marzo 10, 2010

Peña Nieto va solo…. II

Denise Maerker
Atando Cabos
El Universal

… y derechito a Los Pinos*. Algunos comentarios respecto a la columna del lunes. La obvia: decir que Peña Nieto va solo en la carrera presidencial no implica congratularse por el hecho, es más bien un grito de alarma por cómo se presentan las cosas rumbo al 2012. Pero que Peña Nieto no tiene hoy un adversario de talla está a la vista de todos, quien no quiera verlo es porque prefiere confundir —un mal que nos aqueja a todos— sus deseos con los hechos.

La aclaración metodológica: sí creo en las encuestas como un método probado de medición de las preferencias, electorales, en este caso. Pero tampoco confundamos; los datos de la encuesta sólo dicen que hoy los entrevistados en sus hogares, un grupo representativo de la población, cree que Peña Nieto va a ganar (50.9% ) en el 2012, que 24.7% espontáneamente manifiestan querer que Peña Nieto sea el próximo presidente y que puesto a competir con López Obrador y Creel, éste les saca a ambos una ventaja de 38 puntos.

*La lectura de estos datos es la mejor explicación de por qué PAN y PRD, a pesar de lo costoso que les puede resultar, han decidido ir en alianza en varios estados. Es hoy o nunca. Si no empiezan a equilibrar las condiciones de competencia este año, el 2012 va a ser para el PRI un día de campo.

*El rompimiento del pacto Paredes-Nava y el escándalo que ha provocado es la mejor prueba de que en Los Pinos se leyeron con alarma las encuestas. Más vale un pacto incumplido y un presidente nacional chamuscado que la certeza de que Calderón, después de haber pegado propaganda en contra del PRI desde chiquito, le vaya a regresar la presidencia a ese partido sin siquiera dar batalla.

*Que la posición como puntero de Peña Nieto lo vuelve objeto de todos los ataques es indiscutible. Dice Carlos Loret que “Dios cuide al puntero” y recuerda que en el 2004 López Obrador iba ganando ampliamente y no llegó; sin embargo, no nos engañemos, los poderes que se fueron con todo contra López Obrador por considerarlo un peligro para México y porque anticiparon que iba a vulnerar sus intereses hoy están de plácemes con la ventaja de Peña Nieto en las encuestas.

*Un triunfo de Peña Nieto en el 2012 sería trágico para la joven democracia mexicana. En sólo diez años de haber sacado al PRI de los Pinos las fuerzas que empujaron la democratización del país están tan debilitadas y desgastadas que para competir tienen que unir fuerzas y el PRI y su candidato puntero no ha dado ninguna muestra de modernidad, mucho menos de haberse convertido a la democracia.

Sin propaganda

Sergio Aguayo Quezada
Reforma

Es un error evadir, desde la izquierda, la situación de Cuba y los derechos humanos. Discutámosla sin propaganda o maniqueísmos; negarla y evadirla tiene costos muy altos.

Orlando Zapata era un albañil negro que murió después de 85 días de estar en huelga de hambre, en protesta por la situación de los derechos humanos en la isla. Ha resultado imposible ignorar su muerte porque un hecho tan grave coincidió con la reunión de los jefes de Estado latinoamericanos en Cancún; porque en estos momentos otro huelguista está en agonía (Guillermo Fariñas) y porque ambos casos ya fueron metidos en la antigua confrontación Cuba-Estados Unidos.

Es cierto que la potencia tiene medio siglo queriendo destruir una Revolución que tiene enormes logros y que ha ejercido el soberano derecho de construir un modelo diferente. Es igualmente cierto que la agresividad de la derecha reaccionaria y la estridencia de quienes defienden al castrismo han provocado el silencio de la mayor parte de América Latina ante situaciones como la actual.

Es posible criticar algunas políticas del régimen cubano sin que tengan la mano metida Washington o Miami. Cuando Fidel Castro le aplaudió a Carlos Salinas, en 1988, empecé a hacer una revisión de las relaciones entre la izquierda mexicana y Cuba; encontré una inequidad ofensiva. Tomo como ejemplo las vidas de dos veracruzanos que nacieron con un año de diferencia y respaldaron, cada uno a su manera, a la Revolución cubana. Heberto Castillo lo hizo desde la izquierda y el régimen mexicano se lo cobró de múltiples formas. Cuando murió en 1997 ninguna condolencia o mensaje, privado o público, salió de la isla. Fernando Gutiérrez Barrios, el represor, respaldó a los cubanos desde el autoritarismo, y cuando murió, en 2000, Fidel Castro se deshizo en elogios públicos hacia el "caballero".

