marzo 29, 2010

Las seis guerras de México

Andrés Oppenheimer
El Informe Oppenheimer
Reforma

El reciente viaje de la Secretaria de Estado Hillary Clinton a México concitó una gran atención de los medios sobre la guerra de ese país contra los cárteles del narcotráfico. Pero México está enfrentando otras cinco guerras que nadie menciona, y que podrían plantear amenazas tan grandes o mayores que la de los narcotraficantes.

No estoy minimizando la lucha contra los cárteles, que ha dejado casi 19 mil muertos en los últimos años. Pero no me sorprendería que nuevas estrategias de seguridad conjuntas de México y Estados Unidos -que probablemente serán anunciadas en detalle durante la visita del Presidente mexicano Felipe Calderón a la Casa Blanca el 19 de mayo- terminen obligando a los cárteles a replegarse, o a mudarse a otro país. Así ocurrió en Colombia, y no sería raro que ocurra en México.

En cambio, un trabajo escrito por el ex jefe de la oficina para Latinoamérica del Departamento de Defensa de Estados Unidos, Roger Pardo Maurer, cuya primera versión fue publicada por la revista Small Wars Journal, me lleva a reflexionar sobre los otros cinco desafíos críticos que está enfrentando México, y que están pasando prácticamente desapercibidos.

· El primero: ¿Qué hará México cuando se le termine el petróleo? Los ingresos petroleros representan hasta un 40 por ciento del presupuesto federal mexicano, pero el petróleo del país se está agotando. La Administración de Información Energética de Estados Unidos calcula que México se verá obligado a importar petróleo en el 2017.

· El segundo: ¿Qué hará México cuando se le termine el agua? La Ciudad de México ya tiene serios problemas de agua, y la escasez ya causa tensión en los estados vecinos. Y es probable que el cambio climático global convierta a México en un país aún más árido que hoy.

· El tercero: ¿Qué hará México para poder competir con China, India y otras potencias emergentes con mejores sistemas educativos? Un estudio del Foro Económico Mundial dedicado a la competitividad de México, y conducido por economistas de la Universidad de Harvard, concluyó que el principal problema del país para competir en la economía mundial es su pobre sistema educativo.

· El cuarto: ¿Qué hará México con su nueva generación de gente joven desempleada cuando no pueda exportar a esas personas a Estados Unidos con la misma facilidad que antes, por crecientes controles en la frontera o el desempleo en Estados Unidos? Se estima que alrededor de un millón de jóvenes mexicanos entran al mercado laboral cada año, y México necesita crecer alrededor de un 5 por ciento anual -mucho más de lo que ha crecido recientemente- para absorberlos.

· El quinto: ¿Qué hará México para integrar a su población indígena a la economía moderna? Aunque los gobiernos recientes han proporcionado miles de millones de dólares a los estados sureños desde la rebelión de Chiapas, en 1994, el sur de México no se está beneficiando tanto como los estados del norte de la inserción mexicana en la economía mundial.

Intrigado, llamé a Pardo Maurer y le pregunté si teme, como algunos de sus colegas más alarmistas, que México se convierta en un país ingobernable, o en un Estado fallido.

"Es muy improbable que México se convierta en un Estado fallido a causa de los narcotraficantes", me dijo. "Sería mucho más probable que se convierta en un Estado fracasado por estos otros problemas, y me alarma que no se les prestara suficiente atención si nuestra agenda para México se reduce exclusivamente al narcotráfico".

Mi opinión: a juzgar por lo que ocurrió en Colombia, no sería raro que -con una mayor ayuda de Estados Unidos- el Gobierno mexicano tarde o temprano termine aplastando militarmente a los cárteles de narcotráfico, o expulsándolos a otros países.

O sea, la estrategia militar puede hacer que México gane la guerra contra la narcoviolencia, aunque probablemente no haga mucho para ganar la guerra contra el narcotráfico -que permanecerá igual mientras no caiga drásticamente el consumo de drogas en Estados Unidos- y tampoco hará gran cosa para ganar las otras cinco guerras.

En la historia reciente, Estados Unidos ha sido afortunado de tener vecinos tan pacíficos como Canadá y México. Rusia, China, entre otros, hubieran adorado tener la misma suerte.

