agosto 07, 2010

Fallece el periodista Fidel Samaniego

Redacción
El Universal
politica@eluniversal.com.mx

El colaborador de EL UNIVERSAL, empresa a la que el propio cronista se refirió como su “cuna y casa”, fue trasladado a la ciudad de México; su familia recibió el pésame en una capilla fúnebre y sus restos serán cremados este sábado

Fidel Samaniego Reyes falleció este viernes a las 14:00 horas, a la edad de 57 años, de un paro cardiaco en la ciudad de Veracruz.

El colaborador de EL UNIVERSAL, empresa a la que el propio cronista se refirió como su “cuna y casa”, fue trasladado a la ciudad de México; su familia recibió el pésame en una capilla fúnebre y sus restos serán cremados este sábado.

Al dar las condolencias, en un comunicado, el presidente Felipe Calderón manifestó: “Hoy es un día triste para el periodismo nacional y la historia contemporánea de nuestro país, debido a que perdemos a uno de nuestros cronistas más prestigiados, que como pocos supo transmitir, a través de su pluma, el acontecer de la vida nacional de México”.

Fidel Jesús Samaniego Reyes nació en la ciudad de México, en 1953. Estudió Derecho (UNAM y Escuela Libre de Derecho), y egresó de la Escuela de Periodismo Carlos Septién García. Se inició como reportero en la revista Señal, en 1976; luego ingresó a EL UNIVERSAL, desde 1997 durante cinco años laboró en Crónica, y volvió posteriormente a esta casa editorial.

Sus restos fueron velados en la funeraria Gayosso en Sullivan a partir de las 21 horas de ayer. A la capilla funeraria asistieron a dar el pésame a su esposa Olivia Behar, y a sus hijos Nitza y Joab, amigos, compañeros y directivos del periódico, reporteros, miembros de los diversos partidos políticos que reconocieron la aportación de Samaniego.

Que en paz descanse.

El (mal) ejemplo colombiano

Andrés Pascoe Rippey
apascoe@cronica.com.mx
Invasión retrofutura
La Crónica de Hoy

Algo bueno tuvo, en todo el horror que significa, el levantón a los periodistas esta semana. Naturalmente es algo que no le deseo a nadie y tengo sincera admiración por el valor que mostraron los secuestrados, pero si hemos de sacar provecho de la desgracia, este caso mostró la capacidad de todo un gremio de frenar el chantaje

Para Nicolás, por valiente.

Si bien el optimismo no es lo mío —nunca me sale natural—, sin duda hay momentos en los que vale la pena tratar de verle el lado bueno a las cosas, así sean francamente siniestras.

Algo bueno tuvo, en todo el horror que significa, el levantón a los periodistas esta semana. Naturalmente es algo que no le deseo a nadie y tengo sincera admiración por el valor que mostraron los secuestrados, pero si hemos de sacar provecho de la desgracia, este caso mostró la capacidad de todo un gremio —y uno bastante poderoso si se une— de frenar el chantaje.

Una línea peligrosa se cruza cuando el crimen organizado empieza a decirle a los medios lo que pueden o no pueden decir. La reacción de los periodistas, rechazando las imposiciones, manda un fuerte mensaje a los criminales y, en esencia, protege a los informadores. Si se sabe que el chantaje no funciona, no tiene caso llevarlo a cabo.

En ese mismo tema hay otra buena noticia: el extraño pero festejable giro que dio el presidente Calderón al abrir el debate sobre la legalización de las drogas. El extinto PSD hizo una fuerte campaña en 2009 en torno a ese tema, pero fue en general desestimado y criticado por el PAN y los sectores conservadores del gobierno. Ahora las cosas empiezan a cambiar, como suele suceder con las buenas ideas: primero las tiran a la basura y poco a poco éstas vuelven a salir, ganando conciencias, hasta volverse parte de las opciones nacionales.

El llamado de Calderón a debatir éste y otros asuntos respecto a la batalla contra el crimen es tardía y un poco oportunista, pero es también una oportunidad que no puede dejarse pasar por ningún motivo. La valiente propuesta que hizo el PSD en aquel entonces debe ser ahora recuperada y revalorada, como un primer paso para robarles a los delincuentes el río de lana que significa el tráfico de drogas ilegales. Además, este debate, llevado a buen puerto, puede alejarnos de seguir el camino de Colombia y su propia guerra contra el narco.

