abril 30, 2010

Un fracaso secular

Macario Schettino
schettino@eluniversal.com.mx
Twitter: @mschetti
Profesor de Humanidades del ITESM-CCM
El Universal

Federico Reyes Heroles, a quien aprecio y respeto, escribió este martes pasado, refiriéndose al régimen de la Revolución, que no todo fue oscuridad, que el autoritarismo puede ser eficiente. En un sentido trivial, tiene razón, nunca es todo oscuridad, y siempre hay forma de encontrar eficiencia. Pero fuera de esa interpretación simple, me parece que Reyes Heroles está equivocado.

Sostiene que “hace un siglo más del 90% de la población era analfabeta, la esperanza de vida era inferior a los 40 años, no había electricidad, ni carreteras, ni aeropuertos, ni escuelas a lo largo y ancho del país, tampoco hospitales, ni universidades, ni institutos de excelencia”. Cierto, como ocurría en todo el mundo. Es decir, Reyes Heroles hace una comparación que no tiene sentido: México consigo mismo, cien años antes.

Cierto que hoy hay muchas más personas que saben leer, como ocurre en cualquier país del mundo. Cierto que hoy mueren menos niños, y que los que sobreviven tienen una mayor longevidad, como ocurre en cualquier país del mundo. No fue regalo del régimen la educación universal ni los antibióticos: fueron regalo del siglo XX, que todos los países recibieron, en mayor o menor medida. Y nosotros no estamos entre los que más recibieron.

No importa cuál variable de desarrollo social seleccione usted (mortalidad infantil, esperanza de vida, analfabetismo, años de escolaridad, etc.) México no tiene un desempeño que se distinga del resto de América Latina. En muchos casos, incluso tenemos resultados significativamente menores. Y esto tiene una buena explicación: los gobiernos del régimen de la Revolución nunca tuvieron un gasto social significativo. Algo que sabemos desde hace décadas, por cierto.

Si en desarrollo social no hay éxitos que festejar, menos lo hay en materia económica en general. De 1910 a 1940 México tuvo un crecimiento de exactamente cero, en el ingreso por habitante. Después crecimos, claro, como cualquier país del mundo. Los 25 años del milagro económico mexicano son una gran farsa. Es cierto que crecimos a 3% anual por habitante, pero eso mismo creció el mundo entero: el crecimiento promedio anual del mundo es precisamente de 3% por habitante.

Decir que hoy estamos mejor, comparando con cifras de México a inicios del siglo XX, no tiene ningún sentido. La comparación correcta es considerando lo que el resto del mundo ha avanzado en ese mismo periodo, y es ahí en donde queda perfectamente claro que el siglo XX fue un fracaso rotundo.

Soportamos un sistema autoritario sin recibir nada a cambio, y lo peor es que, según indican las encuestas, estamos dispuestos a regresar a ello. De ese tamaño es el gran éxito del régimen: la educación como adoctrinamiento. Bien decía Calles: “Tenemos que apoderarnos de las mentes de los niños”. Lo lograron, y gracias a ello los mexicanos no sólo no se dan cuenta de la tragedia que fue el siglo XX, sino que añoran el cepo.

Porque en la construcción de un pueblo de súbditos sí fue eficiente el régimen, ahí no hay duda. Claro que para lograrlo nos ha dejado como resultado que dos terceras partes de nuestros jóvenes sean analfabetos funcionales, aún terminando la educación secundaria. Pero ese tipo de eficiencia no creo que merezca festejo alguno. Tan limitados estamos que algunos consideran una gran aportación del régimen que no hayamos sufrido dictaduras como las que asolaron Sudamérica en los 70: ¿qué no se ve que la sufrimos desde los 40?

No encuentro, y no creo que sea posible encontrar, ninguna evidencia de avance en México durante el siglo XX que soporte una comparación internacional. En 1911, este país era el más industrializado de América Latina, por mucho, pero desde 1960 ya no lo es. Si el ritmo de crecimiento de la economía que tuvimos en los primeros 10 años del siglo XX se hubiese mantenido, hoy tendríamos el doble de ingreso por habitante. Dos datos simples del tamaño de la catástrofe que significó el régimen de la Revolución, el fascismo mexicano, como lo calificó Jorge Cuesta en estas mismas páginas hace ya casi 80 años.

Pregunta Reyes Heroles “cómo explicar la evidente modernización de México sin aludir a los múltiples logros de la etapa autoritaria”. La modernización no es evidente, ni hay múltiples logros. Lo que hay es una economía de privilegiados, una democracia sin ciudadanos y una sociedad injusta. Lo mismo que, según los cuentos, fue la causa de la mítica Revolución. Cien años de confusión, es lo que tenemos.

