agosto 08, 2010

'Menos mal' por Paco Calderón



La Reserva del Manantial en medio del desierto

Luis Manuel Guerra
quimicoguerra@gmail.com
La Crónica de Hoy

Existen los milagros. Lo que pasa es que los seres humanos de la época actual somos tan materialistas, que nuestra mente y nuestros sentidos están anquilosados, y ya no tenemos la capacidad de reconocerlos.

El aviario “El Nido”, creado por el Dr. Jesús Estudillo en Acozac, del que he escrito varias veces en este espacio, es uno de esos milagros. Pero el día de ayer, sábado 7 de agosto de este año, en medio del desierto de Mojave, en el estado norteamericano de Nevada, me topé afortunadamente, y causalmente (que no casualmente), con otro milagro: la “Reserva del Manantial”, Spring Preserve, que se encuentra a escasos cuarenta minutos de Las Vegas.

Resulta que este sitio tuvo los únicos manantiales que brotaban espontáneamente a nivel de suelo que permitieron sobrevivir en uno de los ambientes más inhóspitos del planeta a las tribus nómadas originales de los navajos y los apaches. ¡Hace cinco mil años! En los años treinta del siglo pasado, como resultado de las cruentas matanzas entre traficantes de bebidas alcohólicas derivadas de la prohibición (Chicago con Elliot Ness), el gobierno federal de los Estados Unidos levanta esta prohibición y promueve que las grandes fortunas derivadas del tráfico ilegal de bebidas embriagantes se inviertan en negocios lícitos, en los cuales los otrora delincuentes pudieran usufructuar su fortuna, haciéndola productiva en empresas cercanas a su actividad anterior: el espectáculo.

Surgen así Las Vegas, uno de los sitios de mayor crecimiento en la Unión Americana y que mantiene hoy en día un ritmo de progreso impresionante. La última vez que estuve aquí, en 2000, esta ciudad tenía un millón doscientos cincuenta mil habitantes. Hoy tiene dos millones de habitantes. Por cierto, el nombre mismo “Las Vegas”, surge de los humedales que había en ese entonces, y que conformaban las ciénegas que hoy se están rescatando.

Parece increíble, viendo el desierto del Mojave desde el avión, que hubiese existido un oasis en estas enormes extensiones de tierra aparentemente desnudadas de toda vida. El vertiginoso crecimiento de Las Vegas significó una alteración casi irreversible del hábitat natural de estos humedales desérticos. Sin embargo, ya en 1978, conservacionistas de la localidad consiguieron que noventa hectáreas de los humedales originales, se incorporaran al Registro Nacional de Preservación Histórica lo cual le brindaba al sitio protección legal.

Así se evitó que una autopista planeada para pasar por en medio del área de conservación se modificara en su trazo para proteger el hábitat que se considera como el lugar de nacimiento de Las Vegas. Este sitio es propiedad de la autoridad del agua del Valle de las Vegas. Dándose cuenta de que poseían un lugar de gran importancia biológica e histórica, esta autoridad decide compartir esta riqueza con la comunidad, iniciando una serie de consultas de cómo se debía manejar el área. Se decide por parte de todos los involucrados crear “La Reserva del Manantial”.

Este tesoro se administra por la autoridad del agua con una combinación virtuosa de aportaciones estatales, donaciones de corporaciones y de individuos, la consecución de fondos a nivel nacional y de un apoyo anual de la autoridad misma del agua. Esta reserva tiene como objetivo fundamental la educación ambiental, y está cumpliendo muy exitosamente este objetivo en los escasos tres años que lleva operando.

Más allá de las cuestiones puramente ecológicas, y tomando correctamente en cuenta que la sustentabilidad se basa tanto en el medio ambiente como en la responsabilidad social y en la viabilidad económica, esta Reserva instrumenta cursos y programas de arte y cultura, así como talleres en permacultura y manejo armónico de los recursos naturales.