Pese al historial de desaires, la izquierda sigue justificando los excesos del régimen cubano. Doña Rosario Ibarra preside la Comisión de Derechos Humanos del Senado y su biografía son un paradigma de dignidad y compromiso. Por eso y porque estuvo siete veces en huelga de hambre resulta incomprensible e inaceptable su frase de que Orlando Zapata "murió porque quiso". Su descalificación al difunto se debe a que ella no va a "criticar al gobierno cubano porque es un gobierno que ha sufrido mucho, es un pueblo que ha sufrido mucho por los bloqueos de Estados Unidos" (nota de Elizabeth Machuca, La Razón, 5 de marzo de 2010).

Nuestra izquierda es prisionera de la geopolítica. Somos vecinos terrestres de Estados Unidos, la potencia capitalista que nos arrebató por la fuerza la mitad del territorio y que sigue influyendo de mil formas en nuestro presente. La estrategia de la izquierda frente al vecino del norte oscila entre la descalificación y el pragmatismo. Para algunos émulos de Vicente Lombardo Toledano la solución está en responsabilizar al imperialismo. Fórmula insuficiente para una realidad compleja; la gobernadora Amalia García es de izquierda pero tiene que entrevistarse con gobernadores de ese país porque la mitad de los zacatecanos vive en Estados Unidos. Falta una elaboración conceptual sobre la estrategia de la izquierda partidista hacia Estados Unidos.

Al no tener resuelto el crucigrama estadounidense, una parte de la izquierda utiliza a Cuba para demostrarse a sí misma su compromiso revolucionario y su vocación antiimperialista. Se comportan como esos políticos que resuelven la brecha entre sus ideales de juventud y su cotidianidad bautizando a un hijo como Emiliano, poniendo en lugar prominente un póster del Che o, mejor todavía, presumiendo la foto donde aparecen saludando a Fidel. Denuncian a la derecha "cavernaria" que mantiene un bloqueo absurdo contra la isla, para no reconocer que el régimen cubano sí viola los derechos humanos.

Orlando Zapata no era el preso común que describe La Habana. Amnistía Internacional lo había adoptado como "preso de conciencia" y la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) lo tenía en la lista de los 70 presos a los que se violó el debido proceso. Los juicios de todos ellos "no duraron más de un día, realizados a puertas cerradas, impidiendo la entrada a reporteros, diplomáticos y público en general" (CIDH, Comunicado, 26 de febrero del 2010). Si en México combatimos el delito de disolución social del Código Penal, no veo por qué tengamos que condonar que su equivalente sea utilizado en la isla.

La izquierda no debería ignorar tan groseramente el asunto porque está constantemente invocando la universalidad de los derechos humanos, y porque si desea convertirse en una alternativa de poder, tiene que demostrar su capacidad para resolver pendientes como su propuesta de relaciones con el exterior. Alcanzar la madurez supone enfrentar lo complejo. La situación de los derechos humanos en Cuba no se resuelve con propaganda o silencios que sacan a la luz las miserias intelectuales, éticas y políticas.

AMLO: un político de culto

Leo Zuckermann
Juegos de Poder
Excélsior

Hubo una época cuando Andrés Manuel López Obrador era el todopoderoso de la izquierda mexicana. Su palabra era ley. Nadie se atrevía a criticarlo. Mucho menos a desafiarlo. Era amo y dueño del PRD. El presidente de ese partido era un subordinado suyo. Cuauhtémoc Cárdenas no le hacía cosquillas. El nutrido grupo de Nueva Izquierda le quemaba incienso. ¿Por qué? Porque era percibido como el próximo Presidente, el primero que surgiría del perredismo.

Pero López Obrador perdió en 2006. Por un pelito, pero perdió. Y muchos meses después todavía era el gran factótum de la izquierda mexicana. Nadie, dentro de los partidos que controlaba, se atrevía a cuestionarlo acerca de su estrategia de radicalización durante el periodo poselectoral al desconocer el triunfo de Felipe Calderón. Sus acciones disgustaron a la opinión pública nacional e hicieron que su popularidad cayera.

Y conforme cayó su popularidad, comenzaron a desafiarlo dentro de su partido, sobre todo el grupo de Nueva Izquierda. El rompimiento fue evidente en las pasadas elecciones federales de 2009. La corriente lopezobradorista tuvo que refugiarse en el Partido del Trabajo. ¿Quién imaginaría que el otrora AMLO todopoderoso acabaría guareciéndose en un partidito al que en su momento impulsó Carlos Salinas de Gortari?

