febrero 09, 2010

Dos fantasmas

Federico Reyes Heroles
Reforma

¿Pudo Calderón haber sido desplazado del poder por la izquierda que lo declaró ilegítimo? ¿Tenía AMLO la fuerza para romper con el orden constitucional? ¿Hasta dónde las múltiples amenazas eran fanfarronadas que fastidiaron la vida de los capitalinos durante meses, pero que nacionalmente no podían ir más allá? México resultó mucho más ecuánime e institucional de lo que se dijo. También más aburrido, ni revuelta, ni revolución. Calderón tomó posesión sin elegancia pero con un fuerte ingrediente de sorpresa. A partir del 1o. de diciembre las instituciones siguieron siendo eso, instituciones. Las mismas instituciones denostadas por la que fuera oposición sostuvieron al PAN en el poder. Las Fuerzas Armadas, el enorme aparato administrativo, el Judicial reaccionaron como se esperaba. Incluso los diputados perredistas se sentaron en sus curules, cobraron sus dietas, entre amenazas que nunca cumplieron.

El radicalismo de AMLO y sus huestes, lo dijimos, espantó a las crecientes clases medias y ahuyentó votantes a favor del PRD. Allí quedaron las elecciones locales del 2007 y 2008 y la federal del 2009. A pesar del estruendo provocado por una minoría y del excelente mercado internacional de ese tipo de notas, la realidad mexicana es otra. Para algunos eso será una decepción, pero el país está mucho más asentado en instituciones que en caudillos de temporal. El priismo le jugó al actor responsable y fue premiado por el elector. Los mismos mexicanos que habían votado por AMLO lo fueron abandonando. Él no corrigió, llevó a su partido -¿el PRD?- a su peor crisis histórica. Lo dividió. Hoy en varias entidades es la cuarta fuerza. En el país predominó el sentido común antes que la ideología, la sensatez antes que el rompimiento. En su tercer año de gobierno, y a pesar de la crisis económica, Calderón goza de un buen nivel de aprobación mientras que los radicales se ahogan en sus palabras. Allí está la arquitectura de su desastre.

Sin embargo la gestión de Calderón sí quedó marcada por el fantasma de la izquierda. Para bien y para mal, el Presidente moderó sus planteamientos, "rebasó por la izquierda" con los programa sociales y se lanzó a la conquista de un ciudadano que no le había dado el voto. Muchos lo acusaron de populista. Incluso la "guerra" contra el narco fue vista en ese contexto. Así fue su historia. Pero a partir del tercer año la gestión pareciera amenazada por otro fantasma: el retorno del PRI. El Presidente y su partido dirigen sus baterías al 2012. Las alianzas para las elecciones del 2010 -a pesar de estar en juego la reforma política, la fiscal y la laboral y en buena medida la prosperidad de millones o la inclusión en su gabinete de "fichas" para la sucesión- desnudan que la lógica imperante es hacer lo que sea para que el PRI no regrese. Hoy se habla de alternancia pospuesta en varios estados y de la necesidad de una estrategia democrática como la que privó antes del 2000. Los fracasos en siete entidades con alianzas similares -PAN y PRD juntos- no han sido asimilados. Incluso cuando ha habido triunfos los gobiernos surgidos han sido desastrosos, abriendo así el paso al regreso del PRI. Cabe la pregunta, ¿están en la oposición o gobernando? No se puede estar en ambos sitios a la vez.

El problema es que el tiempo se va. Si Calderón no aprovecha el 2010 para sacar algunas reformas de fondo, llegará al 2012 en el peor de los mundos: habiendo apostado a lo menos -elecciones locales- y sin legado nacional. Será la segunda administración panista en esa condición. ¡Qué mejor escenario para la oposición! Lanzar un pronóstico serio del 2012 es hoy inviable. El propio Calderón lo ha reconocido: "no hay ventajas definitivas". ¿Entonces? Las victorias dependen de una larga lista de factores. Sólo los especuladores profesionales, que tanto daño han hecho, aventuran conclusiones. Así como en el 2004 nadie podía prever con seriedad quién ganaría en el 2006, hoy resulta irresponsable gobernar con esa brújula. Incluso los gobernantes exitosos pueden perder por motivos que son imprevisibles. Para qué caer en ese juego.