El perverso sistema migratorio de EU

Andrés Oppenheimer
El Informe Oppenheimer
Reforma

Tras mi última columna criticando la xenofóbica ley de inmigración de Arizona, recibí una avalancha de comentarios de lectores estadounidenses. La mayoría criticaba furiosamente mi postura, pero algunos hicieron señalamientos interesantes que merecen una respuesta.

No voy a desperdiciar el tiempo respondiendo a los comentarios que reflejan prejuicios raciales (los pueden encontrar en www.herald.com, en la sección "comentarios" de mi columna en inglés).

En cambio, intentaré responder a algunas de las críticas más comunes planteadas por lectores aparentemente inteligentes y bien intencionados, cuyos argumentos no pueden ser desestimados como parte de la derecha lunática.

Denise, quien se caracteriza como "una anglosajona blanca que ha vivido en Miami toda la vida" y que no sabe "cuánto tiempo más podré seguir viviendo en la ciudad en la que crecí", afirma: "Yo ya pasé a formar parte de una minoría que es discriminada, y con frecuencia siento que vivo en un país extranjero, a causa de la enorme población de hispanos que insisten en hablar español".

"La pregunta que quiero formularle es: ¿Por qué es tan terrible que los ciudadanos estadounidenses simplemente les pidan a los inmigrantes que quieren vivir en Estados Unidos que lo hagan legalmente? ¿Y por qué deberíamos recompensar a los que transgredieron la ley y vinieron ilegalmente a nuestro país?", plantea. "Tal vez en su próximo artículo pueda responder a estas preguntas".

Bien, Denise, permítame intentarlo. Existen cuatro razones principales por las que no concuerdo con la premisa que está detrás de sus preguntas.

Primero, no habría nada malo en exigir que los inmigrantes entren legalmente a Estados Unidos, pero el problema es que no les está permitido hacerlo. Entran ilegalmente porque no pueden entrar legalmente.

Las actuales leyes inmigratorias datan de hace más de 20 años, cuando la demanda estadounidense de trabajadores no calificados y altamente calificados era mucho más pequeña que la actual.

El mercado laboral estadounidense demanda hasta 500 mil trabajadores no calificados por año, mientras que el actual sistema inmigratorio sólo autoriza 5 mil visas permanentes para esa categoría, según el Foro Nacional de Inmigración, una organización pro reforma inmigratoria en Washington.

"No hay una verdadera puerta de entrada legal al país para los trabajadores no calificados", me señaló Maurice Belanger, el director de información pública del Foro. "Si usted es un mexicano y quiere obtener una visa legal para trabajar como camarero en Estados Unidos, le demoraría más que su esperanza de vida".

Es un poco más fácil inmigrar legalmente si uno tiene un familiar cercano que es ciudadano estadounidense, pero no demasiado.

Según el Departamento de Estado, hay un retraso de 20 años en varias categorías de solicitud de visas familiares. El Gobierno recién está procesando solicitudes de 1992 de mexicanos que son hijos adultos de ciudadanos estadounidenses, y solicitudes de 1987 de filipinos que son hermanos y hermanas de ciudadanos estadounidenses.

"Mucha gente piensa que tenemos buenas leyes, y malas personas que las quebrantan", dice Frank Sharry, director de America's Voice, otro grupo pro reforma inmigratoria. "En realidad, tenemos malas leyes y en general buenas personas que no tienen posibilidades de entrar al país legalmente".

En segundo lugar, deportar a 10 millones de residentes indocumentados no sólo sería increíblemente costoso, sino también impracticable, a menos que queramos convertir a Estados Unidos en un Estado policíaco.

Por razones de seguridad nacional, y para evitar que los indocumentados se abstengan de reportar crímenes, o de rescatar a un accidentado en la calle, sería mucho mejor poder saber quiénes son, dónde viven y pedirles cumplir una serie de requisitos -incluyendo el aprendizaje del inglés y el pago de impuestos- para regularizar su estatus.

En tercer lugar, no me gusta usar la palabra "ilegales" como un sustantivo, porque es una palabra tendenciosa cuyo propósito es deshumanizar a gente que en su enorme mayoría son seres humanos buenos y trabajadores.

Es cierto que quebraron las leyes. Pero también lo hacen ciudadanos estadounidenses que cruzan una luz roja, causando un peligro potencial mucho mayor, y eso no debería convertirlos en seres humanos "ilegales".

