junio 30, 2010

Paco Calderón

Vocación democrática

Lorenzo Córdova Vianello
Investigador y profesor de la UNAM
El Universal

El asesinato de Rodolfo Torre, aventajado candidato del PRI a la gubernatura de Tamaulipas, representa, además del drama personal que supone, la constatación de un urgente replanteamiento del las políticas de seguridad pública, y, a la par, la enésima puesta a prueba de la vocación democrática de la sociedad y de los actores políticos, así como de su compromiso con la legalidad y con los derechos.

Por un lado, demuestra que la lógica unidimensional de combate al crimen organizado, que ha venido inspirado la actuación del gobierno federal, y que neciamente es defendida por éste, está condenada (como desde sus inicios) al fracaso. Es urgente entender que el único modo eficaz de enfrentar a la criminalidad es asumiendo que se trata de un fenómeno multifactorial y que tiene diversas expresiones: criminal —por supuesto—, económica, social, política, cultural y hasta religiosa. Por ello la forma de poder confrontarla con posibilidades de éxito es atacándola en diversos planos y diversificando las estrategias, no viéndola como algo que puede combatirse sólo con la fuerza.

Ayer, en su discurso televisivo, el Presidente hablaba de la necesidad del diálogo y de la unidad para enfrentar el fenómeno criminal. Tiene razón, pero me temo que lo que entiende por unidad es cerrar filas en torno a su fallida estrategia de seguridad pública. Así lo revela la tal vez inconsciente afirmación en su mensaje en el sentido de que: “Frente al desafío que hoy nos plantea la delincuencia organizada, no hay margen para pretender dividendos políticos. Éste es un reto donde sólo cabe la unidad y la corresponsabilidad de los mexicanos. Éste es un desafío que mi gobierno no ha evadido y, por el contrario, lo ha enfrentado con toda determinación, pero que requiere el apoyo de los ciudadanos y la colaboración franca y sin titubeos de las fuerzas políticas y sociales del país.”

Cerrar filas entendiendo que el fenómeno criminal es transversal a todas las fuerzas políticas y que su combate requiere de la condena y colaboración de todos los actores políticos y sociales es algo indispensable. Pero que ello tenga que hacerse en torno a una estrategia que apuesta por la fuerza, la militarización y el desprecio a los derechos y a sus instituciones de garantía, como lo evidencia la grosera consideración de “tontos útiles” de la delincuencia con la que el secretario de Gobernación parece confundir la actuación de los ombudsman, es otra cosa. En una democracia el combate al crimen sólo puede fundarse en un compromiso irrestricto e incondicional con el respeto de los derechos.

Por otro lado, como lo recordaba ayer en estas páginas Pedro Salazar, el desafío que hoy lanza a la democracia y a sus instituciones el crimen organizado requiere una respuesta racional y no instintiva que refrende la vocación democrática de nuestra sociedad. No es un problema sólo de las fuerzas políticas, sino también de los ciudadanos que debemos rechazar la lógica y las dinámicas que pretende imponer el crimen. En 1994, cuando la violencia —otro tipo de violencia, pero igualmente disruptiva— se instaló entre nosotros, la respuesta de la sociedad fue acudir masivamente a las urnas. Ese año se dio la mayor participación electoral de nuestra historia democrática: casi el 80% de los ciudadanos votaron y con ello hicieron patente su respaldo a la vía democrática como la ruta pacífica por excelencia para resolver las diferencias políticas.

Hoy el dilema también tiene que asumirse de la misma manera, una participación alta en las próximas elecciones también supone una manera en la que la sociedad puede refrendar su apuesta por la democracia y la mejor manera para demostrarse refractaria a asumir la excepcionalidad como parte de la normalidad.

El asesinato de Rodolfo Torre es un atentado a la convivencia democrática y la respuesta de todos tiene que ser firme y comprometida. Votar no significa avalar una situación en donde la falta de autonomía de muchas autoridades electorales ha sido exhibida, en donde la intervención de los gobernadores —los nuevos señores feudales— ha sido la constante y en donde la pequeñez de las fuerzas políticas ha campeado. Esos son problemas de los que tendremos que encargarnos. Pero votar hoy significa, más que nunca, refrendar nuestra vocación democrática.

Se agotó

Sergio Aguayo Quezada
Reforma

El asesinato de Rodolfo Torre Cantú en Tamaulipas confirma una vez más que el principal logro de la transición y la democracia electoral se agotó. ¿Y ahora qué?

La democracia es rigurosa. Para funcionar apropiadamente requiere de un mínimo de seguridad económica y física. Hace 10 años hubo alternancia en la Presidencia y seguimos siendo un país de pobres y multimillonarios, mientras que la violencia obnubila el entendimiento. A Torre Cantú lo ejecutaron ¿por lo que había hecho o por lo que quería hacer? Nunca lo sabremos. En lugar de certidumbres nos abrumarán con versiones encontradas que serán los tabiques para edificar la capilla a la Santa Impunidad, hermanastra de la Santa Muerte.

