abril 21, 2010

Pluralismo y proporcionalidad

Lorenzo Córdova Vianello
Investigador y profesor de la UNAM
El Universal

En días recientes ha habido una andanada de artículos en periódicos y revistas que se han dedicado a sacrificar en el altar de las mayorías al principio de proporcionalidad como criterio de integración del Congreso y, con ello, abierta o veladamente, a la representación del pluralismo.

Bajo el argumento de que los partidos pequeños adquieren un peso desproporcionado respecto de su fuerza electoral, los críticos del sistema proporcional abogan por los méritos de contar con mayorías predefinidas y sostienen, en consecuencia, la pertinencia de todos los mecanismos que la induzcan (o que de plano la creen artificialmente), como el sistema electoral de mayoría relativa, la segunda vuelta, la cláusula de gobernabilidad y la eliminación de cualquier tope a la sobrerrepresentación. Todos, sin excepción, asumen la sobrerrepresentación como algo natural y sin duda deseable en las democracias, aunque ello sea a costa de algo que les resulta prescindible e intrascendente, que la pluralidad política esté representada.

Un argumento es que el actual sistema mixto de integración de las Cámaras provoca que los partidos pequeños sean indispensables para formar mayorías y que ello los sobredimensiona en su peso político. Así, se dice que, por ejemplo, el PVEM “con 7% de los votos tiene el mismo poder que el PAN con el 30%” (José Córdoba, Reforma, 11-04-2010). Más allá de la simplificación, si las matemáticas no fallan, toda reforma constitucional, sin excepción, con los números actuales de integración del Congreso requiere del apoyo del PAN, con lo que el argumento resulta ser falaz, porque este partido y el PVEM definitivamente “no tienen el mismo poder”.

Además, racionalmente, aún con un sistema de mayoría relativa puro, puede darse el caso que el partido mayoritario no cuente, con todo, con la mayoría requerida para tomar decisiones y, por ello, dependa de la alianza con otros partidos (incluso muy pequeños) para lograrlo.

En las democracias suele ocurrir que las mayorías tengan que construirse porque los electores con su voto no las generan a priori (incluso en el hoy santificado por muchos sistema de mayoría relativa). Pero de eso se trata precisamente la democracia, de que cuando los votos no las predeterminan, las mayorías se alcancen mediante los mecanismos de inclusión que le son típicos: la negociación, el consenso, el acuerdo político entre partes. Tal vez eso es lo que no les gusta a los detractores de la proporcionalidad y de la representación del pluralismo.

Una sociedad democrática no es sólo la que reconoce el pluralismo existente y permite expresarse a través de muchas formas de organización política, en primer lugar los partidos, sino la que contiene fórmulas para que esa diversidad ideológica y política se vea representada en los órganos de decisión colectiva, en primer lugar el parlamento. Y esa representación, para ser efectivamente representativa —y por ello democrática—, supone que refleje, en lo posible, el efectivo peso que tienen las fuerzas políticas con un mínimo de relevancia entre la sociedad. ¿Eso complica la capacidad de gobierno? Indudablemente. Pero nadie ha dicho que la democracia sea un régimen sencillo. La lógica de la democracia complica indudablemente la toma de decisiones. Pero, a cambio, su gran virtud es su intención incluyente del mayor número posible de ciudadanos y el procurar que las decisiones que se adoptan reflejen efectivamente la voluntad de la mayoría de ellos. Inclusión frente a exclusión, en ello se sincretiza el valor democrático.

Ello supone, evidentemente, que cuando los ciudadanos en las urnas no expresan una mayoría clara respecto de un partido político, esa mayoría tendrá que construirse en sede parlamentaria a través de acuerdos. Si somos congruentes con la lógica democrática es algo inevitable. Pero no sólo no es algo imposible, sino que es algo muy frecuente en muchas democracias. Va un ejemplo que sorprenderá a muchos: el de México desde el año 2000. En esta década, caracterizada por la falta de mayorías preconfiguradas, se han procesado el mayor número de reformas constitucionales para un periodo similar desde 1917 y algunas de ellas de trascendental relevancia, como la que constitucionalizó la transparencia en 2007 o la trascendental reforma electoral de ese mismo año.

Carta abierta a Marcelo Ebrard

Armando Román Zozaya
armando.roman@anahuac.mx
Investigador de la Facultad de Economía y Negocios Universidad Anáhuac
Excélsior

No olvide, jamás, que usted ganó las elecciones que lo tienen donde está.

Lic. Marcelo Ebrard Casaubón: Lo contacto para recordarle que, hace tiempo, cuando el señor Alejandro Martí lanzó el famoso “si no pueden, renuncien,” usted le tomó la palabra. Sin embargo, a pesar de que es evidente que no puede con el reto de la seguridad, usted no ha presentado su renuncia. Por supuesto, no esperaba menos; ya sé que no va a renunciar, ni por lo del caso Martí ni por nada. Sin embargo, quiero que sepa que, ante mí y ante muchos otros ciudadanos, ha quedado usted exhibido como un funcionario y un político incongruente e irresponsable. También está claro que usted no está a la altura para ser Presidente de nuestro México.