En cuarto lugar, no creo que deba alarmarse demasiado por el hecho de que muchos inmigrantes hispanos no hablen inglés. Es posible que ellos no lo hablen, pero sus hijos sí lo harán. Y si sus hijos terminan siendo bilingües, tanto mejor: en una economía global cada vez más competitiva, Estados Unidos necesita urgentemente más gente bilingüe.

En conclusión, Denise, tenemos un sistema inmigratorio disfuncional.

En este momento, los empleadores estadounidenses están contratando a extranjeros indocumentados para las tareas que los estadounidenses no quieren cumplir, mientras el Gobierno no ofrece a esos inmigrantes ninguna posibilidad realista de obtener visas legales, y algunos estados -como Arizona- los están queriendo convertir en criminales.

Tal vez ambos estemos de acuerdo en que ese es un sistema perverso, que necesita ser reformado cuanto antes.

Yo también tuve un sueño

Francisco Martín Moreno
fmartinmoreno@yahoo.com
Excélsior

Soñé que los comerciantes dejaban de vender kilos de 800 gramos y los jueces impartían justicia sin abrir el cajón para recibir los sobornos y enajenar la ley al mejor postor.

Una de esas noches de luna inmóvil y viento mudo soñé que los maestros mexicanos decidían capacitarse profesionalmente porque de ellos dependía, en buena parte, el futuro de la nación. Soñé que los padres decidían arrebatarle al gobierno, un pésimo maestro según lo demuestra la realidad, la educación de todos nuestros hijos y proliferaban las escuelas privadas. Soñé que en el seno de las familias mexicanas dejaba de incubarse la corrupción: el padre ya no aplaudía al hijo por haber cometido un fraude al copiar en los exámenes y, al mismo tiempo, dejaba de sobornar a la policía de tránsito enfrente de los suyos. Nuestros niños crecían con un nuevo concepto de la ética inspirado en el respeto a la ley y a las buenas costumbres. En las escuelas mexicanas ya no se incubaba la mediocridad, sino que surgían ciudadanos convencidos de la importancia de la información académica.

Soñé que los sacerdotes católicos dejaban atrás el pernicioso celibato y se extinguían las desviaciones pederastas. Soñé que el clero publicaba sus ingresos y explicaba cómo los destinaba a la caridad. Se acababa el comercio espiritual. Soñé que ya no existía la evasión fiscal y la autoridad, por otro lado, aprendía a gastar de manera eficiente y honorable. México se desarrollaba a una velocidad meteórica. Soñé que los laboratorios ya no vendían medicamentos prohibidos por la Organización Mundial de la Salud, que los agricultores ya no traficaban con productos estimulados con fertilizantes cancerígenos ni los avicultores y los ganaderos hacían crecer a sus animales con hormonas. La buena salud era una realidad.

Soñé que los narcotraficantes dejaban de envenenar, por convicciones personales, a la juventud y a la sociedad, se extinguían los cárteles y se desplomaba el precio de la cocaína a menos de cinco pesos el kilo. Los consumidores se dirigían a centros de rehabilitación en busca de ayuda para liberarse de las adicciones. Soñé que los industriales se abstenían de descargar sustancias tóxicas en los ríos condenándolos a la extinción y acabando con toda posibilidad de vida humana y animal. Las playas mexicanas ya no resultaban contaminadas con diferentes desechos humanos, químicos y animales. Se podía nadar sin peligro a contraer infecciones en los ojos, en los oídos y en el estómago.

Soñé que las policías del país ya no estaban integradas por bandas de criminales, que los políticos escuchaban y convertían la voluntad popular en leyes, desaparecían los monopolios públicos y privados, se democratizaban los sindicatos oficiales liberándolos de sus secuestradores y se ejecutaban las tan ansiadas reformas estructurales.

Soñé que los comerciantes dejaban de vender kilos de 800 gramos y los jueces impartían justicia sin abrir el cajón para recibir los sobornos y enajenar la ley al mejor postor. Soñé que los cientos de miles de millones de dólares que, año tras año, mandaban a Asia nuestros socios en el Tratado de América del Norte, se invertían en México para crear empleos dignos y bien remunerados, con lo cual se acababa el interés por emigrar al norte del río Bravo y se apagaban millones de mechas encendidas, las de quienes estaban sepultados en la desesperación y en la miseria. Soñé que había una gran escuela de administración de empresas en donde se forjaban hombres de negocios capaces de crear millones de plazas de trabajo, con imaginación, coraje y audacia. Soñé que la mayoría necesaria para aprobar leyes en el Congreso de la Unión se reducía a 35% y, como por arte de magia, desaparecían la parálisis legislativa, la parálisis económica y la parálisis social. Las leyes se aprobaban sin mayores dificultades por el partido dominante. México volvía a respirar, México se revitalizaba, México crecía. Soñé que el periodismo amarillista dejaba de publicar, en sus primeras planas o en sus noticiarios más destacados, los dramáticos hechos de sangre que hablaban de un estado prerrevolucionario. Ya no escandalizábamos al mundo entero. No se trataba de vender más periódico, sino de cuidar a México. Se explotaba talentosamente el turismo. Soñé que algunos periodistas ya no se jactaban de haber entrevistado a criminales, envenenadores del pueblo, sino que daban las pistas necesarias para lograr su detención. Ya no era un orgullo profesional haber entrevistado a una rata inmunda ni lo anterior era aplaudido por la opinión pública: la ética y el amor a México se imponían.

