mayo 03, 2010

Estaca y puente

Denise Dresser
Reforma

Según la mitología y los cuentos para niños, los vampiros mueren cuando se les clava una estaca en el corazón. Y la legislación antiinmigrante en Arizona es precisamente eso: una estaca punzante, afilada y mortífera. Pero en lugar de matar a una criatura de la noche, la gobernadora Jan Brewer ha acabado con la posibilidad de una reforma migratoria integral en Estados Unidos en este año. Arizona ha clavado una estaca en el corazón de algo que debía vivir y que muchos consideramos imperativo: una reforma capaz de sacar a los inmigrantes mexicanos de las tinieblas y colocarlos en el camino a la ciudadanía plena. Pero esa criatura incipiente acaba de ser colocada en un ataúd y sólo revivirá cuando Barack Obama esté dispuesto a usar tanto su cabeza como su corazón para sacarla de allí, asumiendo un liderazgo firme en favor de la legalización. Pero por el momento probablemente no lo hará.

Primero, porque como dice el dicho, no debes interrumpir a tu enemigo cuando se está destruyendo a sí mismo. Y al perseguir a los inmigrantes como lo está haciendo, el Partido Republicano comienza a suicidarse políticamente, aunque no lo entienda. La demografía corre en su contra ya que Estados Unidos se está volviendo un país cada vez más hispano. Pero los republicanos han optado por atizar el enojo antiinmigrante de su base conservadora, como lo demuestra la retórica de Sarah Palin y los miembros del Tea Party Movement. En lugar de ampliar su coalición electoral, la están reduciendo. Como escribe el periodista Ron Brownstein en The National Journal, "el endurecimiento de los republicanos (en el tema migratorio) demuestra cómo el partido ha sido jalado hacia el 'nativismo' al mismo tiempo que su coalición se vuelve más monocromática".

Segundo, dado que Barack Obama entiende que el tema migratorio es divisorio y que al usarlo como lo están haciendo en Arizona, los republicanos juegan con fuego, el Presidente puede esperar y ver cómo se queman. Arizona -paradójicamente- es un gran regalo para el inquilino de la Casa Blanca. Él no quería empujar una reforma migratoria integral en este periodo y ahora no tendrá que hacerlo. Quienes argumentan que la ley aprobada será un "catalizador" y un "acicate" que obligará a Obama a actuar en favor de los inmigrantes no entienden cómo ha cambiado la dinámica política en los últimos días. Lo ocurrido en Arizona le permitirá a Obama y a los congresistas demócratas salir en defensa de los inmigrantes sin verse obligados a hacer algo -legislativamente hablando- por ellos. Obama dirá que está comprometido con el tema, montará una contra-ofensiva judicial, distintos legisladores presentarán iniciativas parciales en el Congreso, y el Partido Demócrata se pronunciará -de manera apasionada- en defensa de los derechos de los mexicanos en Estados Unidos. Todos ellos aprovecharán la oportunidad para denostar a los republicanos y exaltar a los mexicanos. Pero no instrumentarán una reforma ambiciosa en su favor. Arizona ha demostrado que ahora no conseguirían los votos republicanos necesarios para algo así.

Tercero, como lo dijo el propio Obama en una entrevista concedida la semana pasada, el Congreso estadounidense no tiene "apetito" para una reforma migratoria ahora. Al hablar así, Obama está reconociendo implícitamente que no va a empujar a los legisladores de su partido en este tema, en esta coyuntura. Él seguramente sabe que para que haya una reforma migratoria de gran calado deben ocurrir tres cosas: 1) la economía estadounidense tiene que recuperarse lo suficiente para que el desempleo baje a menos de 7 por ciento; 2) la población necesita sentir que Estados Unidos está en control de su frontera y que se han instrumentado medidas efectivas de seguridad allí; 3) será indispensable crear un sistema de empleo y verificación en el cual los trabajadores mexicanos estén sujetos a los mismos derechos y obligaciones que sus contrapartes estadounidenses. En pocas palabras, no habrá reforma migratoria hasta que -de manera conjunta- republicanos y demócratas resuelvan los temas de recuperación económica, seguridad fronteriza y legalización y verificación del empleo.

