febrero 16, 2010

¿Quién mata: Calderón o los narcotraficantes?

Ricardo Alemán
aleman2@prodigy.net.mx
Itinerario Político
El Universal

•”Papá gobierno”, la tara histórica
• Crimen de ineficacia, el del gobierno


Desde la misma tarde del pasado jueves —cuando aún no concluía la visita presidencial a Ciudad Juárez—, en comederos políticos comenzó a tomar forma un debate que hoy parece detonado.

Y es que más allá de filias y fobias —de los odios políticos alentados por los amarillos que hoy retozan bajo las sábanas de la alianza con azules—, poco a poco aparecen las voces sensatas que alertan sobre la estupidez que parece atrapar a una sociedad agraviada por la violencia y el crimen crecientes —además del alza geométrica en el consumo de drogas—, que no toca ni con el pétalo de una crítica a los criminales y barones de la droga, pero lincha rabiosa al gobierno federal.

¿Quién es culpable de la violencia criminal, venta de drogas, de los crímenes desatados a causa del tráfico de enervantes, de la disputa de plazas y rutas? ¿Quién es culpable de las ejecuciones por deudas o disputas del narco; de levantar y ejecutar; de mandar matar a civiles, periodistas, a los muchachos como los asesinados en Juárez?

Para todo el que quiera abrir los ojos, evaluar con sensatez y sin el lastre del odio desatado luego de julio de 2006, la respuesta es elemental. Los responsables intelectuales de la violencia y de los miles de muertos son los jefes de los cárteles de la droga, del crimen organizado. Y los autores materiales son los sicarios al servicio de esas bandas.

Si tenemos claro en manos de quién está el negocio de la droga y las actividades del crimen organizado; quién compra de manera ilegal las armas, quién entrena y paga a los sicarios, y quién convirtió la actividad criminal en una fuente de trabajo para miles de jóvenes, entonces podemos formular la pregunta medular. ¿Por qué entonces nadie critica rabioso a los narcos y criminales, por qué no se organizan manifestaciones contra los narcos, por qué no denuncia cada ciudadano lo que sabe del negocio del crimen..?

Pero la pregunta va más allá. ¿Por qué ciudadanos, gobernantes, líderes políticos y hasta medios se suman al linchamiento del gobierno federal —que es el único que ha enfrentado a los criminales—, en lugar de sumarse todos para linchar a los criminales? ¿Quién dispara las balas criminales, quién vende la droga, quién se lleva las ganancias millonarias a costa de la inseguridad y de miles de vidas?

No dispara el Presidente, ni su secretario de Seguridad Pública, ni el titular de la Sedena o de la Marina, ni el responsable de Gobernación —a quien un puñado de desesperados insultó al llamarlo “asesino”—; no, las balas vienen de las manos de narcotraficantes, criminales organizados, de sus sicarios y matarifes a sueldo. ¿Por qué el malestar ciudadano no se canaliza contra los criminales y sí contra el gobierno federal?

El debate se desató el mismo jueves, ya el viernes rondaba las mesas de los comederos políticos, y ayer lunes llegó a los medios. Carlos Marín y Carlos Ramírez; Héctor Aguilar Camín y Ciro Gómez Leyva, entre otros, se encargaron de empujarlo. Y no faltarán los fanáticos que digan que se defiende al gobierno de Calderón —como si defender las libertades de pensamiento y expresión tuviera militancia—, cuando lo cierto es que se trata de un debate realmente de fondo.

Y es que nos guste o no —queramos verlo o no—, buena parte de la sociedad mexicana es heredera de esa “tara histórica” del “papá gobierno”. Es decir, aspiramos, creemos, imaginamos y reclamamos que todo —y todo es todo—, sea resuelto por “papá gobierno”. Está claro —y sería tonto negarlo—, que el gobierno de Calderón ha cometido graves errores en la lucha contra el narcotráfico y el crimen organizado; que el Ejército ha cometido abusos y que casi todo el sistema de justicia es ineficaz y corrupto. En esa lógica, el crimen de Calderón, de su gobierno y de todo el Estado, sería un crimen de ineficacia, de no hacer bien el trabajo encomendado por los ciudadanos.

