agosto 29, 2010

'Ida y vuelta' por Paco Calderón



El jefe de los bandidos

Gabriel Zaid
Reforma

Si en una dependencia le piden mordida, y va a quejarse con el jefe, tenga cuidado. No lo vaya a ofender.

-¿Me está usted queriendo decir que yo también soy un bandido?

Yo diría solamente que es el jefe de los bandidos.

Parece lógico pensar que el jefe de los bandidos sea el bandido mayor. Pero puede ser una persona decente metida en una situación que lo rebasa, porque no sabe lo que está pasando; o lo sospecha y no se atreve a asomarse; o se asomó y se asustó ante la calaña de los que están haciendo de las suyas. Quizá no se siente capaz de impedirlo, temiendo represalias, o peor aún: que los malosos tengan autorización de más arriba. Puede estar atrapado en una cueva de bandidos de la que quisiera escapar. Pero la denuncia es peligrosa, y la renuncia inconcebible. ¿Dañar a su familia porque los de abajo (o los de arriba) hacen de las suyas? Sería injusto. Es mejor esperar la oportunidad de moverse a un puesto más deseable.

También existen jefes que no roban, pero dejan robar, porque les interesa el poder sobre todas las cosas. Dejan robar (a veces sí y a veces no) para tener a los bandidos en una situación expuesta al despido o la cárcel, bajo su control: "Lo tolero, mientras cuente contigo de manera incondicional. Todo es perdonable, menos la deslealtad". De Porfirio Díaz y Fidel Velázquez, que vivieron con cierta austeridad, se dijo algo así.

Los que han sido educados bajo el principio de autoridad dejan a salvo al jefe principal. El rey nunca lo permitiría, el señor presidente es traicionado por subordinados ineptos o abusivos, el papa fue engañado. Es inconcebible que los padres, los maestros, los sacerdotes, los médicos y cualquier autoridad hagan algo indebido. El mero hecho de pensarlo es aceptar el caos, destruir el orden social. Hay un sentimiento (aprovechable por los abusivos) de que la autoridad es divina, y que escupir al cielo tiene consecuencias terribles.

Los sentimientos democráticos son distintos. Desacralizan la autoridad. Uno cualquiera de nosotros tiene que hacerse cargo de esto. Hay que elegirlo, con algún procedimiento: por ejemplo, un sorteo. Y si abusa (o fracasa, simplemente) lo paga.

Se comprende que en los condominios y en los municipios pobrísimos, como en la democracia griega, se rehúyan los cargos. Un poder que es pura responsabilidad y servicio a la comunidad es indeseable. "Sin abuso, el poder pierde su encanto" -dijo Paul Valéry. Lo deseable es el poder impune, con el que se pueden cometer errores, arbitrariedades y latrocinios sin responsabilidad.

Afortunadamente, el poder burocrático es ideal para ser irresponsable. Los de abajo se escudan en las órdenes que reciben (o no reciben) de arriba. Los de arriba, en la distancia que hay hacia abajo. No pueden ser responsables de actos tan remotos. La institución misma se escuda en que los errores y abusos no los comete la institución, sino el personal. Finalmente, nadie responde de nada.

Para acabar con eso, lo contundente sería empezar por arriba. La impunidad en las altas esferas pone la muestra a todo el país. Hasta la simple apariencia de impunidad tiene ese efecto multiplicador. Si el secretario de Comunicaciones y Transportes fuese castigado por los errores, omisiones o delitos de un cartero, mejoraría la selección de personal. Y todo el país.

Dicen que Napoleón exigía a sus generales tener buena suerte en las batallas. Parece desmedido, pero se entiende. Mientras hay el resquicio de justificarse por esto o por aquello, abundan las derrotas. Un general con mala suerte no debe estar al mando de un ejército. Finalmente, ¿qué quiere decir estar al mando, si el éxito es atribuible a los jefes, pero el fracaso no? ¿Qué significado tiene la línea de mando, si no es también la línea de responsabilidad?

Así puede entenderse la tradición japonesa del haraquiri. Suicidarse por haber tenido resultados vergonzosos no es una confesión de culpa, sino de fracaso. El fracaso no es un delito, es un deshonor. Lo decente es aceptarlo y pagar las consecuencias.

