julio 19, 2010

Algo se mueve en Cuba

Gabriel Guerra Castellanos
Internacionalista
www.twitter.com/gguerrac
gguerra@gcya.net
El Universal

Algo está pasando en Cuba. A raíz de la muerte de Orlando Zapata, un preso político que falleció el pasado febrero tras 85 días en huelga de hambre, y de la que mantuvo hasta hace poco el célebre disidente Guillermo Fariñas, el régimen cubano se ha encontrado bajo una inusual presión política y diplomática por el nada novedoso tema de las libertades individuales y los derechos humanos en la isla.

Ante la andanada de críticas en los medios de comunicación internacionales, el ruido que han provocado los huelguistas de hambre y las Damas de Blanco, sumado al activismo valiente de los disidentes presos y/o en relativa libertad, el gobierno de Raúl Castro se vio obligado a abrir una pequeña compuerta para relajar la presión que se le vino encima desde adentro y afuera, y que no es más que la consecuencia de una prolongada política represiva que La Habana cree necesaria para “mantener vivos los ideales de la revolución…”.

Esos ideales que tuvieron gran eco alguna vez no solo en Cuba sino alrededor del mundo entero por lo que significaban en términos de igualdad y justicia social, además del ejemplo tan lejano y envidiable para muchos de una nación que se liberaba del yugo de la superpotencia vecina (para luego caer en el de la superpotencia lejana, claro) habían hecho a Cuba virtualmente inmune ante las críticas y condenas por la cerrazón ideológica del régimen y las tristes condiciones de vida y la falta de libertades básicas de sus ciudadanos.

No faltará quien diga, con algo de razón, que esas libertades de que carecen los cubanos son secundarias, pues la primerísima libertad es la ausencia del hambre, de la necesidad, de la pobreza y la marginación. Y es cierto, la revolución cubana logró liberar a muchos de sus habitantes de condiciones de vida deplorables, cierto también es que muchos millones de latinoamericanos, de mexicanos para no ir más lejos, quisieran gozar de lo que los clasemedieros y ricos de la región llaman las “carencias” en Cuba. Cómo negar que el racionamiento y la escasez son deplorables, pero sólo para quien alguna vez ha tenido algo mejor, y que las muy publicitadas oleadas de refugiados cubanos hacia EU palidecen frente a las auténticas marejadas de mexicanos y centroamericanos que huyen en masa hacia el país del norte empujados, no por la ilusión de la libertad y la democracia, sino por la mucho más básica y elemental del hambre y la miseria.

Sin embargo, nada justifica, creo yo, que un sistema que ha logrado acabar con las carencias y necesidades más urgentes se quede en eso y pretenda que sus ciudadanos se puedan conformar con estar (mal) comidos, (mal) vestidos y sufriendo todas las tribulaciones que impone una economía centralizada que por las más variadas razones, desde el bloqueo estadounidense hasta la ineficacia propia, y que pesan como losas sobre la cabeza de una población educada y en buen estado de salud.

Es cierto también que las libertades y la democracia no se comen y no cobijan en las noches frías, pero indudablemente el régimen cubano ha dejado pasar una y otra vez oportunidades para relajar así sea ligeramente la mano férrea con la que ha gobernado durante décadas, siempre bajo el pretexto de defenderse de la agresión imperialista, de los enemigos de la revolución o de cualquier otro fantasma que se le aparezca a sus otoñales dirigentes.

La decisión del gobierno de Raúl Castro de liberar y enviar al destierro a 52 presos de conciencia ha provocado las más diversas reacciones. Si bien la mayoría son de alivio, hay quienes dudan que esto signifique un cambio en las políticas represivas de La Habana, pues permanecen en sus cárceles muchos opositores más y no se observan medidas de apertura política que acompañen a las liberaciones. No obstante, algunas señales, a veces contradictorias, a raíz de la llegada de Raúl al poder, lo cierto es que la apertura es demasiado poca y demasiado lenta.

Sin embargo, no todo es negativo. El que Cuba haya aceptado la mediación de España y de la Iglesia católica en este proceso es una buena señal, y el hecho de que Fidel Castro haya decidido reaparecer públicamente una y otra vez sin aludir al tema indica que el viejo líder máximo de la revolución no está del todo conforme con el rumbo que ha tomado su hermano menor, pero que tampoco se anima a contradecirlo abiertamente. Mientras tanto, Raúl, dando dos pasitos para delante y uno para atrás, parece estar tratando de reformar al régimen desde dentro.

Ojalá así sea…

¿Narcoterrorismo?

Enrique Aranda
De naturaleza política
Excélsior

Al margen el aparente acuerdo gubernamental de evitar definiciones que, eventualmente, pudieran derivar en presiones internacionales y/o en la generación de pánico entre la población, la decisión de grupos criminales de enfilar un auto cargado de explosivos en contra de un convoy de agentes federales, el miércoles por la noche en el centro de Ciudad Juárez, no puede, no debe ser tipificada sino como narcoterrorismo.

