junio 15, 2010

La “historia secreta” de cómo “Ponchito” apareció en televisa

Carlos Loret de Mola
Historias de un reportero
El Universal

Una jarra de agua de lima yucateca y un vino tinto español, en sendas comidas, terminaron por sellar un acuerdo de amigos: Ponchito aparecería en el Canal de las Estrellas de Televisa en el programa Primero Mundial de la Copa futbolera Sudáfrica 2010.

El plan tiene dos años: durante los Olímpicos de Beijing, nos pidieron –a Víctor Trujillo, en su personaje de Brozo, y a este reportero– que arrancáramos a la brevedad posible una emisión sabatina y dominical del programa Primero Beijing que ya se transmitía de lunes a viernes. ¿Y si traemos a Ponchito? La idea surgió de una junta en la que también participó el productor de la emisión, Rafael Bustillos.
Andrés Bustamante, el genio detrás del despeinado de camisa floreada que se ostenta como dueño del consorcio de comunicación que lleva su nombre, accedió de inmediato, generoso como siempre, a la invitación de sus tres amigos. Pero no se pudo. Duelos, celos, contratos y amagos se interpusieron. En los cuatro quedó la deuda.

Casi dos años más tarde –en los que hubo llamadas, coincidencias, abrazos a propósito de una amistad más allá de la “chamba”– la travesura volvió a surgir. Unas llamadas para concretar un par de vastas comidas fue todo lo que hizo falta: Andrés Bustamante, vuelto Ponchito, visitaría el estudio de sus cuates en Primero Mundial. Ni un peso de por medio. Ni una firma. Ni un contrato. Ninguna historia oscura ni secreta detrás. Andrés Bustamante no está en Televisa. No forma parte de la cobertura de la empresa con motivo del Mundial –una mala interpretación y una dosis de mala leche al respecto estuvieron por descarrilar por segunda ocasión el arreglo amistoso–, sino que fue invitado de manera especial a ir a una emisión y asistió. Sucedió ayer y fue la nota más leída en el portal de EL UNIVERSAL.

A este reportero le tocó atestiguar el momento televisivo histórico, rebasado por la emoción de un admirador –un fan más– desde hace años de Brozo y Ponchito. La generosidad de Andrés permitió un acuerdo así: el hombre podía negociar a los más altos niveles corporativos por sumas inexploradas y optó por aparecer “de cuates” y constatar que su dimensión permanece intocada más allá de sus largas temporadas fuera de la pantalla. Eso habla del tamaño del personaje. Y del tamaño de otro, también: Víctor, quien lejos de intimidarse o aterrarse le cedió el escenario, los reflectores, conjugándose con él mejor aún que en esos que suelen llamarse “mejores tiempos” como si el presente no fuera superior.

Este reportero descubrió que un genio cuando no le teme a otro sino que lo hermana se muestra aún más grande y es capaz de crear lo que por separado no se podría. Gracias a Ponchito y Brozo por permitirme estar ahí para dar cuenta.

SACIAMORBOS

Nos aclaran que Peñoles, no AHMSA, obsequió al Napito su carta de “trabajador minero” que le permitió heredar el liderazgo sindical.

Oaxaca: volver al pasado

María Amparo Casar
Reforma

México es un país de diversidades y contrastes. Coexisten empresas de clase mundial con empresas terriblemente improductivas; complejos agroindustriales con productores de autoconsumo; polos de desarrollo acelerado y zonas muy deprimidas; los hombres más ricos del mundo y los más miserables.

Oaxaca es uno de los estados más atrasados y concentra una de las poblaciones más pobres. Ocupa el sitio 31 en el índice de desarrollo humano y en PIB per cápita; es el tercer estado con más pobreza (el 38% de su población vive en pobreza alimentaria); tiene el segundo peor promedio de escolaridad, ocupa el último lugar en el resultado PISA y el último en porcentaje de su fuerza laboral con educación superior; es la entidad federativa que menos recauda con respecto a sus ingresos totales y el último en los índices de competitividad de IMCO y a-regional.

Lo mismo ocurre en la política. No tenemos índices de democracia estatal tan conocidos y precisos como los económicos pero a la luz de lo que se ha visto durante los últimos dos gobiernos estatales, Oaxaca parece refractario a todo avance democrático. Es una de esas islas intocadas por la democracia a pesar de que ya hace seis años la oposición estuvo a punto de ganar la gubernatura.

Prácticamente todos los conceptos que hace 20 años usábamos para caracterizar al sistema político mexicano siguen vigentes si nuestro universo de estudio es Oaxaca: sistema de partido hegemónico, carro completo, partido de gobierno, dedazo, caciquismo, autoritarismo y sobre todo elección de estado.