Esto es importante porque se oyen muchas voces que llaman a seguir el “ejemplo” de Álvaro Uribe y sus supuestos avances en el debilitamiento de las FARC, así como del narco en general. Pero hay un lado oculto —terrible— que México no debe imitar y que irónicamente ha sido silenciado por los medios colombianos.

Por un lado, justo ayer, la Fiscalía General de la Nación de Colombia decidió archivar un proceso contra el presidente electo Juan Manuel Santos por el escándalo de los “falsos positivos”. Este término es un admirable eufemismo para decir “civiles asesinados por el ejército”, y que tenía que ver específicamente con 11 jóvenes que fueron masacrados por militares y después disfrazados de guerrilleros para justificar su homicidio. Así, vemos como la fiscalía —al servicio de Uribe aún— cierra casos que pueden dañar su legado y a su sucesor, mostrando que a la democracia colombiana también le falta un camino por recorrer.

También en Colombia vemos la otra cara de la moneda de la presión que sufren los periodistas para acallar o administrar la información, pero en este caso viniendo del gobierno y no de la mafia.

La reportera Azalea Robles destapó lo que debería ser el más grande escándalo de uribismo: “Recientemente en Colombia se descubrió la mayor fosa común de la historia contemporánea del continente americano, horrendo descubrimiento que ha sido casi totalmente invisibilizado por los mass-media en Colombia y en el mundo. La fosa común contiene los restos de al menos dos mil personas, está en La Macarena, departamento del Meta. Desde 2005 el ejército, desplegado en la zona, ha estado enterrando allí miles de personas, sepultadas sin nombre”.

Dos mil cadáveres en una fosa común en una zona controlada por el gobierno colombiano y el tema no ha recibido ninguna atención de los medios internacionales. Una delegación de parlamentarios británicos y la Comisión Asturiana de derechos humanos han logrado verificar el hecho y han exigido una investigación al gobierno, que ha optado por hacer la vista gorda.

Ese es uno de los resultados de una guerra contra el crimen en el que la sociedad no es tomada en cuenta, los medios son sometidos y el debate acallado con las balas. Y ese es el camino que México debe evitar transitar a toda costa. Se han perdido demasiadas vidas ya como para no hacer conciencia sobre lo que está sucediendo.

Legalizar las drogas y atacar en serio las redes financieras del narco son los únicos caminos posibles para desarticular estas poderosas mafias.

Sin negocio ni dinero, su derrota dejará de ser la utopía que es hoy.

¿Legalización? Sí

Jaime Sánchez Susarrey
Reforma

La estrategia ha fallado en todos los órdenes. No ha logrado disminuir el consumo. No ha conseguido contener la violencia. No ha reducido el poder económico de los cárteles. No ha recobrado territorios

1.Más vale tarde que nunca. Felipe Calderón no se pronunció por la despenalización de las drogas, pero aceptó y dio por buena la apertura de un debate al respecto. Anteriormente su postura había sido tajante: no a la despenalización, no al debate.

Su cambio coincide con la Declaración de Viena (firmada por tres ex presidentes latinoamericanos: Zedillo, Gaviria y Cardoso) que llama a revisar la política de "la guerra contra las drogas" porque ha fallado en todo el mundo y convoca al secretario de la ONU a pronunciarse por la despenalización de los consumidores de drogas (www.viennadeclaration.com).

2. En México la estrategia ha fallado en todos los órdenes. No ha logrado disminuir el consumo. No ha conseguido contener la violencia. No ha reducido el poder económico de los cárteles. No ha recobrado territorios y espacios que estaban bajo el control del crimen organizado.

Para utilizar la metáfora del propio Calderón: la intervención inicial del paciente mostró que padecía un cáncer avanzado, pero el tratamiento aplicado ha provocado una metástasis. El empeoramiento de la situación no es garantía ni confirma que vamos por el buen camino. De ahí la urgencia de revisar la estrategia.

