abril 18, 2010

Podríamos estar dentro de un agujero negro

Luis González de Alba
Se descubrió que...
Milenio

Cuando Einstein se cansó de oír propuestas descabelladas de la física cuántica, ideó con Podolsky y Rosen un experimento mental para demostrarles a Bohr, Heisenberg, Schrödinger et al. que algo en la nueva teoría fallaba de forma miserable porque atentaba, nada menos, que contra los principios de objetividad (objeto y observador son entidades distintas) y de causalidad (las causas preceden a los efectos y todo efecto tiene una causa). Se le conoce como paradoja EPR por las iniciales de los tres físicos. Propuesta en 1935, Alain Aspect demostró en 1984, en París, que la paradoja ocurría. Es hoy día base de la teleportación, la computación cuántica, todavía en pañales, y la superconductividad que se emplea en los gigantes imanes que aceleran protones en el LHC, del que ya vimos aquí maravillas.

Bien, pues con Nathan Rosen, Einstein propuso algo tan o más estrafalario que los contraintuitivos resultados de la cuántica: un objeto celeste denominado agujero de gusano o puente Einstein-Rosen. Y es aterrador.

Comencemos por un agujero negro. La gravitación, nos dijo Einstein en 1915, es una curvatura del espacio-tiempo; así fue demostrado por Eddington durante el eclipse solar de 1919: estrellas cubiertas por el disco solar eran visibles porque su luz se curvaba en torno al Sol. Al concentrar gravitación en un punto del espacio, por ejemplo al elevar muros de piedra que acaban por derrumbarse por su propio peso, como ocurrió a algunas catedrales góticas, se llega a un límite que, una vez rebasado, produce una curvatura en el espacio-tiempo tan pronunciada que nada tiene suficiente velocidad para escapar, ni la luz, máxima velocidad en el universo. El cálculo fue realizado, en las trincheras de la Primera Guerra Mundial, por un soldado alemán, Karl Schwarzschild, de ahí que el límite de no retorno de un agujero negro lleve su nombre.

La propuesta de Einstein y Rosen es que el “fondo” de un agujero negro conduce a otro conjunto de dimensiones. El “puente” lleva a otro universo matemáticamente posible. Bien, pues Nikodem Poplawski, físico teórico de la Universidad de Indiana, publica en Physics Letters B que un agujero negro es un colapso gravitatorio de materia, según la relatividad general, pero esta teoría no elige ninguna orientación de tiempo: una partícula de materia atrapada por el agujero negro cuando rebasa el límite de no retorno (horizonte de eventos, en términos más propios) puede, con todo derecho, describirse como la acción contraria: la explosión de un agujero blanco que lanza materia desde el horizonte de eventos.

Un agujero blanco se conecta a uno negro por un puente Einstein-Rosen, o agujero de gusano, y es la reversa del tiempo de un agujero negro. “De aquí se sigue que nuestro universo podría haberse formado desde el interior de un agujero negro previamente existente en otro universo”, dice, y se queda tan orondo. Una tina de baño llena de burbujas de jabón que estallan y crean otras… sería el universo total; el nuestro, una de las burbujas, por ahora en expansión.

Puede ser la respuesta al origen del Big Bang, que el papa Juan Pablo II pedía no andar husmeando porque Dios estaba en plena creación. Esto nos lleva a un universo de latidos, eterno, sin principio ni fin, sin Creador, en sucesión continua de contracciones y explosiones que aniquilan universos y producen otros nuevos… lo cual dice una buena amiga que está escrito en los Vedas, los libros sagrados de la India.

No lo sé. Por lo pronto está en “Radial motion into an Einstein-Rosen bridge,” Physics Letters B, por Nikodem J. Poplawski, 12 de abril de 2010.

Contacto: stjchap@indiana.edu

Hay niveles

ScienceNow tiene una sección de comentarios idéntica (en formato) a la de MILENIO, hasta los mismos botones. La diferencia está en el contenido. A krishnan le parece difícil imaginar que el universo saliera de la nada: “Si el universo es espacio-tiempo entonces antes de la creación del universo debió haber algo por fuera del espacio-tiempo”, si está fuera del espacio es individido, si está fuera del tiempo es eterno y sin cambio. El universo debió venir de algo individido, eterno y sin cambio. “Ninguna cantidad de experimentación física puede detectar eso”.

Responde J.L: Cirne-de-Castro: “Krishnan: antes del Big Bang, o antes de la creación del Universo, como tú dices, nadie sabe si hubo algo. Es difícil aceptar que no hubo nada. Pero es aún más difícil entender qué hubo. Probablemente Dios. Pero ¿no piensas que también es difícil entender a Dios? Estoy seguro de que no llegaremos allí por medio de la ciencia. Así que entendamos primero cómo fue el Big Bang”.

Hay otros desacuerdos, todos con razonamientos, no aparecen los equivalentes en inglés de los adjetivos: naco, imbécil, maricón, inepto, que tanto placen a lectores y lectoras, por cierto pocos, de quinto mundo. El primer mundo se nota en todo, hasta en los desacuerdos.