Desde que se inventaron las excusas, se acabaron los fracasos. Aceptar nombramientos bajo el supuesto de que se hará el mayor esfuerzo posible, pero la misión es imposible, es una falta de seriedad. No hay que aceptar misiones que no se puedan cumplir. Si el jefe de una institución corrupta declara que acabar con la corrupción no será cosa de un sexenio, de hecho declara que no se siente obligado a nada, que acepta tranquilamente ser el jefe de los bandidos.

Pero no se lo diga, que se puede ofender.

Los Zetas, imagen de México

Juan Manuel Asai
jasaicamacho@yahoo.com
Códice
La Crónica de Hoy

Gloria Guevara Manzo.- ¿Qué pasará por la mente de la secretaria de Turismo? Lo pregunto porque mientras ella y su equipo se esmeran por relanzar la imagen del país, deteriorada por los graves problemas del 2009, la influenza H1N1 entre ellos, poniendo en marcha nuevas campañas de promoción y acumulando millas en viajes para reunirse con tour operadores de países vecinos y distantes, para tratar de convencerlos de que traigan turistas a México, mientras ella hace eso, una de las aerolíneas troncales del país decide, por problemas financieros que no ha podido remontar, cancelar todos sus viajes. La decisión afecta muchas áreas de la economía, comenzando por el turismo. Quienes pensaban viajar al país usando esa aerolínea, ahora lo pensarán dos veces. Muchos optarán por otro destino.

Pero no sólo es el problema de Mexicana de Aviación, también está el de la violencia que no cede, como el caso de la masacre de indocumentados en Tamaulipas. La cobertura que los medios de comunicación internacionales están dando al tema, coloca a México como uno de los lugares más peligrosos del planeta. La foto de la fila de cadáveres de los indocumentados fusilados ha tenido un efecto devastador para la imagen del país, prácticamente imposible de revertir.

Podemos decir, en promocionales de impecable factura, que México tiene bellas sorpresas para deleite de los visitantes, pero nadie lo va a creer si junto a ese anuncio aparece la sombra ominosa del grupo criminal conocido como Los Zetas, que a base de acumular brutalidades se erige como la nueva imagen de México en el mundo. Por eso me pregunto qué pasará por la mente de la secretaria de Turismo. Acaso comience a extrañar su lujosa oficina de Sabre Travel, donde tenía que resolver muchos problemas, pero nada comparado con su actual responsabilidad: convencer a la gente de que pase sus vacaciones en uno de los lugares más peligrosos del continente.

La Bestia.- El gobierno federal se ha quedado corto en su afán de tratar de explicar lo sucedido en el rancho de San Fernando, en Tamaulipas. Decir que se trató de una prueba del éxito de la lucha contra el tráfico de drogas y que los cárteles están desesperados, fue una pifia monumental. El problema, claro, es mucho más profundo. Las insuficiencias de nuestra política de migración quedaron al descubierto. Política que por cierto comandaba hasta hace poco el señor Alejandro Poiré, actual relator de la lucha contra el crimen organizado. ¿Qué demonios pasa en nuestra frontera sur? ¿Quién la vigila? ¿Alguien tiene el control? Una amplia variedad de mercancías ilegales, entre ellas armas y drogas, pero también cientos, miles de migrantes indocumentados de países de Centro y Sudamérica pasan tranquilamente, como si la línea fronteriza no existiera. Es tierra de nadie.

Después, armas, drogas y migrantes emprenden la ruta de la corrupción rumbo a la frontera norte. Agentes de migración, policías de diferentes corporaciones y bandas criminales están al frente del negocio de exprimir a los indocumentados. Ante la vista de todos, sin esconderse, a bordo de un tren al que le dicen la Bestia los migrantes se acercan a Texas. En la línea divisoria se ponen en manos de coyotes o polleros que los extorsionan, o delincuentes que los secuestran y en ocasiones los asesinan. El Estado mexicano es omiso y en muchos casos cómplice. ¿Por qué no se vigila la frontera sur? ¿por qué se deja libre el paso de la Bestia? La respuesta es, aunque duela, que agentes del Estado son parte fundamental de la ruta de la corrupción.