Si el Presidente Obama quiere que Estados Unidos siga teniendo vecinos pacíficos, debería lanzar la Comunidad de las Américas que prometió durante la campaña, y proponer una alianza de comercio, energía, seguridad, infraestructura y educación que permitiría a todos los países de la región, incluyendo a Estados Unidos, competir más eficazmente en la economía global. Y el lugar por donde empezar debería ser México.

Pelear contra enamorados

Luis González de Alba
La Calle
Milenio

Dígale usted a una enamorada que su novio tiene mal aliento y puede responder: ¿Y a ti no te han dicho que te apestan las patas? Lo cual, sin ser Aristóteles, podemos concluir que no tiene lógica: un olor no exculpa el otro. Es el método de respuesta, hoy de moda, que enturbia toda discusión seria.

Cuando los enamorados de un régimen, partido o político se topan con datos indefendibles e irrebatibles de su objeto amoroso, recurren a dos expedientes: 1. Encontrar un ejemplo peor. 2. Descubrir el compló. Se niegan a creer, porque su fe de carboneros saldría maltrecha, que nadie nos pone de acuerdo a los comentaristas y si de pronto decenas entramos a la denuncia de que en Cuba están prohibidos los partidos políticos y los sindicatos y los teléfonos celulares y rentar cuarto de hotel siendo cubano y un largo etcétera, es porque acaba de ocurrir la muerte de un disidente que no había cometido robo ni homicidio ni secuestro, sencillamente ejercía el derecho que comentaristas y lectores ejercemos en México: decir “no estoy de acuerdo con mi gobierno”. Allá es delito.

“Deja de espiar al vecino y comenta los horrores que se ven en México a diario”, responden. Pero no si el vecino es EU y el muerto es un afgano prisionero en Guantánamo. Entonces quien denuncia al vecino es un valiente líder de opinión, no un chismoso.

“¿Cómo es que tantos en tan variados periódicos, menos en el mío, siempre imparcial y sensato, se han puesto a hablar de lo mismo? Está claro que les cayó una dolariza”. No pueden tolerar la idea de que el acuerdo lo suscitó un hecho, como la defunción de un disidente. El secretario de Trabajo no llegó a la Cámara a denunciar que en China no existen sindicatos: no es el lugar; pero si un legislador, líder sindical, le pone de ejemplo a China (y muchos la hemos puesto por su aceptación de todas las inversiones en todos los ramos), se pone “de pechito” para que el secretario le responda que tiene razón, pero no debe olvidar que en China los sindicatos están prohibidos.

Y claro, tenemos una racha de comentarios al respecto. Que el adicto a los complots leerá como un complot.

La otra forma de acallar datos que no nos gustan, por sólidos que parezcan, es infantil: Titino se portó peor que yo, miss. Si alguien menciona que en Cuba están prohibidos los partidos políticos, los sindicatos, los diarios, se le responde que en México los hay, pero son garrapatas del trabajador; si dice que en Cuba se prohíben los teléfonos celulares, los viajes, los cambios de trabajo, la respuesta es: “¡Vaya casualidad: no mencionas la miseria en la sierra de Guerrero ni la guerra en Burkina Faso”. El defensor de Pinochet hacía lo mismo: para crímenes los de Stalin, nos decía; el neo-nazi recuerda que no sólo hubo campos de exterminio hitlerianos, sino bombas atómicas lanzadas por los gringos contra Japón. Cierto, ¿y? ¿Hiroshima disculpa Auschwitz? ¿La miseria en México justifica la feroz dictadura castrista con déspota vitalicio?

Siempre un vivillo podrá acusar a un comentarista de no mencionar alguno de 1001 casos terribles que le vengan a la memoria. Si señalo un error del PAN mis lectores descubren que ya me paga el PRI, si trato de emplear humor y no insultos llanos es para que los ofendidos no me dejen de pasar una buena feria. Todo debate es inútil cuando hay síntomas de autismo: quienes nos expresamos contra el objeto amado somos una sinfonola: se le echa un peso y toca el disco elegido. O estamos en un compló contra los buenos. El único pensamiento puro y virginal es el del enamorado, que, habilidoso, desentraña y denuncia. Uta… son tan aburridos como previsibles…