Mientras tanto, la estaca está allí, clavada en Arizona por la derecha del Partido Republicano que prefiere odiar mexicanos, antes que conseguir electores. Es una estaca que va a exacerbar las tensiones sociales y políticas que Arizona evidenció y removerla eventualmente será una tarea difícil pero indispensable para un Presidente descrito en la biografía magistral de David Remnick -The Bridge: The Life and Rise of Barack Obama- como "un intérprete que puede explicar un lado al otro". Un Presidente que representa la diversidad misma de la vida estadounidense: multi-racial, multi-lingual, inmigrante, caleidoscópica. Un hombre que para ser consistente con su discurso, con sus promesas de campaña y con su propia historia, deberá quitar la estaca de la división y usar ese pedazo de madera para iniciar la construcción de un puente, por el cual puedan caminar los inmigrantes mexicanos también.

Pues que vengan los empresarios de Arizona…

Luis González de Alba
La Calle
Milenio

La industria y la agricultura de Estados Unidos necesitan mano de obra que no tienen. México tiene mano de obra desocupada por su incapacidad de legislar para abrir las fuentes de trabajo necesarias; ambos países no están distantes 3 mil 500 kilómetros, sino unidos por una frontera de esa longitud. ¿No debería estar resuelto el problema en ambos lados de la frontera?

Los empresarios de Arizona se quedarán sin la mano de obra necesaria debido a una ley tan contraria a sus intereses, allá, como a los nuestros las leyes que urde acá el Congreso. Solución para el empresario: Me llevo mi industria al otro lado, a México. La ley racista perjudica así a Estados Unidos y beneficia a México.

Pero México se opone: puedes traerla, pero no si produce electricidad, tampoco si refina petróleo, ni te será fácil si es de telefonía o TV o radio porque son concesiones, mercedes que el gobierno mexicano otorga travestido de “nación”.

Lo peor que nos hizo la Revolución a los mexicanos fue transfundirnos una ideología que desde la primaria nos hace ver una desgracia en tener 3 mil 500 kilómetros de frontera con el mayor comprador del mundo.

Así que al inversionista de Arizona que venga para que la mano de obra no vaya, los trámites pueden llevarle años. La propiedad del terreno comprado no está garantizada con el pago y la escritura correspondientes porque siempre habrá una decena de personas que, por motivos inescrutables, tome el terreno, ponga un campamento y enormes mantas: ¡La tierra no se vende!

Cuando la compañía exija la intervención de las autoridades para hacer valer sus títulos de propiedad, éstas temblarán ante el Trauma de Tlatelolco y el Juicio de la Historia: ¿Y si en unos años me somete a juicio una Fiscalía Especial por haber golpeado épicos defensores de la tierra entre los que uno cayó muerto por bala que parece haber salido de sus amigos pero éstos sostienen que fue víctima de la represión? ¿Y sí…?

Superado de alguna forma el trance, el inversionista se encontrará con la sorpresa de que un piquete de huelga le cerró la obra en construcción y con permisos en regla, cuando apenas levantaba estructuras. El empresario no entiende: no son sus constructores, éstos exigen que los ajenos los dejen continuar la obra y eso basta para que sean declarados esquiroles por los desconocidos. Se le explica a la patronal venida de EU que la legislación mexicana defiende a los trabajadores aun contra su voluntad y los que trabajan para la compañía de Arizona deben recibir mejor salario y un hospital propio o algo así… El caso es que la huelga impuesta dure. Su trasfondo será motivo de análisis en diarios y especulaciones en la calle: Dicen que fue el alcalde… No, no, fue el diputado…

Repartidos algunos millones de dólares entre los líderes que ninguno de los trabajadores conocía, los huelguistas que nadie conocía quitan las banderas rojinegras que nadie votó poner. Pero la empresa debe contratar personal para abrir: los jóvenes que estudian y por eso desean un contrato por horas no pueden ser contratados porque la ley mexicana los protege de esa infamia; los recién graduados, tampoco, los que no saben hacer nada y desean entrar como aprendices con un salario bajo y un contrato temporal para ver si pueden con la chamba, también se topan con la justicia laboral mexicana.