Calderón: pidiendo consejo

Sara Sefchovich
sarasef@prodigy.net.mx
Escritora e investigadora en la UNAM
El Universal

En las semanas pasadas, el presidente Calderón convocó a una serie de reuniones, algunas públicas y otras privadas, para hablar con distintos sectores de la sociedad sobre el tema de la seguridad.

Empresarios, partidos políticos, jueces, medios de comunicación, intelectuales y periodistas (desconozco si también fueron invitados las iglesias, el Ejército, los embajadores o algunas ONG) acudieron a las citas y escucharon a un mandatario que había cambiado de estrategia: en lugar de festinar sus triunfos y de regañar a quienes no los reconocían, ahora aceptaba errores y fallas y, lo más impresionante: pedía consejo de por dónde y cómo seguir en el combate con la delincuencia organizada.

Después de tres años de gobierno calderonista, en el que todos los convocados se habían quejado de que no lo escuchaban, el Presidente los llamó y los escuchó.

¿Y qué fue lo que escuchó?

Escuchó a personas muy inteligentes y participativas en la vida pública de este país, hablar durante horas: algunos pidieron, otros exigieron, unos reclamaron y otros regañaron, hubo los que se quejaron y los que enojaron.

La mayoría le echó la culpa de los problemas nacionales al Presidente y al gobierno, al Ejército, a las policías, a las leyes, a los vecinos del norte. La minoría se echó la culpa a sí mismo como ciudadano individual, como grupo social o como cuerpo colegiado, por no haber hecho las cosas bien y a tiempo o por no haberle entrado al problema con todo.

También hubo propuestas. Casi todas, sin embargo, se fueron por lo amplio y por lo políticamente correcto: la urgencia de mejorar la educación, de que funcione la justicia, de que haya empleo, de terminar con la pobreza. Todo esto es sin duda importantísimo, pero no servía de mucho para el objetivo de las reuniones, porque hacerlo y obtener resultados es a largo plazo y de lo que se trataba era de buscar formas concretas para enfrentar adecuadamente el problema de manera factible para las condiciones del país y realizable a corto plazo. Y esas, no se escucharon.

No tengo conocimiento de una convocatoria similar en la historia de México. Y creo que por eso los convocados no se dieron cuenta de la importancia del evento. Y si bien hicieron lo mejor que pudieron para estar a la altura del consejo solicitado, no lo estuvieron para aportar las respuestas y soluciones efectivas y concretas que urge tener.

Y lo peor: hubo quienes prefirieron aprovecharla para volver a ser ellos mismos una vez más. Los partidos y sobre todo sus legisladores en las dos cámaras, para no variar ni perder la costumbre, se instalaron en el puro exhibicionismo mediático que tanto les gusta y en la arrogancia que de manera tan natural les brota. Manlio Fabio Beltrones hizo evidente por qué los ciudadanos hemos detestado tanto a los priístas: para él se trata de no apoyar en nada al Presidente, de no pasar ninguna propuesta, de no darle siquiera el beneficio de discutir con él; vaya, ni siquiera de respetarlo por su investidura.

Y es que lo único que él y sus similares quieren es que a Felipe Calderón (como antes a Fox) le vaya mal. No importa si el castigado está siendo el país, no importa si a México le urgen las reformas, si al Estado le hacen falta los recursos, si el gobierno necesita espacio de maniobra, lo único que les importa es no darle oportunidad al Presidente de hacer absolutamente nada.

Pero lo más grave de esta actitud es que ella impregna de espíritu de linchamiento y desconfianza el ánimo nacional, pues se ataca absolutamente todo lo que se hace o se deja de hacer, todo lo que se dice o se calla y se duda de que pueda existir buena fe en alguno de los actos presidenciales.

Por eso algunos vieron en estas convocatorias de Calderón una estrategia destinada a ir abriendo las posibilidades del triunfo de su partido para la siguiente elección presidencial. Otros, en cambio, lo vimos como resultado de un genuino deseo de encontrar caminos para enfrentar el problema que hoy por hoy es el más grave que padece México y que parece irresoluble, pero que, aun así, urge resolver.