No es nada más el caso del joven Fernando Martí, el cual, por cierto, tuvo que ser resuelto por la autoridad federal —hay pruebas convincentes de que la “Lore” no hizo lo que su gobierno dice que hizo, señor Ebrard—, ya que el procurador Mancera se equivocó y o actuó con dolo. Tampoco es sólo el hecho de que usted se haya comprometido públicamente a renunciar si es que no podía con el tema de la seguridad. De lo que se trata también es de que, desde hace varios años, la Ciudad de México es un territorio sin ley en todos los sentidos. Ejemplos sobran: el reglamento vial no es respetado por nadie; hay talleres, negocios, etcétera, donde no deben estar; el comercio ambulante invade aceras, calles, avenidas; los robos, asaltos, violaciones, son pan de cada día; la corrupción en los verificentros, entre los agentes de tránsito, etcétera, es endémica; los secuestros y las extorsiones son cotidianos; los vagoneros del Metro han llegado para quedarse; las marchas y las manifestaciones violentan derechos de terceros, y hay un larguísimo, larguísimo, etcétera.

Entiendo que no todo es responsabilidad directa de usted pues para eso contamos con funcionarios de todos los niveles que están al servicio de la ciudad. Sin embargo, todo esto sí es atribuible, por lo menos indirectamente, a su persona: no olvide, jamás, que usted ganó las elecciones que lo tienen donde está y usted es el titular del poder ejecutivo de la ciudad, por lo que, junto con sus funcionarios más cercanos, le corresponde asegurarse de que las cosas marchen de acuerdo a la ley en el DF, cosa que no ocurre, ocurre a medias o, peor aún, ocurre mal, es decir, la ley es utilizada con fines políticos, como parece ser el caso, dicho sea de paso, con lo acontecido con la investigación del secuestro y la muerte de Fernando Martí: ustedes en el gobierno de la ciudad están viendo el asunto como una batalla política contra el gobierno federal. Y no, señor Ebrard, para eso no es la ley.

Finalmente, lo invito a que demuestre que me equivoco respecto a usted: ¡renuncie a su cargo! Igualmente, le pido, por favor, que no se defienda de lo que le imputo diciendo que en el gobierno federal y en otros estados de la República la impartición de justicia deja también mucho que desear pues eso no lo exime de cumplir con las responsabilidades que le corresponden. Se lo repito: si no puede —y es obvio que es así—, renuncie ya.

Gracias por su tiempo y atención,

Ciudadano Armando Román Zozaya

Perdón forzado

Sergio Aguayo Quezada
Reforma

La jerarquía católica mexicana no sabe manejar el maremoto de la pederastia clerical. Sus reacciones son lentas, confusas y contradictorias.

Empiezo reconociendo a la Conferencia del Episcopado Mexicano que, finalmente, pidió perdón en un comunicado de prensa del 13 de abril: "También nosotros, hoy como Pastores, queremos pedir perdón a aquellos que han sido víctimas de abusos por parte de sacerdotes deshonestos, que con sus abominables acciones han dañado a niños inocentes, traicionado su ministerio, ensuciado a la Institución y manchado la figura sacerdotal". El esfuerzo se nota forzado porque estas líneas aparecen hasta el octavo párrafo de un texto de dos páginas.

Lo endeble del arrepentimiento se muestra en dos párrafos colocados antes del perdón. Reconocen que en el "pasado se cometieron errores no actuando con prontitud", pero aclaran que "hoy ninguno de nosotros se prestará 'a hacer arreglos o componendas en perjuicio de la víctimas'". Luego agregan que no "nos opondremos a que las autoridades civiles intervengan y hagan cumplir la ley". Paso por alto el tono arrogante de quienes deciden cuándo acatar la ley para subrayar su intención de que se olvide lo sucedido para concentrarnos en el futuro. Difícil hacerlo por lo absurdo de sus supuestos y lo exorbitante de sus pretensiones.

En el mismo comunicado, pero antes del perdón, justifican lo que pasó ¡responsabilizando a la sociedad! "Los problemas de pederastia -dice el comunicado- se deben a varios factores". Ponen el acento en que la "sociedad ha tendido a ser muy liberal en ética sexual y se ha promovido la no prohibición, sino la tolerancia a todo desorden; ahora vemos las consecuencias. Ha faltado verdaderamente más educación sexual desde las familias y las escuelas, sin reducirla a una mera información genital, que a veces lleva a un libertinaje sexual". El obispo de San Cristóbal de Las Casas, Felipe Arizmendi, le añadió un sabor personal al argumento. Según una nota de Susana Moraga (Reforma, 16 de abril) el prelado considera que la "liberalidad sexual [...] ha disminuido las fuerzas morales con las que nosotros tratamos de educar a los jóvenes en los seminarios, porque ante tanta invasión de erotismo no es fácil, a veces, mantenerse fiel tanto en el celibato como en el respeto a los niños". ¿Su solución?, "toda la sociedad tiene que analizarse" porque el "problema de la pederastia clerical" es una "llamada de atención para toda la sociedad". Sólo faltó que pidiera que la sociedad en pleno implore el perdón de quienes fueron violados por su magisterio. ¡Los verdugos convertidos en víctimas!

