febrero 03, 2010

¿Falla la estrategia o la política?

Jorge Fernández Menéndez
Razones
Excélsior

Para Cony y Óscar, por la llegada de Karen.

El fin de semana fue terrible: 16 muertos en una fiesta en Ciudad Juárez; diez en Torreón, en un bar atacado por sicarios, y una cadena de ajustes de cuentas en varios otros estados. Enero terminó con la violencia con que comenzó: casi mil muertos en un mes es una cifra escalofriante.

Los legisladores de todos los partidos han citado al Gabinete de Seguridad y los coordinadores parlamentarios en el Senado han dicho, en diferentes tonos y con distintos matices, que la estrategia contra el crimen organizado ha fracasado. Lo mismo opinan analistas con mayor o menor información sobre el tema. Pero la pregunta es si es así, si lo que ha fracasado es la estrategia contra el crimen organizado o lo que ha fracasado es la política y quienes se encargan de ejecutarla.

La seguridad pública, y sobre todo la lucha contra el crimen organizado, no puede ser comprendida en forma unidimensional: tiene, sin duda una vertiente operativa, de despliegue de fuerzas, capacidad de operación y de coordinación, de desarrollo de técnicas de investigación e inteligencia, pero tiene otra vertiente ineludiblemente política. Y la política, desde el gobierno federal, los gobiernos locales y el Congreso, ha fallado mucho más que la estrategia.

No tenemos coordinación porque no hay instrumentos legales que permitan establecerla en forma eficiente. Pasan los años y seguimos sumando, por consideraciones políticas, policías locales sin capacidad de enfrentar a la delincuencia: a fines del sexenio pasado eran unas mil 600, hoy son más de dos mil cuerpos policiales locales. El presupuesto para seguridad ha aumentado en forma considerable y se va en buena medida a los estados, pero allí se pulveriza en cuerpos con poca o ninguna capacidad operativa. Ahí están las propuestas y alternativas para centralizar policías: quizá no se puede, por las condiciones del país (siempre la supuesta singularidad que tenemos en México respecto a otras naciones), contar con una policía única, pero nada debería impedir crear 32 policías estatales que integraran a las municipales, lo que permitiría que los recursos humanos y presupuestales no se pulverizaran, que pudieran canalizarse realmente a lo que se necesita, y establecer, entonces sí, una verdadera coordinación federal en términos de seguridad.

Se podrá argumentar que ello no solucionará en el corto plazo los graves problemas de inseguridad que se presentan en distintos puntos del país. Es verdad: nadie puede pensar que en unas semanas o unos meses se recuperará la seguridad en Ciudad Juárez, por ejemplo. Es verdad, pero se contaría allí, y en el resto del país, con instrumentos para ir revirtiendo la situación. Hoy tenemos un edificio construido sin cimientos en el terreno de la seguridad. Hay una Policía Federal relativamente eficiente; tenemos el andamiaje del Ejército y de la Armada; contamos con algunos organismos de inteligencia que pueden hacerlo mucho mejor, pero funcionan; poseemos un sistema nacional de seguridad pública al que los legisladores le han quitado buena parte de su capacidad operativa, pero por lo menos permite que todos los gobernadores se sienten juntos. Sin embargo, por debajo no tenemos nada o, mejor dicho, tenemos un pantano, una serie de arenas movedizas que no permiten asentarse sobre ellas.

Y es que la seguridad que se reclama debe comenzar por lo local. Decía aquel famoso político estadunidense Tip O’Neill que “toda la política es local”. Pues bien, toda la seguridad en este ámbito es local. Desde allí se deben establecer los cimientos de cualquier estrategia sólida. Y los gobernadores y los presidentes municipales, en su enorme mayoría, han decidido no colaborar en esa tarea, por una u otra razón. Y el gobierno federal no ha sabido o no ha podido incorporarlos a ella. Los que han fallado son la política y los políticos: no han sabido ponerse de acuerdo para evaluar los desafíos y cómo enfrentarlos; todos hablan de colaboración, pero casi ninguno está dispuesto a hacerlo. Las estrategias erradas en los ámbitos electorales han diseñado un escenario de desconfianza mutua, donde los incentivos de cooperación han desaparecido, si es que alguna vez existieron.

Y, para disfrazar todo eso, comienzan a transitar las ideas políticamente correctas que queda muy bien expresar públicamente, pero todos sabemos que son impracticables en esta coyuntura, desde la legalización de las drogas a las negociaciones con los cárteles. Hasta que la seguridad no sea vista como desafío de Estado y no como agenda partidaria, poco se podrá avanzar, sin cimientos, no habrá edificios que resistan el vendaval.

Los gobernadores y los presidentes municipales, en su mayoría, han decidido no colaborar en el combate al narco.