3. La situación en México y Estados Unidos es radicalmente distinta. En ambos países hay consumo y tráfico de drogas, pero allá los cárteles no constituyen un desafío para el Estado ni son un problema para la seguridad nacional.

Voy a lo fundamental. En más de 10 estados de la Unión Americana la marihuana está legalizada con fines medicinales. En California, por ejemplo, se puede adquirir en máquinas despachadoras mediante una receta que la prescribe para combatir el insomnio, la ansiedad u otros padecimientos. Imposible tapar el sol con un dedo. El uso medicinal de la cannabis es un primer paso en la dirección de la completa despenalización.

4. En Oakland, cerca de San Francisco, California, se acaba de aprobar la edificación de cuatro empresas que producirán en forma industrial la marihuana para abastecer el mercado que genera el uso medicinal.

Pero además, en la elección para gobernador de California en noviembre se realizará un referéndum para aprobar el consumo de la droga con fines recreativos. Las encuestas muestran, por lo pronto, que el índice de aprobación ronda el 50 por ciento.

Los argumentos de los despenalizadores son, por un lado, que se abatirá la violencia y, por el otro, que el gobierno percibirá una cantidad importante de ingresos por los impuestos al consumo y la producción de marihuana.

5. La despenalización de la marihuana con fines medicinales y la legalización de la producción en Oakland cambian el panorama radicalmente.

¿Con qué autoridad moral y argumento racional se puede justificar que en México, a lo largo del gobierno de Felipe Calderón, la guerra contra el narcotráfico haya cobrado más de 28 mil víctimas cuando del otro lado de la frontera la compra y venta de la marihuana es un negocio legal?

Y si en el plebiscito de noviembre se impone el sí sobre el no, la situación será aún más insostenible. ¿Por qué perseguir a sangre y fuego lo que del otro lado se tolera y se consume legalmente? Sería como reeditar, pero al revés y con un gravísimo riesgo, la historia de la prohibición del alcohol en los años treinta, cuando los jóvenes estadounidenses cruzaban a Tijuana para embriagarse. ¿Eso es lo que queremos y, sobre todo, a cualquier costo?

6. Hay varios datos, además de los citados arriba, que confirman el impacto positivo que tendría la legalización de la marihuana. Voy punto por punto.

Según el Departamento de Estado de Estados Unidos, en México se lava un promedio anual de 25 mil millones de dólares. Esto significa que al cumplirse el cuarto año de gobierno de Felipe Calderón estaríamos hablando de 100 mil millones de dólares que, a un tipo de cambio de 12.50, equivalen a un billón 250 mil millones de dólares.

Según John Walters, entonces titular de la Oficina de la Casa Blanca para el combate a las drogas, en 2007 el 58 por ciento de los ingresos de los cárteles mexicanos en Estados Unidos provenía de la venta de marihuana.

La conclusión cae entonces por su propio peso. Si de verdad se quiere golpear el enorme poder económico de los cárteles de la droga la opción más simple y directa pasa por legalización de la producción y el consumo de la marihuana. Porque, dígase lo que se diga, ninguna estrategia hacendaria de decomiso podría tener una efectividad tan rápida y tan dramática.

A lo que hay que agregar dos elementos adicionales. Se socavaría la base social de los cárteles en el campo mexicano, toda vez que el Departamento de Estado estima que 300 mil personas se dedican al cultivo y procesamiento del opio y la marihuana. Y el Estado podría gravar la producción y el consumo, tal como lo hace con el alcohol, y obtener ingresos considerables.

7. Por último, la legalización de las drogas se funda en un principio elemental que John Stuart Mill sintetizó con claridad y concisión hace un siglo y medio:

La única finalidad por la cual el poder puede, con pleno derecho, ser ejercido sobre un miembro de una comunidad civilizada contra su voluntad, es evitar que perjudique a los demás. Su propio bien, físico o moral, no es justificación suficiente (...) Sobre sí mismo, sobre su propio cuerpo y espíritu el individuo es soberano (...) Cada uno es el guardián natural de su propia salud, sea física, mental o espiritual. La humanidad sale más gananciosa consintiendo a cada cual vivir a su manera que obligándole a vivir a la manera de los demás. (On Liberty, 1869).