¿Representación proporcional o mayoritaria? Tan democrático es el método proporcional para integrar Cámara de Diputados como el mayoritario: el 6 por ciento de los diputados para quien obtuvo el 6 por ciento de la votación total. O llega al Congreso quien obtenga mayoría en su distrito, y el que no pues no. Pero torpeza y venganza legislativa nos impusieron lo peor de ambos mundos en base a un sofisma: que los partidos son organismos de interés público que representan el sabroso y colorido pluralismo del electorado. Falso: la inmensa mayoría de los partidos son negocios que sólo representan a sus cúpulas y se venden al mejor postor cada tres años. Revisar caso por caso lleva otro artículo. Pero vaya usted pensando en lo que hay: Nueva Alianza, Verde, PT, Convergencia… una cloaca.

El tiempo se acaba

Jorge Chabat
jorge.chabat@cide.edu
Analista político e investigador del CIDE
El Universal

La visita a México de la secretaria de Estado Hillary Clinton acompañada del gabinete de seguridad de ese país revela dos cosas: que ahora sí Estados Unidos ya se asustó de la narco-violencia en México y de las consecuencias que ésta puede acarrearles y que no saben bien a bien qué hay qué hacer ni qué papel desempeñar en la guerra mexicana contra el narco. La participación de EU en el combate al narcotráfico en México se había reducido durante décadas a un apoyo de la estrategia e intercambio de información de inteligencia, con las limitaciones que imponía la desconfianza hacia las autoridades mexicanas por la corrupción de éstas. La ayuda financiera para esta tarea había sido muy limitada hasta antes de la Iniciativa Mérida y todo parecía indicar que la Casa Blanca pensaba que la violencia y la corrupción eran un problema de México que no les podía afectar así como el gobierno mexicano pensaba que el consumo de drogas era un problema de Estados Unidos que no podía afectar México. El tiempo ha probado que ambas percepciones eran erróneas y que nos guste o no, el fenómeno del narcotráfico debe enfrentarse por ambos gobiernos de una manera más efectiva de cómo se ha hecho hasta ahora si no queremos que el caos se apodere de los dos países.

No obstante, la pregunta sin resolver es cómo lograr que el narcotráfico deje de ser la amenaza que es para México y ahora para Estados Unidos. En la reunión de los funcionarios estadunidenses con sus colegas mexicanos de la semana pasada se plantearon cuatro ejes para la estrategia conjunta de combate al narco: desarticulación de las organizaciones delictivas, el apoyo mutuo para fortalecer las instituciones de seguridad, el desarrollo de una frontera competitiva y el fortalecimiento de la cohesión social. El diagnóstico ciertamente es bastante completo pero no es nuevo. De hecho, estas cuatro metas han sido ya planteadas por el gobierno mexicano y de una u otra forma se han buscado instrumentar, aunque es obvio que hasta ahora no han funcionado. Quizás lo nuevo es el grado de prioridad que tiene ahora el tema en la agenda del gobierno de EU. Pero ¿será eso suficiente para cambiar el negro panorama que se presenta ahora par ambos países? La verdad es que no está claro que ello vaya a ocurrir, al menos en el corto plazo. Y eso nos lleva a otra pregunta aún más inquietante: ¿cuánto tiempo podrá resistir la población mexicana y el propio gobierno estadunidense la violencia que genera el narcotráfico y que afecta ya a la población común y corriente?

