abril 06, 2010

La carta robada de Paulette

Carlos Marín
cmarin@milenio.com
El asalto a la razón
Milenio

El procurador mexiquense, Alberto Bazbaz, hace lo correcto al dejarse de hipótesis, interpretaciones, insinuaciones y resbaladizas “líneas de investigación” para centrarse en aguardar las conclusiones de los peritajes y lo que resuelvan científicos irreprochables respecto de la muerte de la pequeña Paulette.

Por lo que se tiene claro ya en esta deplorable nota roja plagada de misterios y aparentes absurdos, bien puede terminar como el cuento de Edgar Allan Poe, donde el perspicaz Dupin debe hallar “La carta robada” de las habitaciones reales por un supuesto ministro “ladrón”, cuyo contenido puede afectar a otro importante personaje; la mansión había sido revisada y vuelta a revisar, hasta que el detective, con simple sentido común, descubre el documento en un miserable tarjetero de cartón afiligranado, que pendía de una sucia cinta azul, sujeta a una perillita de bronce, colocada justamente sobre la repisa de la chimenea…

Nadie se sorprenda, pues, si Paulette se asfixió contra la base del colchón y su cuerpecito estuvo siempre donde se encontró.

Entre Dios y el infierno

Ricardo Pascoe Pierce
Especialista en análisis político
ricardopascoe@hotmail.com
Excélsior

Estamos frente a una institución en cuya raíz reside la esencia de su proyecto religioso y, también, la semilla de su destrucción.

El Papa Benedicto XVI prepara, junto con sus abogados, la defensa de su causa en contra de una demanda judicial interpuesta en su contra en un juzgado de Kentucky, EU. Según se sabe, la acusación establece que Ratzinger protegió conscientemente a un sacerdote pedófilo y permitió que siguiera practicando varios años como tal sin interferencia alguna. La parte acusadora demanda la presentación de oficios con los que se pretende establecer la veracidad de los hechos. El Vaticano ha negado los cargos y prepara su defensa. Mientras tanto, voces levantan señalamientos en el sentido de que el predecesor de Benedicto XVI, Juan Pablo II, también protegió y encubrió a sacerdotes pederastas.

En México, los legionarios de Cristo ya reniegan de su fundador, Marcial Maciel, para evitar un daño mayor a su orden. Pero lo conocido hasta ahora acerca de Maciel es que era pedófilo, homosexual y heterosexual, un ser polimorfo encubierto por una densa red de cómplices dentro y fuera de su orden y de la Iglesia. Sin duda sus muchos colaboradores cercanos encubrieron los hechos y, por ello, pueden ser considerados legalmente cómplices y podría, o debería, citarlos la ley a comparecer por los delitos que el caso implica.

Estamos frente a una institución en cuya raíz reside la esencia de su proyecto religioso y, también, la semilla de su destrucción. Para centralizar su poder, instauró, en el siglo XI, el celibato, por el cual quería asegurar que los sacerdotes no se apropiarían, para su usufructo y beneficio personal, de bienes donados a ella, además de que no podrían heredar esos bienes a su linaje. La forma que encontró para eso fue impedir que los sacerdotes tuviesen familiares. Así, el celibato tiene, en su origen, una raíz económica y política, mas no “religiosa”.

Entonces, ignorar la regla también es una decisión política: por el bien y la continuidad de la institución. Es así como la Iglesia católica se ha convertido en una institución atractiva y un reconocido refugio para los perversos sexuales, cuya única divisa es la lealtad a la integridad institucional, mas no a su ética, a cambio de la cual la Iglesia mantiene la secrecía de sus actos.

Así, de manera dialéctica e irónica, conforme la Iglesia más se acerca a Dios, más se encuentra en el infierno que ella ha construido. Sus prácticas internas la han orillado a ser, hoy, la burocracia más vieja en la Tierra (la china, aún más vieja, ha sufrido revolucionarias transformaciones y la vaticana ha tenido simples evoluciones) y con prácticas vetustas y anquilosadas. Hoy, la institución entera está comprometida en su integridad, honestidad y cabalidad. Va a ser muy difícil recuperar su reputación y que siga teniendo creyentes dispuestos a darle apoyo y credibilidad a una institución que falla tanto. Si tuviera la humildad de reconocer su crisis interna le iría mejor. Pero las voces que equiparan su crisis al Holocausto, sólo incentivan a la Iglesia a encontrar un atajo al infierno más cercano: su posible desaparición.