La compañía de Arizona se entera, luego, de que los contratados llegarán a propuesta del sindicato y no por una evaluación de aptitudes a cargo de la empresa, que deberá despedir a quien el sindicato señale, que el contrato colectivo lo detentará un sindicato nacional cuyo dirigente máximo es senador de la República un sexenio y al otro es diputado… Y el patrón gringuito, exclama Yisus!, añade Yis-s Crráist!, luego Oh mai Gaad! Y decide quedarse en Arizona y ayudar indocumentados a colarse por la frontera.

Partidos y ciudadanos. Un entrevistador, novato y fuera de tema, me preguntó, con motivo del lanzamiento por Planeta de mi novela Olga, contrarrevolucionaria, si, ante el desastre de los partidos, no deberían los ciudadanos organizarse por fuera. Respondí que, una vez organizados, poco importa cómo llamen a eso, será un partido. Luego me preguntó qué hacer ante la pulverización de las organizaciones estudiantiles, dije que no le veía lo malo: son muchas porque las formas de pensar son variadas… Lo estaba diciendo cuando sentí que se me aparecía mi amigo Pepe Woldenberg, a quien le mando un abrazo.

Nuestro propio racismo

José Antonio Crespo
Horizonte político
Excélsior

Así como nuestro gobierno ha sido enfático al condenar las tendencias racistas y antimexicanas en Arizona, ojalá mostrara el mismo empeño en combatir el racismo en nuestro territorio. Y no sólo por el conocido mal trato que nuestras policías otorgan a migrantes que vienen de la frontera sur, sino por el que dan también a los mexicanos, sea por su origen humilde o por ser indígenas. Un racismo y un clasismo, legado del virreinato, que no han podido ser erradicados ni por la Independencia ni por la Reforma ni por la Revolución. Los mismos liberales veían en la población indígena un lastre para sus proyectos de desarrollo y modernización. Y no les daban un trato precisamente justo, promovían, en cambio, la inmigración de europeos como palanca de desarrollo, como contrapeso a “los excesos de los indios”. La población indígena, narra el historiador Moisés González Navarro, era buena “sólo para colonizar las cárceles”. Un hacendado de Chihuahua confesaba al historiador estadunidense L.B. Simpson: “La más grande calamidad que México ha sufrido fue el disparate de Estados Unidos al no ocupar todo el país en 1848. ¡Ustedes sí saben cómo tratar a los indios!” Eso, para no hablar del racismo ejercido contra otras razas, como la negra, y el pueblo chino. Guillermo Prieto, por ejemplo, pensaba que los negros “ruborizan por su fealdad al cerdo, a la tortuga y al burro”. Y el diputado Jesús Castañeda escribía: “El pueblo chino es el más antiguo del mundo y a su vez el menos civilizado... emplean la agudeza de su ingenio en inventar los medios más hábiles para adquirir la propiedad ajena”. Paradójicamente, no fue Juárez sino Maximiliano el gobernante del siglo XIX que más intentó hacer por indígenas y campesinos pobres. Esfuerzo que fue boicoteado por los burócratas y los funcionarios mexicanos a los que se encomendó la tarea de proteger e impulsar a los grupos más humildes.