El obispo Arizmendi también solicitó a la Secretaría de Educación Pública que reoriente la educación sexual en los libros de texto. Le sugiero al señor obispo que tenga paciencia. Antes que él están los millones de niños cuyo derecho a una educación razonable es quebrantado día con día por un Presidente decidido a seguir exhibiéndose como el siervo de quien lo puso en la Presidencia: Elba Esther Gordillo y el sindicato de maestros.

Este domingo, el vocero de la Arquidiócesis, Hugo Valdemar, aseguró que los "enemigos de la iglesia inflan los crímenes" (Reforma, 19 de abril). Esto lleva a un enigma: ¿cuántos abusos hubo en México? Se ignora la magnitud del problema porque un número indeterminado de víctimas se debaten entre buscar la incierta justicia en el país de la eterna impunidad o seguir viviendo en las mazmorras de la confusión y el enojo. Si a la jerarquía le importan las víctimas del pasado podrían animarlas a contar públicamente lo que sucedió. Benedicto XVI pareciera estarse moviendo en esa dirección. Me parece lamentable que en lugar de reconocer lo que pasó responsabilizan a los otros. Si ahora sabemos parte de la verdad es por la valentía de un puñado de víctimas, periodistas y sacerdotes que se rebelaron contra la conspiración de silencio ejemplificada por los abusos de Marcial Maciel que pueden costarle la "santidad" a su protector Juan Pablo II.

No me mueve, aclaro, el deseo de atacar a la Iglesia. Crecí católico y viví de cerca los claroscuros del Jalisco cristero; tengo familia cristera por las dos ramas. Padecí el fanatismo de quienes imponen sus prejuicios en el nombre de Dios, pero también viví el balsámico efecto de la espiritualidad. La salida, estimados obispos, es muy sencilla. La demostró en Sudáfrica, el arzobispo anglicano Desmond Tutu por medio de la Comisión de la Verdad y Reconciliación. No pidan perdón cuando evaden confrontar la verdad, eso no es serio.

La miscelánea

Dos sobre el Congreso. Me sumo a la petición de la Asociación Mexicana de Derecho a la Información a favor de la iniciativa de una nueva Ley Federal de Telecomunicaciones y Contenidos Audiovisuales. Ante la crisis de representatividad deberían escuchar las peticiones de la Asamblea Nacional Ciudadana cuyos voluntarios vienen al DF en un "aventón ciudadano" nacido en cuatro puntos de la República.

Brasil y México

Héctor Aguilar Camín
acamin@milenio.com
Día con día
Milenio

Brasil pasa por un momento mucho mejor que México, lleva una racha de triunfos notables, entre los cuales no haber perdido el crecimiento durante la última crisis, tener una empresa petrolera de clase mundial y una imagen envidiable de país emergente que ha pesado en la obtención de la sede del Campeonato Mundial de Futbol de 2014 y de las Olimpiadas en 2016.

A Brasil le sobra lo que a México le falta: futuro y glamour global. Mientras Brasil pasea sus medallas y sus logros, México muestra una cara de violencia incontrolable, una frontera incendiada, una economía débil que tardará años en recuperar su caída de 2009.

El veredicto es obvio, Brasil es un país que avanza mientras México, comparativamente, se queda atrás. Y sin embargo, las cifras no sólo no marcan una diferencia tan grande entre ambos países, sino que en muchos aspectos son favorables a México.

Véanse estas comparaciones publicadas en el sitio electrónico de CNNExpansión “Brasil contra México: ¿Quién gana?” (18/04/10)



Si Brasil está en camino a unas tasas altas de crecimiento sostenido, las comparaciones favorables a México pronto cederán su lugar a cifras muy favorables a Brasil. La historia de países que rompen las barreras del subdesarrollo muestra que en una década de crecimiento sostenido pueden darse saltos históricos.

Quizá Brasil está en ese camino y llegará a las Olimpiadas de 2016 vuelto la potencia emergente que todos auguran. Ojalá y así sea, será un motor de desarrollo virtuoso que cambiará la historia del Cono Sur y de América Latina. Pero por lo pronto, con las cifras en la mano, lo que se puede concluir es más preciso: algo están haciendo muy bien los brasileños en el ámbito político y diplomático para vender su país. Algo que nosotros simplemente no hacemos.

'Relaciones públicas' por Paco Calderón