Es cierto que a nadie gusta esta definición. El hecho, sin embargo, de que en aparente reacción a la captura de Armando Acosta Guerrero (a) "El 35", presunto líder de La Línea, brazo armado del cártel de Juárez, se opte por asesinar primero a un policía municipal para usarlo como carnada y, luego, se espere a la llegada de agentes federales para -mediante un teléfono celular- detonar cargas previamente colocadas en un auto bomba, mueve a pensar en Irak o, más, en la Colombia de principios de los noventa, cuando narcotráfico y guerrilla se aliaron para enfrentar al gobierno establecido.

Nada de esto ocurre hoy en nuestro país, es verdad. Pese a ello, es importante llamar la atención sobre la naturaleza y las consecuencias de actos como el que nos ocupa puesto que, vale recordar, no es ésta la primera ni la única ocasión en que los cárteles del narcotráfico, específicamente, recurren a este tipo de acciones para dirimir sus diferencias. Ya ocurrió en 1992 en Culiacán, Sinaloa y, dos años después en exclusiva zona de Guadalajara, Jalisco, donde sicarios de uno y otro de los bandos sembraron el terror detonando autos bomba en sitios públicos, concurridos.

Cerrar los ojos ante el grave riesgo que para la seguridad de la población y para la estabilidad de las instituciones implica el escalamiento de la violencia a niveles como los observados la pasada semana, sería tanto como pretender ignorar que, con todo y los casi 25 mil muertos acumulados en poco más de tres años y medio, la guerra que (con plena justificación) libra el régimen contra el crimen organizado continúa y está (muy) lejos de arrojar los resultados que todos desearíamos.

¿Terrorismo, narcoterrorismo..? En su artículo 139, el Código Penal Federal identifica al terrorista como "al que utilizando explosivos, sustancias tóxicas, armas de fuego. o por cualquier otro medio violento, realice actos.", con intención de producir "alarma, temor, terror en la población o en un grupo o sector. para perturbar la paz pública, tratar de menoscabar la autoridad del Estado, o presionar(la) para que tome una determinación."

Asteriscos

* Merecido reconocimiento el que, la semana pasada, hizo la Lotería Nacional que dirige Benjamín González Roaro, a base de la emisión de un billete alusivo, a la asociación civil A Favor de lo Mejor (en los medios) que preside Lorenzo Servitje y es el dirigente Francisco González Garza.

Veámonos el miércoles, con otro asunto De naturaleza política.

De cómo caí al abismo

Luis González de Alba
La Calle
Milenio

¿Un preso político que está contra la salida de presos políticos?, se interrogan quienes creen que secuestrar, atar y bañar en gasolina a policías y funcionarios en Atenco es una objeción de conciencia. Hace años se preguntaban cómo un ex líder estudiantil (yo) estaba contra una huelga estudiantil: la del primer CEU, comandado por Carlos Ímaz. Porque era un movimiento de derecha, dije, por el que los estudiantes de clases media y alta se negaban a aportar un poco para becas de sostenimiento a estudiantes pobres. En fin, hoy comparezco a explicar cómo me sobornó la derecha.

Salí de la cárcel en 71 y pasé un año en Chile. Me sostuve con las ventas de mi relato Los días y los años porque el gobierno de Allende nunca me pudo colocar de barrendero en una oficina pública. Volví y con mis amigos comencé las desveladas de donde saldrían los sindicatos universitarios y una corriente del PSUM, PMS y PRD. Pero vino mi caída: en la huelga del CEU contra la reforma planteada por el rector Jorge Carpizo, con la pena, escribí en apoyo al rector y contra los estudiantes que se oponían a pagar los mismos 200 pesos que yo había pagado y servirían para becas de alimentos.

En 1987, mi partido, el PMS, lanzó a Heberto Castillo de candidato a la Presidencia. Cuando renunció al PRI Cuauhtémoc Cárdenas, traicioné a mi partido al publicar que Heberto debía declinar su candidatura a favor de Cuauhtémoc. Fui increpado por camaradas… Vino la elección del 88 y perdió Cárdenas, o eso dijo Manuel Bartlett porque las elecciones las organizaba la Secretaría de Gobernación, con él al frente. Al poco tiempo, tras el encarcelamiento del jeque petrolero apodado La Quina, vi con asombro a Cárdenas y Bartlett marchando por las calles, de ganchete, para exigir la liberación del criminal. Escribí en La Jornada que iban como Kúkara y Mákara.