Y sin duda, que el de la ineficacia es un crimen grave. Pero resultaría igual de grave la estupidez social que lincha al gobierno ineficaz, antes que a los responsables de la ola criminal, de violencia y de estimular la espiral de consumo de drogas. Pero hay más. ¿Qué no tienen una mayor responsabilidad los alcaldes, los gobernadores, los legisladores, jueces, policías, agentes del MP..? ¿Por qué a todos la sociedad agraviada no les mienta la madre, les escupe, intenta cachetearlos?

Cuando la sociedad lincha al gobierno que combate al narcotráfico y al crimen organizado, cuando escupen a Gómez Mont, cuando rechazan al Ejército y les gritan asesinos a los gobernantes, en realidad esos ciudadanos hacen el trabajo sucio de los criminales y narcotraficantes. Y por cierto, el crimen de la ineficacia alcanza por igual a azules, tricolores y amarillos. Nadie se salva.

La ciudad más insegura tiene las autoridades más ineptas

Román Revueltas Retes
revueltas@mac.com
Interludio
Milenio

A la gente que visita Ciudad Juárez le sorprende la cantidad de coches que van sin placas. Bueno, pues tan sencillo como no dejarlos circular. Digo, a mí no me viene a la cabeza conducir mi auto sin matrícula. Es ilegal y no quiero tener problemas con la policía de Tránsito. A muchos habitantes de Juárez, sin embargo, el tema de la legalidad no les preocupa. Y, por lo visto, a las autoridades de esa ciudad tampoco les interesa demasiado resolver el asunto.

Lo repito, tan simple que sería apostar grupos de agentes en las calles para detener a los vehículos e impedirles que prosigan su camino. Pero, lo que parece fácil y lógico a cualquier observador de la realidad real resulta que es un trámite irrealizable en este país: la policía de Ciudad Juárez no ha querido (porque, de poderlo, sí lo puede hacer) aplicar las leyes y poner orden. Ni el alcalde ni el gobernador han deseado tampoco limpiar la casa. Insisto: coche sin placas, coche detenido y decomisado. Punto. ¿Estamos, acaso, hablando de una misión imposible, de la conquista de Marte o de la exploración de los yacimientos petrolíferos que la patria pudiera tener en las profundidades del Golfo de México? Pues, pareciera que sí, que una inspección de rutina realizada en un retén es una tarea inalcanzable para los señores policías de la ciudad fronteriza. Y, justamente, de ahí, de esa negligencia de las “autoridades” se deriva la pavorosa inseguridad en una localidad donde no puedes saber quién es el tipo que se detiene junto a ti en el semáforo al volante de un coche con los vidrios oscurecidos y sin ninguna señal para poder ser identificado. Esos autos son los que tripulan los sicarios y los matones; a esos autos son subidas las mujeres cuyos cadáveres aparecen después, con huellas de espantosas torturas, en los descampados y los lotes baldíos; desde las ventanillas de esos autos apuntan las armas que matan a jóvenes inocentes y niños desprotegidos. Tan sencillo, lo machaco una vez más, como detenerlos. ¿Y entonces?

Es que el PAN ya es oposición

Leo Zuckermann
Juegos de Poder
Excélsior

“El PAN quiere ser oposición”. Así tituló su columna Razones de ayer nuestro compañero Jorge Fernández Menéndez. En ella argumentaba que a este partido “nunca le ha gustado ni se ha sentido cómodo estando en el poder, no sabe cómo actuar desde ese lugar: no ha sabido hacerlo en los estados, donde gobierna entidades desde hace ya veinte años, y menos ha sabido actuar, como un partido en el poder, desde la Presidencia de la República, donde llevan ya una década. El periodo es demasiado largo como para entenderlo como una forma de aprendizaje”.

