febrero 08, 2010

El irrenunciable privilegio de decir no (a todo)

Román Revueltas Retes
revueltas@mac.com
Interludio
Milenio

Los pretextos para oponerse a los cambios que necesita este país son verdaderamente esperpénticos: hace poco escuché a un tipo —no recuerdo qué politicastro de la oposición oposicionista— que, a propósito de la propuesta de reelección consecutiva de los diputados, bramaba que los representantes del PAN deben irse ya de la Cámara Bajísima y que si se acepta la reforma entonces se van a quedar otros tres años. Pero, señor mío, ¿acaso ha entendido usted que el tema de la reelección es algo así como el “pase automático” que reclaman los estudiantes haraganes, un simple asunto de seguir ahí, en el cargo (o en la universidad), por ya haber estado ahí? Digo ¿no es, finalmente, cosa de participar nuevamente en unas elecciones (esto es, de presentarse a unos exámenes) y de ganarlas? Y, si los puestos van a quedar vacantes de cualquier manera, ¿esto significa que no deben ser ocupados de nuevo por los panistas aunque los ciudadanos así lo decidan? De la misma manera, si esos mismos ciudadanos no están satisfechos con el desempeño de los actuales diputados blanquiazules, ¿no pueden votar por el PRI o el PRD, haya o no haya reelección?

Los argumentos para descalificar las otras reformas son igualmente absurdos. Por ejemplo, se alega que el presidente de la República no debe tener demasiados poderes porque esto significaría un exceso de “presidencialismo”. Pero lo dicen, justamente, los herederos directos del presidencialismo tricolor donde el primer mandatario de Estados Unidos (Mexicanos) ponía y quitaba gobernadores, decidía cuánto dinero debía imprimir el Banco de México, nacionalizaba los bancos o los privatizaba según soplara el viento, en fin, era un mandón absolutista en toda la línea. Hoy, los antiguos adoradores del poder presidencial no se acomodan a la idea de que Calderón pueda tomar una que otra decisión por ahí. Vaya.

Lo mejor, con todo, es el rechazo a la proposición de que los ciudadanos podamos ocupar cargos de elección popular —así, nada más, por cuenta propia— sin someternos al lavado de cabeza de los partidos. No tienen ningún argumento de peso pero se oponen rabiosamente. En cuanto al referéndum, imaginen ustedes que nos organicemos nosotros y que logremos que se realice una consulta popular sobre el dinero que el IFE da a los partidos políticos o sobre el número de representantes en el Congreso. Pues no, no puede ser. Defienden, ellos, su innegociable prerrogativa de seguir oponiéndose a todo.

Avatar

Denise Dresser
Reforma

En la película de James Cameron, un avatar es una criatura genéticamente modificada para permitir que los humanos puedan vivir sobre el planeta Pandora. En el ámbito de la computación, un avatar constituye la representación tri-dimensional del usuario y su álter ego en el ciber-espacio. En cualquier diccionario, el término "avatar" es usado para definir la encarnación de un valor, la manifestación de una forma, la encarnación de una cualidad. Y en el mundo de la política mexicana podría catalogarse así a algo que muchos ciudadanos quisieran construir. Algo a lo cual muchos ciudadanos tienen derecho a aspirar. Algo que el sistema político no debería tener el derecho a negarles: las candidaturas independientes. Las candidaturas autónomas. Las candidaturas que se construyen fuera de los partidos. Las candidaturas ciudadanas reconocidas en 80 países, mientras en México la lideresa del PRI -Beatriz Paredes- augura con envalentonamiento singular: "No pasarán".

Lamentablemente su hostilidad es compartida y con frecuencia por malos motivos. Se les descalifica porque "son partidos políticos que no se atreven a decir su nombre". O porque "explotarán pulsiones políticas arraigadas". O porque "abrirían las puertas a la banalización de la política". O porque "erosionarían la representatividad de las instituciones". O porque llevarían al "infiltramiento de la ultra-derecha". O porque son "un dulce envenenado". O porque forman parte del decálogo de Felipe Calderón, el cual muchos rechazan -por razones políticas o ideológicas- aunque contenga propuestas que grupos ciudadanos han impulsado desde hace años.

Pero ante la recalcitrancia y rechazo expresado en las últimas semanas, valgan las siguientes preguntas: ¿Si las candidaturas ciudadanas son tan peligrosas, tan nocivas y tan desestabilizadoras, cómo explicar su existencia en democracias que admiramos y cuyo funcionamiento es mejor al de México? ¿Si hay un consenso en torno al descrédito de los partidos, qué otros acicates existen para obligarlos a representar de mejor manera con la sociedad? ¿Si se reconoce -como lo revela Latinobarómetro- que el malestar es hondo y la desconfianza también, cómo encarar el déficit democrático y la crisis de representación? Un primer punto de partida sería examinar a las candidaturas ciudadanas con la honestidad debida, sin sobredimensionar sus peligros, sin ensalzar demasiado sus logros, sin condenarlas de entrada tan sólo porque un presidente del PAN -cuestionado y cuestionable- propone su inclusión.

Es cierto, las candidaturas ciudadanas no son una panacea. No curan el AH1N1 ni el cáncer y tampoco rayan zanahorias. No constituyen un pasaje de entrada al paraíso ni tampoco -por sí solas- nos sacarán del infierno. No logran, en la mayoría de los casos, ganar más que 10-20 por ciento del voto. Pero sí ofrecen fórmulas alternativas de participación ante partidos que han erigido altas barreras de entrada alrededor de su alcázar. Sí proveen una ruta mediante la cual los ciudadanos pueden acceder a la representación sin someterse a los mandatos de las maquinarias. Sí son una amenaza permanente a partidos que han divorciado la agenda política de la agenda pública, y no hablan de nada que le importe verdaderamente a quienes se ven obligados a votar sólo por ellos. Sí son un correctivo a partidos que han perdido el rumbo, que han dejado de ser puente, que han privilegiado la lógica patrimonial por encima de la función representativa. Sí pueden ser un avatar necesario; la encarnación de fuerzas, de perfiles, de anhelos que los partidos acaparan o sofocan.

Como argumenta Marco Enríquez-Ominami, candidato independiente en Chile: "los problemas de la democracia se resuelven con más democracia". Con más ideas. Con más debate. Con más candidatos. Con más acceso. Con más portavoces para los temas álgidos que los partidos no quieren tocar. La democracia es impensable sin los partidos, pero no deberían tener el monopolio sobre la participación en la esfera pública. Los partidos y los independientes pueden coexistir y cohabitar y complementarse. El objetivo de las candidaturas ciudadanas no es poner en jaque a la democracia, sino mejorar la calidad de la representación que ofrece. Pero para ello será necesario reglamentarlas adecuadamente, financiarlas equitativamente, fiscalizarlas eficazmente como lo han podido hacer con éxito otros países.

La barreras legales y logísticas a las candidaturas autónomas son superables; en México hace falta derrumbar las barreras políticas y los prejuicios mentales. En ese sentido Jorge Castañeda tiene razón: los legisladores lo pueden hacer y si no lo hacen es porque no quieren. Y no quieren porque el statu quo es el mejor posible para la clase política. Pero a la vez conlleva el desprestigio de la democracia, el descrédito de los partidos, la desazón generalizada. Los ciudadanos también tienen derecho a su avatar; a esa figura concebida con la idea de participar, corregir, mejorar, incidir. A esa figura que haría posible una vida distinta en el planeta político mexicano.

'Mensa et toro' por Paco Calderón