Un par de guerrilleros mataron a dos vigilantes de La Jornada que los llamaban para regresarles un bulto de propaganda. El diario enloqueció de felicidad: “¡Una sombra ominosa se cierne sobre la voz de la democracia!”, clamó a grandes titulares. Escribí que era una mamada: habrían matado también a uniformados de Novedades: vieron policías y dispararon porque los hace felices sentirse perseguidos (como era el caso de mi diario). Recibí aludes de cartas insultantes. Dos eran de colegas y amigos: Guadalupe Loaeza y Humberto Mussachio me llamaban “tipejo” y más. Tuvieron razón porque hoy nadan en celebridad y ella, enamorada del Peje, en una buena fortuna con sus libros. Yo sigo viviendo de honorarios.

Lo peor fue cuando denuncié que Marcos era un farsante, patán e imbécil. Oh, dios: ¡GdeA contra los indios! No, aclaré, sino contra la ruptura de un acuerdo nacional: No a las armas. Hoy Marcos es una celebridad literaria desde la selva. Yo medio divulgo trabajos ajenos y extranjeros, y nunca cito las brillantes investigaciones mexicanas: me dan güeba.

Tras la crisis del 95, mi Taberna Griega quebró porque, dijeron fans del Sub: “No iremos a comer allí mientras Luis mantenga esas posiciones contra el EZ”. Así me ocurrió que no pude pagar la renta de mi depa. Enrollé mis bellos tapetes persas y afganos, y salí a ofrecerlos entre mis amigas de buena posición. No me compraron ni uno.

Cuando López Obrador dio a construir obras por miles de millones, los segundos pisos, sin concurso, y las entregó a la esposa de Carlos Ímaz (aquel del CEU), que es bióloga o astrónoma, dije que la dama no distinguía entre cemento y yeso. De nuevo, fui aplastado por la Historia: lograron hacer secreto por 12 años el precio de los mega arcos triunfales para la marcha de AMLO a la Presidencia. Hoy gastan a manos llenas en sostener varios cientos de casas de campaña por todo el país. Todos sabemos “quén pompó”, como decía AMLO cuando se hacía el simpatías.

Y faltaba lo peor: como abyecto neoliberal, he dejado escrito que nuestra leyes consagran el derecho de manifestación, pero ninguna el de bloqueo. Creo que la libertad propia acaba donde impido la libertad del otro, pero eso va contra los derechos de los “movimientos sociales”. Así he llegado al abismo…

¡Te lo dije, Max!

Luis Soto
Agenda confidencial
El Financiero

"Reconozco que hemos fallado en la comunicación y no hemos sabido transmitir oportuna y correctamente las acciones gubernamentales...", confesó el presidente Felipe Calderón a un grupo de empresarios y comentaristas de diversos medios de comunicación el pasado 30 de junio en Los Pinos. ¡Y por qué no cambia a su equipo de comunicadores!, mascullaron algunos de los asistentes.

El viernes pasado Calderón hizo algunos movimientos en su equipo de comunicadores; aceptó la renuncia de Maximiliano Cortázar y designó en su lugar a Alejandra Sota. Nadie puede decir que con ello va a resolver el problemita que arrastra desde el arranque de su administración; lo que sí podemos señalar es que supuestamente habrá un cambio en la estrategia de comunicación social del gobierno federal, en la que desempeñarán un papel importante el mismísimo presidente y Gerardo Ruiz Mateos, a quien el pasado 14 de julio, al darle posición de su cargo, el mismo Calderón le hizo saber: "La función del ingeniero Ruiz será coordinar a todas las áreas que integran la Oficina de la Presidencia. Le he instruido hacer una revisión puntual de la Oficina; rediseñar mecanismos que incrementen su eficacia y, en consecuencia, una reestructura indispensable de la misma para cumplir con sus objetivos en sus distintas facetas, tanto de comunicación, como de relaciones públicas, y seguimiento de los programas prioritarios de Gobierno."

Hace poco más de dos meses -3 y 4 de mayo- publicamos en la Agenda Confidencial un par de textos sobre la incomunicación gubernamental, que vienen a la medida a raíz del cambio de "Ale" por "Max" que hizo Felipe Calderón. En la primera, titulada "El mal de la incomunicación", dijimos:

La clase política de México y en particular los funcionarios que forman el gobierno de la República, no atinan a desentrañar un instrumento fundamental en su relación con la sociedad: la comunicación. No saben lo que es, no valoran su utilidad o simplemente no saben utilizar sus complejos mecanismos. En esto no hay quien se salve.

Desde el presidente de la República hasta el más modesto funcionario, y desde los encumbrados dirigentes de partidos hasta el último de los "cuadros militantes", todos acaban tropezándose con el muro infranqueable de la comunicación.

No importa que las dependencias del Ejecutivo federal, las Cámaras del Congreso de la Unión, los partidos políticos y los organismos autónomos destinen buena parte de sus recursos financieros al sostenimiento y operación de grandes oficinas bautizadas presuntuosamente como: "coordinaciones de comunicación social"; el hecho es que no proporcionan un servicio social que justifique su existencia. No son útiles ni para los políticos ni para los ciudadanos.

