los únicos. Pero argumentos construidos a la distancia, por lúcidos que parezcan, difícilmente podrán convencer a una sociedad mexicana que cada día se cansa más de una guerra fallida y sin fin.