Soñé que los constructores ya no colocaban alambrón, cobrándola como varilla de acero. Soñé que a través de una reforma política se reducía el mandato presidencial a cuatro años, con la posibilidad de reelección por otros tantos más, cuando la suerte nos llegara a premiar con la presencia de un auténtico estadista dotado de una clara visión del futuro. Soñé que los historiadores mercenarios de golpe dejaban de serlo y escribían crónicas reales, cercanas a la verdad revelada en sus investigaciones, sin recibir consigna alguna, de la misma manera en que los periodistas ya no aceptaban sobres llenos de billetes para confundir a la opinión pública, a la que se deseaba engañar ocultando una realidad inconfesable.

Soñé, soñé y soñé sin darme cuenta de que ya me había muerto…

La inapetencia de Obama y la indigestión hispana

Fran Ruiz
fran@cronica.com.mx
La aldea global
La Crónica de Hoy

La declaración de Barack Obama la hizo casi de manera casual, en una charla con los periodistas a bordo del “Air Force One”. Dijo este miércoles pasado que el Congreso puede carecer de “apetito” para acometer la reforma migratoria este año. Lo puede decir más alto, pero no más claro: la reforma migratoria no interesa a la clase política estadunidense; ni a los congresistas, que sólo tienen en mente a sus posibles votantes de cara a las elecciones legislativas de noviembre, ni al presidente, que vino a decirles a los periodistas que había quedado exhausto después de meses batallando por sacar adelante su reforma de la salud.

Con declaraciones que, efectivamente, denotan cansancio, Obama trató de explicar a los periodistas que telefoneó a varios senadores republicanos para pedirles su apoyo a la prometida reforma migratoria, pero que no logró nada. En otras palabras, que el presidente también está “inapetente”. Punto final.

La pasión y el entusiasmo que puso el presidente en defender un seguro médico para los millones de estadunidenses que no lo pueden pagar está brillando por su ausencia con otra de sus grandes promesas de campaña: la de una reforma que saque de la ilegalidad a más de doce millones de inmigrantes (en su gran mayoría mexicanos).

Obama olvida que la comunidad hispana fue decisiva en su triunfo en las elecciones de noviembre de 2008; que lo votó en masa porque el candidato demócrata pidió en campaña que confiaran en él, que él lucharía por integrarlos en ese nuevo Estados Unidos con el que muchos soñaron a la hora de depositar su voto en el candidato demócrata negro.

No es suficiente que Obama haya pensado en hispanos para importantes cargos en su administración y que incluso haya apostado para que un miembro de esa minoría sea admitido, por primera vez en la historia de EU, en el selectísimo club de jueces de la Corte Suprema, y con más mérito además si se trata de una mujer, la puertorriqueña Sonia Montemayor.

El presidente de EU sigue resistiéndose a cumplir la promesa mayor, la de presionar al Congreso para que saque adelante una ley que legalice a esa docena de millones de trabajadores ilegales y sus familias, aunque lo haga mostrando a los legisladores republicanos (y también algunos demócratas) que sin ellos la economía en muchos estados se hundiría y su clandestinidad sólo fomentan el mercado negro, el tráfico de personas, el fraude al fisco de las empresas que contratan indocumentados e incluso el esclavismo.

Peor que todo esto, sin embargo, es que la falta de una reforma migratoria que integre a los que ya están en EU (aunque para ello redoblen las medidas de control para frenar la entrada ilegal desde la frontera) es la que está fomentando la “cacería” al hispano, con arrestos arbitrarios (¡ay del que tenga rasgos latinos y sea detenido por la policía sin los documentos en regla!) y deportaciones masivas.

Hoy es Arizona el símbolo en estado puro del racismo y la intolerancia, mañana, quién sabe.