El mal de la incomunicación afecta al gobierno federal y también a los aparatos gubernamentales y políticos del país en los órdenes estatales y municipales. No pueden citarse casos de excepción en los que opere de manera consistente y eficiente una buena comunicación entre la burocracia del poder público y la sociedad, entre los mandatarios y los mandantes, entre quienes reciben altos salarios para servir a la sociedad y los ciudadanos simples y llanos que pagan con sus impuestos esos salarios. Aunque parezca exagerado decirlo, los funcionarios públicos en particular y los políticos en general se mueven en el terreno de la comunicación con increíble ignorancia y torpeza.

No acaban de darse cuenta de que uno es el mundo de sus actividades privadas -aunque éstas se refieran a tareas institucionales-; otro es el universo de sus acciones políticas, que creen con ingenuidad que pueden estar siempre ocultas, y uno más, quizás el más importante de los escenarios, es el que ofrecen los medios y que, finalmente, es el mundo que se construye y se destruye a diario con informaciones, opiniones, comentarios y críticas de los comunicadores y, por supuesto, de los propios políticos.

Ésas son, a querer o no, las tres "realidades" que rodean a la clase política: la privada, la política y la mediática. Y la que a final de cuentas prevalece en términos de opinión pública es la que se conforma en los medios.

¿Con frecuencia los medios construyen simples percepciones? Sí, por supuesto, pero sucede que esas "percepciones" calan tan hondo en la sociedad que se transforman en "realidades", ante las cuales el sector público no ha tenido respuesta ni defensa posible. Ni la tendrá.

Al día siguiente, con el título "Voceros sin voz", comentamos:

Una de las figuras de mayor utilidad teórica en la comunicación social oficial es la del vocero, porque permite librar a su jefe -cualquiera que sea el rango- de la obligación de enfrentar a los medios, que son pozos sin fondo que demandan, naturalmente, información no sólo a diario sino a toda hora. Un vocero establece relaciones cercanas, personalizadas y constantes con los comunicadores, cubre las expectativas de ellos y, simultáneamente, abre espacios de relativa tranquilidad a su superior para que dedique su tiempo y su energía a la actividad de gobierno -si se trata de un funcionario público-, y deja abierta la puerta para que él decida cuándo, cómo, a quién o a quiénes, y en qué condiciones dará personalmente la información que quiera hacer pública. Lo que se requiere es avanzar hacia un modelo de vocería que verdaderamente tenga voz y la utilice en ejercicio de su cargo. Le urge al gobierno -sobre todo al gobierno federal- desarrollar una cultura oficial de comunicación y no depender exclusivamente de las encuestas para medir la popularidad del presidente en turno. La popularidad puede ser útil para lograr varias cosas, pero entre ellas no se encuentra gobernar.

Hoy podemos señalar: "Max, te lo dije", y: "Suerte, Ale, pero ¡cuidado!, no te tropieces con la misma piedra".

Coche bomba y 17 masacrados, ¿si no es terrorismo… qué es?

Ricardo Alemán
aleman2@prodigy.net.mx
Itinerario Político
El Universal

Al coche-bomba detonado la noche del jueves contra patrullas federales en pleno centro de Ciudad Juárez —que entre otras causó la muerte del médico Guillermo Ortiz Collazo—, le siguió la mayor masacre colectiva, la madrugada del domingo, cuando sicarios mataron a 17 personas en Torreón, Coahuila.

Frente a lo inédito de la violencia criminal —que cada día rompe sus propias marcas de terror—, algunos integrantes del gabinete federal de Seguridad desestiman un clima de “terrorismo” o “narcoterrorismo”. Sólo atinan el lugar común. El nuevo responsable de Gobernación se creyó Perogrullo: “Fue un acto cobarde y alevoso”, dijo.

Lo cierto es que no sólo se han acabado los adjetivos para calificar la masacre de 17 personas —y otras 18 lesionadas de gravedad—, en una fiesta en Torreón y otros crímenes, sino que en el mundo no existe antecedente que explique y defina esa forma de violencia. Es decir, que a buena parte del Gabinete de Seguridad no le da para entender y menos explicar que el tamaño de la violencia del crimen organizado y el narcotráfico, ya superó todo antecedente —incluìda la colombianización—, y que la nueva guerra que enfrenta el Estado; sus instituciones, políticos, periodistas y sociedad, debe ser entendida desde una nueva e inédita óptica, lenguaje y cultura.

Todos los días la violencia es mayor, los objetivos civiles políticos o policiacos son mayores; los muertos inocentes y los periodistas asesinados son más. ¿Y cual es la respuesta de la PGR, Segob, SSP o las instituciones castrenses? La misma timorata de siempre. Pero eso sí, niegan que sea “narcoterror” el crimen de un virtual gobernador, un coche bomba, la masacre de 17 personas, el secuestro de Diego Fernàndez… ¿Y si no es terrorismo, entonces que es? No saben.