Libertad y seguridad

Juan E. Pardinas
Reforma

Cuba y Corea del Norte son dos de los países con menores índices de criminalidad en el planeta. Sin embargo, sus estrategias para disuadir delincuentes implican la cancelación de las libertades de sus habitantes. Con una autoridad que todo lo observa y todo lo escucha, no hay secuestros ni extorsiones, pero tampoco hay derecho a la intimidad, al libre tránsito o a la comunicación de ideas. Un régimen democrático debe garantizar la seguridad de las personas sin sacrificar sus libertades, pero una autoridad débil sólo es capaz de garantizar la anarquía.

Esta semana el presidente Calderón anunció una iniciativa para cancelar ciertas libertades financieras de los mexicanos. Si el Congreso avala la reforma, tú ya no podrás hacer compras en efectivo por más de 100 mil pesos, pero el Chapo Guzmán tampoco. Estarías impedido de comprar una mansión y pagar con dos maletas de dinero, pero la Barbie tendría más complicaciones para adquirir sus casas de seguridad. Con esta medida tú tienes menos libertades, pero el Estado mexicano tiene más herramientas para vencer al crimen organizado.

Toda declaración de guerra requiere un esfuerzo de imaginación. El líder político que decide iniciar una ofensiva de fuego y sangre debe tener en su mente un escenario de la victoria. Felipe Calderón ha sufrido mucho para comunicar ese porvenir que vislumbre el fin de nuestro horror cotidiano. El propósito de esta lucha debe ser el fortalecimiento de un Estado que proteja nuestra seguridad y nuestras libertades elementales.

La fortaleza del Estado no se agota en una policía bien entrenada o en un Ejército armado hasta los dientes. Los miles de muertos durante este sexenio nos confirman que la fuerza pública no es suficiente para debilitar a las organizaciones criminales. El gobierno necesita de nuevas herramientas de inteligencia para frenar esta barbarie. El problema es que algunos de estos mecanismos obligan a los ciudadanos a ceder una parcela de sus libertades.

El Registro Nacional de Usuarios de Telefonía Móvil (Renaut) era una base de datos que hubiera ayudado a combatir la extorsión y el secuestro. Sin embargo, el escepticismo de muchos ciudadanos y la mezquindad de las empresas de telefonía celular sabotearon el espíritu de la iniciativa. Millones de personas y miles de criminales no estuvieron dispuestos a ceder su derecho al anonimato telefónico, a cambio de tener un registro nacional de celulares. Preservamos este nicho de nuestra privacidad, pero dejamos intacto el negocio de los mercaderes del miedo.

Hace dos sexenios, el gobierno de Ernesto Zedillo intentó hacer un Registro Nacional de Vehículos. La iniciativa fracasó porque la empresa encargada de ejecutar el trámite contrató como líder del proyecto al torturador argentino Ricardo Cavallo. Una década después, México aún no tiene una base de datos completa sobre los vehículos que circulan por el territorio nacional. Este registro y el uso de sistemas de GPS podrían golpear el negocio de compra y venta de vehículos robados. Al proteger el anonimato de nuestros automóviles, también salvaguardamos la identidad del convoy de camionetas donde viajan los asesinos del edil Edelmiro Cavazos.

Hay libertades que se pueden ceder a cambio de vivir en un país seguro. Sin embargo, hay garantías individuales que son inherentes e irrenunciables a nuestra condición de personas. El presidente Calderón desdeñó todas las críticas contra el Ejército, como una simple "cantaleta". Habrá denuncias infundadas y otras que ameritan una investigación judicial. El Ejército y la Marina tienen más de 250 mil efectivos. Entre sus filas hay una enorme mayoría de mexicanos honestos que aman a su país y respetan la ley, pero no sería imposible que entre ellos exista un grupo pequeño de malos elementos. A esta minoría corrupta, Felipe Calderón ya le dio luz verde para cometer toda clase de abusos. Tus denuncias serán una cantaleta. Estas improvisaciones verbales del Presidente nos hacen vivir en un país menos libre y más inseguro.

San Fernando: las razones de la violencia

Pascal Beltrán del Río (@beltrandelriomx)
Bitácora del director
Excélsior

La decapitación se ha vuelto una constante en la lucha entre los cárteles de la delincuencia organizada y los intentos de las fuerzas del orden por someterlos.