En el actual discurso oficial, desde luego, no existe tal racismo, pero en los hechos lo vemos con demasiada frecuencia. Uno de los ejemplos más recientes fue el caso judicial construido contra las tres otomíes queretanas, Jacinta, Alberta y Teresa, que por fortuna han sido dejadas en libertad (las dos últimas, por un fallo de la Suprema Corte de Justicia). Lo cual suscita algunas reflexiones:

A) Por lo visto, hay quienes siguen pensando que los indígenas sólo sirven “para colonizar las cárceles”. B) La tesis oficial en que se sustentó su aprehensión y condena (por más de 20 años) fue que las tres mujeres secuestraron a seis agentes de la AFI. Con razón los cárteles de la droga desafían y se ríen de nuestras instituciones encargadas de la “seguridad”. C) Pero, en los hechos, se trató de una venganza hacia la comunidad queretana a la que pertenecen las tres mujeres, y que reaccionó a la arbitrariedad de esos agentes de la AFI contra sus pobladores. Los motivos y las formas en que se llevó el proceso a las tres otomíes son un ejemplo de racismo mexicano, ejercido institucionalmente. D) El problema no fue sólo de la AFI al cometer esa atrocidad, sino de la PGR, que compró el absurdo cuento del secuestro a manos de las tres mujeres y lo llevó a las últimas consecuencias, violando el proceso debido y los derechos humanos de las detenidas, y fabricando pruebas. E) Preocupante también fue que el juez que condenó a las mujeres haya querido quedar bien con la autoridad ejecutiva (por la razón que sea), violentando la autonomía que debe preservar el Poder Judicial. El Consejo de la Judicatura debe investigar al juez en cuestión, en el caso —no descabellado— de haber habido corrupción para emitir un fallo tan pleno de mezquindad, con claro sello clasista y racista.

F) Bien por la Suprema Corte, porque volvió a exhibirse el grado de putrefacción que prevalece en nuestro sistema de impartición de “justicia”. Para enmendarlo no basta con liberar a las tres víctimas —y ni siquiera una hipotética y más que merecida reparación por los daños y atropellos sufridos—, pues mientras no haya castigo para quienes perpetran tales injusticias (agentes, ministerios públicos y jueces), no habrá precedentes eficaces que hagan más costoso incurrir en ellas, en el futuro próximo. Se hizo, pues, sólo justicia a medias. Sin el justo castigo de quienes sembraron pruebas e inventaron testimonios, no hay prevención de futuras mezquindades como ésta.

G) Por fortuna, pese a la demagogia y el oportunismo del Partido Verde, no hay pena de muerte. Con este sistema de justicia, ¿cuántos inocentes irían a parar al cadalso?

Vamos a todas

Rafael Cardona
racarsa@hotmail.com
El cristalazo
La Crónica de Hoy

Me escribe un politólogo de mi confianza. Vive fuera de México y de cuando en cuando viene a este país. Se fue hace un par de días y como otros muchos está escandalizado por la legislación de Arizona. Como ya sabemos de cual ley hablamos, y los adjetivos implacables e invariables a ella impuestos de manera eterna e indeleble, no tiene caso definir más el asunto.

Pero la sorpresa de mi amigo no tiene relación con la ley misma, sino con la forma como los políticos mexicanos la utilizan para construirse una plataforma efímera y oportunista; enrollarse en el paño tricolor y perorar sentenciosos en espera del mármol donde sus ideas queden grabadas para la eternidad.

—Estos tipos —me dice escandalizado—, hablan de todo a la menor provocación y hasta sin ella.

Y yo le digo, es parte de la cultura nacional. La tradición del “pronunciamiento” aunque se despliegue y desarrolle con mala pronunciación. Como sabemos los notables mexicanos viven de manera oscilante entre el “pronunciamiento” y el “deslinde”.

Si en algo les conviene meterse, emiten sentenciosos y cariacontecidos, un pronunciamiento. Mientras más vago, rimbombante, oratorio, ditirámbico y barroco sea, mejor. No importa la estatura del declarante o del pronunciador. Y si algo no les place, entonces se deslindan huidizos.