Esta semana AMLO anunció que sí tiene intenciones de competir por la Presidencia en 2012: “Vamos a participar si estamos bien posicionados para entonces, porque todavía falta tiempo y la mafia del poder no me ve con buenos ojos, han querido destruirme, pero si no lo logran, si llegamos bien posicionados para las vísperas de 2012, sí vamos a ir para volverle a ganar a la mafia”. Quién sabe a qué se refiere el tabasqueño con eso de llegar bien posicionado. Lo cierto es que él está en la lucha y que, hoy por hoy, no puede descartarse que aparezca en la boleta electoral en 2012, por lo menos bajo el emblema del PT.

Otra cosa diferente es que pueda conseguir los niveles de preferencia electoral que obtuvo en 2006 e incluso ganar. Se ve tremendamente difícil. Si bien AMLO es el político presidenciable más conocido del país (94% de la población lo reconoce de acuerdo a la última encuesta de Consulta Mitofsky de febrero), su evaluación está por los suelos. El saldo de restar las opiniones positivas sobre su persona menos las negativas da un menos 21 en la encuesta señalada. Se trata del personaje con la peor imagen de todos los presidenciables. Tal como le sucedía a Roberto Madrazo en 2006. Y sabemos que es prácticamente imposible remontar una imagen tan negativa de esa magnitud.

Sin embargo, AMLO sigue teniendo un pequeño grupo de ciudadanos muy leales a su causa. En la encuesta de Consulta Mitofsky hay 7% de electores que espontáneamente dice que le gustaría que el tabasqueño fuera el próximo Presidente. Está en un lejano segundo lugar atrás de Enrique Peña Nieto quien obtiene 25% de las respuestas espontáneas.

Además, AMLO sigue siendo popular dentro del PRD. Cuando se le pregunta a los simpatizantes de este partido quién le gustaría que fuera el próximo candidato presidencial perredista, 59% contesta que AMLO y 27% que Marcelo Ebrard. Este porcentaje contrasta con todo el electorado: ahí 27% se inclina por Ebrard como candidato perredista mientras que 24% lo hace por AMLO.

¿Qué conclusión podemos sacar de la fuerza política actual de AMLO? Que pasó de ser un político popular a un político de culto. Un político con una minoría electoral que lo adora y que, jugando bien sus cartas, podría ser un factor determinante en la lucha de la izquierda por el poder en la próxima sucesión presidencial.

Basta de esta Cuba

Héctor Aguilar Camín
acamin@milenio.com
Día con día
Milenio

¿Hay algo que defender del régimen cubano?

¿El paso del tiempo sobre su aberrante excepción dictatorial, en un continente de imperfectas pero ejercibles democracias, no es suficiente para exhibir la monstruosa vejez del sueño que hizo nacer a la Revolución Cubana en los años 60 del siglo pasado?

La manifiesta estolidez de las coartadas patrioteras y la lista de culpables históricos de La Habana castrista —el bloqueo, el imperialismo, los gusanos—, ¿no bastan todavía para exhibir la indigencia mental de ese régimen político, sus catastróficos resultados en todos los órdenes luego de 60 años de opresión, empobrecimiento, deterioro, corrupción y esperpento?

¿No basta que añadan a su lista de culpables la “responsabilidad de Estados Unidos” por la muerte voluntaria de un preso político, Orlando Zapata, albañil y negro, pobre de solemnidad, preso por efecto de la estupidez, la impunidad y la vesania del régimen, quien se deja morir en la más alta y digna protesta final que es posible ejercer contra la muralla ciega, sorda y zafia de la tiranía cubana?

¿Estamos obligados a darle la mano a este museo vivo del horror político, a cuenta de una supuesta solidaridad con el pueblo cubano o a cuenta de esa esquizofrenia idiosincrática, supuestamente latinoamericanista, que sigue viendo en lo que pasa en la isla una epopeya de dignidad nacional, una raya de fuego pintada ante el imperialismo yanqui, cuyas consecuencias nos enorgullecen en lugar de escandalizarnos?

¿No alcanzan el realismo político ni la solidaridad moral para admitir que Cuba ha llegado a un pozo de miseria y opresión al que ningún país latinoamericano quisiera llegar?

Se habla de que el presidente Calderón de México prepara una visita oficial a Cuba. Para muchos ha sido suficiente disgusto verlo, en una reciente cumbre latinoamericana, dando la bienvenida a Raúl Castro a una asamblea cuyo propósito declarado es construir un continente más próspero y más libre.

Ha sido suficiente fiasco también ver al presidente de Brasil visitar La Habana en los días en que moría Orlando Zepeda sin levantar un dedo por su horrendo destino.

Para muchos, entre los que me cuento, sería materia de vergüenza nacional ver al Presidente de México viajar a La Habana y hacer ahí lo que ha hecho el presidente Lula.

Ya está bien de esta Cuba. No pido una declaración de guerra política ni una diplomacia activa contra la isla. Pido, simplemente, la suspensión de una complicidad.