Jorge arguye que el electorado va a juzgar al PAN en las elecciones de 2012 no por las alianzas que está estableciendo con el PRD en distintos estados para enfrentar al PRI sino por los resultados del gobierno calderonista: “La gente quiere que haya una mejora en la economía, más empleos, que mejore el nivel de vida, y para eso se necesita una reforma fiscal, una laboral, una energética y, si se quiere, aunque no está en el centro del interés social, una reforma política. Y eso tendría que ser la agenda y el plan de acción del PAN, en ello tendría que concentrarse la lucha por la democratización total del país”.

El columnista reconoce que, para llevar adelante dichas reformas, el PAN necesita al PRI. Pero con una política de alianzas antipriistas, los panistas aniquilan dicha posibilidad. Estoy de acuerdo con Jorge. Sin embargo, difiero en un aspecto: no es que el PAN quiera ser oposición, es que, en algún sentido, ya es oposición.

Creo que los panistas, incluido el Presidente, perciben que el PRI no les va a aprobar ninguna reforma trascendental. Y es que los priistas no tienen incentivos para hacerlo. Hoy por hoy, lo que le conviene al PRI es darle un poco de oxígeno al gobierno panista para que el país no se caiga a pedazos, pero no mucho porque se corre el riesgo de que la economía despegue y, con ello, se incrementen las posibilidades del PAN de ganar en 2012. Al PRI no le conviene electoralmente hacer reformas estructurales, máxime cuando algunas afectarían a grupos de interés que son parte del tricolor. En este sentido, creo que las reformas estructurales no van a pasar durante este sexenio. Algún priista lo dijo con cierta dosis de cinismo: las vamos a hacer cuando nosotros regresemos a Los Pinos. Y si las reformas están muertas, pues para qué seguir jugando a cooperar con el PRI. Mejor comenzar a competir con el tricolor para disputarle el 2012.

Una de las razones por las que los sistemas presidenciales son inferiores a los parlamentarios es que el gobierno (entiéndase el Poder Ejecutivo) tiene que cumplir el periodo establecido aunque haya perdido las elecciones intermedias y se encuentre en franca minoría en el Congreso. Es precisamente lo que ocurrió con este gobierno. El PRI, junto con su aliado el PVEM, arrasaron en las pasadas elecciones de julio. Hoy cuentan con la mayoría absoluta en la Cámara de Diputados. El PAN sólo se quedó con 29% de los diputados federales. Todavía tiene 41% del Senado porque en México no se renueva parcial o totalmente esta cámara en las elecciones intermedias.

En un sistema parlamentario, con una votación así, el gobierno de Calderón ya hubiera caído. Le tocaría gobernar a la alianza PRI-PVEM. Y el PAN hubiera pasado a ser la oposición. Pero en México no sucede lo mismo por tener un sistema presidencial. Aquí el Ejecutivo permanece en manos del PAN aunque éste no tenga los votos en el Congreso para sacar adelante su agenda gubernamental.

Tomando en cuenta que el PAN es una minoría en el Congreso y que el PRI no tiene incentivos para cooperar con los panistas con reformas de gran calado, la pregunta es para qué seguir insistiendo que el PAN negocie con el PRI. Además, si la cooperación va a implicar que los priistas impongan legislaciones como la última reforma de Pemex, que rasuró el espíritu de apertura que pretendía el Presidente, pues mejor que el PAN cierre esta puerta y abra la de la competencia franca en contra del PRI.

Algún priista lo dijo con cierta dosis de cinismo: las reformas las vamos a hacer cuando nosotros regresemos a Los Pinos.

Los Pinos Azules

Federico Reyes Heroles
Reforma

Dignidad o capricho. Principios o protagonismo. Frío cálculo o desplante. La renuncia de Gómez Mont a su militancia partidista ha generado debate. Me inclino por la primera posición y expongo mi alegato.

Una de las críticas más comunes al antiguo régimen se centraba en el hecho de que sus miembros eran capaces de tragarse un pantano de porquería con tal de conservar la chamba. Principios, convicciones caían en el olvido por mantenerse en la nómina. Renunciar al partido gobernante estando en el gabinete era un acto suicida. Más aún si se trataba de alguien mencionado para la sucesión presidencial. Los opositores se burlaban de esa obsecuencia con el jefe que podía llevar a niveles de sumisión -por no decir de ignominia- aberrantes. Si los vientos de Los Pinos cambiaban, los malabarismos verbales aparecían. Un servidor público nunca se confrontaba con la línea del Presidente y si lo hacía era la muerte. Esa sumisión exhibía un presidencialismo sin límites que llevaba a la farsa, a la indignidad, al oprobio. Que alguien se atreviera a tener una posición propia equivalía a la muerte política, como la civil del XIX.