Cuba: el recurso del suicidio

Enrique Krauze
Reforma

En su libro Mea Cuba, recordatorio lúcido e implacable de todo lo que Cuba perdió cuando "llegó el Comandante y mandó a parar" (... a parar la libertad de expresión, de pensamiento, de creencia, de lectura, de asociación, de sindicalización, de elección, de iniciativa, de movimiento, de preferencia sexual), Guillermo Cabrera Infante recogió uno de sus ensayos más reveladores y tristes: "Entre la historia y la nada. Notas sobre una ideología del suicidio". Publicado originalmente en Vuelta, Cabrera demostraba cómo en la asfixiante atmósfera de ese "stalinismo con sol" impuesto por Castro, el suicidio se convirtió en la ultima ratio, el acto natural, el recurso racional, no sólo de protesta sino de expresión política.

La costumbre, como explicaba Cabrera, no era nueva en la historia cubana. Martí, impaciente, heroico, desesperado como tantos poetas románticos del siglo XIX, "arrancó ribera abajo, hasta las líneas españolas, donde cayó muerto del caballo al instante, sin siquiera haber sacado su revólver de la funda". Eddy Chibás, líder del opositor Partido Ortodoxo y célebre personaje de la radio a principios de los cincuenta, se había suicidado frente a los micrófonos como un acto de honor, un auténtico harakiri, porque no pudo sustentar debidamente el cargo de corrupción que había lanzado contra un funcionario del régimen. Atestiguando la escena se hallaba uno de sus partidarios más fervientes, un impetuoso estudiante de leyes llamado Fidel Castro. Muerto Chibás, Fidel entendió la ideología política del suicidio y propuso a sus compañeros llevar el cuerpo de Chibás a la Universidad de la Habana, para tirar al régimen con un golpe de desprestigio. Verosímilmente, el gesto, de haber ocurrido, le hubiera llevado al poder ocho años antes.

Gustavo Arcos, veterano del asalto al Cuartel Moncada y después preso político del castrismo por varias décadas, confesó a Cabrera: "Íbamos en realidad a nuestro destino y nos sentíamos como verdaderos kamikazes del Caribe". De Camilo Cienfuegos, el popularísimo héroe de la Revolución, "mano derecha de Fidel", Cabrera no descartaba la hipótesis del suicidio: "Palante y palante", le había dicho al piloto de su avión, a pesar de la tormenta que se avizoraba. En 1967, cuando Vargas Llosa (que había vivido en Bolivia) supo de la posición geográfica del Ché, comentó: "Está sin salida. Lo que ha hecho es un suicidio". Muchos años después, Regis Debray, compañero de la aquella última aventura, sostendría que el Ché no había ido a Bolivia "a ganar sino a morir". Haydée Santamaría, la hermana de Abel y novia de Boris Santa Coloma (héroes y mártires del Moncada), célebre directora de la Casa de las Américas, murió por propia mano, significativamente, el 26 de julio de 1980. No padecía tedium vitae, dice Cabrera, sino "tedium del poder". "El poder absoluto desilusiona absolutamente". Oswaldo Dorticós, primer presidente de la Cuba revolucionaria, hizo lo mismo. Cabrera Infante documentó muchos otros casos de cubanos que salieron por la puerta, no falsa sino fatal, del exilio sin retorno. Entre ellos Reynaldo Arenas, exiliado hasta de sí mismo, en el territorio ajeno e inhóspito de Estados Unidos.

En su clásico estudio El suicidio, Durkheim atribuye a la "Anomia" (literalmente "sin norma") el impulso de la autoinmolación. La "Anomia" se puede definir como "la falta de normas o incapacidad de la estructura social de proveer a ciertos individuos lo necesario para lograr sus metas". En el caso de muchos suicidas cubanos, tanto los del régimen castrista como sus opositores, cabe conjeturar que no era la falta de normas la que les impedía expresarse como personas sino lo contrario, el imperio total y totalitario de las normas, contrastado cruelmente con las promesas originales de una revolución que comenzó por vindicar a Martí y muy pronto adoptó los métodos de Lenin. Su "último aldabonazo" -frase de Chibás- debía ser un acto supremo de protesta: el suicidio.

Una nueva camada de cubanos ha tomado su sitio en la fila del suicidio. Orlando Zapata ha muerto, Guillermo Fariñas está dispuesto a morir. Y tras él, como ha declarado, vendrán otros más. Todos saben que en la era del Twitter, sus cancerberos (los hermanos Castro) no pueden controlar toda la información. La controlan aún de manera opresiva dentro de la isla (como cualquier visitante puede comprobar viendo la televisión o leyendo Granma) pero el mundo se ha enterado de lo que ocurre, y lo reprueba.

Ante esta situación, el Senado Mexicano dio hace unos días la más lamentable exhibición de ruindad. Rechazó la moción de conminar al gobierno cubano para que reconsidere su trato a los disidentes. "No debemos ser injerencistas", dijo algún priista. Como en los viejos tiempos, la maquinaria priista, acompañada de varios perredistas y panistas, impuso su voluntad. Es alentador que al menos un sector del PAN abandone la actitud oportunista y servil que a veces lo ha caracterizado frente a Castro. Pero más alentador es escuchar a protagonistas históricos de la izquierda como Graco Ramírez, María Rojo y David Jiménez hacer público (sin dejarse intimidar por los chantajes de sus ultras y sin utilizar los sofismas tradicionales) su repudio al régimen de Castro. Se atrevieron a defender, ante el poder totalitario y las teorías abstractas, a las personas concretas.

'Los impensables' por Paco Calderón