“Me dijo que me mataría si no le daba todo el marfil y me largaba del país, porque podía hacerlo y además le gustaba, y que no había nada en esta tierra que le impidiera matar a quien le diera a gana”.
Joseph Conrad, Corazón de tinieblas.

La primera vez que el crimen organizado recurrió a la decapitación y exhibición pública de la cabeza del asesinado para mandar un mensaje a rivales o autoridades fue en Acapulco, el 20 de abril de 2006.

Aquella vez, las cabezas de dos policías fueron dejadas frente a una oficina gubernamental de ese puerto con un letrero que no disimulaba la advertencia: "Para que aprendan a respetar".

Desde entonces, la decapitación se ha vuelto una constante en la lucha entre los cárteles de la delincuencia organizada y los intentos de las fuerzas del orden por someterlos.

Hemos perdido la cuenta de las cabezas cercenadas y el efecto horripilante que provocaron las primeras decapitaciones se ha desvanecido casi del todo. El umbral de la capacidad de sorpresa de la sociedad mexicana ha ido al alza, conforme se van sucediendo actos de violencia cada vez más despiadados.

De cortar cabezas, los criminales pasaron a colgar a sus enemigos en lugares públicos. Y como esto último se volvió también una práctica común, ahora la escalofriante moda es colgar cuerpos decapitados. En Cuernavaca, la semana pasada, amanecieron varios en un puente de la autopista México-Acapulco. Para mayor efecto, las víctimas habían sido castradas y presentaban huellas de otros terribles actos de tortura.

Como ha sido costumbre de este diario, esas imágenes no aparecieron en nuestras páginas. Está claro que aquella premisa de que la "prensa debe reflejar la realidad" es sólo un torpe pretexto para hacer sensacionalismo y someter a algunos lectores involuntarios de los periódicos —como los niños— a escenas imposibles de asimilar, y, al mismo tiempo, servir ingenuamente de caja de resonancia de los mensajes amenazantes de las bandas criminales.

Además de lo antiperiodístico que resulta prestarse a las estrategias de comunicación de los delincuentes, hay otras razones de peso para no publicar esas fotografías:

Un estudio reciente de la Escuela de Medicina de la Universidad de Indiana encontró que la exposición a imágenes de violencia puede conducir a actitudes agresivas, porque éstas afectan una parte del cerebro donde ocurre la toma de decisiones y el autocontrol.

Aun así, dudo que las mejores prácticas periodísticas sirvan para erradicar la saña con que actúan los delincuentes. Nada indica que la tortura y el asesinato dejen de ser métodos con los que los delincuentes sigan lidiando con enemigos y autoridades.

¿Cómo dejar de cubrir la noticia del fusilamiento de 72 migrantes de varios países, quienes aparentemente no querían someterse a la esclavitud que tenían prevista para ellos los Zetas?

Aun con toda la consideración que los medios quieran tener para las víctimas, era imposible que esa nota no recorriera el mundo y se convirtiera en un signo de vergüenza para el Estado mexicano, incapaz de aplicar la ley en su territorio, como se espera de cualquier Estado.

Si lo que quisieron hacer los Zetas, o quienes quiera que hayan perpetrado ese horrendo crimen, era —además de aleccionar a los desobedientes— exhibir al Estado mexicano ante la comunidad internacional, por su incapacidad de garantizar los derechos humanos de los migrantes indocumentados de Centroamérica y otras regiones, se tiene que reconocer, lamentablemente, que lo consiguieron.

En México, ahora lo sabe el mundo, campean figuras con el sadismo y el ánimo genocida del jefe militar serbiobosnio Ratko Mladic, el llamado Carnicero de Srebrenica, quien ordenó actos de limpieza étnica en los Balcanes y aún prófugo de la justicia internacional; o de Laurent Nkunda, el señor de la guerra tutsi congolés, responsable de atrocidades como la masacre de Kisangani, en 2002, y de haber usado el reclutamiento de niños soldado y la violación masiva de mujeres como formas de combate. La diferencia es que quizá no tengan aún la fama de aquéllos.