Del antiguo régimen se criticaba la indefinición de los colaboradores presidenciales frente a los temas nacionales. Nunca arriesgaban una posición que no fuera producto de las consideraciones de la casa presidencial. Todos se mimetizaban, desaparecían su expediente personal con tal de no contradecir al JEFE. No podían tener una convicción propia que no embonara a la perfección con el discurso oficial elaborado en la cúspide del politburó. Era uno de los signos distintivos del autoritarismo, del régimen de un solo hombre. En la orquesta del autoritarismo nadie desentonaba, la tripulación obedecía todas las órdenes aunque la embarcación fuera a encallar sin remedio. El silencio era señal de obediencia, la voz propia no podía emitir un solo sonido porque éste era equivalente a la irreverencia y ésta era signo de traición que merecía el patíbulo político.

Gómez Mont había manifestado públicamente desde hace meses su desacuerdo con las alianzas. Opciones, lo hizo por convicción partidaria o por los deberes de su trabajo o por las dos. Nadie desconocía su posición, cosa rara, contraria a la del presidente de su partido y, por deducción, a la del presidente Calderón. Porque resulta que, como en la mejor época priista, hay la sospecha de que la jefatura partidaria sigue los dictados de Los Pinos Azules, basta ver las designaciones al frente del PAN, primero un miembro del gabinete, después un ex secretario particular, vamos, ni las formas se cumplieron, digamos un gobernador, un senador, alguien con carrera, experiencia propias, con distancia de Los Pinos Azules. Como anécdota allí está el camino inverso, de la presidencia del PAN a la secretaría particular. Tampoco se puede cuestionar la cepa panista de Gómez Mont, sus orígenes familiares, sus desempeños previos a su actual gestión. Se suponía además que la doctrina panista, a diferencia del priismo, no se reformula sexenio tras sexenio ¿o sí?

Pero también está ahí su misión como secretario de Estado, encargado de la delicada promoción de reformas de índole nacional que fomenten una convivencia política más armónica, recordemos el caótico y riesgoso parto sexenal. Pero hay otras reformas en curso para procurar mayor crecimiento, mayor justicia fiscal, mayor recaudación, salud financiera, mayor productividad. Reformas de las cuales depende la prosperidad de decenas de millones de mexicanos. Él (y suponemos que el Presidente) debe subsumir otras inquietudes menores y vanidades partidarias a un propósito mayor: se llama la República. Sabía el Presidente el orden jerárquico de su secretario, por supuesto. Sabía de los ímpetus de Nava, por supuesto. De quién es la decisión.

La renuncia de Fernando Gómez Mont a su militancia partidaria no es un asunto menor. Si queremos ampliar los márgenes de tolerancia, si de verdad queremos alejarnos del presidencialismo vertical, si se quiere fomentar la diversidad de criterios y posiciones, no debería llamar la atención que Gómez Mont opte por defender su encargo nacional. Si con estas cuitas se arma un escándalo, imaginemos el régimen parlamentario o semiparlamentario que algunos promueven. Es una cuestión de prioridades y de quién las define. Calderón gobierna a México o quiere conquistar Durango, Oaxaca, Hidalgo, etcétera. Por cierto, en ninguna de las entidades la suma aritmética de votos de la oposición da una victoria, así que más que un cálculo es una apuesta, un latido, una corazonada, un capricho.

Pero, claro, lo más fácil es reproducir la cultura autoritaria: desobediente, malcriado, irreverente, ¡qué falta de disciplina! Pero ¿no era esa disciplina la que nos estaba fastidiando la libertad? No es anécdota. Queremos hombres de Estado o robots presidencialistas. Queremos alfiles o peones. Gómez Mont es hoy un servidor mucho más sólido. Habemus secretario.