En el 2000 creíamos que llegábamos al Olimpo de las elecciones confiables, en el 2006 nos desengañamos y en el 2010 observamos azorados cómo los comicios son controlados por unos cuantos. No nos engañemos. Los ciudadanos somos comparsas de los grandes electores: las burocracias de los partidos, los gobernadores, algunos empresarios y sindicatos, el crimen organizado. Pelean con tanta ferocidad porque se juegan cargos, presupuestos y negocios. No hay equidad, control sobre el dinero o certidumbre pues los órganos electorales están sometidos o atemorizados. Y ahora vemos cómo la urna es la versión moderna de la piedra de los sacrificios.

Toda proporción guardada, estamos de regreso a los inicios de la transición. Los inconformes tenemos tres caminos: tomar las armas, seguir confiando en que la redención llegará de alguna manera por medio del voto o empeñarnos en la defensa cotidiana de los derechos en condiciones adversas. Desecho la violencia y en las condiciones actuales seguiré anulando mi voto. Sería de masoquistas seguir concentrándonos tanto en las elecciones cuando la democracia también se construye de otras maneras. Nos queda el compromiso permanente.

Empecemos reescribiendo la historia. Es falso que los partidos fueran los protagonistas de la transición. Algo hicieron, por supuesto, pero la sociedad tuvo una participación mucho más destacada. Tanto así que los partidos pudieron competir en las urnas después de movilizaciones sociales en las que los partidos tuvieron una participación marginal. El movimiento del 68 y la Guerra Sucia llevaron a la reforma de 1977, y las rebeliones zapatista y cívicas de 1994 desembocaron en la legislación de 1996. Estas reformas electorales encumbraron y enriquecieron a los partidos que, cuando tuvieron jerarquía, se despreocuparon por ganar la autoridad que concede la ciudadanía. Al día de hoy los partidos son un lastre, no una vanguardia. La avanzada del futuro es la sociedad organizada que debe repensarse, renovarse y reactivarse. Entre sus tareas está la identificación de quienes corrompen de múltiples formas la vida pública y la presión simultánea a los organismos encargados de tutelar derechos; estos últimos son los aliados naturales de la ciudadanía, aunque a veces hacen lo posible por ignorarlo.

En mi natal Jalisco hay un regidor en el ayuntamiento de Guadalajara llamado Gamaliel Ramírez. Por patear balones de futbol quedó con un halo de celebridad, lo cual le ha permitido ocupar diversos cargos públicos por medio de su partido, el PRI. Por el cambalache de candidatos ahora ejerce como regidor en el ayuntamiento de Guadalajara por el Partido Verde Ecologista de México. Aunque el "partido" "Verde" pregona en su Declaración de Principios el "respeto por todas las manifestaciones de la vida", Gamaliel Ramírez condenó hace días la marcha del orgullo gay realizada en Guadalajara porque andan "desfasados, casi semidesnudos, porque no es la Guadalajara sidosa que queremos".

No es la primera vez que hace una declaración homofóbica. Cuando buscaba el voto en el 2009 descalificó a los gays tildándolos de "bola de maricones", "anormales" y "cosas nocivas". El Instituto Electoral y de Participación Ciudadana del Estado de Jalisco dejó pasar, por supuesto, esas declaraciones. Los afectados acertaron al presentar una queja ante el Consejo Nacional para Prevenir la Discriminación, que por el perfil de quienes lo dirigen debe sacar un pronunciamiento claro y directo.

Hay muchas otras causas por las cuales pelear. No siempre se hará justicia pero es una forma digna de sobrellevar la democracia fallida mientras se crean, en algunos espacios, las condiciones para el florecimiento de elecciones limpias y confiables. Hoy, esa vía ya se agotó.

La miscelánea

Estaré en Oaxaca en vísperas de las elecciones para apoyar a Alianza Cívica en su heroica defensa del juego limpio en los comicios. Hacen falta reflexiones colectivas y es una forma de expresar mi hartazgo por los atropellos y el cinismo de Ulises Ruiz, quien rebasó los límites de la decencia. No lo hago, aclaro, por simpatía hacia el PAN o el PRD, que ahora deambulan como "lloronas" cuando fueron cómplices en la demolición de la cultura democrática.


Colaboró Rodrigo Peña González.

Elección y violencia

Enrique Aranda
De naturaleza política
Excélsior

Inmersos, quizá, en la más grave crisis de inseguridad, desconfianza e incertidumbre de las últimas décadas, hoy cierran campaña quienes, en los comicios del próximo 4 de julio, aspiran a hacerse de alguna de las 12 gubernaturas o de las centenas de alcaldías y curules en congresos locales que estarán en juego.