Por más que se insista en que México tiene niveles menores de homicidio que naciones como Colombia y Brasil, el tipo de violencia creciente que vemos en varias regiones del país sólo es comparable con la de algunos países africanos e, históricamente, con nuestra propia Guerra Cristera de la década de los 20 del siglo pasado.

Esa situación nos obliga a revisar los orígenes de la violencia que nos aqueja. ¿Qué lleva a un grupo a actuar con semejante salvajismo? ¿Acaso cualquier persona está preparada para decapitar, castrar y colgar a otro ser humano? ¿Un campo de la muerte como el rancho El Huizachal, donde se fusila a 72 personas desamparadas, previamente vendadas y atadas de manos, no nos habla de una profunda descomposición social?

Sabemos que la impunidad y la corrupción son ingredientes de la crisis de inseguridad en la que estamos metidos. Pero sin duda algo más mueve esta espiral de violencia incontenible. Algo más que la simple ambición de controlar una cifra millonaria de recursos de procedencia ilícita. ¿Cómo adentrarnos en nuestro propio Corazón de tinieblas?

En 1986, un grupo de prominentes científicos de las áreas de etología, biología antropológica, sicología, siquiatría, neurociencia, genética del comportamiento, sociología y bioquímica se reunieron en Sevilla —en el Sexto Coloquio Internacional sobre Cerebro y Agresión— para trazar una explicación de los orígenes de la violencia.

Concluyeron que no hay nada en la genética humana que predisponga a las personas a actuar con violencia. "Es científicamente incorrecto decir que en el curso de la evolución humana ha habido una predilección por el comportamiento agresivo sobre otro tipo de comportamiento... y que la guerra o cualquier otro comportamiento violento estén programados genéticamente en nuestra naturaleza".

Si la violencia —y, más aún la saña— no están en la naturaleza humana, ¿cómo explicar estos actos cada vez más salvajes?

El especialista Sunil Aggarwal, de la Universidad de Washington en Seattle, buscó una respuesta a esa pregunta en su estudio Geographies of Lethal and Non-Lethal Violence (2004).

Concluyó que el asesinato premeditado es una actitud aprendida, no una reacción instintiva del ser humano; que, en toda la historia de la humanidad, no más de 1% de quienes han habitado la Tierra, han participado en un asesinato; que la violencia estructural —la privación y la explotación que tienen un origen social e institucional— está "causalmente relacionada con la violencia directa", y que los peores actos de violencia siempre pasan por la cosificación del agredido.

¿Cómo alegar contra esto en el caso de los migrantes asesinados en un rancho del municipio de San Fernando, Tamaulipas? Eran pobres, sin papeles, víctimas de la violencia estructural en sus países de origen y en el territorio que atravesaban para llegar a lo que, confiaban, sería una vida mejor. Eran los blancos perfectos de la violencia directa, por parte de individuos para los que no eran más que una mercancía.

Hay que reconocer la violencia estructural que hace posible la violencia directa, cada vez más despiadada. Y a esta última no basta con describirla como brutal y salvaje. Hay que explicarla.

Nuestra madre Eva vivió hace 200 mil años

Luis González de Alba
Se descubrió que...
Milenio

Quienes nos hemos formado sumergidos en la tradición judeo-cristiana, no podemos evitar el ver similitudes entre descubrimientos científicos y relatos bíblicos, como el Génesis. Es obra de nuestro cerebro que ve formas en las nubes y encuentra vírgenes aparecidas en agua chorreada de un tinaco o humedad del subsuelo. Estamos ahora ante uno de esos casos: todos los seres humanos hoy vivos, desde los aborígenes de Australia hasta los esquimales y el rey Juan Carlos, tenemos una recontra-tátara-abuela común: una “Eva” que vivió hace 200 mil años en el este de África. Lo sabemos porque compartimos sus mitocondria.

El este de África, hace 80 mil años, cálido y de vegetación lujuriante coincide también con nuestra imagen del Paraíso. Los grupos humanos que empezaron a migrar lo hicieron, algunos, cruzando el mar Rojo, de agua escasa porque buena parte estaba retenida en los hielos de la era glaciar. Estos salieron rumbo al este: “Al este del Paraíso” suena muy bien. Claro, otros subieron por el norte, siguiendo el Nilo, otros bajaron al sur o doblaron al oeste o sencillamente no salieron del Paraíso y allí siguen. Esos detalles los echamos en saco roto: no nos gustan mucho.