Cosas como esta, por ejemplo, son piezas maravillosas en el catálogo:

“La criminalización de los migrantes (Porfirio Muñoz Ledo en El Universal) va a contrapelo de los avances mundiales en este campo. Abre la vía para que las autoridades locales asuman, al margen de toda responsabilidad, competencias migratorias que por definición son nacionales. Desata un nativismo histérico” contrario a la globalización y promueve el delito de xenofobia por la persecución fundada en identificación étnica.

“Debiéramos sumarnos por entero a la lucha de nuestros compatriotas por su dignidad. Hemos propuesto que desde la Constitución quede estipulado que la nación mexicana trasciende sus fronteras territoriales, así como la obligación de proteger a los mexicanos en el extranjero. Tendríamos que consagrar cuanto antes el derecho universal a votar en elecciones nacionales para nuestros compatriotas del exterior y a ser votados en el marco de una sexta circunscripción”.

Confieso mi lerdez, pero no hallo por dónde el derecho al voto (para elecciones mexicanas, obviamente) de los paisanos radicados así sea temporalmente en Estados Unidos va a abatir la monstruosa ley por la cual ser prieto, panzón y chaparro es un delito de lesa humanidad. Nomás no le entiendo.

Pero tampoco entiendo al presidente Felipe Calderón, quien desde Alemania y junto a Ángela Merkel, nos informa cómo ha emitido una alerta con los riesgos para quienes quisieran ir a ese sitio tan nefasto y la solicitud para abstenerse de hacer viajes más allá de lo indispensable, para no sufrir vejaciones, esas sí dispensables.

“Subrayamos la necesidad de que se actúe con precaución, se omita en lo posible la realización de viajes innecesarios hacia ese estado… para que los connacionales conozcan los alcances de la legislación y eviten sufrir un trato discriminatorio y de vejación”.

Pero de esto hablan todos aquí sin darse cuenta de dónde está la verdadera voz importante. Allá.

Felipe Calderón estará pronto en Washington con Obama para una cena a la cual fue invitado por la presión de la violencia fronteriza por causa del narcotráfico. Los asuntos migratorios no eran tema de la reunión cuando más los habrían tocado, con la vieja agenda, quizá en los postres.

Hoy se tiene una oportunidad para hablar no de la ley sino de la migración, tema al cual rehuyen todos los políticos americanos cuando no hay elecciones.

Los simplones de la aritmética dicen: el voto latino (¿habrán votado muchos italianos?) le dio el triunfo a Obama. Otros pueden decir con la misma certeza, el voto negro le dio la victoria a Obama. Y los capitalistas dirían, nuestro dinero le dio la ganancia. Y el gringo medio también se colgará el mérito.

Pero la verdad es simple: a los mexicanos y los demás sureños, siempre nos han tratado con la bota o peor.

Cuando el presidente de México quiera cambiar los temas de la cena, le dirán, bueno, bueno, pero vamos a cosas más serias, como el “Plan México”; el control militar de la frontera y las fuerzas binacionales. No perdamos el tiempo hablando en Washington. D.C., de cosas relativas a Phoenix, Arizona.

TREGUA.

De acuerdo con los ordenamientos del IFE, en los estados donde hay elecciones debe haber una supresión de la propaganda oficial.

Eso impide muchas cosas, pero permite otras. Por ejemplo: “durante la emisión radiofónica denominada La Hora Nacional deberá suprimirse toda alusión a propaganda de poderes públicos o de cualquier ente público. Asimismo, no podrán difundirse en dicho espacio slogans o cualquier otro tipo de referencias al gobierno federal o a algún otro gobierno, ni difundirse elementos de propaganda personalizada de servidor público alguno”.

—¿Ni siquiera cuando se habla de la Selección Nacional y el jugador número doce? Pregunto, no hago otra cosa.