Y lo harán, digámoslo claro, en momentos en que, más allá de una percepción electoral que da por seguro ganador al priismo, lo que predomina es una mezcla difícil de describir entre la rabia y el terror, entre el desconcierto y la evidente incapacidad de autoridades -de todos los niveles y ámbitos de competencia- y de la sociedad para enfrentar, aunque sólo sea con relativo éxito, a un enemigo que exhibe su poderío regando (literalmente) de cadáveres el territorio, en abierto reto a las instituciones y a quienes las encabezan.

Tamaulipas, tras el artero ajusticiamiento del candidato priista al gobierno estatal, Rodolfo Torre Cantú, es, en la actualidad, centro de atención y motivo de reflexión de todos sobre las causas y la gravedad de la violencia. No es, sin embargo, ni el único ni el último sitio en donde el crimen organizado parece dispuesto a poner en entredicho la estabilidad social y la consolidación de nuestro régimen democrático.

(Ahí están, como simple botón de muestra, los más recientes episodios de violencia explícita o implícita contra la ciudadanía en general o contra actores políticos específicos, de que hemos sido testigos en Chihuahua, Guerrero, Oaxaca, Veracruz.).

Por ello es que, hoy, procede abogar por la recuperación de un entorno de paz y respeto a los valores perdidos de la convivencia; por la vigencia del Estado de derecho y el respeto al sufragio libremente emitido; por una activa y comprometida participación social, desde las particulares convicciones. No hacerlo sería rendirse a las implícitas exigencias de quienes desean imponer la fuerza de las armas sobre la de las ideas o, peor, el lenguaje de la barbarie sobre la reflexión y el diálogo como vía de definición del qué y el cómo para nuestra sociedad.

Llamar a cerrar filas contra la violencia, contra los violentos, en el México de nuestros días, parece un lugar común. pero hay que hacerlo, so pena de perder la nación que es nuestra, de todos.

Asteriscos

* A nadie, durante la ceremonia en que el papa Benedicto XVI impuso el palio a 36 nuevos arzobispos del mundo -los de Chihuahua y Acapulco, Constancio Miranda y Carlos Garfias, entre otros- en la Plaza de San Pedro, le pasó desapercibida la reveladora presencia del sacerdote Manuel Corral, operador non del presidente del episcopado mexicano y arzobispo de Tlalnepantla, Carlos Aguiar, acompañado de Roberto Herrera, responsable de las relaciones eclesiásticas ¡del mexiquense Enrique Peña Nieto! Interesante.

Veámonos aquí el viernes, con otro asunto De naturaleza política.

Es el PRI el que lucra con la muerte de Torre

Ciro Gómez Leyva
gomezleyva@milenio.com
La historia en breve
Milenio

Hay algo que causa repulsión en el juego de espejos que protagonizó ayer Beatriz Paredes, escoltada por sus gobernadores. Denunció al gobierno federal por lucrar políticamente con el cadáver de Rodolfo Torre, pero se sirvió de los actos luctuosos para desgarrarse, acusar, lucrar.

Es la política y Beatriz y los priistas no podían desperdiciar un momento único: el asesinato de un candidato a gobernador horas antes de unas elecciones que, en algunas entidades, adquirieron el tono de guerras del fin del mundo.

Fueron los priistas, con Beatriz a la cabeza, los que llegaron el lunes a Ciudad Victoria. Y los que ayer en esa ciudad encabezaron un velorio multitudinario, que pareció mitin de principio a fin, en donde exigieron “respeto a nuestro duelo” ¿El duelo es exclusivamente priista? Y en donde le expresaron solidaridad al gobernador Eugenio Hernández, como si él fuera un deudo, o una víctima más de la violencia en Tamaulipas. ¿De qué se hace cargo un gobernador del PRI?

Subieron a sus aviones y por la noche, en la sede nacional de Insurgentes Norte, continuaron el novenario. Beatriz repitió lo del respeto a “nuestro dolor”, exaltó la gallardía del partido, reclamó una estrategia de seguridad eficaz (la escuchaban ahí los, en ese tema, ineficientes gobernadores de Durango, Coahuila, Sinaloa, Chihuahua…) y arremetió contra los oportunistas que “bregan en la borrasca de aguas tormentosas”.

Palabras expresadas con una mano sobre el féretro de un buen hombre, buen candidato, buen priista. Palabras para sacudirse responsabilidades, culpar al adversario y, sí, tratar de ganar unos votos en este horrible tiempo extra.

Bien: es la lucha por el poder. Lo nauseabundo es el discurso. El lloriqueo.