Hasta ahora las encuestas revelan que, a pesar de que hay una gran preocupación por la violencia del narco, la población mexicana en general sigue apoyando el combate a los cárteles de la droga por el gobierno mexicano. Una encuesta del Pew Hispanic Center de septiembre de 2009 señala que el 83% de los mexicanos apoyan esta guerra y el uso del Ejército en ella. Sin embargo, el número creciente de víctimas civiles, ajenas al narcotráfico, puede tener un efecto en este apoyo. Recientemente el jefe del Comando Norte de Estados Unidos, Victor Renuart, dijo que la guerra contra el narco en México puede tomar de ocho a diez años para comenzar a dar resultados. La verdad es que ése parece un plazo muy largo si se mantienen los niveles actuales de narco-violencia y si persisten los casos de violaciones a los derechos humanos por parte de la fuerzas federales o los “daños colaterales” que esta guerra esta ocasionando entre la población. El problema, sin embargo, es que no parece haber muchas alternativas. Regresar a lo que había antes, a la política de tolerancia/complicidad con el narco simplemente no es opción para un estado democrático. Entonces ¿qué hacer? Lo cierto es que si la opción de la tolerancia es inviable y la del combate frontal no se puede sostener, sólo queda entrar en el camino de la legalización de las drogas o, para ser más precisos, del retiro de la prohibición para algunas drogas decretada por la comunidad internacional a principios del Siglo XX. Así de simple. Por eso ya varias voces dentro del ámbito de la política y fuera de él, comienzan a hablar abiertamente de esta posibilidad. Y esto es así no porque se busque alentar el consumo de las drogas sino simplemente porque las otras opciones han fracasado o están a punto de hacerlo y el tiempo se acaba. Y porque, al final, si el remedio es peor que la enfermedad, pues simplemente no es remedio.

Responsabilidad papal

José Antonio Crespo
Horizonte político
Excélsior

Algo huele a podrido —otra vez— en el Vaticano. Conforme afloran nuevos casos de pederastia clerical, se pone en entredicho la calidad moral de muchos altos prelados católicos, incluyendo al mismísimo santo padre, Benedicto XVI. Algunos acusan que, siendo cardenal, Joseph Ratzinger encubrió al reverendo —es un decir— Peter Hullermann, quien habiendo sido detectado como pederasta en los ochenta, lejos de ser entregado a las autoridades civiles, se le trasladó a la arquidiócesis de Munich —a la que pertenecía Ratzinger— a recibir “terapia” (que es como la Iglesia ejerce su fuero de impunidad). Y, sin embargo, a Hullermann muy pronto se le puso al frente de un grupo de adolescentes, con quienes de nuevo incurrió en actos de paidofilia (como cabía esperar). También se le acusa —junto con Tarsicio Bertone, su actual secretario de Estado— de haber encubierto al “reverendo” Lawrence Murphy, abusador de niños sordos en Estados Unidos. Estos escándalos incluso han provocado que algunos grupos de indignados católicos (no todos son tan dóciles) soliciten la renuncia del Papa; algo así como una revocación del mandato pontifical. La Iglesia es, sin duda alguna, una institución política. Primero, como Iglesia de Estado tras el reconocimiento del emperador Constantino (quien a cambio de ello, se hizo nombrar oficialmente el “décimo tercer apóstol”), y después como un Estado formal: el Vaticano. Pero en ambas fases se trata de una institución vertical y oligárquica, a diferencia de la Iglesia primitiva (que era orgánicamente democrática).

Hay quienes piensan que dicha movilización anti-Benedicto responde, no a una expresión espontánea de feligreses ofendidos, sino a la orquestación de posibles rivales políticos del santo padre, que desearían suplantarlo en la Silla de Pedro. No tengo elementos para certificarlo, pero no me extrañaría demasiado, pues por definición, en toda institución política predomina la pugna por el poder, sea por vías institucionales o no (muchos siguen creyendo, por ejemplo, que Juan Pablo I no murió naturalmente, sino envenenado). En efecto, la lucha por el poder en la larga y oscura historia de la Iglesia no ha sido precisamente prístina. El caso es que, hoy por hoy, hay pocas probabilidades de que ocurra el relevo de su santidad; no hay condiciones políticas ni institucionales para ello.

Por su parte, en México los legionarios de Cristo (conocidos coloquialmente como “millonarios de Cristo”, pues acumulan una fortuna de al menos 25 mil millones de dólares, con ayuda de nuestra devota élite empresarial) han reconocido finalmente los pecados de su fundador, el pederasta en serie Marcial Maciel. Pero llama la atención justo eso, que son vistos sólo como pecados, propios por tanto del orden espiritual, y no como delitos del fuero común, quizá porque también en ese plano el encubrimiento es un delito penal. ¿Cuántos miembros de la Legión de Cristo podrían haber incurrido en encubrimiento desde que surgieron las primeras denuncias en 1957? Así, en su comunicado de la semana pasada, en el que —orillados por los acontecimientos— solicitan perdón por los pecados de su fundador, aclaran: “Habíamos pensado y esperado que las acusaciones presentadas contra nuestro fundador fuesen falsas e infundadas”. En lugar de investigar los indicios y testimonios vertidos, cerraron los ojos y oraron para que todo fuera una pesadilla de la que se podría despertar al día siguiente.