Hace años se acuñó el concepto de elección de estado para calificar las elecciones en México, las federales y las estatales. El concepto cayó en desuso en el nivel federal porque los instrumentos que la hacían posible desaparecieron y en su lugar surgieron instituciones que la hacían impracticable: autoridades electorales independientes y autónomas, medios de comunicación plurales, control sobre los gastos de campaña, una distribución del poder político que ejercía contrapesos al partido en el poder, vigilancia y fiscalización sobre el gasto gubernamental, restricción a la actuación político-electoral de los funcionarios.

Todos estos candados creados por la democracia mexicana no operan en el caso de Oaxaca. Los excesos del gobernador no tienen límite. El trípode estado-partido-gobierno que definió al sistema político mexicano sigue en pie en el estado de Oaxaca. La maquinaria del gobierno del estado puesta al servicio del proceso electoral con dos objetivos principales: ganar las elecciones y comprar impunidad.

Vaya como botón de muestra el llamado programa de Unidades Móviles para el Desarrollo concebido como programa de gobierno y utilizado como brazo operativo de la estrategia electoral del gobernador. Un programa financiado con recursos estatales que proporciona lo mismo despensas que servicios de registro civil, atención médica que asesoría en asuntos agrarios. Un programa que desde que comenzaron las campañas se ocupa de tareas de difusión, propaganda y promoción del candidato oficial.

Pero la inequidad electoral no se reduce a la utilización ilegal de recursos públicos. Para apuntalarla está la captura de las instituciones electorales y de los tribunales, el control sobre el órgano de transparencia y sobre la auditoría estatal, el carro completo que dejaron las elecciones del 2007, el control del sistema estatal de radio y televisión. También la compra del voto, la extorsión a los candidatos de oposición, la contratación a modo de la empresa encargada de imprimir boletas, la intentona de imponer a funcionarios de casilla sin previa insaculación, el decomiso de periódicos adversos al candidato oficial, la prohibición de observadores internacionales o la exigencia a las casas encuestadoras para que entreguen sus estados financieros.

Con todo y para fortuna de la democracia, Oaxaca sigue siendo un territorio en disputa. La mayor parte de las encuestas sitúan a Gabino Cué empatado o con una ligera ventaja sobre el candidato del gobierno. Ahora que, de ganar, tendrá el reto de hacer gobernable un estado que no lo es; la responsabilidad de demostrar que valió la pena que el electorado oaxaqueño se sobrepusiera al miedo a votar por la alternancia, a superar el abstencionismo del 60%. Tendrá encima el compromiso adquirido de desterrar durante su gobierno las prácticas que han hecho del autoritarismo oaxaqueño una de las vergüenzas nacionales. Lo digo porque, a decir verdad, los partidos de oposición no han destacado por ejercer el poder de manera sustancialmente distinta a sus colegas del PRI.

Sobre la violencia

Héctor Aguilar Camín
acamin@milenio.com
Día con día
Milenio

Es posible que la muerte haya creado su propio espacio de saña y violencia en el paisaje social de México, un espacio irreductible a acciones o explicaciones convencionales, un espacio que linda con la metafísica del mal. El increíble saldo rojo de los últimos días parecería apuntar en ese rumbo.

He incurrido ya en esta sospecha a propósito de Ciudad Juárez, la ciudad más mortífera del mundo, en una crónica recientemente publicada (Nexos, junio 2010). Me pregunto si no hay que extenderla a algunas otras zonas frágiles del país, como Michoacán.

No he leído en ese sentido nada tan radical como la reflexión de Charles Bowden, autor prolífico y testigo extraordinario de la violencia juarense, cuyo último libro sobre esa ciudad acaba de salir en inglés y publicará en México Random House Mondadori: Murder City. Ciudad Juárez and the Global Economy New Killing Fields (“Ciudad homicidio. Juárez y los nuevos campos de exterminio global”). En las páginas de Murder City pueden leerse los siguientes pasajes:

Por años la gente ha buscado una explicación a la violencia de Juárez. Los cárteles son una explicación a la mano. Los asesinos seriales ayudan a explicar las mujeres muertas. También puede echarse mano de los cientos de pandillas callejeras. Y de la pobreza masiva, de las familias sin arraigo que migran del sur, de los policías corruptos, de los gobiernos corruptos, etc.

Insistimos en que el poder debe reemplazar al poder, que las estructuras reemplazan estructuras previas. E insistimos en que el poder existe como jerarquía, que hay un arriba donde vive el jefe y un abajo donde la presa se derrite de miedo ante el jefe [...].