Ética y acción

Julio Faesler
Consultor
juliofelipefaesler@yahoo.com
Excélsior

Casi simultáneamente los presidentes Calderón y Obama declaran su desacuerdo con la legalización de las drogas

A los muchos problemas que se imbrican en nuestra densa relación con Estados Unidos, se añade el de la migración y su interminable debate en el Congreso de Washington, haciendo más complejo el combate a las drogas en los dos países. Ambos asuntos se funden en un tema compartido, el de seguridad nacional.

Eventos recientes vienen a subrayar esta interconexión. Por una parte, emerge de su oscuro nido racista la ley antimigratoria promulgada en Arizona. Por la otra, aparece en California la autorización para el consumo y hasta la producción local de la marihuana, considerada como droga "leve", apta para cualquiera, no sólo para uso médico. Casi simultáneamente los dos Presidentes declaran, cada uno por su cuenta, su desacuerdo personal con la legalización de las drogas. Calderón, sin embargo, acepta la utilidad de una consulta pública.

Mientras en México preparamos así los foros para debatir el seguir o no con la acción militar contra los cárteles de los narcotraficantes o bien aceptar legalizar su consumo, la Casa Blanca envía por razones de seguridad, mil 200 soldados a su frontera sur, no para interceptar el contrabando de armas destinadas a las mafias mexicanas, sino para bloquear la entrada de nuestros desesperados migrantes. El desempleo al 10% en ese país aporta una oportuna justificación política. El tema de la migración también les sirve para disimular la falta de control de la extensa red de distribución de drogas que se da en EU.

Si tienen razón los que ven en la acción militar una verdadera guerra contra la fiera violencia que libran los narcotraficantes entre sí para defender sus plazas y contra el Estado, no cabrá duda que debe proseguirse implacablemente esta estrategia escalándola hasta los niveles que hagan falta para aniquilar el mal, como se hizo en Colombia que parece haber dejado atrás lo peor. Imposible pensar que en un solo sexenio Calderón extirpe un cáncer que se ha extendido desde hace décadas con la anuencia de los gobiernos priistas.

Independientemente de lo anterior, está la flagrante pérdida de respeto en todos los ámbitos hacia los valores morales y éticos que toda sociedad requiere para sostenerse. El abuso extendido de las drogas y su distribución tantas veces obligada por la pobreza extrema camina sobre este suelo moralmente debilitado.

La lucha, por lo tanto, se libra también en el campo de la moral. Desde el núcleo familiar pasando por la escuela hay que inculcar los principios que blinden al individuo contra el imperio de las drogas. Las bases éticas que la comunidad tiene por válidas justifican el comportamiento que ésta exige de sus miembros. La acción policial, militar, las nuevas restricciones financieras para combatir el narcotráfico no tocan pues, fondo. Es indispensable hacer valer y vigilar los valores éticos y de solidaridad social con enérgicas campañas de opinión organizadas tanto por el gobierno como por la sociedad civil.

En las raíces más íntimas de los mexicanos perviven los valores más sanos que responderán positivamente a la difusión de las normas de conducta que conducen a una vida productiva y feliz. Estas campañas deben utilizar las redes sociales y las radios comunitarias de alta penetración. De igual manera, hay que usar estos medios para impactar la conciencia de todos sobre las terribles consecuencias personales, familiares y sociales que resultan del consumo y del tráfico de drogas. El papel de los líderes políticos, empresariales y religiosos es imprescindible para difundir el respeto a los valores y normas constructivas de conducta.

No hay que esperar más por librar esta lucha en los dos campos en lo militar y en lo ético. No es momento de duda ni de confusión, sino de claridad y firmeza.

A tomarle la palabra al presidente Calderón

Carlos Puig
masalla@gmail.com
Historias del Más Acá
Milenio

Es imposible que el presidente Felipe Calderón siquiera insinúe que él está de acuerdo con la legalización de las drogas. Hace bien en mostrarse en contra. No se puede tener a decenas de miles de servidores públicos, unos uniformados, otros no, combatiendo a quienes siembran, distribuyen y consumen drogas, y uno decir que en verdad él quisiera que todo fuera legal.

Pero igual está muy bien que abriera una pequeña rendija para que el tema se ponga en la mesa de la agenda pública y se debata con rigor y vigor. Es momento de tomarle la palabra.