La pederastia clerical parece un fenómeno antiguo, aunque su ventilación pública es reciente. El famoso Marqués de Sade, Donathien Alfphonse Francois, frecuentemente incluye en sus obscenos —pero divertidos— cuentos, a clérigos de todo rango que “juegan” con niños y niñas. Se puede alegar, desde luego, que se trata de narraciones ficticias. Pero algo ha de haber sabido el Marqués, desde que un abate llamado Durand se encargaba de enviarle muchachas a su castillo para organizar sus propias orgías (por lo cual, Sade fue encarcelado por primera vez). En todo caso, bien harían los feligreses en no dejar a sus hijos solos con clérigos, bien como auxiliares de misa, en el catecismo o como seminaristas. Es cierto que no puede generalizarse el grave delito de pederastia a todos los clérigos, pero la tasa de probabilidades de que algo ocurra crece conforme conocemos nuevos casos. Y, sobre todo, el mayor problema es el encubrimiento institucional que ha recibido la pederastia clerical. En todo caso, más vale prevenir que lamentar.

En México los legionarios de Cristo han reconocido finalmente los pecados de su fundador, el pederasta en serie Marcial Maciel. Pero llama la atención justo eso, que son vistos sólo como pecados.

Las seis guerras de México

Andrés Oppenheimer
El Informe Oppenheimer
Reforma

El reciente viaje de la Secretaria de Estado Hillary Clinton a México concitó una gran atención de los medios sobre la guerra de ese país contra los cárteles del narcotráfico. Pero México está enfrentando otras cinco guerras que nadie menciona, y que podrían plantear amenazas tan grandes o mayores que la de los narcotraficantes.

No estoy minimizando la lucha contra los cárteles, que ha dejado casi 19 mil muertos en los últimos años. Pero no me sorprendería que nuevas estrategias de seguridad conjuntas de México y Estados Unidos -que probablemente serán anunciadas en detalle durante la visita del Presidente mexicano Felipe Calderón a la Casa Blanca el 19 de mayo- terminen obligando a los cárteles a replegarse, o a mudarse a otro país. Así ocurrió en Colombia, y no sería raro que ocurra en México.

En cambio, un trabajo escrito por el ex jefe de la oficina para Latinoamérica del Departamento de Defensa de Estados Unidos, Roger Pardo Maurer, cuya primera versión fue publicada por la revista Small Wars Journal, me lleva a reflexionar sobre los otros cinco desafíos críticos que está enfrentando México, y que están pasando prácticamente desapercibidos.

· El primero: ¿Qué hará México cuando se le termine el petróleo? Los ingresos petroleros representan hasta un 40 por ciento del presupuesto federal mexicano, pero el petróleo del país se está agotando. La Administración de Información Energética de Estados Unidos calcula que México se verá obligado a importar petróleo en el 2017.

· El segundo: ¿Qué hará México cuando se le termine el agua? La Ciudad de México ya tiene serios problemas de agua, y la escasez ya causa tensión en los estados vecinos. Y es probable que el cambio climático global convierta a México en un país aún más árido que hoy.

· El tercero: ¿Qué hará México para poder competir con China, India y otras potencias emergentes con mejores sistemas educativos? Un estudio del Foro Económico Mundial dedicado a la competitividad de México, y conducido por economistas de la Universidad de Harvard, concluyó que el principal problema del país para competir en la economía mundial es su pobre sistema educativo.

· El cuarto: ¿Qué hará México con su nueva generación de gente joven desempleada cuando no pueda exportar a esas personas a Estados Unidos con la misma facilidad que antes, por crecientes controles en la frontera o el desempleo en Estados Unidos? Se estima que alrededor de un millón de jóvenes mexicanos entran al mercado laboral cada año, y México necesita crecer alrededor de un 5 por ciento anual -mucho más de lo que ha crecido recientemente- para absorberlos.