En la historia Felipe Calderón podría quedar atrapado entre dos fantasmas: la amenaza de la izquierda como resultado de la elección del 2006 y la obsesión por mantener a su partido en el poder en el 2012. Quizá su mejor oportunidad frente a la historia sea el 2010. Si decide con la mira en alto, pensando en lo más importante para el país en el largo plazo, podría dejar una herencia muy importante. Quizá ya sea demasiado tarde, apostaron a lo pequeño, así será la cosecha. Si se ofusca en ganar el 12 en el 10, su historia se ha acabado. ¿Podía la izquierda destronar al país en el 2006? Difícil. ¿Puede el PRI reimplantar su imperio en el 2012? Tampoco. México no es tan simple. Esos extremos por fortuna ya no existen. Estamos más allá, debemos estarlo. Por cierto, sólo quien cree en fantasmas puede verlos.

La crisis de Twitter

León Krauze
leon@wradio.com.mx
Epicentro
Milenio

Para empezar, una anécdota personal. Hace unos meses mi hijo enfermó de una severa gripa. Después de 24 horas sus síntomas comenzaron a inquietar a su pediatra, quien decidió recetarle Tamiflu. A las 11 de la noche, con una velocidad sorprendente, el niño rebasó el umbral de temperatura. Me calcé un par de tenis y salí a buscar la medicina por la ciudad. Una, dos, cuatro, seis farmacias, más tarde comencé a desesperarme: difícil cosa el amor paternal en tiempos de influenza. Entonces recurrí a Twitter. Pedí ayuda a la comunidad. En menos de 15 minutos la pantalla de mi teléfono estaba llena no sólo de direcciones, sino de buenos deseos. Gracias a uno de esos mensajes me dirigí a una farmacia en Polanco que, dicho y hecho, tenía una caja de Tamiflu. No puedo decir que Twitter le salvó la vida a mi hijo ni mucho menos: el niño se repuso por sus propios medios sin necesidad de recurrir a los químicos. Pero sí puedo decir que, en ese momento, el medio cumplió a la perfección su cometido: una inmensa red de información inmediata, tal y como la pensó Jack Dorsey, su creador, hace un lustro.

Esa virtud ha convertido a Twitter en un fenómeno digno de análisis y admiración. Desde su comienzo, el medio ha ayudado a organizar cambios sociales dramáticos en países tan lejanos y dispares como Moldavia, Estados Unidos y, claro, México. La respuesta de los twitteros al impuesto a internet consiguió lo impensable: mover a la clase política desde la sociedad civil. No es poca cosa. Por eso es que no tengo ninguna duda de que Twitter será fundamental no sólo en las elecciones de 2010 sino también en las presidenciales de 2012. Twitter es, en suma, no sólo un medio de comunicación: es un medio de comunidad.

Pero es hora de hacer una pausa. Un medio de información vale lo que vale su credibilidad. Por eso los grandes diarios del mundo tienen como virtudes torales la mesura y la verificación. Saben que la histeria y el rumor son enemigos de la confiabilidad. Cuando un medio que pretende ser fuente de información pierde rigor, está destinado a la chatarra periodística; un infierno particularmente ignominioso. Por desgracia, en los últimos tiempos, la comunidad twittera en México ha coqueteado frecuentemente con ese abismo. Para desencanto de quienes creemos en el medio, los twitteros se han entregado a la hipocondría informativa, a la estridencia.

Baste un ejemplo. El jueves de la semana pasada, Twitter amaneció sacudido por la supuesta noticia de un doble asesinato. Una usuaria bajo el apodo de @atorreta había sufrido un asalto después de cenar con su novio y ambos habían sido baleados. El cuñado de la chica había narrado la muerte de ambos desde el Hospital General de las Américas en Ecatepec. De inmediato, Twitter se desbordó de indignación. Y luego de ánimo justiciero. A los periodistas que participamos con asiduidad comenzaron a llegarnos mensajes violentos: “¡A ver si le haces el mismo caso a @atorreta que a Cabañas!”, me dijo alguno. “La inseguridad ha llegado a Twitter. “Descanse en paz @atorreta”, decía otro. “¡Justicia, justiciaaa!”, gritaba alguien más. Y, como ésos, miles. El sendero del Peje, ese adalid del periodismo responsable, subió la nota de inmediato. Sólo porque sí, sólo porque había sido anunciada en Twitter. Jamás medió mesura alguna. No hubo un momento de reflexión. Ya imagina el lector la lección: horas más tarde quedó claro que la historia era falsa. Un auténtico oso, una verdadera vergüenza.