Tratemos por un momento de imaginar algo más, no una nueva estructura sino más bien un nuevo patrón, que no tiene arriba ni abajo, ni centro ni orilla, ni jefe ni siervo obediente. Pensemos en algo como un océano, un asunto fluido sin rey ni corte, jefe ni cártel [...].

Suspendamos todas las formas normales de pensar. La violencia cruza Juárez como un viento que no cesa y nosotros insistimos en que es una batalla entre cárteles, o entre el Estado y los narcos, o entre el ejército y las fuerzas oscuras.

Pero consideremos esta posibilidad: la violencia está hoy imbricada en el tejido mismo de la comunidad y no tiene una causa única ni un botón que la enciende y la apaga. La violencia no es ya parte de la vida, es la vida misma...

Ixtli Martínez

Javier Corral Jurado
Diputado Federal del PAN
El Universal

La periodista Ixtli Martínez, corresponsal de MVS Noticias en Oaxaca, fue herida de bala la semana pasada en las instalaciones de la Facultad de Derecho de la Universidad Autónoma Benito Juárez de Oaxaca, mientras cubría una gresca estudiantil. Se trata de un grave suceso de la violencia porril que una y otra vez hace su presencia en esta entidad dentro de la violencia política que de insólita se ha vuelto cotidiana.

El escenario que rodea a este hecho es el ambiente de impunidad en diversas regiones y sectores oaxaqueños, alentado por el propio gobierno estatal, que no tiene reparo en utilizar al Ministerio Público para persecuciones político-electorales o para proteger, literalmente, a sus bandas de porros. El fin de semana se produjeron por lo menos tres hechos violentos protagonizados por porros del PRI en Huajuapan, Loxicha y Acatlán de Pérez Figueroa, en torno de la repartidera de despensas que ya trae por toda la entidad el PRI y su coordinador de campaña Ulises Ruiz, en donde jamás quiso intervenir un solo agente del Ministerio Público. Ellos no intervienen “en esos casos”.

Diversos asuntos y varias zonas de este estado han sido declaradas oficialmente impunes. La procuradora al mismo tiempo que declara su fracaso para proteger la vida y la integridad de las mujeres y los niños de San Juan Copala, acechados por los grupos armados que se disputan el control municipal, es capaz de formalizar la inacción ministerial al declarar que en esa región triqui el gobierno de Ruiz no se hace cargo de la seguridad pública y declara que no hay condiciones para el libre tránsito de las personas.

Aun cuando ya está detenido un presunto responsable del atentado a Ixtli Martínez, el caso debe ser investigado con mayor cuidado, pues es muy probable que por salir al paso de lo que se veía venir como una gran presión del gremio periodístico, se haya generado una detención fácil.

Llamé la atención del asunto desde el primer momento porque me parece muy grave y delicada la intención original y apresurada de hacer creer a la población que se trata de una bala perdida dentro de una trifulca estudiantil en la que la reportera ha jugado el riesgo de su profesión intrépida. La contundente declaración de la propia periodista sobre la forma en que fue baleada exige la intervención y el seguimiento puntual de los organismos de derechos humanos del país, y de las organizaciones que defienden el trabajo de los periodistas y el ejercicio de la libertad de expresión. El trabajo periodístico que ella y su esposo Virgilio Sánchez, corresponsal del periódico Reforma han venido realizando en torno de la violencia en la zona triqui y los reportajes sobre el ilegal como inmoral uso de recursos públicos del gobierno de Ulises Ruiz a favor de Eviel Pérez Magaña, así como de los asesinos que lo acompañan, son hechos informativos que constituyen un contexto que la autoridad no puede eludir en su investigación.

En los últimos meses han sido agredidos de bala dos periodistas, y en la emboscada a la caravana internacional, perpetrada por un grupo de encapuchados en las inmediaciones de la comunidad triqui de San Juan Copala, la tarde del 27 de abril pasado, en la que murieron Beatriz Alberta Cariño Trujillo, de la Red de Radios Comunitarias del Sureste Mexicano, y Tyri Antero Jaakkola, observador internacional finlandés, y en la que también resultaron heridos Érika Ramírez y David Cilia, periodistas de la revista Contralínea. Estos hechos deben preocupar al periodismo libre y libertario, más allá del momento político electoral, tenso y complicado que vive el estado de Oaxaca.

Atentar contra cualquier persona como se hizo la semana pasada en contra de Ixtli Martínez es un hecho condenable, y lo es más porque se trata de una periodista. Cuando se atenta contra un periodista no sólo se vulnera la integridad física de una persona, sino se atenta contra la libertad de expresión, la libertad de prensa y el derecho a la información. Se vulneran muchos bienes de suma importancia para la democracia y la convivencia social.

Con el Ministerio Público que se desempeña en Oaxaca todo debe ser revisado dos veces.