· El quinto: ¿Qué hará México para integrar a su población indígena a la economía moderna? Aunque los gobiernos recientes han proporcionado miles de millones de dólares a los estados sureños desde la rebelión de Chiapas, en 1994, el sur de México no se está beneficiando tanto como los estados del norte de la inserción mexicana en la economía mundial.

Intrigado, llamé a Pardo Maurer y le pregunté si teme, como algunos de sus colegas más alarmistas, que México se convierta en un país ingobernable, o en un Estado fallido.

"Es muy improbable que México se convierta en un Estado fallido a causa de los narcotraficantes", me dijo. "Sería mucho más probable que se convierta en un Estado fracasado por estos otros problemas, y me alarma que no se les prestara suficiente atención si nuestra agenda para México se reduce exclusivamente al narcotráfico".

Mi opinión: a juzgar por lo que ocurrió en Colombia, no sería raro que -con una mayor ayuda de Estados Unidos- el Gobierno mexicano tarde o temprano termine aplastando militarmente a los cárteles de narcotráfico, o expulsándolos a otros países.

O sea, la estrategia militar puede hacer que México gane la guerra contra la narcoviolencia, aunque probablemente no haga mucho para ganar la guerra contra el narcotráfico -que permanecerá igual mientras no caiga drásticamente el consumo de drogas en Estados Unidos- y tampoco hará gran cosa para ganar las otras cinco guerras.

En la historia reciente, Estados Unidos ha sido afortunado de tener vecinos tan pacíficos como Canadá y México. Rusia, China, entre otros, hubieran adorado tener la misma suerte.

Si el Presidente Obama quiere que Estados Unidos siga teniendo vecinos pacíficos, debería lanzar la Comunidad de las Américas que prometió durante la campaña, y proponer una alianza de comercio, energía, seguridad, infraestructura y educación que permitiría a todos los países de la región, incluyendo a Estados Unidos, competir más eficazmente en la economía global. Y el lugar por donde empezar debería ser México.

¿Qué estamos haciendo?

Héctor Aguilar Camín
acamin@milenio.com
Día con día
Milenio

La pregunta del título está dirigida a los periodistas, opinadores, dueños, directores de medios y, desde luego, a mí mismo:

¿Qué estamos haciendo con la información que damos sobre la violencia en México? La brecha entre lo que publicamos en los medios y lo que dicen los datos duros que sucede realmente es ya un abismo. Alguien está faltando a la verdad: o los datos duros o los medios.

Reproduzco las cifras de homicidios publicadas por el Brookings Institute, en un informe elaborado, con información de la ONU, por el ex vicepresidente de Costa Rica Kevin Casas-Zamora*.

Homicidios al año por cada 100 mil habitantes

Honduras 61

Jamaica 60

El Salvador 52

Guatemala 47

Trinidad y
Tobago 40

Colombia 39

Brasil 22

Panamá 19

Nicaragua 13

Paraguay 12

Costa Rica 11.5

México 11.5

Washington 31

Nueva Orleans 95

Si esas son las cifras, ¿por qué reflejamos todos los días en nuestros diarios la imagen de un país donde la violencia ha alcanzado límites intolerables? ¿Por qué México es ejemplo mundial de inseguridad y de violencia?

¿Cómo conciliar las cifras verdaderas, relativamente bajas, con la versión espeluznante que estamos dando del país?

¿Qué estamos sumando mal para que el saldo homicida en nuestros medios sea terrible y en las cifras frías México tenga sólo la
mitad de los homicidios que tiene Brasil, la tercera parte de los que tiene Washington, la novena parte que Nueva Orleans?

¿Alguien ha oído hablar de Washington como una ciudad tres veces más peligrosa que el promedio de las ciudades mexicanas? ¿O de Nueva Orleans como una ciudad nueve veces más peligrosa?

¿Qué estamos haciendo? ¿Cómo hemos llegado a construir tal abismo entre la percepción pública y la realidad de la violencia en México?

Creo que esta es una respuesta que los comunicadores debemos responder honrada y profesionalmente. Porque algo estamos haciendo mal para caer tan lejos de la verdad sin estar diciendo mentiras.

*La encuesta de Brookings Institute, citada por Andrés Oppenheimer “La ola de violencia en México”, Reforma, 26/3/210