El caso de @atorreta debe hacer reflexionar a la comunidad en Twitter. Si en algo han coincidido los muchos críticos del medio es precisamente en esa peligrosa falta de rigor. Ahora, la histeria twittera ha puesto en jaque la credibilidad del medio. Por eso vale una llamada de atención. La comunidad en Twitter en nuestro país tiene un poder innegable que no hará más que crecer. Pero si quiere ser un factor de cambio positivo deberá aprender que vale mucho más la indignación fundada y seria que los gritos desaforados. No habrá otra oportunidad. La próxima vez será imposible responderle a los que insisten en que Twitter no es un extraordinario medio de información, sino un remedo de periodismo, solamente el chismógrafo de los ociosos.

Debates y argucias

María Amparo Casar
Reforma

El debate sobre la reforma política presentada por el Presidente se ha salido en ocasiones de toda proporción. Decir que encierra rasgos de regresión autoritaria, muestra la obsesión por concentrar el poder o busca acabar con la izquierda y con el pluralismo es simplemente argucia política. Se puede cuestionar si la reforma está alineada con los propósitos declarados: formar mayorías, acercar al ciudadano, darle mayor participación o mejorar las posibilidades de acuerdo. Pero no hay nada en ella que lleve ni a la concentración del poder, ni a la preeminencia del Poder Ejecutivo sobre el Legislativo, ni siquiera a la formación de mayorías a expensas del pluralismo.

Equiparar el fortalecimiento del Ejecutivo a través de instrumentos como el veto parcial o de la iniciativa preferente con la dictadura presidencial o el ejercicio irresponsable del poder es absurdo. Bien diseñados estos instrumentos traerían beneficios para la toma de decisiones sin restar facultad alguna al Congreso: ni para legislar ni para actuar de contrapeso. La idea de que el Presidente legislaría por decreto no tiene asidero. Basta con que la mayoría opositora en el Congreso rechace o modifique la iniciativa presidencial para que ésta no avance. Lo que la propuesta hace es incentivar los acuerdos y castigar la inacción legislativa. Lo mismo ocurre con la reconducción presupuestal que, además, daría una válvula de escape contra una crisis constitucional.

Hay desde luego cuestiones que rayan en la demagogia. Es el caso de la candidatura independiente que para la Presidencia requiere más de cuatro veces las firmas que se necesitan para formar un partido.

Hay cosas que pueden mejorarse como la misma iniciativa preferente que no tiene los candados suficientes. Diego Valadés ha señalado con razón que el partido del Presidente podría boicotear la discusión en las Cámaras a través de impedir el quórum necesario para sesionar con el único fin de que los legisladores no puedan votar una iniciativa y acabe imponiéndose la voluntad presidencial. Hay cosas que adicionarle como el cambio a la fórmula de sustitución del Presidente o la eliminación del veto de bolsillo.

Sorprende además que la propuesta del Presidente haya tenido tan mala recepción por la oposición cuando legisladores de todos los partidos han presentado decenas de iniciativas en el mismo sentido; cuando revisamos las coincidencias en los trabajos de la Comisión para la Reforma del Estado; cuando recordamos que hace apenas un año en la presentación del número de Nexos dedicado a la Discordia y la Concordia (febrero de 2009) los presidentes de PRI, PAN y PRD se comprometieron ante los asistentes a impulsar la reelección y la reducción del Congreso; cuando las "8 erres" del senador Beltrones contienen parte de estas propuestas.

Podría decirse que estarían dispuestos a esas reformas si y sólo si van acompañadas de otras como, en el caso del PRI, la ratificación de gabinete y, del PRD, el establecimiento de un Consejo Económico y Social. Bien, pues ésa es la tarea de estos partidos. No descalificarla sino adicionarla con nuevas propuestas y corregirla en sus deficiencias.

Lo que también está fuera de toda proporción es afirmar que sin una reforma política que proporcione el andamiaje institucional adecuado ninguna otra reforma es factible o, para decirlo coloquialmente, que la reforma política es la madre de todas las reformas. No es el caso. Está por supuesto el irresoluble problema de por qué pasaría esta reforma si no hay un andamiaje institucional que la haga posible. Y si el actual la hace posible queda demostrado que no era imprescindible para concertar una reforma.