Es un verdadero gusto el visitar y gozar este lugar. Conócelo a través de www. Springpreserve.org

© Algunas de las atracciones educativas

El Springs Preserve es una institución cultural con un área de 180 hectáreas destinadas a conmemorar la historia dinámica de Las Vegas y para proporcionar una visión de un futuro sostenible. Ofrece una serie de museos, galerías, conciertos al aire libre y eventos, coloridos jardines botánicos y un sistema de senderos interpretativos que serpentea a través de un hábitat de humedales escénica.

Esta área fue diseñada para que los visitantes conozcan a los habitantes originarios y que hicieron de los manantiales en el Valle de Las Vegas su hogar.

Así, Natural Mojave Gallery (Galería natural del Mojave) cuenta con exhibiciones interactivas que exploran la historia geológica del desierto del Mojave y la formación del Valle de Las Vegas y los manantiales.

People of the Springs Gallery (Galería de la gente de los manantiales) incluye 33 exhibiciones enfocadas en la historia cultural de Springs Preserve y del desarrollo de Las Vegas. Se exhiben las reconstrucciones de viviendas de los nativos americanos y una recreación en multimedia del remate de tierra de Las Vegas en 1905. La llegada del ferrocarril se destaca con un carro de tren que se puede explorar.

Sobre la conservación ecológica, Springs Preserve cuenta con el Desert Living Center (Centro de vida en el desierto), un complejo de cinco edificios y 43 exhibiciones.

Contar la historia

Rafael Pérez Gay
El Universal

Me invitó el Museo Tamayo al ciclo “Drogas, cultura y Sociedad”, una jornada de exposiciones y comentarios llamada “Razones para debatir”. Me tocó en suerte el tema de “Reportaje y literatura”. Y acepté. De inmediato supe que me metía en un aprieto, mucho más si esos dos géneros hay que referirlos al narcotráfico y al momento crítico de la violencia mexicana. No soy un conocedor del tema ni de lejos; en cambio, soy un espectador alarmado que desayuna frente a las imágenes impresas en color de doce cuerpos sin vida tirados en una carretera de Tamaulipas con claras señales de tortura y tiro de gracia en la nuca. Me llena de estupor que las bandas enemigas le corten la cabeza a sus rivales y las hagan rodar por las calles de Reynosa, las mismas páginas muestran tambos dentro de los cuales uno o varios cuerpos han desaparecido en ácido sulfúrico. El asesinato de jóvenes en Torreón a manos de sicarios que se refugiaban en una cárcel de Durango me parece una parábola de la descomposición del tejido social y del mal a secas. Hace años me invitaron a Ciudad Juárez y no hubo lugar en el que no se hablara de la muerte. He dicho entonces que soy un espectador y, agrego, un lector de lo que aparece en la prensa y se imprime en los libros, no muchos por cierto. He leído reportajes sobre esta nueva vida mexicana y he sido testigo del momento en el cual los textos pasan una frontera invisible y se convierten en literatura. Si no soy un conocedor del narco, en cambio sé reconocer cuando una historia ha sido bien contada, en un reportaje o en la página de una novela.

Tomás Eloy Martínez escribió que los seres humanos nos pasamos la vida buscando cosas que ya hemos encontrado. ¿Con qué palabras narrar la desesperación de una madre que ha perdido un hijo si ya hemos visto la escena en la televisión y oído en la radio las palabras irrepetibles de la tragedia? Desde hace muchos años el periodismo ha resuelto el problema a través de la narración. El problema, dice Tomás Eloy Martínez, es que a los editores de periódicos les cuesta aceptar que ésa es la respuesta. Desprendo de esta lección un desafío: contar la historia. Se trate de un reportaje, de un cuento, de una novela, la clave estará en contar la historia, esta llave no sólo no desaparecerá nunca sino que cada día es más necesaria.