El mitocondrium (plural mitocondria) o, castellanizando, las mitocondrias, son organelos de las células, con su propio genoma y con rastros de haber sido células independientes alguna vez devoradas por células primigenias. La cena resultó exitosa porque célula y mitocondrio colaboraron en la sobrevivencia de ambos.

¿Encontramos a una primera mujer, como en el relato bíblico? No. Ese grupo humano lo formaban varias decenas de miles. Pero vemos un ejemplo claro si imaginamos un árbol: una sola rama alta está llena de hojas verdes y hacia abajo múltiples subdivisiones de ramas terminan en puntas secas. Las hojas somos la humanidad y bajando de una subdivisión en otra nos topamos con un origen común: una mujer. ¿Y las otras, sus coetáneas? También dejaron descendencia… que fue desapareciendo con los milenios. Quizá los últimos humanos originados de otra mujer murieron hace poco.

Un equipo de la Universidad Rice siguió el proceso de crecimiento y extinción de grupos humanos analizando mutaciones al azar del ADN mitocondrial, mtADN. Comparar el ADN humano de la población mundial, con sus más de 20 mil genes, en busca de mutaciones, es tarea que ni las supercomputadoras de hoy día pueden realizar. Pero las mitocondrias, organelos que producen energía dentro de la célula y poseen un ADN mucho más sencillo, de sólo 37 genes, tienen esa ventaja y otra aún más importante: que no ocurre mezcla de genes paternos. El mtADN lo heredamos exclusivamente de nuestra madre, abuela… etc. Línea materna pura. Con todo, posee una región hipervariable, que cambia lo bastante rápido para proveer un reloj molecular calibrado con la edad de la humanidad.

“Tienes que traducir las diferencias entre secuencias de genes a tiempos en los que pudieron evolucionar”, dice uno de los autores, Krzysztof Cyran. Así obtienen los científicos una tasa de mutación genética, luego deben determinar si esa tasa es uniforme en el tiempo.

La investigación se publicó en el último Journal Theoretical Population Biology. Contacto: Jade Boyd, jadeboyd@rice.edu. Rice University.

Con respecto a “Adán” tenemos algo similar: los hombres heredamos de nuestro padre (y él del suyo… etcétera) el cromosoma Y, que define el sexo. No habiendo su equivalente en la madre, no ocurre la recombinación genética que se da en el resto de nuestro genoma, y heredamos el Y sin modificación, salvo las mutaciones ocurridas al azar del copiado, cambios por errores y no por mezcla de nuevos genes.

Bien, pues el padre de todos los hombres no africanos subsaharianos hoy vivos sobre este planeta, llamado “Adán euroasiático” vivió hace unos 79 mil años o quizá menos, unos 31 mil años. De cualquier forma, la discrepancia con su “Eva” es enorme y supera los 120 mil años en el mejor de los casos.

De nuevo: no se trata del primer hombre, sino del ancestro de todos los hombres hoy vivos, pero no de todos los que han vivido. ¿Y los demás hombres no tuvieron hijos? Tuvieron descendencia que, como en el ejemplo del árbol con ramas secas, se fue paulatinamente secando y no llegaron a nosotros sino los hijos del que presentó la mutación 168 y venía en alguno de los primeros grupos que iniciaron la migración humana por el planeta.

Proteína que destruye el VIH

Investigadores de la Universidad Loyola han identificado los componentes clave de la proteína llamada TRIM5a que destruye el virus del sida, al menos en monos rhesus. Ese hallazgo puede conducir a diseñar nuevos tratamientos en humanos infectados con VIH. Comenta Edward Campbell, a cargo del estudio: “Los científicos tenemos sólo unos 75 años tratando de desarrollar terapias antivirales, la evolución ha estado jugando el mismo juego por millones de años…”

Mi novela con la atracción entre un preso político (yo) y un preso común: Otros días, otros años (Planeta, 2008).