Pero más allá de este argumento, la posición deriva de una fe excesiva en la potencialidad de un marco institucional dentro de la democracia para forzar los acuerdos. Cuando los partidos así lo han querido las reformas han salido adelante. Dos casos en esta administración son emblemáticos: la ley del ISSSTE y la reforma electoral. Pueden no habernos gustado esas reformas pero que la voluntad vence al marco institucional, lo vence. Y que ningún marco institucional vence la voluntad de oponerse a la voluntad del contrario, no lo vence. En los sistemas presidenciales la colaboración no se decreta.

En todo caso la discusión no es si debe aprobarse primero la reforma política o primero todas aquellas que llevarían a una mayor prosperidad económica. Ambas hacen falta y si a los legisladores les parece una tarea de titanes procesarlas de manera simultánea pues algo anda mal, pues para eso fueron electos.

La reelección, ayer y hoy

Ricardo Pascoe Pierce
Especialista en análisis político
ricardopascoe@hotmail.com
Excélsior

Reduce el poder de los partidos y abre más espacios a la opinión ciudadana.

Es una percepción generalizada que la Constitución de 1917 prohibió la reelección en todos los niveles de gobierno. Y se ha reforzado recientemente con el debate, abierto por el presidente Calderón, acerca de la necesidad de una reforma política que incluyera, entre otros temas, el de la reelección. Los argumentos en contra se basan en una supuesta adhesión coherente a lo planteado por los Padres de la Patria en 1917.

Nada más falso. De hecho, la consigna emblemática de la Revolución Mexicana (“Sufragio efectivo, no reelección”…) tenía un destinatario preciso: Porfirio Díaz. La Constitución del 17 prohibió expresamente la reelección presidencial, pero permitió y avaló la indefinida de legisladores, gobernadores y presidentes municipales. Así sucedía en México, hasta que Plutarco Elías Calles decidió cambiar las reglas del sistema político, en un intento por controlar al país en su conjunto y, con la lógica militarista (en cierto modo comprensible para la época) de que la única manera de pacificar a México era centralizando los procesos de reparto del poder, ya sea a nivel municipal, estatal o nacional. De hecho, eliminar la reelección era el complemento electoral necesario para que ese control político tuviera su expresión en la creación del partido hegemónico, el Nacional Revolucionario (PNR), en 1928. Suprimir el derecho a la reelección se dio en 1933, cuando era ya un requisito para la “institucionalización” de la Revolución y de su brazo político: el PNR.

La no reelección, aún envuelta en la bandera de nacionalismo revolucionario o en cualquier otra, fue desde su concepción un instrumento creado para consolidar el control político de un partido hegemónico. Es decir, la no reelección sirve a los intereses de los capos de la política, pero en ningún momento atiende la representatividad de la ciudadanía. En 1933, el concepto de ciudadanía era algo lejano y básicamente inexistente para el interés de la clase política. Lo importante no eran los ciudadanos, sino los grupos de interés. Mucho menos se hubiera entendido que la reelección no es un privilegio de los políticos, sino un derecho y una prerrogativa de los ciudadanos. Y que éstos deben tener la posibilidad de calificar a sus gobernantes, incluso reprobándolos al no refrendarles una nueva gestión. Difícilmente puede haber mayor prueba para un político que ésa.

En el debate contemporáneo sobre el mismo tema, llama la atención cómo las direcciones partidistas toman la idea de la reelección casi como una afrenta personal. Lo que está en juego para éstas es la posibilidad de controlar el juego interno de cada organización, de repartir privilegios y favores a sus incondicionales, mientras castigan y aíslan a sus detractores. La no reelección abre esa posibilidad por lo menos cada tres años, mientras que la reelección reduce los ámbitos de poder de cualquier liderazgo dentro de un instituto político. Por ende, la reelección reduce el poder de los partidos y abre más espacios para la opinión ciudadana. Esa dinámica debiera verse como algo beneficioso para la sociedad y el desarrollo de su cultura política y cívica.

El debate sobre la reelección abre un compás de espera ante ésta y otras reformas. Los partidos están obligados a ofrecer una respuesta a la irritación social y al fastidio ciudadano con los partidos, sus conductas y las opciones futuras. Es más que evidente que no puede haber demora alguna en el traslado de poderes y facultades desde las instancias partidistas y gubernamentales hacia la ciudadanía. En su tiempo, se entendió como la mejor forma de dar continuidad a los acuerdos políticos centrales de la época, a fin de asegurar una transición entre la Revolución y la institucionalidad pacífica, mientras que hoy será un instrumento de la ciudadanía para ejercer mayor control, o capacidad de castigo, a una clase política que se alista para nuevas jornadas electorales.