Algunos de los grandes secretos del periodismo se esconden en las novelas. Voy a escribir uno: era un hombre sin importancia colectiva, simplemente un individuo. Esta frase de Céline figura como epígrafe de “La náusea” de Sartre y oculta la fibra última de una regla periodística: buscar detrás del hecho al ser humano. Desde luego, no siempre es posible descubrir a través de una vida lo que hace falta saber de muchas vidas. 25 mil muertos dicen todo y nada. Contar la historia rigurosa de uno de ellos puede decir mucho más no sólo que ese número escalofriante sino que las imágenes de la televisión, las declaraciones de un político, el artículo de un comentarista o los números de una estadística que parecen encerrar la verdad. Ese es el reportaje que a mí me interesa, pero cada vez lo encuentro menos en las páginas de los periódicos.

No creo que el periodismo pueda escribirse como una novela. La idea de la narrativa soportada en adjetivos y floripondios, lirismos y poetry no tiene nada que ver con el periodismo, pero tampoco con la literatura. Sostengo que escribir bien, conmover al lector y al mismo tiempo contarle una historia rigurosa pertenece tanto a la periodismo como a las letras de ficción. ¿Puede una mujer enamorarse un asesino, de un capo? ¿Cuánto dura la vida de un narco de trinchera? Narrar es uno de los verbos más antiguos que se conocen; el periodismo, si pretende sobrevivir, no debe renunciar a esa acción que fundó la mente del ser humano que quiso contar algo en las cuevas de Altamira.

Según Artur Domoslawski, biógrafo de Kapuscinski, asegura que el gran escritor cuidó a conciencia su imagen de reportero valiente que arriesgaba el pellejo una y otra vez e incluso llegó a maquillar situaciones de gran peligro. Que exageraba la nota, literalmente. Sus libros no perderán ni profundidad ni belleza, pero subirán el telón de una obra: ¿cuánta ficción soporta un reportaje? Ni un gramo. De ser así, entonces esa pieza se convertirá en el capítulo de una novela. En Lapidarium II, Kapuscinski escribió: “Si entre muchas verdades eliges una sola y la persigues ciegamente, ella se convertira en falsedad, y tú, en un fanático”.

(Este artículo está basado en “El otro género” de Tomás Eloy Martínez: La otra realidad FCE, y en El gran viaje de Kapuscinski, I Seminario Virtual de Literatura y Periodismo. Universia, Escuela de Periodismo, Carolina).

La guerra absurda de Calderón

Víctor Beltri
Académico
contacto@victorbeltri.com
twitter.com/vbeltri
Excélsior

Todos los días escuchamos hablar sobre la guerra absurda de Calderón. Los medios dan cuenta de las víctimas, que se cuentan por decenas de miles, y algunos incluso muestran fotografías verdaderamente espeluznantes. La lucha contra el crimen organizado acapara las conversaciones y, por momentos, parecería que no hay otros temas en México. Economía, desempleo, salud. Todo queda opacado por la que fue la bandera de este sexenio, y lo será aún más ahora, cuando comienza a hablarse sobre la posibilidad de debatir la legalización de algunas drogas.

Y es que estamos a punto de abrir el debate más bizantino de los últimos tiempos. Todo el mundo se sentirá con autoridad para opinar, y podemos esperar desde la opinión de expertos en farmacodependencia hasta la de sacerdotes y amas de casa. Abogados, médicos, economistas. Comunicadores, empresarios, políticos en campaña. Especialmente políticos en campaña.

Porque el debate sobre la legalización de las drogas es un campo perfecto para el lucimiento personal de nuestra clase política. Hoy en día cualquiera pontifica desde la trinchera de la modernidad y el progresismo, levantando la ceja y mirando con desprecio a aquellos que no coincidan con la "solución" de moda y bandera de la temporada. Todo sea con tal de diferenciarse de la administración actual. De "la guerra absurda de Calderón". Aunque no sepan explicar a ciencia cierta las repercusiones económicas, sociales, de salud y seguridad pública que podríamos esperar. Sin entender que, en un delito fruto de la codicia, la ambición de los criminales cambiaría drogas por secuestros, extorsiones, o tráfico de personas. Como ya está ocurriendo. La motivación del delincuente es el dinero fácil y rápido, y no el comercio en sí de algunas sustancias. No son apóstoles del consumo, sino gente dispuesta a cualquier cosa con tal de obtener una riqueza que el mismo sistema no les permite conseguir de manera legal.