No será un debate corto ni sencillo. No se resolverá mañana ni pasado. Con suerte, se logra que no se llene de adjetivos y de prejuicios y se colme de datos duros, estadísticas e inteligencia. Pero sobre todo, ya lo apuntó con su precisión acostumbrada Héctor Aguilar Camín en estas páginas, que sea uno que se atreva a salir del paradigma conocido.

Cualquiera que sea el resultado, no creo que se produzca una “tragedia” —ojo señor secretario— ni sea la solución al problema de la inseguridad y la justicia en México. Ni fumarse un cigarro de mota desaparece los problemas, ni no fumárnoslo los arregla.

Primero habría que aclarar que el término “legalizar” no describe con puntería el objetivo de los que eso pretenden. La palabra tiene una aliento que es aprovechado por aquellos que se oponen para insinuar que en cada esquina todo mundo podrá estar dándose un pericazo. Así no funciona el consumo en estos tiempos. Los gobiernos regulan y supervisan buena parte de los productos que adquirimos. Una bolsa de papitas, una medicina, un refresco, la leche y los huevos tienen normas sanitarias que cumplir, información que poner en sus envases, advertencias que hacer, reglas por cumplir, bajo pena de sanción. Hoy todo objeto de consumo en el mercado formal es regulado por la autoridad.

De hecho, hay una amplísima variedad de drogas legales en el mercado. Muchas más que las que son ilegales. Hay una amplia variedad de derivados del opio que son legales —y por ende controlados y regulados—; uno de ellos, la heroína, es ilegal, y los gobiernos persiguen con furia a quien con ella comercia. Vaya usted a saber por qué.

Legalizar, entonces, no significa como quieren hacer ver algunos de los que se oponen: que todos tendrían libre acceso a todas las drogas.

Recordémoslo para el momento en que salga el argumento de “los niños”. Buen sofisma, con gran contenido emocional —¿quién no quiere lo mejor para los niños?—, pero falso. Si en verdad creemos que la legalización de una droga trae como consecuencia un mundo de niños y jóvenes drogadictos o testigos de millones de padres adictos, hagamos la campaña para prohibir de una vez y para siempre el alcohol, el tabaco, el prozac, el valium…

Es curioso. Algunos estudios estadunidenses sobre consumo de drogas señalan que la mayor prevalencia en los jóvenes del uso de mariguana tiene que ver con lo complicado que es para los menores de edad en aquel país el acceso a otras drogas, en comparación con la “ilegal” mariguana. Pero en general, cuando los jóvenes crecen y tienen acceso al alcohol o al tabaco o a unas pastillitas de valium, los prefieren. Por cierto, las tres drogas reguladas y permitidas a los adultos tienden a ser bastante más adictivas que la mariguana. Y no escucho que nadie proponga que se permita la venta de mariguana, por ejemplo, a un menor de edad. Yo no.

Habrá que tener también cuidado en el debate de no usar el socorrido argumento de que en México somos un desastre para regular y supervisar, que si la corrupción, etcétera. Ante ese argumento no hay política pública que resista. Son dos asuntos diferentes. ¿Cuántas veces hemos escuchado lo de que para qué hacemos una ley si no seremos, como tantas otras, capaces de aplicarla, de hacerla respetar? En la misma lógica deberíamos quitar las normas que impiden la venta de alcohol o tabaco a menores. Hay muchas que respetamos, si están bien diseñadas, supervisadas y las sanciones pesan.

En fin, el debate debe estar lleno de ciencia, de datos y de criterios de política pública que pongan en la balanza todo.

Cuando hace unos años se publicó el informe de la Comisión Latinoamericana sobre Drogas y Democracia que copresiden ex presidentes de México, Colombia y Brasil, la actitud del gobierno mexicano fue lanzar voceros a desacreditarlo.

Un buen inicio sería volver a ponerlo en la mesa. Releerlo.

Son muchos los muertos, demasiada la violencia, el miedo; como para no abrir los ojos y pensar fuera del paradigma dominante. Hacer el esfuerzo, pues; con nuevos ojos.

Bienvenida la invitación del Presidente. A tomarle la palabra.