No saben que en todo el mundo no existe un acuerdo sobre la definición de “terrorismo”; que de 109 definiciones 83% hacen énfasis en la violencia y la fuerza; 65% a la política; 51% al miedo y el terror; 47% a las amenazas… y que ninguna vincula al crimen organizado y menos al narcotráfico —Schmidt y Youngman. Political Terrorism—; no saben que la acepción màs aceptada es la de Joseph S. Nie. “Terrorismo: Ataque deliberado contra inocentes, con el fin de sembrar el miedo”.

No saben que asistimos al intento de sometimiento, por la fuerza, de un ser humano a otro. Y es que en su forma actual, nadie sabe cómo definir la violencia desatada por los càrteles criminales contra el Estado mexicano todo y, por tanto, cómo hacerle frente, combatirla, informar…

La (in) comunicación social

Rafael Cardona
racarsa@hotmail.com
El cristalazo
La Crónica de Hoy

Resulta demasiado fácil, pero no por eso impreciso. Quizá no tenga mayor mérito más allá de una evidencia, pero en estos tiempos cuando la confusión priva y cualquier observación cuidadosa es hallazgo, vale la pena repetir algunos enfoques, por ejemplo, dos viejas sentencias separadas cada una de la otra por quienes las expresaron.

Una es de un torero. La otra de un filósofo social, un historiador, un hombre de ideas. El primero nació en el barrio de La Merced en la ciudad de Córdoba, en España, en 1862. El otro, en la actual calle de Isabel la Católica, detrás del convento de San Jerónimo, en la casa de la Acequia, en la ciudad de México, también en el siglo XIX.

Uno se llamaba Rafael Guerra y dijo: “Se torea como se es”*. El otro, Daniel Cosío Villegas, escribió un libro sobre la forma de gobernar cuya síntesis la podría haber dicho El Guerra: “Se gobierna como se es, con el estilo personal de por medio, como sello, característica o estigma”. Escoja cada quien.

Cosío Villegas analizó el comportamiento de Luis Echeverría y nos dejó para la memoria su ensayo entre la crítica y la sátira. Era un poco de análisis y un tanto de burla. El torero, sin embargo, no dejó nada para la posteridad sino una o dos frases llenas de salero y picardía, como su célebre ensayo sobre la tauromaquia, cuya sentencia se aplica a todo en la vida: “Lo que no se pueé, no se pueé y ademáj ej imposible”.

Si tomamos esas ideas y las complementamos, diríamos con toda facilidad: es imposible para un hombre gobernar sin ser él, sin dejar en cada cosa su propia imagen, su huella, su signo distintivo en lo positivo y en lo negativo. El balance entre estos dos elementos, el más y el menos, no definirá el valor de su administración, su régimen o su periodo; nos dirá quién era en verdad y cuánto valía.

En sentido general propongo una idea: el gobierno no es una obra, es un retrato.

Si aceptamos eso del retrato y analizamos la obra como la evidencia de la personalidad, o al menos de sus características dominantes, debemos entonces imaginar las razones de la obsesión por controlar la imagen.

Por eso destinan los gobiernos, al menos éste, un gasto (más de cinco mil cien millones de pesos en este año) abrumador en comunicación social, asunto muy lejano de lo primero y muy poco importante en el segundo término. Ni es comunicación ni es social. En todo caso es divulgación masiva.

Es la propagación del autoelogio, la celebración de una imagen preconstruida en los laboratorios de interminables y fallidos focus group, encuestas y los espejos maravillosos convertidos en sondeos falsos y poco verosímiles o –en algunos casos– la autojustificación mediante presupuestos mil millonarios cuyo resultado dista mucho de pagarle a Narciso el precio de su relativa belleza en el fondo del estanque.

Hoy, el gobierno del presidente Felipe Calderón cambia de coordinador de Comunicación Social. Le entrega las llaves a Alejandra Sota, quien se desempeñaba como coordinadora de Estrategia y Mensaje Gubernamental (50 empleados) para manejar un ejército de 130 personas dedicadas a informar de las actividades de la casa presidencial.

Nunca quedó muy claro el trazo de fronteras entre la actividad del cesado Maximiliano Cortázar, (Max, para los cuates), pues nunca se supo si se hace comunicación social mediante la estrategia de la oficina respectiva, o esa estrategia busca cumplir las necesidades de aquella. Pero para aumentar la confusión, tampoco se define “mensaje gubernamental” sin caer en la tautología o la confusión, pero a fin de cuentas si se gobierna como se es, se divulga, difunde, propaga o hace saber también como se es.