Pero a algunos políticos en campaña lo que les interesa no es encontrar una solución real, sino un punto de comparación y una bandera que puedan utilizar para posicionarse en la mente del elector como una opción, aunque esta provenga de un silogismo falaz. Porque una eventual regulación, que no legalización, no arreglaría nada si seguimos con las mismas condiciones de desigualdad y falta de oportunidades. De educación deficiente y visión de corto plazo. De campañas políticas basadas en el odio y la estigmatización del adversario.

Por eso conviene preguntarnos, hoy, antes de comenzar con la locura de un debate que puede llenar los próximos dos años sin llevarnos a ningún lado, cuál es la motivación real de quien lo convoca y de quienes velan armas y preparan sus argumentos a favor y en contra. Si la motivación es encontrar una salida a una situación que cada día cuesta más vidas y acota progresivamente el espacio público, bienvenidos. No hay tiempo que perder. Y en paralelo al debate convendría despojarse de mezquindades y aprobar las reformas que tienen al país paralizado. Fomentar la creación de empleos. Modernizar la educación. Ejercer cabalmente el gasto público. Promover la igualdad y encontrar los puntos de acuerdo en un país que cada vez cree menos en sí mismo.

Pero si lo que les motiva es la búsqueda del poder por el poder, a pesar de los propios principios; la revancha de una elección "robada" por la "minoría rapaz"; o el tratar de encontrar un espacio inexistente hablando de "la guerra absurda de Calderón", sin darse cuenta de que en estos momentos la "guerra absurda" es un problema de todos nosotros, entonces, señores, el Zócalo los está esperando. Y ahí la democracia funciona a mano alzada.

Con diamantes da otro salto la computación Q

Luis González de Alba
Se descubrió que...
Milenio

Sólo me ha faltado ir de rodillas, como los peregrinos que pagan mandas a la virgen de Zapopan. Todo lo demás lo he hecho: argumentar, suplicar, gritar: la próxima revolución industrial, a 5-10 años, se basará en la física cuántica y el dueño de la Universidad de Guadalajara debería ofrecer becas de 3 mil pesos mensuales a jóvenes que se inscriban en física. Para lo cual, primero, debe elevar el nivel académico de los maestros. Por ahi rueda un programa que ofrecí. En particular la computación cuántica está ya a la vista. Y nuestras universidades, públicas o privadas, no están a la altura.

Han de perdonar mis lectores que exigen más atención a investigaciones mexicanas, pero la que me entusiasma viene en Science y la publico porque, ya lo dije, me entusiasma y, además, se me pega la gana.

Comienzo por la mitad porque no son notas dirigidas al público, sino al intercambio entre científicos y las mías van a lectores no especializados (aunque he descubierto a uno que otro). Por décadas, los investigadores han deseado emplear una maravilla del mundo subatómico, la superposición de estados, para multiplicar por millones de millones las operaciones realizadas por segundo.

Va de nuevo: nos comunicamos con nuestras compus por medio de un lenguaje binario: 0,1. Esa mínima información es un bit. El puerto de un transistor indica 0 si no hay corriente eléctrica, 1 cuando sí la hay. La industria de la miniaturización está llegando al límite de los transistores que pueden integrarse en un chip: son ya millones en circuitos de un centímetro cuadrado. Ha llegado la industria al nivel molecular.

Pero podemos descender al último nivel: el subatómico. Si fuera posible emplear ya no moléculas, ni siquiera átomos, sino electrones en los que alguna característica se leyera 1 y otra 0, no sólo se estaría en el límite de la miniaturización, sino en el reino donde se puede tener 1 y también 0 de forma simultánea si la partícula elegida está en superposición de estados. Un ejemplo en el mundo clásico, que vemos, sería un objeto que es, de forma simultánea, redondo y cuadrado… No se preocupe: también a Einstein le pareció absurdo. Pero está comprobado desde 1927. Un bit que es 1 y también 0 es un bit cuántico o un qubit. Presentan el enorme problema de que esa superposición dura fracciones de segundo y decae en alguna de las posibilidades: es 1 o es 0.