Entre sotanas

Federico Reyes Heroles
Reforma

Todo niño es símbolo de inocencia, de ingenuidad, de desconocimiento de los horrores de la vida. El abuso o peor aún la violación de un niño es una de las peores degradaciones del ser humano. El que abusa o viola a un menor padece de un severo trastorno, está enfermo, lo cual no justifica sus actos. La Iglesia Católica se encuentra hoy inmersa en un verdadero escándalo mundial y en un dilema ético sobre el cual todos debemos tener claridad.

Es la pederastia una depravación exclusiva de los medios religiosos, en particular de la Iglesia Católica. No es la respuesta. Se trata de una depravación universal que toca a países pobres y ricos, de todos los continentes y con culturas muy diversas. Sin embargo el actual desfile de horrores se ha presentado predominantemente en países desarrollados (Estados Unidos, Inglaterra, Alemania, Francia, Irlanda, Portugal, etcétera) o en vías de desarrollo como México. La pobreza no aparece como explicación. ¿Habrá pederastia en países pobres, en África? Por supuesto, pero parte de lo doloroso del caso es que el desarrollo, la educación, la información, no pudieron, ya no digamos suprimir, pero por lo menos controlar la incidencia. Son cientos de casos desde hace décadas.

Peor aún, el cristianismo es considerado una de las corrientes de pensamiento con mayores impactos civilizatorios. Todos los grandes tratadistas del pensamiento occidental como Arnold J. Toynbee o Norbert Elias, por citar a un par, atraviesan por el necesario registro del pensamiento cristiano. El efecto del cristianismo en la concepción de igualdad del ser humano y en las reivindicaciones de derechos innatos es innegable. Las confrontaciones que esa visión del mundo trajo en capítulos históricos tan complejos como la conquista siguen siendo apasionantes. De pronto es en el seno de la principal institución cristiana, por el número de sus seguidores, donde aparecen los casos de barbarie que hoy tienen al orbe conmocionado. Por cierto no soy creyente y por lo tanto no mantengo relación con ninguna iglesia.

Algunas personas han tratado de explicar ese horror, la pederastia, aludiendo al celibato como condición provocadora. Luis de la Barreda, el brillante jurista, ha argumentado sólida y limpiamente. El degenerado de Marcial Maciel tuvo varias esposas o lo que hayan sido y eso no frenó su depravación. De la Barreda nos da otro argumento, en Alemania, único país con seguimiento puntual de las denuncias por ese crimen, sólo el 0.04 por ciento de los casos involucra a curas (La Razón, 02-04-2010). Pero entonces, ¿cómo explicar la concentración de casos? Ahora sí comienza la tragedia. Pederastas ha habido y habrá. El problema es quién les da cobijo, quién los protege, quién oculta el horror por cuidar otros intereses. He allí la infamia mayor.

Ya no son uno o dos casos aislados, estamos frente a un encadenamiento de ocultamientos que va desde los niveles más bajos hasta la Santa Sede. No es que se hayan conocido unos a otros, que hubieran fraguado un complot no, es algo aún más grave. Estamos frente a una jerarquía de valores perfectamente estructurada y milenaria. No hubo una convención para ocultar o defender a los pederastas, no la necesitaron. Cada jerarca eclesiástico, ya sea en Boston o en Londres o Dublín o en Ciudad de México reaccionó con el mismo principio rector: primero va la iglesia, después el derecho de los estados y, finalmente, las víctimas. El eje del pensamiento es el más burdo corporativismo que pisotea los derechos individuales con la meta de protección del conglomerado y de conservación del poder. No es que se haya descubierto a 10, 20 o mil pederastas en una institución de millones. Es aún más grave, quedó desnuda una forma de leer la vida: primero va la iglesia, la corporación, el interés grupal y después la defensa del individuo, del ser humano.

El letargo en las reacciones del Vaticano y hasta del arzobispo primado de México exhibe el frío cálculo en defensa de la institución. Que nadie se llame a engaño, primero va su iglesia, van ellos, después vienen los demás, los seres humanos comunes y corrientes que fueron violados o sometidos a vejaciones e infamias, esos que podrían ser nuestros hermanos o hijos. Ése es el dilema que enfrentó Wojtyla y que resolvió a favor de la iglesia. Es el mismo que encara Ratzinger, la defensa de su corporación, de sus burocracias, de los ingresos de los que viven o una actitud de principios universales en los cuales la pederastia, por lo visto no sobra decirlo, no cabe.

No se trata entonces de una o muchas historias de depravación. Se trata en todo caso de una historia de ocultamiento institucional, como ocurrió con el Holocausto con Pío XII: supieron, lo sabían y lo ocultaron para proteger a su corporación. Entre las sotanas había algo más que un pene excitado, entre las sotanas hubo complicidad inhumana, hubo sometimiento de lo menor, el ser humano, frente lo mayor, la corporación autodesignada para redimir al hombre. Amén.