Alejandra Sota tiene, no hay ninguna duda, una relación cercana y positiva con el Presidente de la República. A pesar de eso, sus nuevos subordinados ni siquiera han incorporado su nombre con su nuevo cargo en la página web de la Presidencia.

Es más, ni siquiera la han revisado, o no lo habían hecho hasta ayer en medio de la hora bruja cuando se encienden las luminarias. Pequeño descuido, ¿sabe usted? Pero se revisa como se es, ¿ve?

Pero dejemos estas divagaciones para regresar a un tema central. Dije líneas arriba, esto no es ni comunicación ni social. Explico.

Para comunicar algo se debe hacer no sólo del conocimiento de alguien, sino del entendimiento de alguien. No se trata de difundir o divulgar, sino de crear mensajes comunes a los cuales los ciudadanos puedan adherirse. La comunicación social, con todo y su jesuítico origen, no es la eficacia en la imposición de versiones interesadas. Eso es dominio mediático, dictadura de la imagen, “bigbrotherismo” orwelliano en el mejor de los casos y cuado se hace bien.

Cuando se trata de “vender” la imagen de un político, sea un presidente o un disidente o un dirigente religioso, se mezclan instrumentos para lograr un fenómeno de mercadotecnia política. El caso más exitoso, con estrategias de Coca Cola, fue Vicente Fox. Pero su “comunicación” política fue un desastre. No logró la comunión con la sociedad, por eso hoy carece de apoyos y respeto en muchas partes del país, como les sucede a la mayoría de sus colegas ex presidentes, justo es decirlo.

¿Y por qué? Por la confusión entre comunicación social e imposición informativa y vertical a la sociedad. Una prueba de eso es el “choteo” de las cadenas de TV del Presidente y hasta las razones para remover a sus colaboradores. Silencio.

¿Veremos un cambio en la interlocución con la sociedad?

Yo no lo creo. Y no por Alejandra Sota, quien de seguro tratará de hacerlo bien. No lo creo por una sencilla razón: cumplirla bien sólo y únicamente con las órdenes e instrucciones recibidas, pero la comunicación de Los Pinos no la maneja ella, ni la manejaba el removido Cortázar. La maneja el propio Presidente.

¿Cómo? Como El Guerra.

Extraviado

Jesús Silva-Herzog Márquez
Reforma

Manuel Gómez Morin entendió que la política era una batalla contra el arrebato. Hacer política era remar contra la precipitación y aun contra el instinto. Domar la bestia con paciencia; resistir sus carnadas con razón. A eso dedica cartas a Vasconcelos que bien se pueden leer como uno de los argumentos más coherentes de nuestra tradición contra la tentación personalista. El admirador del maestro no creyó nunca en su Llamado. El entusiasmo es un cerillo corto. Ni al mejor de los hombres debe entregarse toda la esperanza: un proyecto auténtico de renovación exige tiempo, ideas, estructura. Necesitamos, decía Gómez Morin, una "organización bien orientada". Eso quería: una organización bien orientada y selecta, con entereza e ideas claras.

El producto está desorientado y bien desorientado tras la desgracia del éxito. Su dirigente nacional se muestra orondo, palabra que el diccionario vincula a la satisfacción presuntuosa pero también a la hinchazón hueca. El éxito de su estrategia reciente lo mantiene en su puesto pero, en realidad, es síndrome de un extravío o, más bien, de varios. A 10 años de haber ocupado la Presidencia de la República, el Partido Acción Nacional no tiene más eje que sus antipatías primitivas. El PAN no encuentra otra propuesta, no halla otro mensaje que su antagonismo inicial. Incapaz de hacer acopio de éxitos recientes y promesas atractivas, se ha puesto en renta: un simple vehículo del antipriismo. Después de décadas de oposición y 10 años de gobierno, el PAN es una mala copia del partido opositor que fue. Es un partido desdibujado, marcado por la inseguridad, el miedo y el resentimiento.

Una lectura del libro de Alonso Lujambio sobre la vida del PAN (La democracia indispensable. Ensayos sobre la historia del Partido Acción Nacional, DGE - Equilibrista, 2009) alimentaría severas recriminaciones a la conducción reciente de ese partido. En ese vívido recorrido por la biografía del PAN y sus cultivadores, pueden encontrarse tres propósitos vitales de Acción Nacional: la formación de un ideario práctico, la construcción de una institución sólida y bien implantada en el país y la transformación cultural de nuestra política. Gómez Morin, Christlieb y Castillo Peraza serían las figuras emblemáticas de esa triple ambición.