Ahora, un par de nuevos resultados pone esta meta un peldaño más cerca. Investigadores en California reportan que encontraron la forma de aumentar la producción de qubits. Los crean en una oblea de diamante. Otro equipo, éste de Massachusetts, ha hecho algo maravilloso: aquí va, tome aire: ha enlazado un qubit en diamante a un solo fotón, la mínima unidad de la luz. “El resultado puede abrir la puerta al enlazamiento de grandes cantidades de información cuántica”.

Cada uno de los artículos plantea el uso de diamante y es de extraordinaria importancia “como plataforma para procesar información cuántica”, dice (no se ría) Ray Beausoleil (Rayo Hermoso de Sol), físico de la compañía HP en los laboratorios de Palo Alto. Pero considerados ambos podrían hacer posible tanto la computadora cuántica como el paso de datos por una red cuántica.

El bit cuántico es 1 y 0 a la vez. Foto: EspecialPara darnos una idea del inmenso poder de computación del sistema cuántico, veamos el ejemplo que da Beausoleil: “Cada qubit puede existir ya sea como un 0 o como un 1, o como superposición de todos los estados posibles. Por ejemplo, podría ser 19 por ciento 0 y 81% 1, o 65% 0 y 35% 1 o incontables combinaciones. Al ejecutar sus operaciones, una computadora cuántica da peso a todos esos valores de forma simultánea. El resultado es que una hilera de 30 qubits juntos (que en bits da apenas para indicar, digamos, unas letras de este escrito) daría un poder de computación de unos 30 millones de millones de operaciones… por segundo!”

Los investigadores ya han logrado entrelazar múltiples estados cuánticos, de tal forma que la manipulación de un bit causa un cambio predecible en su vecino. Exactamente lo que, hacia 1935, Einstein, con Podolsky y Rosen, con su entonces “experimento mental” propusieron como prueba de que la cuántica iba desencaminada. Ahora esa demostración de que se predecía un absurdo, llamada paradoja EPR por las iniciales de sus autores, ocurre todos los días. ¿No tiene sentido? No. ¿Ocurre? Ocurre a diario en los laboratorios desde 1983, en que Alain Aspect lo consiguió en París. Einstein no vivió para verlo.

Quien tenga interés en saber cómo se producen los qubits inyectando nitrógeno en una oblea de diamante y cómo manipulan el spin de un electrón con radiofrecuencias, micro-ondas o luz láser, aquí tiene el link activo:

http://www.sciencemag.org/cgi/content/full/329/5992/616-b.

DE:

Taza de café, copa de vino, botella de tequila, costal de cemento, plato de mole, tubo de agua, y así, vaso de agua: todo lo que está lleno. Compruébelo con el DRAE.

Mi novela contrarrevolucionaria: OLGA, (Planeta, 2010).

Mi página web:

www.luisgonzalezdealba.com

Usos de la historia heroica

Enrique Krauze
Reforma

El culto a los héroes es tan antiguo como la humanidad. Está en los griegos y romanos, en el Renacimiento y la Ilustración. En el siglo XIX, la idea del "gran hombre" y su consiguiente representación pictórica y estatuística tomó vuelo con la representación de Napoleón. En América Latina, donde Napoleón tuvo varios imitadores, prosperó la "Historia de Bronce", género de exaltación histórica que contribuyó a la formación y consolidación de los estados y las identidades nacionales. "Mi padre decía que el catecismo ha sido reemplazado por la historia argentina", escribió Borges. La frase vale, en mayor o menor medida, para todo el continente. Las historias patrias (con sus respectivos panteones de héroes) legitimaron la construcción del nuevo orden republicano, laico y constitucional, adoptando muchas veces las formas de devoción del antiguo orden religioso que habían desplazado. Frente al cielo católico -poblado de santos-, apareció el cielo cívico -poblado de santos laicos: caudillos, libertadores, tribunos, estadistas, presidentes, rebeldes, reformistas. En el siglo XX, el "culto a la personalidad" -fanática variedad del culto a los héroes- llegó a extremos delirantes en los países totalitarios de izquierda o derecha. Y como soles inextinguibles en la noche de la Historia, aparecieron los íconos modernos y postmodernos de la teología política: los santos revolucionarios.