Acción Nacional es hijo del defensor más elocuente de la técnica. Buscaba ideas realizables, propuestas concretas que pudieran hacer frente a la fraseología de los demagogos. Respetaba por ello el conocimiento que incuba lentamente, la experiencia que se forma entre retos, el prestigio que dan los resultados. Encontraba en la técnica el compromiso auténtico con la vida, no el culto a la abstracción. Pero el partido que fundó hace política de espaldas a la técnica. No sólo eso: gobierna con abierto desprecio al mérito. El amiguismo impera hoy como nunca. No hay otro requisito para formar parte del círculo superior de la administración que la lealtad personal. Los técnicos que Gómez Morin quiso cultivar fueron usados primero por el panismo en el gobierno pero han sido crecientemente hostigados. No es raro que preparen su retorno al poder con otro boleto.

La paciencia panista partía de la convicción de que el cambio tendría que avanzar de la periferia hasta el centro. Su ambición no fue inmediatamente presidencial: quiso transformar el poder antes de ejercerlo. No solamente habría de competir y ocupar las plazas de la representación local, había que formar institución en el pueblo, el municipio, el estado. Había que hacerlo, además, de cierto modo, con reglas y en democracia. Pero tal parece que esa convicción ha reventado. La dirigencia nacional del PAN considera que las condiciones son tan adversas hoy que no puede obstruirse la estrategia electoral del partido con reverencias federalistas. Implantó por ello un auténtico régimen de excepción. En efecto, la dirigencia de Acción Nacional ha impuesto una dictadurcilla en nombre -¡otra vez!- de la transición: paréntesis que pone las reglas ordinarias en suspenso y que concentra el poder en la autoridad central. La ocupación no tiene precedente en la historia panista. Su éxito no debe hacernos olvidar la ominosa anomalía.

Quiso el PAN ser también alternativa cultural. Carlos Castillo Peraza llegó a creer, gramscianamente, que el PAN había triunfado en los valores antes de imponerse en las elecciones. Creía que sus ideas sobre la competencia política, la economía, el sindicato o el Congreso se habían hecho las ideas de todos. Las aberraciones, por indefendibles, se irían extinguiendo. Hoy podemos decir que ese orgullo que sentía el yucateco se convirtió en el gran fracaso histórico del PAN: su derrota cultural. Tras ganar la Presidencia, el PAN perdió la brújula: hoy defiende sátrapas sindicales; reparte puestos por burdos criterios de amistad, condena el mérito y renta su sello en beneficio de priistas en desgracia.

La decadencia

Pedro Ferriz
El búho no ha muerto
Excélsior

Cuando les narro el acontecer cotidiano de México, reflexiono que todo lo que pasa viene de la consecuencia de hacer mal las cosas.

La rotura de una estructura de valor común, no es un fenómeno que se da de la noche a la mañana. Es más bien un espectro que se mete una noche inopinada para alojarse ahí —en tu casa— sin siquiera advertirlo. La serie de antivalores de nuestra sociedad la tenemos impresa en el genoma mexicano. Aunque es parte de un rechazo que exteriorizamos, también es una realidad patente que debemos aceptar... Si es que queremos eliminarla, habrá primero que admitirla. Rechazamos lo que somos. La actitud que toma un grupo delincuencial al detonar una bomba en medio de una ciudad, parte de la misma base de lo que hacemos cuando vamos de compras a un tianguis donde se sabe que todo es pirata, robado o simplemente ilegal. En otras palabras, comerciamos con el fraude, a sabiendas de que el ulterior efecto de nuestra acción causará un devastador efecto. Pero eso “no importa”. Se sabe que las autoridades pueden ser ignoradas. Ya sea porque son parte de lo mismo o por ser una misma parte. Ese deterioro aludido se da en un momento. Las condiciones se conjuntan en un punto determinado de nuestra historia. A todo eso se le puede llamar DECADENCIA. No es nuevo el concepto. Infinidad de pueblos la han sufrido. La decadencia de naciones enteras ha cambiado el curso de la historia. Movido oportunidades de unos grupos humanos a otros. Causado tragedias, desdichas... Y también preguntas. Alguien tiene que empezar a hacerse las primeras sobre esta coyuntura. Estoy seguro que Carlos Monsiváis lo advirtió antes de partir. Por eso su ausencia me angustia. Su estado depresivo y de profunda decepción me describen a un amante de México antes de partir. Pero lo mismo advierto de los que están vivos. Carlos Fuentes, Elenita Poniatowska, Luis Rubio, René Delgado... Juan Villoro y José Emilio Pacheco. Todos narran hechos cotidianos con un dejo de melancolía. Mi mismo padre. Un adorador de nuestra identidad, se duele del estado de la Nación. Me confiesa en un arrebato de intimidad: “M’ijo, nunca pensé vivir lo que estamos viendo. Me lastima ver la tele. ¿Qué será de ustedes... las siguientes generaciones”?

Aunque no debemos ignorar que también se ponen de frente las posibles salidas. Puertas abatibles al deseo de los que se pueden permitir el sueño de desear un mejor mundo... Y más que eso, un futuro. Porque, ¿saben?, lo que nos estamos jugando es el futuro. Debemos hacer conciencia que el presente que nos agobia e incluso enoja, es la luz ámbar que nos debiera marcar la emergencia sobre un tiempo desconocido. Aloja al mañana. Cuando les narro el acontecer cotidiano de México, reflexiono que todo lo que pasa, viene de la consecuencia de hacer mal las cosas.

Hacemos todo de manera improvisada, corta, miope, negligente y corrupta. ¿Por qué se rompen nuestras carreteras? Porque están MAL hechas. ¿Por qué resulta insuficiente e ineficiente nuestra infraestructura? Porque no se planea. Se ejecuta en un marco de corrupción. ¿Por qué se ha envilecido nuestra sociedad? Porque no hubo esmero al educarla. Pero tampoco rigidez en la aplicación de principios. ¿De qué entonces nos quejamos? De lo que afanosamente cosechamos por dos siglos... Para no irnos más allá en el tiempo.

Ya entendí y quiero darle un sentido a las Fiestas del Bicentenario. No llegaron para festejar lo que tenemos. Sino para marcar deseos por lo que queremos. Así y sólo así cobrarán un sentido. Personalmente me aterra que llegue el 15 de Septiembre y nos sorprenda con las manos vacías. Ni los festejos hemos sabido organizar. 2010 me deja el sentimiento de que ni nuestro calendario cívico sabemos resaltar.

No importa lo que me digan debe representar para mí esta fecha. Sé a lo que nos aproximamos. Debemos ver a la inminente Noche del Grito, como la velada de un aullido de dolor. Un Presidente consciente, debería evidenciar nuestras carencias. La sociedad necesita una reprimenda, para hacer acopio de fortaleza. Estamos atónitos. No entendemos tanta mala noticia. No capta que la maldad no nos rodea. Nos permeó. Y ahí está la diferencia. Si pudiéramos seguir viviendo en la práctica de nuestras pequeñas ilegalidades, lo seguiríamos haciendo. Pero el tiempo ha llegado para marcar el cambio. No es un mero maquillaje el necesario. Es cirugía mayor. México acaba de ingresar a Terapia Intensiva. El mal es: Disfunción Orgánica Generalizada. Vale la pena saberlo... El daño está detectado. Falta la medicina.

La bomba de Juárez

Héctor Aguilar Camín
acamin@milenio.com
Día con día
Milenio

Un coche bomba en el centro de una ciudad es una bomba en medio de la gente. El coche bomba detonado por sicarios en Ciudad Juárez la noche del jueves sigue el guión visto en otras partes respecto del ascenso de la violencia criminal bajo la presión del Estado.

Es la espiral colombiana: las bandas empiezan disparándose entre ellas, disparan luego contra el Estado (autoridades, mandos de la seguridad, etcétera) y terminan disparando contra la sociedad: matan candidatos, vuelan periódicos y ponen bombas en centros comerciales.

Sólo cuando se llega a estos últimos puntos, dice el guión, la sociedad en su conjunto empieza a reconocer que efectivamente está en medio de una guerra y que los criminales son los enemigos de todos, no sólo del gobierno que los combate.

El coche bomba de Ciudad Juárez se asoma al peldaño final del guión: un coche bomba en el centro de una ciudad es una bomba para todos.

La espiral violenta crece pero la conciencia de que estamos en una guerra que amenaza a todos, no forma aún parte del paisaje.

Los medios piensan que es un asunto del gobierno. Los de la capital pensamos que es un problema de Chihuahua y Juárez.

Las autoridades de ese estado piensan que es una guerra del presidente Calderón, aunque sean sus ciudadanos quienes la padecen.

En una extraordinaria radiografía de los resultados de la guerra contra el crimen organizado, que la revista Nexos publicará en su número de agosto, Eduardo Guerrero ha medido, entre otras cosas, el esfuerzo policial de los estados entre 2007 y 2009.

¿Cuánto crecieron en esos años de brutal aceleración de la violencia las fuerzas policiacas estatales en Chihuahua? No crecieron nada. Eran mil 217 en el año 2007 y eran mil 217 al empezar 2010. ¿Cuánto crecieron las policías municipales del mismo estado en esos años? No crecieron, disminuyeron 2.63 por ciento. Eran 4 mil 608 en 2007 y 4 mil 482 en 2009.

Difícil pensar en una omisión mayor de las autoridades locales en el esfuerzo de seguridad que pide a gritos, entre tiroteos y bombazos, su ciudadanía.

Pero esa misma ciudadanía parece coincidir en que los responsables de contener la violencia no son sus autoridades, sino el gobierno federal, pues en la elección reciente refrendó a los candidatos del PRI.

Supongo que los ciudadanos que votaron así piensan también que la guerra no es de ellos aunque sean ellos quienes la padecen todos los días.

El coche bomba de Juárez alcanzó a unos, pero es para todos.