En México practicamos con fervor la "Historia de Bronce". Desecharla es imposible y quizá indeseable. Si bien ya no aparece con tonos exaltados en los libros de texto gratuito, la inercia de la vieja historia oficial (maniquea, solemne, unidimensional) y el prestigio mágico de la palabra "Revolución" han probado ser más fuertes que la letra impresa. Los ritos y los mitos nacen, crecen y desaparecen cuando ellos quieren, no cuando los historiadores lo dictaminan.

Así como "cada santo tiene su capillita", cada héroe tiene su callecita... su plaza, su mercado, su pueblo, su ciudad, su estado, su poema, su estampita, su altar, su canción, su estatua, su óleo, su mural, su escuela, su institución, su cantina, su parque, su paseo, su leyenda y hasta su club de futbol. Vivimos inmersos en una nomenclatura heroica. Al mismo tiempo, cumplimos religiosamente con el santoral cívico: natalicios, muertes, batallas. En el día de la patria, los viejos ritos (el grito, la fiesta, la campana, el ondear de la bandera, el desfile) han seguido y seguirán celebrándose, con variantes, como cada 16 de septiembre desde 1825. Son nuestra humilde ración de sacralidad cívica en un mundo desacralizado. No hacen daño y, hasta cierto punto, hacen bien.

Si se me permite una anécdota personal, yo mismo descubrí por esa vía el amor a la historia. De niño, en el México radiofónico de los años cincuenta, fui -y lo confieso sin rubor- un emocionado escucha de "La Hora Nacional". A las diez de la noche en punto, enmarcada por la música de Moncayo, una voz grave pronunciaba las palabras sagradas: "Soy el pueblo, me gustaría saber"; en seguida venía la anécdota histórica de la semana. Recuerdo varias: Nicolás Bravo perdona a los asesinos de Leonardo, su padre; el niño artillero rompe el sitio de Cuautla; Guillermo Prieto antepone su cuerpo al de Juárez y exclama ante el pelotón que pretendía fusilarlo: "¡Los valientes no asesinan!". Entre las narraciones de la Revolución había una que me conmovía: en medio de una lluvia de balas, el maestro de literatura Erasmo Castellanos Quinto cruzaba el Zócalo para cumplir sus deberes en la Escuela Nacional Preparatoria. Ya en la adolescencia, mi padre nos llevó a mi hermano y a mí a recorrer la Ruta de la Independencia. Fue mi bautizo en la historia.

No veo cómo el cumplir con esos rituales o memorizar algunos (idealizados) episodios nacionales pueda afectar negativamente la sensibilidad y la imaginación de un niño. Suministrados en pequeñas dosis antes de la adolescencia, pueden favorecer el cultivo de una actitud que los ideólogos suelen confundir con el nacionalismo: el patriotismo. Agresivo o defensivo, el nacionalismo presupone la afirmación de lo propio a costa de lo ajeno. Es una actitud que pertenece a la esfera del poder. El patriotismo, en cambio, es un sentimiento de filiación: pertenece a la esfera del amor. Pero una vez pasado el umbral de la infancia, plantada la semilla del amor por este país, debe sobrevenir un sano y paulatino desencanto. La duda metódica y la búsqueda de la verdad deben desplazar a la admiración sentimental. La Historia de Bronce debe someterse a una crítica severa, en varias direcciones que exploraré en futuras entregas como un pequeño antídoto frente a los posibles delirios que traiga consigo el sonoro y rugiente mes de la patria.